miércoles, 9 de enero de 2013


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XIX (10.01.2013)


La barra estaba muy concurrida y todas las mesas ocupadas. Aún así miró con detenimiento para asegurarse y entonces lo vio. Él estaba sentado a la misma mesa que la noche anterior y le estaba haciendo una indicación con la mano invitándola a sentarse con él. Ana dudó unos instantes, pero aceptó la invitación. En la barra no había sitio y, además, le gustaba tomar la caña sentada. 
- Buenas noches- saludó él al tiempo que se levantaba. 
- Buenas noches – contestó 
- Parece que ha llegado algún autobús con excursionistas, pues apenas hay sitio para moverse- comentó Roger. 
- Es que es imposible acercarse a la barra- comentó ella. 
- No te preocupes por ello- dijo él tuteándola – Dime que vas a tomar, que ya me encargo yo. 
- Una caña, por favor – pidió Ana. 

Roger se levantó y fue a la barra donde, con no poca dificultad, logró que le sirvieran una caña que puso delante de Ana, junto con un platito de olivas verdes. 
- Gracias – dijo Ana- Me moría por una caña bien fresquita después del calor que he pasado hoy. 
- Aparte de por el calor ¿has tenido un buen día? – le preguntó. 
- Sí, sí. No me puedo quejar, pues he hecho todo lo que tenía planificado. 
- Estupendo. Me alegra saber que todo te ha ido bien. 
- Gracias. Y a tí ¿cómo te ha ido con tus negocios? – preguntó siendo consciente de que el tuteo no estaba exento de riesgo. 
- Me gustaría poder decir que bien, pero el acuerdo económico lo veo aún lejano, aunque confío en que nuestro interés por comprar y el de la empresa por vender, máxime en la situación de crisis en la que nos encontramos, termine coincidiendo y podamos cifrar la operación. 
- No entiendo nada de economía ni de negocios – comentó Ana -pero aún así creía que, en tanto dure esta crisis, no es aconsejable vender patrimonio a menos que se vea uno muy ahogado, ni comprar si no es por razones de estricta necesidad de supervivencia. 
- Así es en general, pero entre todas las caras malas de la crisis siempre puede haber alguna buena que puede convertirse en una buena oportunidad de negocio y … 
- ¿Estás diciendo – le interrumpió Ana- que esta crisis tan brutal tiene aspectos positivos? ¿Cómo puede ser eso? 
- Te lo explico. El mercado de las aguas de mesa está en expansión y la media de consumo nacional por habitante aumenta cada año en términos más que apreciables, lo que hace suponer que seguirá aumentando favorecida por la asunción de hábitos cada vez más saludables por la población. Mi empresa, que no quiere ser una de las tres grandes suministradoras, sino la mayor del mercado español en agua de alta calidad, con una mineralización baja y muy equilibrada, dispone de las reservas de capital necesarias para tratar de hacerse con aquellas plantas de aguas que cumplen nuestros estándares de calidad y cuya situación económica, por su reducida dimensión, les abocaría a una mala venta a medio plazo, por lo que para esas empresas siempre es preferible la venta ahora, cuando aún tienen una cierta capacidad de maniobra, que no dentro de un año o año y medio con una valor de mercado sensiblemente inferior. 
- Pero, siendo como tú dices, si dentro de un año o año y medio esa empresa va a valer mucho menos que ahora ¿por qué no esperar entonces para comprarla? ¿O es que el dinero entiende ahora de samaritanismos?.- preguntó con un ligero tono de burla. 
- No, nada de samaritanismos. El dinero no tiene sentimientos, simplemente se aprovecha de las situaciones que le convengan; pero mi empresa, si bien cierto es que la compra le resultaría más barata dentro de un año, no quiere correr el riesgo de que durante esa espera, otra de la competencia, y sabemos que hay alguna interesada, se nos adelante. Pero… ya estoy como ayer, hablando de aquello de lo que no quiero ni me apetece hablar fuera de las 
horas de trabajo y mucho menos cuando estoy disfrutando de la compañía de una mujer tan atractiva y de una gratificante cerveza en una calurosa noche de verano, así que, si no te importa, hablemos de ti ¿Has conocido muchos lugares nuevos de esta comarca? 

A Ana le agradó que la considerara atractiva aunque hubiera preferido que hubiera añadido también lo de guapa, algo que seguramente hubiera dicho de haberla visto vestida con alguno de sus modelos de verano que – se lamentaba una vez más – no había traído. 
- Sin duda – contestó – pues he estado primero en un ayuntamiento, después en un cementerio y por último en un pequeño pueblo donde la mayor parte de la población tiene más de ochenta años. 
- Pero ¿realmente tienen algún atractivo turístico o interés cultural un ayuntamiento o un cementerio? ¿Acaso hay algún personaje importante enterrado en ese cementerio? 
- Sí que lo hay, sí y no sólo uno –contestó Ana. 
- Estoy sorprendido, pues no hubiera imaginado tal cosa. Normalmente, cuando viajo a un lugar, previamente procuro conocer todo lo posible sobre su historia, monumentos, gastronomía, en fin, todo aquello que me permita conocer algo su idiosincrasia y así favorecer mis relaciones comerciales y, aunque algo sé sobre esta comarca entre el Órbigo y el Tuerto, no tenía la menor idea de que el cementerio de uno de sus pueblos descansaran personajes ilustres y…. 
- No, no. No me refería a ellos como personajes ilustres en el sentido en el que creo que tú lo has pensado. Yo he dicho personajes importantes, porque cualquier persona que haya vivido más de noventa años y casi cien, se sale de lo común adquiriendo así una singularidad que es la que le hace importante. No sé si me he explicado. 
- ¿Estás diciendo que has ido al cementerio para ver qué edades tenían los más viejos enterrados allí, o me estás tomando el pelo? 
- No. He ido a eso. A ver quiénes eran los más viejos del lugar. 
- Pero ¿qué interés puede tener eso? ¿No tendrás inclinaciones necrófilas, verdad? 
- ¡Ja, ja, ja¡ - Ana no pudo contener la risa – ¿Acaso te lo parece? 
- No, no lo creo, pero sería lógico llegar a esa conclusión cuando alguien te dice que ha ido a un cementerio a ver las edades de los muertos, porque ¿a quién le pueden interesar esas cosas? 
- Pues a mí me interesan para mi investigación – contestó 

Ana se arrepintió al instante de haber dado esa contestación, pues había abierto la puerta para que él le preguntara a qué investigación se refería y la verdad es que aunque por un lado le apetecía contarle los motivos de su estancia allí, por otro lado temía que él la tomara por una chiflada y aunque que debiera darle lo mismo lo que un desconocido pensara de ella, no quería causarle esa impresión. Si se lo preguntaba, siempre cabía la posibilidad de contestar con evasivas, pero en el fondo estaba tan contenta porque los datos obtenidos a lo largo del día parecían confirmar lo que a Teodegonda y Alarico les había impresionado tanto hacía quince siglos, que le apetecía contárselo a alguien. 
- ¿Una investigación en un cementerio?- preguntó extrañado- ¿Eres etnóloga, quizás? 
- No, ni mucho menos. Sólo busco datos que… bueno, es una larga historia sobre un supuesto suceso histórico que seguramente te aburriría. 
- Estoy seguro que me resultará de lo más interesante, si es que quieres contármela. De hecho, te ruego que lo hagas, pues has despertado el duende de mi curiosidad. 
- Bien; te la contaré si me prometes no reírte hasta que termine. Cuando eso ocurra, quedarás libre de la promesa ¿Aceptas la condición? 
- De mil amores- aceptó – y como has dicho que trata sobre un hecho histórico ¿qué mejor lugar para que me la cuentas que un restaurante ambientado en la Edad Media mientras cenamos? 
- ¿Un restaurante medieval en La Bañeza?- preguntó extrañada. 
- Esa es la impresión que da por su decoración. Se llama Moja el Gallo y lo conocí el pasado año cuando vine a explorar las posibilidades de negocio con esa planta de agua mineral que ahora tratamos de comprar. 

Ana hizo un gesto de extrañeza al oír aquel nombre. 
- Es un restaurante muy original, que está aquí cerca, a cinco minutos andando- le informó Roger - Se come muy bien y el ambiente es sumamente agradable y más si te gusta la época medieval. 
- Vamos entonces al Moja el gallo, pero no tienes porque invitarme. 
- Tómalo como una forma de corresponder al buen rato que estoy seguro que voy a pasar escuchando tu historia. ¿Aceptas entonces? 
- Tratándose de un intercambio, no puedo decir que no – concedió. 

Tardaron algo más de los cinco minutos que había dicho Roger porque caminaron despacio. Hicieron el recorrido hablando sobre lo maravilloso que era poder contemplar el cielo plagado de estrellas, espectáculo que era imposible en sus respectivas ciudades por la contaminación luminosa y lo agradable que era pasear por la noche sin tener que oír las sirenas de la policía o de las ambulancias y, sobre todo, el ruido de los coches. 
Era una de las inestimables ventajas de las ciudades pequeñas.

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