viernes, 11 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXI (12.01.2013)
Aquel sábado 9 de julio, amaneció soleado como el día anterior. Su plan para ese día era ir a Veguellina y hablar con las personas que le había indicado Duvi. La entrevista con la médico tendría que dejarla para el lunes en San Cristóbal o el martes en Villamediana. No tenía, por tanto, mucha tarea para el día que comenzaba, así que se quedó en la cama hasta las diez.
Una vez que hubo desayunado – le extrañó no haber visto a Roger en el comedor – cogió el coche y se dirigió a Veguellina de Fondo, pero no por la carretera general, sino por la que había visto en el mapa y que seguía el curso del Órbigo pasando por los pueblos ribereños como el propio Requejo, Soto, Alcaidón, Vecilla y Oteruelo.
En Oteruelo tuvo que preguntar cómo se seguía a Veguellina, ya que la carretera que atravesaba el pueblo se confundía a veces con alguna de sus calles.
Llegó, por fin, a la Plaza Mayor donde se levantaba una ermita que estaba siendo restaurada. Dos trabajadores picaban una de las paredes dejando la piedra – eran cantos rodados – a la vista. Un hombre de avanzada edad, que se apoyaba en un bastón, pasaba el tiempo viendo a los albañiles trabajar. Esa estampa le resultaba muy familiar, pues igual ocurría en Gijón con las obras en la calle, en las que en ocasiones había más observadores que trabajadores en ellas.
Aparcó el coche al lado de la zona ajardinada de la plaza, en la que había una fuente.
- Buenos días – saludó al observador.
- Buenos días – contestó el hombre.
- Estaba buscando la casa de… – miró el cuaderno – la señora Benigna, que me han dicho que es la persona de más edad del Municipio.
- Sí que lo es, sí, aunque había otra en San Cristóbal unos meses mayor, pero ha fallecido hace bien poco. A mí me gana por dos años. Ella es del 17 y yo del 19 ¿qué le parece? Mire, la casa de Benigna está casi al final de esta calle – dijo al tiempo que la señalaba con el bastón- y es la que tiene la fachada de ladrillo caravista.
- Entonces usted tiene 92 años ¿verdad?
- Sí señora, cumplidos el 27 de abril – contestó.
- Estoy haciendo un estudio sobre la geste de edad de esta ribera y me gustaría hacerle algunas preguntas si no le importa.
- Pregunte, pregunte lo que quiera, que contestar ya veremos si puedo.
- ¿Recuerda usted la edad a la que fallecieron sus padres o abuelos?
- No, no me acuerdo. Sólo de la de mi mujer, que tenía 90.
- ¡Qué se le va a hacer¡ Y dígame, ¿a qué atribuye usted que haya tanta gente longeva es esta zona?
- Puede a que aquí no hay contaminación como en las ciudades o a que el frío del invierno nos conserva mejor… ¡ Vaya usted a saber¡
- Pues nada. Muchas gracias y que siga disfrutando de la vida muchos años más.
- Hasta que me toque, que aquí no me voy a aquedar para muestra- contestó riéndose.
Ana fue caminando hasta la casa de Benigna. Era el número 12 de la calle La Utrera.
Respondiendo a la llamada del timbre, una mujer de una edad como la suya abrió el portón.
- Buenos días – saludó Ana - Quería hablar con la señora Benigna, si es posible.
- ¿Y…?
- Me llamo Ana Miranda y estoy haciendo un trabajo sobre las longevidad de las gentes de esta tierra del Órbigo y me dijeron que la señora Benigna era la persona de más edad del Municipio.
- Sí, así es – asintió – Pase, por favor. Mi madre está en el patio.
Allí, sentada en su silla, estaba la mujer que buscaba. Se la había imaginado como una anciana de pelo blanco, mirada perdida, encorvada y manos temblorosas, pero…
- Mamá, esta señora quiere hablar contigo.
La señora Benigna volvió la cabeza y miró a Ana. Su mirada era amable y su pelo… seguro que acababa de volver de la peluquería – pensó Ana - pues era de color rubio.
- ¿Conmigo? ¿Quién va a querer hablar con esta vieja? – dijo al tiempo que se levantaba.
- Buenos días – saludó Ana- ¿Qué tal está?
- Pues ya ves, hija, hecha un vejestorio- contestó.
- No diga eso, pues aparenta usted ser sorprendentemente joven para la edad que tiene, tanto que resulta difícil de creer que sea la abuela del Municipio, por lo que me han dicho.
- Gracias, pero créetelo. Ya he cumplido los 94 y he tenido 12 hijos, aunque me veas así de pequeña.
- ¡Doce hijos¡ Es increíble que habiendo criado a doce hijos y supongo que en tiempos muy difíciles, se conserve usted tan bien.
- Mira, esta es mi hija pequeña Felicidad y esa otra que viene ahí es Fuensanta, la anterior. ¿Y de qué querías hablar conmigo?
- Como le he dicho a su hija, estoy haciendo un trabajo sobre la longevidad de las personas que viven en esta zona, por lo que trato de hablar con las de más edad para que me digan a qué atribuyen, como en su caso, haber cumplido los 94 y estar aún tan lozana y si también sus padres o abuelos llegaron alcanzar edades tan avanzadas.
- Te contaré de lo que acuerde, pues ya me empieza a fallar algo la memoria, pero siéntate, que yo si estoy mucho tiempo de pie, me canso. ¿Ves? Por eso llevo siempre conmigo este bastón.
- ¿Te apetece un café? – le preguntó Felicidad
- No quisiera molestar – contestó.
- No es molestia y además está recién hecho. Es de puchero – aclaró.
- ¿Quién puede decir que no a un café de puchero?
Por la puerta que había al fondo del patio, en medio del que se levantaba el brocal de un pozo, entró un hombre.
- Es mi hijo Pedro, que vive aquí conmigo- dijo la señora Benigna.
- Y sus hijas ¿viven también con usted?
- No, no. Sólo mi hijo. Felicidad, que es psicóloga, vive en León y Fuensanta en Madrid.
- ¡Así que se ocupa usted sola de la casa¡ - se admiró Ana.
- Felicidad viene todos los fines de semana y hace la colada y la plancha y cuando estamos las dos como ahora, damos un repaso a todo – comentó Fuensanta.
Felicidad vino con el café y unas pastas y tomó asiento junto a su madre y hermana.
- Las pastas son de casa – aclaró Fuensanta - Son muy buenas.
- ¿Así que quieres saber cómo he llegado a mi edad? Bien, te lo voy a decir: Trabajando desde que era una niña. Solo eso.
- Pero hay personas que precisamente por trabajar mucho mueren pronto- dijo Ana.
- Pues en mi caso… ya ves, y debe de ser así, pues mi hermana Maruca tiene 93 y parece que tiene 80 y mi otra hermana Felicidad tiene 87.
- ¿Recuerda a qué edad fallecieron sus padres? – preguntó Ana.
- Mi padre, que se llamaba Francisco del Riego – contestó – murió con 89 y mi madre, Manuela Vecillas con 85.
Ana saltaba interiormente de contenta. Aquellos datos eran razones que la acercaban cada vez más al convencimiento de que sí, de que algo especial había en aquella tierra. Algo que Bertulfo había descubierto hacía más de quince siglos y que ella intentaría descubrir ahora.
- ¿Y de sus abuelos?
- No, de ellos no me acuerdo, hija. Hace tantos años…
- He hablado ahí en la plaza con un señor que me dijo que tenía dos años menos que usted y …
- Sería Alfonsón – dijo Fuensanta.
- Si, era él. ¿Sabe si hay más gente mayor aquí Veguellina?
- Tan mayor no – dijo la señora Benigna- porque… Otilia y Benigno…tienen más de 80, pero pocos más, aunque, eso sí, están hechos unos chavales.
- ¿Otilia y Benigno dice? – preguntó Ana.
- Sí, son hermanos y viven en la calle de Arriba – contestó.
- Quizás les haré una visita más tarde.
Durante media hora más la señora Benigna le estuvo contando cómo vivían en el pueblo cuando era pequeña, cómo iban a por agua a la manga y cómo unos años antes de la guerra había construido pozos en las casas y la comodidad que supuso la traída del agua corriente a las casas
- ¿Esa manga a la que se refiere es la misma que la de Villamediana o …?
- Sí, sí. Es la misma que llega hasta aquí, donde desagua en el río.
Después, ella y sus dos hijas la acompañaron hasta la puerta donde se despidió agradeciéndole la hospitalidad y la información.
Alfonsón seguía en la plaza pendiente del trabajo de los albañiles.
- Adiós – se despidió Ana – y muchas gracias.
- Adiós – correspondió él
Había sido una mañana realmente provechosa, pensaba mientras conducía de regreso al hotel. Todos los datos que desde la tarde anterior había logrado convergían con los del libro. ¿Habría sentido Bertulfo la misma emoción que ella cuando hizo su investigación para Alarico?
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