sábado, 26 de enero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO VI (27.01.2013)
Habían pasado casi dos meses desde la batalla y las incidencias de la cruzada
seguían siendo el tema principal de cualquier conversación tanto en el castillo como en la ciudad.
La Reina conocía el suceso del negro por boca de Núñez de Lara, con quien departía con frecuencia, así que tuvo conocimiento de su fortaleza y valor.
El Rey era un hombre feliz. No tenía problemas con los reyes de Navarra y León, se había vengado de la derrota de Alarcos; pasaría a Historia como el glorioso vencedor de los musulmanes, el que había derrotado al más grande ejército musulmán que nunca se había conocido y lo había hecho en inferioridad numérica. Había llevado los límites de su reino mucho más al sur del Muradal. Tenía motivos para sentirse satisfecho.
No se cansaba de ensalzar el valor y arrojo de sus caballeros a quien ya nadie sería capaz de vencer, y así lo proclamaba allá donde surgiera la ocasión y si no surgía, él la creaba.
Le agradaba especialmente relatar los detalles de la batalla a su hijo y heredero
Enrique, en quien el Rey tenía depositadas todas sus esperanzas, ya que era su único hijo varón después que falleciera el año anterior su otro hijo Fernando a la edad de 23 años. Todos los que su esposa Leonor le había dado con anterioridad, habían fallecido a los pocos días de nacer. De los 13 que había dado a luz, solo vivían Berenguela, casada con Alfonso IX de León, Urraca, que estaba casada con Alfonso II de Portugal, Blanca, Reina consorte de Francia, Constanza, a la sazón abadesa del monasterio de La Huelgas, Leonor, de 10 años de edad y que tiempo más tarde sería la esposa de Jaime I el Conquistador y Enrique, que con 9 años, le sucedería en el trono de Castilla.
Enrique y Leonor se entusiasmaban con los relatos de su padre; no tanto su madre, que había sido informada de forma más objetiva por Núñez de Lara quien, además, le había contado lo acaecido con el robusto esclavo negro en el cerco al palenque del Miramamolín.
El Rey, obviamente, también conocía tal hecho, pero al relatar los detalles del asalto, lo omitía.
En una de esas habituales veladas familiares en sus aposentos privados, el Rey volvió a hacer proclama del valor y fortaleza de los caballeros cristianos. La Reina, como al descuido, comentó:
- No dudo del valor de los caballeros cristianos, pero que creo, amado esposo, que entre los hombres de raza negra los hay más fuertes que entre los blancos, pues para reducir a uno de ellos miembro de la Guardia Negra del Sultán, tres caballeros experimentados habían tenido serias dificultades.
- Eso, esposa mía, ha sido un hecho aislado e irrepetible que en nada prueba que un negro, esclavo o soldado, sea más fuerte que un caballero castellano.
Enrique y Leonor, les piden que les cuenten lo de ese negro de la Guardia del Sultán, a lo que su madre accede con gusto.
El Rey trata de restar importancia al hecho de que fueran tres los caballeros que rindieron al negro, pero la Reina insiste en su fortaleza, superior a la de los blancos, lo que fuerza a Alfonso, viendo la cara de decepción de su heredero, a comentar:
-Lástima que no podamos comprobar eso que decís, pues no puede un caballero cruzar sus armas con quien no sea de su condición, salvo en la batalla..
La Reina réplica diciendo:
- Cierto es, esposo mío. Es indigno para un caballero cruzar sus armas con esclavo o plebeyo. Por lo que mi afirmación no puede ser refutada, a menos que….
-¿Qué sugerís entonces? pregunta el Rey
- Vos sois el Rey, ¿qué se os ocurre?
- Os propongo que enfrentemos al más fuerte de de los plebeyos de Nuestro reino, con el negro que Vos elijáis.
- Sea como decís - dice la Reina - pero hagamos la elección de nuestros luchadores sin tener que dar cuenta el uno al otro antes de la celebración del torneo.
- Sea - acepta el Rey.
Y acuerdan que el encuentro en el que resuelva la apuesta, sea el domingo de la festividad de Todos los Santos, tras los Oficios religiosos.
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