viernes, 18 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXVIII (19.01.2013)
La recepcionista del hotel le entregó un aviso de llamada. Era de Roger que le facilitaba un número de móvil para que lo llamara. Lo haría desde la habitación.
- ¿Roger? Soy Ana. ¿Qué tal estás? Me han dado tu aviso y …
- Hola, Ana. Estoy bien, gracias. Y tú ¿has tenido un buen día?
- Si, ha sido excelente. Ya te contaré cuando regreses. Y ahora dime para que querías que te llamara. ¿Tienes ya los resultados del análisis? ¿Es por eso?
- Si, así es. No quería que estuvieras todo el día consumida por la impaciencia y por eso te llamé al hotel sobre las tres, cuando me los entregaron, pero me dijeron en recepción que habías salido a media mañana y que no habías regresado.
- Estuve comiendo con la médica de Villamediana y Veguellina y una amiga suya. Ahora acabo de llegar al hotel. Pero no me entretengas con lo que te puedo contar más tarde y dime ya si mi teoría del agua de la manga tiene base o no. ¡Vamos¡ No me hagas sufrir más.
- Siento no poder darte buenas noticias, pues el informe del análisis dice que el agua no solamente no presenta ninguna singularidad en su composición química y mineralógica, sino que es un agua de lo más común. Créeme que lo siento de veras.
La noticia echaba por tierra su conclusión convirtiendo en inútil su trabajo de investigación, lo que debiera producirle una profunda decepción; pero, ella misma se sorprendió, la información que le acababa de facilitar Roger tuvo sobre su ánimo un efecto mucho menor del que era lógico esperar. La duda sembrada por Elisa sobre la objetividad de un informe hecho en los laboratorios de la embotelladora, parecía que la habían preparado para no dar toda la credibilidad a su informe. Ahora se alegraba de haber encargado su análisis a Aurora, la farmacéutica de Veguellina de Órbigo.
- ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? – preguntaba Roger ante el prolongado silencio de Ana.
- ¿Eh? Sí, sí – respondió – Lo que pasa es que no era ese el resultado que esperaba y … estoy algo afectada.
- Lo comprendo. Tiene que ser decepcionante ver como la teoría que con tanto esfuerzo e ilusión has construido, se viene abajo. Yo también estoy decepcionado y solo puedo decirte una vez más que lo siento, que lo siento mucho.
- No te preocupes. Al fin y al cabo solo era un entretenimiento, pero agradezco tu apoyo. Gracias.
- ¿Nos vemos a la hora de cenar? – le preguntó Roger - Claro que si no estás de ánimo… lo comprendería.
- Hubiera preferido una cena de celebración, pero… A Las nueve en la cafetería?
- De acuerdo. Ahí nos veremos. Adiós.
- Adiós.
Después de ducharse, se tumbó en la cama tratando de poner en orden sus pensamientos o, mejor dicho, de introducir racionalidad en ellos, pues no sabía por qué, algo en su cabeza relacionaba la visita de Roger al Ayuntamiento con lo de la falta de objetividad de los análisis del agua de la manga. Era como si un sexto sentido tratara de decirle que la visita y el informe sobre el agua estaban relacionados, y que respondía esa relación a intereses que a ella se le escapaban y en los que Roger tenía mucho que decir.
Lo que molestaba a su consciente era que no tenía la menor prueba, ni el más pequeño de los detalles que pudieran hacerle pensar que Roger no jugaba limpio con ella. Y, además, ¿por qué iba a hacerle una jugarreta?
Echada sobre la cama con las manos cruzadas bajo la nuca y la mirada fija en el techo, trató de buscar alguna razón que sirviera para dudar de Roger.
- Él no conocía nada sobre su investigación hasta que ella se lo dijo, por lo que su primer encuentro con ella en el bar, nada tenía que ver con la investigación.
- La colaboración que le había prestado, lo había sido más por complacerla a ella, que porque personalmente le interesara la búsqueda de la causa o causas de la longevidad de los habitantes de aquella zona.
- Cuando su incipiente relación se enfrió, fue ella la que la restableció cuando él parecía haber aceptado la situación.
- Lo de hacer la analítica del agua en la embotelladora, fue un ofrecimiento motivada por la premura de ella por conocer si la causa era el agua o no.
- La noche anterior la habían pasado juntos y había sido fantástica.
No había ni una sola razón, ni un solo motivo para pensar que Roger no estuviera jugando limpio. Y además, seguramente esa misma noche, durante la cena, le contaría por qué había ido al Ayuntamiento. No obstante, quizás respondiendo a la advertencia de su sexto sentido o a su intuición femenina, una extraña y desagradable sensación parecía haberse instalado en lo más profundo de su corazón.
Unos golpes en la puerta la despertaron. Miró su reloj y se sobresaltó. Eran las nueve y media. ¡Se había quedado dormida¡
- ¿Sí? ¿Quién es?
- ¿Estás bien? – preguntaron al otro lado de la puerta.
Ana reconoció la voz de Roger.
- ¡Sí¡ ¡sí¡ Un momento, por favor – contestó al tiempo que rápidamente se dirigía al cuerpo de baño, donde se arregló un poco el pelo, aplastado por la postura en la cama, y se echó unas gotas de perfume en el cuello y las manos. No tenía tiempo para más.
Abrió la puerta y allí estaba, como suponía, Roger. Parecía preocupado.
- Lo siento – dijo Ana – me quedé dormida sin darme cuenta. No sabes cuánto lo siento. Pero, entra, no te quedes ahí, pues he de cerrar la puerta.
- No te preocupes – dijo él – Cuando vi que pasaba de las nueve y no aparecías, pregunté por ti en recepción y me dijeron que no habías salido, por lo que pensé que quizás volvías a dolerte la cabeza y… me preocupé.
- Te agradezco tu interés, pero ya ves que todo ha sido por no haber puesto la alarma del mobil. Pero si me esperas unos
minutos, enseguida estoy lista para bajar a cenar. Ponte cómodo y sírvete algo del minibar mientras me preparo.
Roger se quitó la chaqueta que dejó sobre el respaldo de la silla frente al escritorio. Después se sirvió un vodka con hielo y salió al balcón. Ana, en el cuarto de baño, se daba una ducha rápida. Salió envuelta con la toalla y cogió uno de los vestidos que colgaban en el armario, entrando nuevamente en el cuarto de baño. Cuando se estaba maquillando, se dio cuenta de que el reflejo del espejo le permitía ver parte de la habitación, pues había dejado entreabierta la puerta del cuarto. Así, pudo ver a Roger de espaldas, mirando las hojas que había encima del escritorio, y que no eran otros que los apuntes y datos de su investigación. Lo observó durante unos segundos. No miraba los apuntes desde la distancia, sino que estaba inclinado sobre ellos, como si le interesaran mucho. Le extrañó, pues él conocía prácticamente todo el proceso. Ella se lo había contado. El ruido del lápiz de ojos al caer sobre el lavabo, aunque tenue, fue suficiente como para que Roger se girara dando la espalda al escritorio, como si nada de lo que allí había fuera de su interés. Este comportamiento, observado por Ana gracias al espejo, pareció aumentar su sensación de malestar. Algo raro estaba sucediendo y presentía que no era nada bueno.
Suspiró profundamente y terminó de maquillarse y vestirse.
Había pasado algo más de un cuarto de hora desde que había llegado Roger y ese tiempo era todo un record para ella que, habitualmente, tardaba unos tres cuartos de hora en estar lista para salir a la calle, lo que la obligaba a madrugar más de lo que quisiera para ir cada mañana a su trabajo.
- Cuando quieras nos vamos. Ya estoy lista.
- Y además guapísima- galanteó Roger
- Gracias, eres muy amable- agradeció ella con una sonrisa.
- La amabilidad no está reñida con la sinceridad – contestó él mirándola y al tiempo que cogía la chaqueta.
El comedor estaba casi al completo, pues esa misma tarde había llegado un autobús de Ciudad Real con turistas.
Durante la cena, Ana le contó la teoría de la médica y la comida con ella y Josefina, aunque no le dijo que sabía lo de su visita al Ayuntamiento. Esperaba que él se lo contara. Roger apenas le dijo nada de sus actividades durante eldía, con excepción de lo relativo a la analítica del agua y del disgusto que se llevó cuando el bioquímico le dio el informe, disgusto que no era por él, pues nada había aportado a la investigación, sino por ella, que tan ilusionada estaba por descubrir aquello que contenían las páginas perdidas del libro. Nada le dijo sobre la visita de la mañana al Consistorio, y eso que era el momento apropiado, pues estaban hablando sobre el agua y la manga. Ella deseaba que lo hiciera para borrar la sensación de malestar, ya casi de desconfianza que sentía, y que él silenciara esa información no solo hizo que desapareciera, sino que la aumentó.
Ana le dijo que el miércoles regresaría a Gijón al no tener ya más pistas que seguir para descubrir el misterio de las hojas perdidas, y que lo hacía sabiendo que durante bastante tiempo seguiría preguntándose qué había escrito en aquellas hojas, pero esperando que su curiosidad se fuera desvaneciendo a medida que el tiempo pasara y su vida, agotadas las vacaciones, volviera a la normalidad. Roger le reiteró su pesar porque la investigación no hubiera resultado exitosa y, para animarla, le propuso ir a tomar una copa a la ciudad, pues aún eran las once y media. Ana hubiera aceptado encantada y más sabiendo que eso podría ser el preludio de otra noche fantástica, sino fuera por el malestar que imparablemente iba creciendo en su interior. No estaba a gusto y le contestó que prefería, si a él no le importaba demasiado, quedarse en el hotel y tomar la copa allí
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