viernes, 4 de enero de 2013

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XII (03.01.203)

Y también lo era en la habitación de Ana, interrumpido ocasionalmente por el sordo zumbido, amortiguado por el doble cristal de las ventanas, de algún coche transitando por la avenida de Eduardo Castro.
Ana cerró el libro que dejó sobre la mesita de noche y también las gafas. Apagó la luz de la lámpara, se acomodó en la cama y dejó que su pensamiento regresara allí donde acababa de dejar a Teodegonda enfrentada a su insomnio.

Había oído decir en alguna ocasión o lo había leído, no lo recordaba, que los sueños constituyen el mecanismo por el que el subconsciente manifiesta los deseos, las ansias, los temores, los miedos, las ilusiones… en fin, todo aquello que la realidad parece no querer hacer posible, pero que es, en no pocas ocasiones, la razón para afrontar cada día de la vida, o la vida misma, con la esperanza de que quizás, algún día, lo imposible deje ser tal y los sueños se hagan realidad. Si así fuera ¿el sueño de Teodegonda era la manifestación de lo que deseaban en lo más profundo de su corazón? ¿Sería por tanto capaz de guardar para sí sola el secreto que algún día esperaba conocer y que la mantendría en una cuasi eterna juventud, privando a su hijo de esa información para perpetuarse como reina al lado de Alarico?
¿Podría llegar el egoísmo de una madre a tales extremos? ¿Vería impasible como el paso de los años devoraba la vida de su hijo y como la muerte se lo llevaba mientras ella permanecía? ¿Puede ser tan intenso el deseo de perpetuarse o el miedo a morir como para romper el comportamiento natural de una madre respecto de su hijo? Si una loba lucha hasta perder la vida en defensa de su camada ¿cómo podría Teodegonda soportar ver morir a su hijo sabiendo que ella conoce la forma de evitarlo?
¿Acaso – pensaba Ana – no hay mayor satisfacción para una madre, llegado el fin de sus días, que poder ver como sus hijos la sobreviven? ¿No es insufrible el dolor que produce y nunca desaparece de verles morir?
Yo no soportaría ver morir a Sandra. Daría mi vida por la suya sin vacilar – se decía. ¿Cómo podría no sentir lo mismo Teodegonda?
Poco a poco se fue sumiendo en un sueño que no llegó a ser profundo, pues todas aquellas preguntas se resistían a salir de su pensamiento.

El reloj digital sobre la mesita indicaba las cinco menos cuarto cuando se despertó. Tenía sed, así que se levantó y fue a la cocina donde se sirvió un vaso de zumo de manzana que tenía en la nevera. Mientras lo tomaba, distraídamente echó un vistazo por la ventana. Aún no había empezado a amanecer. Volvió a la cama y trató de dormir, pero, a los diez minutos se convenció de que el intento era inútil. El libro sobre la mesilla era el culpable, así que lo cogió y retomó la lectura.

Ya en su aposento, Teodegonda consintió que Adriana la desvistiera y se metió en la enorme cama adoselada de madera de castaño. Adriana acercó una silla a la cama y se sentó esperando que su Señora hablara. Sabía que así iba a ser, pues no era la primera vez que padeciendo insomnio la llamaba a su lado para hablar, para desahogarse liberándose de las angustias que la mantenían en vela. Durante el embarazo y más aún tras haber parido y contemplado su cuerpo transformado, la situación que ahora vivía había sido casi cotidiana.
- Adriana ¿de verdad el rey está solo en sus aposentos? – se decidió a preguntar.
- Señora, estad segura que así es- contestó.
- ¿Cómo puedo estarlo? ¿Cómo puedes estarlo tú?
- Señora, el rey ha estado reunido con sus asesores y la nobleza hasta muy tarde y es lógico suponer que se encuentra cansado y que si deseara tener en su cama a una mujer, estaría aquí con vos, pues él os ama y además sois la más hermosa de todas las mujeres que hay en la corte.
- Entonces ¿por qué no viene a mí?
- Estoy segura, Señora, que su corazón enamorado está aquí con vos, y que si sus responsabilidades como rey no se lo impidieran, no sólo su corazón, sino que él, estaría aquí, con vos, en toda su plenitud.
- ¿De verdad que así lo crees, Adriana?- preguntó esperanzada.
- Ni por un instante lo dudéis, así que no permitáis que la duda turbe vuestro corazón. Reposad tranquila y entregaros plácidamente al sueño y mañana veréis como todos vuestros
temores no son otra cosa que obra del malvado duende de los celos, que no soporta el amor que el rey os profesa ni el que vos sentís por él.
- Siempre consigues serenar mi espíritu, Adriana. No sé qué sería de mí sin ti. Y ahora quédate a mi lado hasta que me duerma, te lo ruego – le pidió.
- Con gusto velaré vuestro sueño, Señora.

Fuera por las palabras de Adriana o por el cansancio, Teodegonda no tardó en caer en los brazos del sueño. Su respiración era tranquila y apenas perceptible. Adriana siguió sentada al lado de la cama durante un buen rato contemplando el rostro de Teodegonda. En una de las salas de la corte había un busto de mujer, labrado en mármol blanco, de una extraordinaria belleza, obsequio de Rómulo Augústulo a Eurico cuando los visigodos, por el foedus del año 418 eran federados de Roma, pero nada comparable a la de la niña con cuerpo de mujer que ahora plácidamente dormía ajena a las angustias y temores que con tanta frecuencia asaltaban su corazón. No pudo menos que comprender su miedo a que los años le robaran la belleza, pues su rostro era perfecto.
- ¡Pobrecilla¡ - susurró – Mucho has de sufrir por el temor a perder tu belleza, pero aún más sufrirás cuando, impotente, veas como esa piel tersa e impoluta, lenta pero inexorablemente, se arruga y tus grandes ojos, ahora más hermosos que el más azul de los cielos, van apagando su brillo, y tus delicadas manos se vuelvan huesudas y temblorosas. Tus pechos irán perdiendo su tersura y tu vientre, perfecto hoy, se volverá flácido. Mucho sufrirás, niña mía, si no aceptas que nada es eterno, salvo Dios Nuestro Señor, y que el envejecimiento es el camino que algún día nos llevará a Él, por lo que hemos de recorrerlo, no con resignación, sino con alegría. A este mundo llegamos sin nada para que, a lo largo de nuestro tránsito por ese camino que es la vida, nos carguemos de los méritos que, al final del trayecto, nos lleven a gozar de la gloria de Dios.

Ana levantó la vista del libro y sin mirar a ninguna parte en concreto de la habitación, se quedó pensativa. Las reflexión que acababa de hacer Adriana era, sin duda, la consecuencia de una fe indubitable en la existencia de Dios y, por tanto, en la de un Más Allá. La vida no era más que una sucesión de pruebas a la que Dios sometía al hombre y si éste las superaba tendría como premio la vida eterna a Su lado. El Demonio era el instrumento de Dios para probar al hombre, al que tentaba para que se entregara a los vicios de la lujuria, de la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia. Eran pruebas que producían sufrimiento y dolor, que exigían sacrificios y mortificaciones y que sólo se superaban con la castidad, la templanza, la generosidad, la diligencia, la paciencia, la caridad y la humildad. Se vivía para sufrir y se moría para gozar. Hacía falta mucha fe para afrontar la vida de tal manera, para sacrificar lo real, lo tangible en aras de lo imaginario, de lo no probado y, además, hacerlo alegremente, como decía Adriana.
Ana no era creyente. No esperaba que tras la muerte hubiera un paraíso de eterna felicidad. Estaba convencida que el tránsito por la vida era el cielo o el infierno que cada uno iba a disfrutar o sufrir. Para ella la vida era una sucesión continua de malos momentos entre los que, accidentalmente, se colaban momentos buenos. En realidad muchas veces se había preguntado sobre cuál era la razón de la existencia ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué hemos nacido y para qué? ¿Cómo es posible aceptar la existencia de un ser que no tiene principio ni tendrá fin? Y aceptando que así fuera ¿qué necesidad tendría Dios de crear al hombre para que durante su vida le probara que era digno de estar a Su lado? ¿No hubiera sido más lógico, que ese Dios omnipotente y de perfección infinita, hubiera creado al hombre perfecto, sin vicios, directamente? Y además y siempre desde la hipótesis de la existencia de Dios, ¿qué necesidad tendría de que un sinfín de seres creados por Él le alabaran y adoraran eternamente? ¿Para qué? ¿Para satisfacer su divina vanidad? ¿Para satisfacer su soberbia? Pero ¿acaso no son la vanidad y la soberbia vicios propios del hombre y que ha de vencer para agradar a Dios? Y si ese Dios es vanidoso y soberbio… ya no es la perfección infinita, ergo… Y por omnipotente, podrá ser infinitamente bueno, pero también infinitamente malo, y si así fuera, sería la bondad y la maldad infinita y sería infinitamente justo e injusto, misericordioso y vengativo, y su ira sería infinita y de igual manera su paciencia.
Para Ana, Dios es una invención del hombre que, consciente de sus limitaciones, de su fragilidad y de su efímero paso por la vida, necesita creer en la existencia de un ser superior que es quien dirige su vida, causante tanto de los aciertos como de los errores (hágase Tú voluntad) eludiendo así la responsabilidad propia en la toma de decisiones, y que cuanto más se someta a esa Su voluntad, interpretada ésta por la Iglesia, su institución en la Tierra, mayores serán sus posibilidades de gozar eternamente, al final de los tiempos, de la presencia de Su presencia.
En aquel lejano tiempo, testigo de la reflexiones de Adriana y de las tribulaciones y angustias de Teodegonda, en el que los poderes terrenales se sometían a los intereses de la Iglesia de Roma, sin otra finalidad que la de aumentar el poder, la riqueza y la autoridad del papa y sus cardenales y obispos, que ni siquiera ocultaban sus vicios más abyectos ni sus intereses más mezquinos y que amenazaban con las llamas eternas del infierno a quienes no se sometieran a su voluntad, pues ésta no era otra que la de Dios, era imprescindible – se decía Ana – tener mucha fe en el Mas Allá para aceptar la realidad de cada día, ya que careciendo de ella y por tanto no creyendo en la existencia de un ser supremo, todo bondad y justicia, la vida, esa realidad con la que tenía que enfrentarse cada día, carecía de sentido. ¿La compensaría esa fe, o mejor, esa esperanza en un futuro mejor después de la muerte? – se preguntaba Ana – Probablemente – se contestó – pues así se podía inferir del soliloquio al lado de la cama de Teodegonda. Pero ¿compartiría ésta esa misma esperanza? ¿O lo que deseaba era mantener su belleza y juventud en este mundo real antes que ganarse la felicidad eterna en uno que nadie había visto y al que sólo la imaginación era capaz de dar forma?
Los párpados empezaban a pesarle, así que dejó el libro abierto boca abajo sobre la cama, apagó la luz y permitió que el sueño la poseyera. Ya buscaría la respuesta a sus preguntas a la luz del día.

Cuando despertó, eran las nueve y media. Nada tenía que hacer ni nadie la esperaba, así que decidió quedarse en la cama un rato más. Hasta las once, se dijo. Buscó el libro que había dejado sobre la cama pero no lo encontró. Estaba en el suelo, sobre la alfombra a la derecha de la cama. Por lo visto, al moverse ella durante el sueño, lo había tirado.
Al inclinarse para cogerlo, a punto estuvo de caerse ella también de la cama. Buscó la página donde había terminado y se acomodó para seguir leyendo. Reconocía que cada vez tenía mayor interés en aquella reina visigoda, aunque no tanto por reina como por mujer.

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