martes, 29 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY 

CAPITULO X (30 bis.01.2013)

Al amanecer Iñigo Aldai cruzaba el Patio de Armas a lomo de su caballo y pertrechado para el viaje con su cota de malla, espada al cinto, sobrevesta y yelmo.
Desde una ventana de su aposento, Marta le seguía con la mirada.
Para dar más credibilidad sobre que efectivamente continuaba su camino a quienes lo estuvieran observando, particularmente al Regidor, salió de la ciudadela por la puerta de Santiago. Seguiría el camino de Peñafiel. Cuando llegara a la zona boscosa daría un rodeo lo suficientemente amplio dejando Cuellar a su derecha para retomar el camino de Navalmanzano, único posible que tendría que tomar el mensajero del Regidor, si decidía enviarlo. Quería asegurarse de interceptarlo, ya que al llegar a Nalvalmanzano podría tomar la ruta de Toledo por Segovia o por Ávila.

A media mañana llegaba a la orilla norte del arroyo de la Sierpe. Se adentró en el bosque lo suficiente como para que no pudiera ser visto o detectado por quien vadeara el arroyo. Quitó la silla al caballo y preparó una sencilla techumbre con ramas que recogió por el suelo. Después se puso a comer pan y unas tajadas del trozo de jamón que Lucas le había puesto en la alforja, además de un cuero de vino y un queso de leche de oveja.

Lucas se levantó temprano, aunque sin madrugar, ya que su Señor no le esperaba y tras comer algo en la cocina, fue como por casualidad hasta el cuartel de la guardia donde solía pasar la mayor parte del tiempo. Al verle le preguntaron que qué hacía allí si su Señor se había ido con la madrugada. Lucas, de acuerdo con el plan, les contestó que había solicitado la licencia de su Señor para quedarse, pues quería iniciar su información como soldado.
Aquella información despertó un sentimiento de camaradería inmediata. El jefe de la guardia, Pergentino Menéndez, pareció tomarlo como una responsabilidad personal y le dijo:
- Muchacho has elegido el mejor sitio para formarte como soldado y tienes ante ti al maestro que te va convertir en tal. Pasado mañana, después del día del funeral de nuestro Señor a quien Dios tenga en su Santa Gloria, empezaré tu instrucción enseñándote cuales son las armas y el equipamiento de un soldado dependiendo del trabajo que tenga que hacer en cada momento, así como los grados de mando de la milicia del Señor al que sirvas y de las milicias concejiles.
- Sois muy amable, Capitán- respondió.
Los otros tres soldados soltaron una risotada al oírle llamar capitán a su jefe. Una mirada de éste cortó la risa al instante.
- Estos que tienes aquí delante llevan las armas y el uniforme de un soldado, pero no son más que unos labriegos con lanza que si alguna vez fueran a la batalla huirían como conejos perseguidos por un galgo. ¡Menudo soldado saldrías si dejara tu instrucción en manos de ellos¡

Lucas pasó allí casi toda la mañana haciendo preguntas sobre esto, sobre lo otro, tratando de generar la confianza suficiente como para obtener la información que necesitaba para su Señor. Para ello tenía que conseguir que se hablara de los funerales del Alcaide, por lo que fue preparando el terreno para ello, así que después de hacer mil y una preguntas sobre el oficio de soldado como si eso fuera lo que más le importara en el mundo, se quedó en silencio como si ya no hubiera tema de conversación. Los soldados que salvo jugar a los dados, no hacían otra cosa mientras estaban acuartelados, disfrutaban con la conversación de Lucas pues les entretenía, asi que cuando se quedó en silencio, fueron ellos los que sacaron el tema:
- Pues mira que has venido en mal momento, muchacho; precisamente cuando se mata nuestro Alcaide. ¿No serás gafe, verdad?
- No digáis tonterías, que el Alcaide, según dicen, murió atacado por un jabalí y yo ni siquiera le conocía; pero ahora que ha muerto ¿Quién será el nuevo Alcaide? ¿Será su viuda?
- No lo creo chico. El Alcaide lo nombra el dueño del Castillo, que es Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, aunque también puede hacerlo el Rey si Don Diego está de acuerdo; las viudas no heredan la alcaidía.
-Pero ¿cómo va a nombrar alcaide el Rey o el Señor de Vizcaya si no saben que ha muerto el que lo era hasta ahora?
- Ya se enteran -respondió Pergentino, - pues el mismo día del funeral, es decir,mañana, un heraldo llevará la noticia al Rey, por orden del Regidor.
- Ah, bueno. Entonces ya nos enteraremos de quién es cuando lo hayan nombrado - contestó como desinteresado por el asunto - Total, a nosotros que más nos da si es uno u otro. ¡Seguro que el Rey no nos va a preguntar a nosotros, ja, ja, ja¡
Todos rieron la gracia.
Lucas estaba satisfecho; ya tenía la primera información pedida por su Señor y no le había sido difícil obtenerla.
Ahora tendría que dedicarse a la segunda y no sabía cómo empezar. Decidió dejarlo para la tarde.
Se fue comer a la cocina. Serafina le había cogido cariño y que decía que estaba delgado, se empeñaba en darle de comer de lo mejor y en cantidad. Hoy le sirvió un cuenco de conejo guisado que olía de una forma desconocida para él. Lo probó bajo la atenta y expectante mirada de su protectora que sonrió satisfecha al ve que Lucas cerraba los ojos mientras paladeaba el trozo de carne que se había metido a la boca.
- ¡Hummm! Está increíblemente bueno. ¿Qué le has echado a este conejo para darle este sabor?
- Hierbas aromáticas y hongos, de esta comarca, que no las hay mejores en todo el mundo por mucha especias que traigan del Oriente y que tanto gustan a los Señores.
- ¿Quieres decir que cualquiera puede conseguir esas hierbas y hongos maravillosas por las tierras de esta comarca?
- ¡Ah, no! Cualquiera no. Hay que conocer los lugares y sobre todo saber distinguir las buenas de las malas, pues algunas hierbas y hongos son muy venenosos, tanto que pueden matar a un caballo si las come.
- Y tú, ¿las conoces? ¿Cuándo las coges si no sales de aquí en todo el día?
-Yo las conozco, aunque no todas, pero al alquimista Simeón no se le escapa ninguna hierba, seta o raíz que haya en nuestra comarca y, si me apuras, hasta en la vecina.
-¿El alquimista Simeón dices? ¿Quién es ese conocedor de hierbas?
- Es medio alquimista y medio boticario, que tiene su almacén y laboratorio en la judería. Cuando necesito hierbas o setas, mando a una de las muchachas a comprarlo. Es un hombre muy solicitado que lo mismo te prepara un filtro amoroso que un cataplasma para curar la coz de una mula o un bebedizo para que una mujer tenida por estéril quede embarazada.
- Nunca había oído hablar de él. ¿Decís que vive en la judería?
-¿Qué quieres? ¿Ir a verle?  Pero ¿qué necesitas tú de él? ¿No será algún filtro para engatusar a alguna doncella que te haya encandilado y no te haga caso, eh?
Rieron todos de buena gana. Lucas ya tenía una pista para empezar su investigación.

Después de comer salió de la ciudadela. Había decidido ir a la casa del boticario, aunque no sabía cómo justificar su presencia allí y mucho menos cómo enterarse quién compraba sustancia venenosas en el castillo. -Ya se me ocurrirá por el camino - pensó.
Salió por Santiago, que da directamente a la judería y empezó a caminar por aquellas calles estrechas buscando la tienda del boticario. No quería preguntar, pues cuantas menos personas se fijaran en él, mejor. Un letrero colgando de la fachada en el que se leía Apoteca, le hizo saber que había llegado.
La puerta estaba abierta. Se decidió a entrar. Se encontró en una pequeña sala con un mostrador detrás el cual había una estantería llena de tarros y bolsas atadas con sus nombres escritos delante. Detrás del mostrador había un muchacho no mayor que él, flacucho y con pelo pajizo. Al ver a Lucas le preguntó que qué quería. Lucas le dijo que su padre, que tenía el rebaño de ovejas no lejos de allí, le había enviado para preguntarle al maese Simón que es lo que tenían sus ovejas, pues enfermaban y morían algunas.
- Espera aquí, le dijo el mancebo. Y entró en la trastienda separada por un cortinón que por su aspecto parecía que no había conocido el agua desde que lo colgaron allí.
Enseguida salió un anciano algo encorvado que se cubría la cabeza con un gorro marrón sin ala y vestía una túnica larga del mismo color. Tenía los ojos hundidos lo que hacía que su nariz curvada pareciera mayor de los que era. Una rala perilla le daba aspecto de chivo. Se dirigió a Lucas, mientras se frotaba las manos.
- Dime muchacho ¿qué les pasa a las ovejas de tu padre?
- Se están muriendo, maese Simeón. Desde hace dos días pastan al suroeste de la Villa en zona libre y primero empezaron a enferma y algunas han muerto. Mi padre, que es pastor de toda la vida, dice que nunca ha visto una cosa igual y que nos vamos  arruinar si las ovejas siguen enfermando. Aunque no somos de aquí, sino de la Tierra de Arévalo, vuestro nombre no nos es desconocido, pues en todas partes os conocen y dicen que sois un hombre sabio, que no hay hierba, baya o seta cuyas propiedades medicinales o venenosas no conozcáis y que a vos recurren hasta los nobles en busca de alivio para sus males y de hierbas aromáticas para sus cocinas.

El boticario era hombre pagado de sí mismo, así que le agradaba lo que el muchacho decía sobre su fama e importancia.
-Bien, muchacho, bien; pero tú no eres noble, sino hijo de un pastor de ovejas y no has traído tu rebaño, ni siquiera una oveja enferma para que la examine y pueda dictaminar la causa de su mal.
- Eso mismo decía mi padre, maese Simeón, que trajera una oveja enferma, pero yo le dije que no hacía falta, que eso era lo que hacían los aficionados, pero que a vos bastaría deciros los síntomas para que supierais la causa. Pero, maese Simeón, si no podéis hacerlo así, iré hasta mi padre y volveré con una oveja enferma.
-¿Eso dice tu padre? el viejo parecía molesto. Si le pedía que trajera una oveja enferma, sería tanto como reconocer que era incapaz de diagnosticar conociendo los síntomas del mal, y hacerlo delante de su mancebo no le convenía, pues aunque le exigiera que no hablara del asunto con nadie, sabía que no tardaría la villa entera en saber que no era tan sabio como creían, y si esa voz se corría, podría perder clientela.
Así que decidió asumir el reto y le dijo al muchacho que le dijera los síntomas de las ovejas enfermas.
Lucas le dijo que algunas tenían vómitos y temblores, otras saltaban y corrían alocadas antes de caer en estado de sopor y algunas sin aparentar estar enfermas, se habían desplomado súbitamente muertas.
El boticario frotó su ganchuda nariz con el dedo índice de la mano derecha, como pensando y dijo:
- En esos pastos donde comen las ovejas de tu padre hay, sin duda plantas amargas que producen vómitos. ¿Te has fijado si hay unos arbustos de flores amarillas cuyas hojas son como unos hilos verdes muy largos?
-Ahora que lo decís, sí que los hay, maese Simeón, y en abundancia.
-Son gayombas cuyas semillas producen vómitos. Debes decirle a tu padre que no las deje comer de ellas.
-Y dime muchacho ¿dónde duermen las ovejas por la noche?
- Mi padre y yo las metemos entre los árboles para protegerlas del relente.
-Mal hecho, pues en el suelo húmedo del bosque crecen hongos que producen euforia; hacen que el ganado y las personas se vuelvan como locas antes de caer como si el alma les hubiera abandonado. Los efectos se pasan a las pocas horas, pero si se comen en demasía, puede producir la muerte.
- ¿Creéis maese Simeón que esa puede ser también la causa de que algunas ovejas sanas murieran repentinamente.
- Esos hongos, aún comiéndolos en cantidad, tardan en ocasionar la muerte. El veneno es lento. Las ovejas que mueren repentinamente han tenido que comer las semillas de una planta que también hay por esta zona, el ricino. Sus semillas son las más venenosas que se conocen y su efecto es muy rápido.
- Me asombráis maese. Ciertamente sois un hombre muy sabio. Le diré a mi padre lo que me habéis dicho y sacaremos el rebaño de la zona. Venimos con él a tierras más altas, por lo que pasaremos dentro de unos días por aquí; entonces mi padre os visitará para agradeceros la información y pagaros con algunas ovejas, pues habréis salvado nuestro rebaño.
- Pues hasta entonces, jovencito. Y se metió de nuevo en la trastienda.
El mancebo, que había permanecido callado todo el tiempo, aunque pendiente de la conversación, mostraba una sonrisa de orgullo en su cara.
Lucas aprovechó la oportunidad.
-Qué suerte tienes por estar al servicio de un hombre tan sabio y así aprender de él y conocer a todos los grandes personajes que vendrán a pedirle consejo y medicinas.
- Sí, así es; algún día, con lo que aprenda aquí, podré ser tan bueno como él y ser tratado con respeto por todos, ya sean ricos o pobres.
- ¿Has conocido a muchos hombres poderosos o solo a campesinos y pastores y rameras?
-Por aquí han pasado los hombres más poderosos de la Comunidad; desde los síndicos hasta los servidores de la justicia. Inclinándose hacia él y en voz baja  -le confesó - Hasta el Regidor es cliente de mi maestro.
- No te creo porque ¿qué podrá necesitar el Regidor de un boticario?
El mancebo miró hacia la cortina que separa la trastienda tras asegurarse que su maestro seguía dentro, casi en un susurro le dijo:
- Hace pocas semanas que vino al atardecer, cuando ya el maestro se iba a cenar y aunque no oí lo que le pidió, como yo estaba en la trastienda barriendo, vi como mi maestro sacaba un frasco de un armario que tiene cerrado siempre con un candado y echó un poco de su contenido en un saquito que entregó al Regidor. Cuando se fue, mi maestro me dijo que estaba cansado y que no quería la cena fría, así que guardara en el armario el frasco que había sacado y le echara el candado. Así lo hice; después cerré la puerta de entrada y me fui a mi casa, Normalmente nunca hago una cosa así, pero como el Regidor es persona que no me cae bien, quise saber qué era lo que había pedido, así que al día siguiente le dije a mi maestro:
- Maestro, anoche, como ya había apagado los candiles, cuando me dijisteis que guardara el tarro que habíais sacado del armario y así lo hice, no estoy seguro que cogiera el adecuado; os rogaría que lo comprobarais para no cometer un error.
Entonces fue al armario, lo abrió y dijo:
- No temas, lo hiciste bien. El ricino molido está en su sitio.
- Perdonadme, maestro ¿pero por qué guardáis unos productos en el armario y otros no?
- Los del armario, muchacho, son sustancia muy venenosas. Esa misma que guardaste ayer, si tomaras aunque fuera una cantidad muy pequeña, te mataría casi al instante.
- Ahora comprendo que las guardéis bajo llave. No solamente me enseñáis con vuestros conocimientos, sino también a ser prudente.
Se oyeron unos pasos en la trastienda y el mancebo cayó. Lucas se fue, mientras le volvía a decir, esta vez en voz suficientemente alta para que la oyera el maese Simeón desde la trastienda.
 - ¡Cómo envidio tu suerte por servir a un hombre tan sabio¡

Sentía ganas de saltar de contento al salir de la apoteca. Había conseguido la información que su Señor le habían pedido y en menos tiempo del que pensaba. El Capitán estaría contento con su trabajo, así que las posibilidades de seguir con él a la vuelta para ser su escudero, aumentaban. La impaciencia le devorada y a gusto hubiera cogido su jamelgo y cabalgado al encuentro de su Señor, pero hubiera sido una imprudencia. Todos los que le vieran salir de la ciudad y a caballo cuando estaba empezando a anochecer, se hubieran extrañado y, al día siguiente, seguro que tendría que contestar a muchas preguntas sobre todo de los soldados de la guardia. Su Capitán le había dicho que fuera extremadamente prudente, así que dejaría pasar la noche como mejor pudiera y esperaría al día siguiente para salir, ya que además, con la llegada de los Señores y sus acompañantes que acudirían al funeral, su marcha y ausencia no sería notada. No obstante y a modo de excusa por si la necesitaba, saldría con su caballo de la brida diciendo a quien le preguntara que a dónde iba, que su caballo tenía que visitar al herrero pues había perdido dos clavos de una herradura.
Cenó y durmió con sus amigos de los fogones y cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte, fue a la caballeriza a por su jamelgo, le colocó el arnés y salió en dirección a la puerta de San Basilio.
-¡Buenos días Lucas¡ ¿Dónde vas tan temprano con ese montón de huesos?
-Voy a la herrería de la villa, pues este montón de huesos como dices, ha perdido algunos clavos de las herraduras, así que voy temprano para regresar si puedo a tiempo de ver quienes vienen a los funerales, pues nunca he visto yo una ceremonia como esa.
-Pues date prisa que cuando empiecen a venir los Señores con sus séquitos, tenemos orden de no dejar entrar a nadie hasta que finalicen los oficios religiosos.
-Eso de darme prisa depende de mí, pero también del herrero, así que… ya veremos.
Cruzó la puerta de salida de la ciudadela y se adentró en la villa de forma que los guardias de la puerta no le pudieran seguir con la vista.
Cuando consideró que ya no corría riesgo de ser visto, se dirigió a la salida de la villa, siempre con el caballo de la brida para no llamar la atención; ya montaría cuando estuviera fuera.

No había puesto la silla al jamelgo, pues nadie entendería que fuera necesaria para llevar el caballo al herrero, así que ahora tendría que cabalgar a pelo esperando que su tafanario lo soportara.
Montó subiéndose a un ribazo y puso el caballo al trote durante un buen trecho. Como no notaba molestia alguna cabalgando sin silla lo espoleó con los talones y el jamelgo empezó a galopar. Eso ya era otro cantar. Los golpes en sus nalgas parecían subirle hasta la cabeza. No podía aliviarlos pues al no tener silla, tampoco disponía de estribos en que apoyarse. Se temía que al final de su viaje ¡y aún le quedaba el regreso¡  su trasero no estaría en condiciones de poder sentarse durante muchos días, y eso le preocupaba, por el viaje que le esperaba con su Señor.
Llegó al arroyo de la Sierpe más tarde de lo que hubiera deseado. Desmontó con mucho cuidado y cundo puso los pies en el suelo le pareció que su cuerpo pesara un par de fanegas. Ató el caballo a una rama y se sentó a esperar a que su Señor apareciera, pues estaba seguro de que estaría pendiente de su llegada.
Efectivamente, enseguida oyó el ruido de pisadas sobre la hojarasca; e levantó y al volverse vio al Capitán a cuatro pasos de él.
- ¡Buenos días, mi Señor¡  He venido tan pronto la prudencia me lo ha permitido y la que, por cierto, es la responsable del lamentable de que no pueda sentarme cómodamente en varios días, pues monté sin silla para no despertar sospechas.
- ¡Buenos días Lucas¡ Confieso que estoy sorprendido, pues no esperaba que consiguieras la información tan pronto. Ha sido muy inteligente no poner la silla al caballo. Estoy muy satisfecho con tu actuación y espero estarlo también con la información. Dime que has conseguido.

Lucas le contó como se había enterado de lo del mensajero así como que saldría esa misma mañana, y también como había sonsacado al mancebo del maese Simón enterándose de que el Regidor había adquirido hacía pocas semanas un veneno muy tóxico, tan tóxico que el boticario lo tenía guardado bajo candado en un armario, y que era de efecto casi inmediato. El veneno se extraía de una planta abundante en la comarca, al moler sus semillas. La planta se llamaba ricino y la cocinera, cuando le comentó que tantas hierbas en las comidas le habían aflojado las tripas, le dijo que le iba a dar un poco de aceite de ricino. Y que entonces él se extraño, porque siempre había oído decir a su padre que el ricino era venenoso para las ovejas, y cómo ella le dijo que sí, que era cierto, pero sólo las semillas machacadas o molidas, que eran muy venenosas  -Si algún día tienes una oveja enferma o tu caballo se pone a morir, dale un poco de polvo de ricino disuelto en agua y en un instante morirá sin sufrimiento.
¡Has hecho un extraordinario trabajo Lucas¡ Estoy muy contento contigo¡ Ahora vuelve a la ciudadela y me esperas allí. Yo he de esperar aquí al mensajero, ya que este es el único camino hasta la bifurcación de Navalmanzano.
Lucas no cabía en sí de satisfacción. La valoración que hacía de su trabajo su Señor, le llenaba de orgullo y le hacía más llevadero el dolor de nalgas y la perspectiva de la vuelta en las mismas condiciones.
Desató el caballo e inició el camino de vuelta a la ciudadela andando. No tenía prisa después de lo que le había dicho el guardia de la puerta, así que caminaría todo lo que pudiera y cuando no, pues descansaría, que la villa estaba solo a una media legua.

La información que sobre la compra del veneno por el Regidor le había traído Lucas y la descripción de las propiedades del veneno, le permitían relacionar lo del cuero de vino ofrecido al Alcaide y la caída del caballo unos instantes después, muerto ya por el veneno, razón por lo que las heridas no sangraran, así como con la contestación dada al comentario del médico por el Regidor. Ya no tenía ninguna duda de que había sido él el autor del asesinato del Alcaide Fernando Huarte. Ahora ya no eran sospechas, sino que ya tenía la certeza. Llegaba el momento de poner en marcha la segunda parte de su plan.
La noche anterior, mientras pensaba en todo ello y desde el convencimiento que tenía de había sido el Regidor que tenía el móvil, los medios y la oportunidad, redactó una carta dirigida a su Señor Don Diego López que estaba en Toledo con el Rey. En esa carta le decía que el mensajero portador de ella llevaba otra para el Rey, cuyo contenido ignoraba, pero que suponía que tras contarle lo del accidente y muerte del Alcaide de Cuellar, le solicitaba desposarse con su viuda una vez pasado el período de luto, a fin de mantener vivo el acuerdo de paz entre ambas orillas del Carrión y para proteger a la joven viuda. Pero que todo era una sarta de mentiras, ya que el Regidor había sido el autor del asesinato del Alcaide envenenándolo. La carta de Iñigo Aldai a Don Diego continuaba contándole la circunstancias, detalles y averiguaciones que le habían llevado a probar que Leopoldo López era un asesino cegado por la ambición y la lujuria, por lo que le rogaba que informara al Rey de todo lo ocurrido para impedir los planes del Regidor y para que se hiciera justicia.
Asimismo le informaba que seguía con su misión dentro de los plazos previstos y que la culminaría a satisfacción de Su Majestad.
A media mañana oyó el galopar de un caballo. Supuso que se trataba del mensajero.

Montó y se plantó en medio del camino. El mensajero del Regidor era hombre de rostro enjuto y tostado, seguramente por las muchas jornadas de sol y viento que por su oficio habría pasado recorriendo los caminos de Castilla. No notó miedo en sus ojos, sino decisión cuando al vadear el arroyo se encontró con la figura imponente de un caballero armado impidiéndole el paso.
¡Abrid paso a un mensajero del Regidor¡ - gritó.
-Detente mensajero, que nadie te impide el paso. Soy el Capitán Iñigo Aldai, comisionado de nuestro Rey Don Alfonso de Castilla. Seguramente me habrás visto estos días en el castillo de donde vienes ¿Cuál es tu nombre?
El mensajero le reconoció.
-Me llamo Ramón Salcedo Capitán, y sí, os he visto en la ciudadela y cómo salisteis de montería con el Alcaide; pero yo estoy a las órdenes del Regidor tras el fallecimiento del Alcaide, cuyas honras fúnebres se están celebrando en estos momentos, y he de ir a Toledo con una carta del Regidor para el Rey.
-Cumple con las órdenes mensajero, como es tu obligación, pero yo quiero que lleves también una carta que entregarás en mano a Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya y del castillo de Cuellar, que se encuentra con nuestro Rey en Toledo. Esta carta, como seguramente la que llevas, es de interés para el Reino, así que respondes de la entrega de ambas con tu vida. Y ahora continúa tu camino sin perder tiempo.

El mensajero picó espuelas y salió al galope. En una jornada y media o a lo sumo en dos, podría estar en Toledo si no tenía algún encuentro indeseable por el camino y eso era algo que el Capitán no quería descartar, pues si su carta no llegaba a manos de Don Diego, el Regidor podría enviar otro mensajero al ver que el primero no regresaba, y seguro que esta posible contingencia ya la había contemplado. Si Don Diego no tenía información sobre la verdad de lo ocurrido y las intenciones del Regidor, los planes de éste podrían cumplirse sin gran dificultad.
Tenía que evitar que eso pudiera ocurrir y no sabía cómo hacerlo. Por un lado tenía que seguir sin demora su camino para cumplir la misión encomendada, pero eso dejaría al Regidor libre para actuar como quisiera y a Marta indefensa. En resumen, no se podía quedar, pero tampoco se podía ir dejando al asesino en libertad y sin desenmascarar.
Tenía que actuar, y solo se le ocurría una cosa que podía hacer, aunque era arriesgado, así que decidió hacerlo.

Montó en su caballo y galopó en dirección a Cuéllar. No tardó en llegar a la villa y fue directamente a la casa en la que el Regidor ejercía sus funciones y en la que, esperaba que así fuera, estuvieran sus ayudantes. Efectivamente, estaban allí tres alguaciles sin saber bien que hacer ante la ausencia de su jefe. Se sobresaltaron al ver entrar al capitán Aldai. Se presentó como comisionado del Rey y extrayendo la carta de poderes con el sello real, se la mostró a los alguaciles. Uno de ellos la leyó y les dijo a sus compañeros:
-El Rey ordena a todos sus alguaciles que se le preste toda la colaboración que pida el portador de la carta y a quien da la autoridad necesaria para llevar a Toledo a cualquier persona ya sea noble o plebeyo.
- ¿Habéis entendido que es una orden del Rey y que quienes no la acaten incurrirán en severas penas?
-Sí, Capitán, pero si lo que pedís es la colaboración del Regidor, está en el funeral del Alcaide, que murió hace dos días.
-No es la colaboración del Regidor la que pido, sino la vuestra, por muy extraña que os parezca.
-Pues decid Capitán; estamos a vuestras servicio por orden del Rey.
-Acompañadme a la ciudadela y allí haréis aquello que yo os ordene aunque os sorprenda.
No les gustaba lo que estaba ocurriendo, pero la Carta del Rey no admitía dudas.

Aquel hombre tenía toda la autoridad del Rey y contradecirle no era una postura inteligente y mucho menos el exponerse a penas de cárcel o incluso a la decapitación desobedeciéndole por 200 sueldos de a doce mensuales.
Entraron en la ciudadela y los dos guardias de la puerta, al reconocerle, le dejaron pasar quizás pensando que, aunque tarde, acudía a los funerales El Capitán fue directamente a hablar con Pergentino, el jefe de la guardia, al que mostró la Carta del Rey y le habló en los mismos términos que a los alguaciles. Solamente le dijo que tomara cuatro soldados armados a los que acompañarían los alguaciles y que, sin vacilación, cumpliera la orden que le iba a dar en el momento oportuno.
El jefe de la guardia estaba confuso, pero… quien le hablaba, además de tener la autoridad necesaria, era capitán del ejército de su Señor, por tanto era su superior a quien debía obedecer.
Iñigo Aldai, el jefe de la guardia, los cuatro soldados y los tres alguaciles, formando dos hileras, se dirigieron a la iglesia de San Pedro donde ya estaría terminado la misa de difuntos. Y allí se quedaron en formación.
Terminaron los actos fúnebres y los asistentes empezaron a salir. Al ver a la tropa y alguaciles formados con el Capitán al frente se quedaron sorprendidos. No tardó en salir el Regidor, que cuando habituó sus ojos a la luz del día, al primero que vio fue al odiado capitán Aldai. El corazón le dio un vuelco, pero reaccionó rápidamente:
-¡Capitán, ¿Ya habéis dado la vuelta o habéis cambiado de opinión?
El Capitán, sin contestarle, con voz potente dijo:
- ¡Regidor Leopoldo López, daos preso en nombre del Rey¡
- Pero ¿qué decís? ¿Acaso nos habéis vuelto loco?
- Os acuso del asesinato del Alcaide de este castillo Don Fernando Huarte.
¡Alguaciles, prended al Regidor!
Los asistentes al funeral que ya habían salido, estaban estupefactos. No sabían lo que pasaba, pero detener al delegado real se les hacía que era cosa de un loco.
- Sois un insensato o un loco. ¿Con qué autoridad acusáis y pretendéis prender al delegado real?.
- Con la que el propio Rey me ha otorgado. ¡Alguaciles, haced lo que os he ordenado!
Los alguaciles se adelantaron para esposar al Regidor, órdenes eran órdenes, y cuando éste dio un paso atrás e hizo además de no dejarse prender, los soldados con su jefe se adelantaron para reducirle.
- Pagaréis por esto con vuestra cabeza, Capitán. Es una ofensa al Rey y a Él tendréis que dar cuenta. No apostaría nada por vuestra cabeza.
El Capitán ni se inmutó y dirigiéndose a los atónitos asistentes a los que estaba ocurriendo, les dijo:
- Tengo la autoridad dada por el Rey para llevar de grado o por fuerza a Toledo a cualquier súbdito de su reino sin distinción clase, ya sea noble o plebeyo. El Regidor asesinó al Alcaide, utilizando un potente y rápido veneno que le hizo caer del caballo cuando ya estaba muerto, aparentando ser un accidente. El jabalí hirió en su embestida a un cadáver. El regidor no contaba con que el jabalí le atacara, pero le vino muy bien para encubrir mejor su asesinato.
Los Procuradores y los señores invitados a los funerales no salían de su asombro.

Todos, aunque unos más que otros, apreciaban al Alcaide, por lo que habían sentido su muerte, pero les indignaba que quien representaba la justicia del Rey, aquel que tenía autoridad para exigirles cuentas, fuera un asesino. Aunque no lo dijeron, los Procuradores y los Señores que le conocía, en el fondo se alegraban, porque el Regidor siempre les había parecido un hombre muy ambicioso y poco dado a la tolerancia y al diálogo.
Marta había presenciado lo que estaba ocurriendo cuando salía de los actos fúnebres.
Vestía íntegramente de luto y cubría su cara con un velo traslúcido del mismo color; le acompañaban sus doncellas, también con ropa de luto y el Padre Gumersindo desprovisto ya de los ornamentos litúrgicos usados durante la ceremonia. Esta había sido lo más sencilla posible a petición expresa de Doña Marta. Una misa exequias y un responso final Judicandus homo reus, huic ergo parce Deus. Pie Jesu Domine, dona eis requiem. Amen, tras lo cual el cadáver del Alcaide Fernando Huarte fue introducido en un sepulcro de piedra en al lateral izquierdo de la iglesia de San Pedro donde esperaría la resurrección de los muertos al final de los tiempos.
-¡Alguacil¡- llamó el Capitán al que parecía tener mayor ascendiente sobre los otros dos,-¿Son seguros los calabozos de vuestro cuartel?
- Verá Capitán, son celdas que pensadas para vagabundos y….
-¡Suficiente! No digáis más. ¡Oficial¡ -llamó al jefe de la guardia.- Conducid al preso a las mazmorras del castillo, encerradlo y mantener delante de la puerta una guardia permanentemente.
-¡No os atreveréis¡- gritó el Regidor.- Estáis cometiendo un delito contra un cargo del Rey. Os colgarán por ello.
-Es posible,- replicó el Capitán,- pero vos colgaréis por asesinato. ¡Llevadlo, oficial¡
Dos de los guardias cogieron al Regidor por los brazos y lo llevaron casi en volandas, seguidos por los otros guardias y los alguaciles.
Lo encerraron en una mazmorra, que estaba por debajo del nivel del Patio de Armas.
Cerraron la puerta con una llave que se guardó el oficial en su cinturón.
-Tú te quedarás de guardia delante de la puerta y sin moverte hasta que te mande el relevo. Nadie podrá visitar al preso si no lo autoriza el Capitán ( le encantaba dar esa orden de aislamiento, ya que con ella satisfacía pequeñas afrentas que había sufrido del Regidor).
Salieron al Patio de Armas. El jefe de la guardia buscó con la vista al capitán Aldai al que divisó frente a al entrada de la iglesia de San Pedro hablando con los Procuradores de Tierra, seguramente dándoles detalles de la culpabilidad del Regidor.
- Capitán, el preso ya está en una mazmorra a buen recaudo y con un guardia en la puerta tal como ordenasteis.
- Aguardad un momento, que quiero hablaros.

Los asistentes a los actos fúnebres `procedentes de los lugares más lejanos ya habían empezado a irse una vez que se despidieron de Doña Marta, mientras que los de la Villa se alejaban en dirección a la puerta de San Basilio. Solo se habían quedado los Procuradores para decidir que hacer con el Concejo ya que, al faltar el Alcaide como Síndico Mayor y el Regidor, no sabían si podrían tomar acuerdos o no. Por eso le habían preguntado al capitán Aldai qué opinaba. Este les dijo que según tenía entendido, hacía tres días que se había reunido el Concejo, por lo que no parecía probable que tuviera que reunirse otra vez en unos cuantos días o semanas, así que eso no era un problema y que esperaba que para la Natividad, el Rey hubiera nombrado nuevo Regidor y Alcaide. Y que sobre la situación en que quedaban los alguaciles, les sugirió que nombraran al que de ellos consideraran más capacitado como Regidor interino hasta que el Rey hiciera su nombramiento.
Les parecieron razonables las propuestas y tras despedirse de él, fueron a presentarle sus respetos a Doña Marta.

El Capitán se acercó al oficial, a quien dio instrucciones para que el preso fuera tratado convenientemente en lo que respecta a su alimentación y ropa de abrigo, pues la mazmorra seguramente sería fría y no quería que enfermara. Que lo mantuviera allí hasta que él volviera del servicio que tenía que prestar al Rey, lo que le ocuparía hasta mediados de octubre y que cuando regresara lo llevaría a presencia del Rey para hacerle justicia. Terminó diciéndole:
- Oficial, sois el soldado de mayor rango en la ciudadela y os responsabilizo de la seguridad del detenido. Os juro que si no lo mantenéis a buen recaudo hasta que yo regrese, os haré colgar desde una de las almenas. ¿Lo habéis comprendido?
En escalofrío le erizó el vello de los brazos bajo las mangas del uniforme. Si de algo no tenía duda después de lo que había visto, era que aquel capitán cumpliría lo que le acababa de decir.
- Descuidad Capitán, que el prisionero seguirá en la mazmorra cuando regreséis para que podáis someterlo a la justicia del Rey Nuestro Señor.
No era necesario hablar más sobre el asunto. Iñigo Aldai vio una figura que se
tambaleaba al caminar tirando de un caballo entrando por la puerta de Santiago. Era Lucas que regresaba. Esperó a tenerlo más cerca para decirle que buscara alivio a su malestar físico en la cocina comiendo y donde seguramente podrían prepararle un ungüento de unto de cerdo para dárselo en las partes doloridas, ya que a media tarde dejarían el castillo en dirección a Peñafiel.
Lucas no tenía fuerzas ni para contestar. Se dirigió lentamente a la caballeriza para dejar a su jamelgo y después a la cocina a buscar alivio para su maltrecho tafanario.
Iñigo, ocupado con la detención del Regidor, no se había dado cuenta de que Marta había subido a sus aposentos en la Torre del Homenaje. Cuando miró hacia la puerta de la iglesia, solo vio al Padre Gumersindo. Se saludaron y el sacerdote le dijo:
- Mi buen capitán Aldai; tal parece que Dios Nuestro Señor os envió aquí en el momento oportuno para salvar a nuestra querida Marta de la víbora que anidaba en el castillo. Y salvándola a ella también lo habéis hecho con nuestra comunidad. Que Dios os bendiga por ello, que nosotros os lo agradeceremos mientras vivamos.
- Sois demasiado bondadoso conmigo Padre Gumersindo y eso os impide que veáis que la principal razón por la que no seguí mi camino hasta desenmascarar al Regidor, no era tanto el afán de hacerle justicia al Alcaide, como los sentimientos que Doña Marta ha sembrado en mi corazón, sentimientos que traté de ahogar yéndome al amanecer del día siguiente, pero reconozco que fui débil y me dejé convencer fácilmente para quedarme y así poder verla un día más. Sólo eso me podía permitir, pues soy buen cristiano y ella estaba casada. Así que, Padre Gumersindo, no fueron tan nobles mis motivos.
- No os martiricéis Capitán. Nadie os pide que seáis un ángel, Sois un hombre con un corazón cuyos sentimientos no puede eliminar la cabeza, aunque sí controlar su expresión. Vos lo habéis hecho bastante bien y eso debería de bastaros para dejar de torturaros. Soy casi un anciano y aunque he dedicado mi vida al servicio de Dios, no quiere decir que no conozca el alma humana y que no sepa interpretar sus más sutiles manifestaciones y más fácilmente aquellas que no se tratan de ocultar.
- ¿Qué queréis decir, que no os comprendo?
- Pues, mi querido Capitán, que la forma en que mirabais a Doña Marta durante la cena con el Alcaide ya revelaba que vuestro corazón había sido tocado y posiblemente sin que siquiera os hubierais dado cuenta. No debéis sentiros mal por ello, pues albergar sentimientos tan nobles como los del amor, no es algo que desagrade a Dios. Si lo sería si infringierais sus mandamientos. Mientras Marta estuviera desposada se debía a su esposo y vuestros sentimientos solo vivirían con vos. Ahora, la desgraciada muerte de su esposo, la ha convertido en una mujer libre para dejar crecer sentimientos nuevos en su corazón, porque querido Iñigo, desde que vos habéis llegado, la sombra de tristeza que había en sus ojos parece haber desaparecido. Nada ella a mi me ha confesado y si lo hubiera hecho, el sagrado deber del secreto de confesión me impediría decíroslo, pero la vi sonreír por primera vez en mucho tiempo cuando os miraba a vos y el brillo de sus ojos cuando escuchaba vuestro relato sobre la batalla contra el Miramamolin.
- Es cierto Padre Gumersindo. Mi corazón ya no es el mismo desde que la conocí, lo cual hace más dolorosa mi marcha que, por otro lado, no puedo aplazar. Tengo una misión que cumplir al servicio del Rey y un plazo para finalizarla. No me puedo permitir concederle tiempo a mi corazón, así que cuanto antes me vaya mejor podré cumplir lo que me han encomendado. Me despediré de Doña Marta y partiré a media tarde.
- Me parece acertada vuestra decisión. Sufriréis pero mientras estéis ocupado con vuestra misión lo soportaréis. Peor sería si le confesarais vuestros sentimientos a Marta, porque entonces sufriríais los dos y creo que ella más que vos. Ya ha sufrido demasiado para ser tan joven. La vida a veces nos tiene sorpresas reservadas. Tened fe en Dios, que lo que haya de ser será. Id con Él, que yo rezaré por vos.
- Adiós Padre; espero veros a mi vuelta; ahora, si me lo permitís, quisiera despedirme de Doña Marta.
-En sus aposentos la encontrareis, Capitán.
Iñigo Aldai se dirigió a la Torre del Homenaje. Llamó a la puerta de los aposentos de Marta y salió a abrir una de sus doncellas que, al reconocerle, le dijo que pasara y esperara que avisaba a la Señora.
Apareció Marta, que ya se había quitado velo, y se acercó a Iñigo ofreciéndole sus manos, mientras le decía:
-He presenciado vuestra detención del Regidor. No sé como poder mostraros mi agradecimiento Iñigo. Habéis devuelto la tranquilidad a mi espíritu y la esperanza a mi corazón. Decidme, mi buen Capitán, cómo expresaros la gratitud que hay en mi corazón.
-Marta, nada habéis de agradecerme, pues se trataba de hacer justicia al Alcaide.
Ahora sólo espero que el informe que he enviado a Don Diego por el mensajero que a su vez llevaba la carta del Regidor al Rey, sirva para que Don Alfonso no tome decisión alguna respecto a la alcaidía de este castillo, ni sobre vuestro futuro hasta que lleve al Regidor ante su presencia y que dé crédito a mi versión y no a la del Regidor.
- ¿Pensáis acaso que el Rey pueda creer lo que le cuente el Regidor y no a vos?
-Pensad Marta, que el Regidor ha sido nombrado por el Rey y puede que no le guste aceptar que nombró como administrador de justicia a un asesino. Tampoco debo olvidar que la autoridad que el Rey me dio mediante carta lo era para el cumplimiento de una misión concreta y no para actuar como Justicia. Así que el riesgo existe, aunque confío plenamente en mi Señor Don Diego López de Haro y en su amistad con nuestro Rey.
- Jamás me perdonaría Iñigo, que por mi causa fuerais condenado por el Rey. Mi corazón, que acaba de recuperar la alegría que le ha faltado durante tantos años, enfermaría de tristeza y no lo soportaría.
- No pensemos ahora en ello, Marta. Como dice el buen Padre Gumersindo, lo que haya de ser será y confiemos en Dios. Ahora he de despedirme de vos, pues forzoso es que prosiga mi camino para cumplir la misión que me ha sido encomendada, parte de la cual tiene de realizarse aquí tal como informé al Alcaide el día de mi llegada, pero al haber fallecido, he de trasladarle las instrucciones precisas al jefe accidental de los alguaciles, a quien he de visitar tan pronto abandone el castillo.
-Me apena que tengáis que iros y solo me consuela pensar que volveré a veros dentro de poco tiempo. Sabed Iñigo, que una parte de mi corazón se va con vos.
- Y el mío con vos se queda, mi Señora.

Iñigo tuvo que hacer un tremendo esfuerzo de su voluntad para no estrechar entre sus brazos a aquella mujer que estaba transformando su interior. La miró intensamente y besando sus manos, salió del aposento aun notando el frenético palpitar de su corazón.
Lucas había enjaezado ambos caballos y le esperaba en el Patio de Armas. Cuando pasaban por delante del cuartel de la guardia, al ver al oficial en la puerta, se volvió hacia él:
- Recordad que respondéis con vuestra vida de la custodia del detenido; no lo olvidéis, oficial.
- Descuidad, Capitán, que aquí seguirá cuando retornéis.
Localizaron a los alguaciles, que seguían comentando lo ocurrido con su jefe el Regidor. El Capitán llamó al que ya en el castillo parecía tener cierta autoridad sobre los otros dos y le dio las instrucciones que había de cumplir y de las que le daría cuenta cuando volviera de regreso. El alguacil se sorprendió por lo que le pedía, pero, al igual que hiciera cuando le ordenó detener al Regidor, cumpliría las órdenes recibidas.

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