IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO VII (27.01.2013)
Cuando se despertó aún no había amanecido. Se vistió la cota de malla y la túnica, ciñó la espada a la cintura y bajó a la cocina donde la mujer del posadero trajinaba. Ni el mercader ni el posadero estaban. La mesonera le saludo con una reverencia y le indicó que su marido estaba en la caballeriza poniéndole paja a su caballo y despidiendo al mercader y que si le apetecía le preparaba un desayuno de tocino frito con huevos, pan moreno y vino. El huésped le contestó que sí, pero más pronto que tarde ya que tenía que partir sin demora.
Fue rápida la posadera, pues en modo alguno quería incomodar a un caballero armado y mucho menos antes de cobrar su alojamiento. Estaba terminando de comer cuando entró el posadero saludándole con una exagerada reverencia, e informándole que le acababa de dar de comer al caballo y que este había pasado una noche tranquila según le había contado el mozo.
El comisionado del Rey, metió la mano en la bolsa donde guardaba los dineros que le había entregado el administrador del Rey y dejó unas monedas sobre la mesa y que, a juzgar por la rapidez con que el posadero las cogió, debían de exceder bastante de lo que pensaba cobrar, aunque esto último tampoco lo había tenido muy seguro.
Ya en la caballeriza ordenó al mozo que ensillara su caballo, verifico que la silla estaba firme, montó nada más traspasar el portón y puso el caballo al galope en dirección norte. Tenía intención de llegar a Ávila, la ciudad que había recibido el título de ciudad de Alfonso VII, por lo que se la conocía como Ávila del Rey, pasado el mediodía, pues solo había nueve leguas de distancia y sin montañas considerables que cruzar o sortear; a lo sumo algunas colinas de suave pendiente. Pronto llegó a las proximidades del cerro de Guisando desde donde parecían observarle cuatro enormes figuras de granito que semejaban ser toros o enormes cerdos. Buscó un vado para cruzar el río Burguillo, que bajaba escaso de agua por el estío, y continuó su galope, rápido unas veces, otras al trote y las menos al paso, hacia la aldea de El Barraco, evitando así tener que pasar por el puerto de Paramera. Solo estaba unas cuatro leguas de Avila y salvo un accidente de su caballo, con razón pensaba que llegaría a la ciudad amurallada cuando el sol estuviera en su cenit. Se sentía contento
porque todo parecía indicar que la misión que tenía que cumplir se desarrollaba con normalidad.
Le impresionó la vista de la muralla que rodeaba la ciudad; era, en su opinión, inexpugnable. Entró por la Puerta de Malaventura, guardada por dos soldados con lanza que le miraron con curiosidad mientras se acercaba, pero cuando llegó a su altura, cruzaron sus lanzas impidiéndole el paso.
- Abrid paso a un caballero al servicio del Rey D. Alfonso de Castilla y decidme donde puedo encontrar al Alguacil Mayor de la ciudad¡
Los soldados le abrieron paso y le indicaron que el Alguacil Mayor, por la hora que era, probablemente estaría comiendo en su casa, que se encontraba detrás de la catedral.
No le resultó dificultosa la localización de la catedral. Su torre cuadrada destaca sobre los demás edificios. Las calles eran estrechas y poco concurridas. Había algunos puestos de vendedores de verduras, panes y queso en los que campesinos, cocineras, sirvientes y algunos soldados parecían comprar. Oía los golpes del martillo al golpear el hierro, supuso que la herrería estaría cerca y, al doblar la esquina de una pequeña calle le llegó un fuerte y estimulante olor a carne asada. Procedía de un mesón en cuya puerta colgaba la figura de un cerdo hecho en hierro. Dudó sobre si ir primero a ver al Alguacil Mayor o a llenar su estómago con un buen pedazo de carne asada de cerdo regada con vino tinto, pues lo último que había comido fue lo que le sirvió la mujer del mesonero aquella mañana en San Martín de Valdeiglesias.
La tentación era fuerte y trataba de combatirla recordando lo que su Señor Don Diego le había dicho sobre la importancia y prioridad de la misión encomendada, pero pensaba que, comiera antes o después de ver al Alguacil Mayor, según las instrucciones que tenía que darle, no creía que pudiera influir en el resultado de la misión y, además, estaba muy hambriento y un estómago vacío restaba fuerzas y él las necesitaba todas, pues apenas había empezado a hacer lo que se le había ordenado por su Rey. Decidió pues, ocuparse de recuperar fuerza y entro en el mesón. Su entrada apenas fue percibida ya que el local se encontraba muy concurrido, lo que explicaba el vacío de las calles. En varias toscas mesas de madera, gentes de toda condición y oficio se ocupaban de dar buena cuenta de las carnes que varias mozas traían de los fogones en los que sobre una enorme parrilla se asaban costillas de cerdo, perniles de cordero y otras piezas que el mesonero se encargaba de atender.
Tomó asiento en el extremo del banco corrido de una mesa en la que comían cinco hombres aspecto de mercaderes, otros dos que parecían sirvientes de algún noble a juzgar por las ropas que vestían, y tres frailes de barriga prominente a los que
seguramente más les apetecía la pitanza del mesón que una sopa de verduras en cualquiera de los conventos de la ciudad.
Le miraron apenas unos instantes y siguieron ocupándose de los suyo. Pidió un costillar de cerdo a una de las mozas y una jarra de vino. Comió con ganas y bebió con placer, rematando la comida con un trozo de queso de oveja, acompañado todo con pan de cebada.
Quizá por los vapores del abundante vino que habían libado, uno de los frailes, el que tenía enfrente, dedicándole una sonrisa que pretendía ser un saludo amable le dice:
-Observo por vuestras ropas que sois caballero del Señor de Vizcaya. Estáis muy lejos de vuestra tierra, ¿acaso vais a la corte de Toledo?
- Estáis en lo cierto, fraile. Mi Señor es Don Diego López de Haro, pero no voy a la corte de nuestro Rey, sino que vengo de ella.
-¿Venís de Toledo, decís? ¿Habéis estado allí mucho tiempo? ¿Acaso estuvisteis en la batalla de las Navas contra los musulmanes?
La atención se había disparado y todos los comensales estaban pendientes de la conversación. Apenas habían transcurrido dos meses desde la memorable batalla y tener no sólo un testigo ocular, sino un participante directo en la misma, era una gran oportunidad.
-¿Es cierto que quedaron setenta mil árabes muertos en el campo de batalla? ¿Y que se apareció San Isidro con figura de pastor para guiar a las tropas cristianas por un paso seguro?. Decidnos ¿cómo fue la carga de nuestro Rey Don Alfonso contra la Guardia Negra del Sultán? ¡Contadnos, contadnos !
La jarra de vino que tan a gusto había despachado durante la comida, también estaba haciendo su efecto y le había sumido en un estado de placidez que invitaba a seguir sentado más que a levantarse, así que les contó a grandes rasgos lo acontecido entre la Mesa del Rey y el cerro de los Olivares, como su Señor dirigiendo la vanguardia del ejército y él a su lado, había roto las filas árabes y resistido el ataque de la caballería musulmana hasta que Don Alfonso de Castilla, su primo Pedro de Aragón y Sancho de Navarra cargaron al mismo tiempo y como se rompió el cerco de la Guardia Negra del Sultán que tuvo que huir vergonzosamente, aunque fue poco explícito a la hora de contar lo ocurrido después de la batalla; al igual que Crisanto Martín, sentía vergüenza por lo de la quema de la mezquita de Baeza con los ancianos e impedidos dentro y por haber degollado a los habitante de Úbeda después de rendirse. No eran propios de caballeros tales comportamientos. No era honorable.
Los parroquianos permanecían absortos escuchando su relato.
Cuando terminó, uno de los frailes le dijo:
-Decidnos quien sois para que cuando contemos tales hazañas, podamos decir quien nos las contó.
-Podéis decir, fraile, que os las contó Iñigo Aldai, capitán del ejército del Señor de Vizcaya y vasallo del Rey Don Alfonso de Castilla.
Y sin pronunciar una palabra más, dejó unas monedas de cobre sobre la mesa y salió del mesón en dirección a la casa del Alguacil Mayor.
Encontró a quien, acertadamente, supuso que era el Alguacil Mayor saliendo de su casa. Era un hombre corpulento, con perilla poco cuidada, tocado con un bonete con carrillera y cogotera de color negro, vestido con sayo también negro hasta media pantorrilla, atado por la cintura con un fino cinturón del que llevaba colgando en su vaina de cuero una espada , y medias calzas ajustadas. Calzaba botas bajas de cuero, y también negras. Colgando del cuello llevaba un placa que debía ser, además del atuendo, su identificación como Alguacil Mayor.
Iñigo Aldai, sin desmontar, le aborda:
- ¿Sois el Alguacil Mayor de esta ciudad?
- ¿Quién lo desea saber? – respondió
- Iñigo Aldai, al servicio de nuestro Rey D. Alfonso. Y, a continuación, sacó de su cintura la carta con el sello real que le habían entregado en la Corte y se la mostró al Alguacil. Este reconoció el sello del Rey y sin leer su contenido, no era descabellado pensar que no sabía leer, pensó el Capitán Aldai, le preguntó:
- ¿Y qué deseáis del Alguacil Mayor de esta ciudad?
Entonces, desmontando, le informó sobre lo que de él quería, advirtiéndole que a nadie debía repetirlo ya que así era deseo del Rey y que tal como decía la carta real, tenía la autoridad necesaria tanto para exigirle este cumplimiento como para sancionarle en caso contrario. Que para el día de San Daniel, de regreso a Toledo, le pediría cuenta de lo hecho.
- Descuidad capitán Aldai, pues cumpliré tal como decís en nombre de Nuestro Rey Don Alfonso.
El Capitán, una vez dadas las pertinentes instrucciones al Alguacil Mayor señalándole que para finales de septiembre volvería a pedirle cuentas, salió por la Puerta del Alcázar, que era la más cercana, cruzando la Plaza del Mercado frente al templo de San Pedro ya fuera de la muralla, para seguir su ruta que le llevaría a pasar por la aldea de Mingorría, a dos leguas y media de Ávila y que recorrió en poco más de una hora, ya que el camino era prácticamente llano y descendiendo hasta la llanura en su último tramo. Continuó al trote, pues no quería cansar innecesariamente al caballo.
A partir de ahora no se iba a encontrar montañas, barrancos desniveles. Una inmensa planicie se extendía frente a él, poblada de encinas y robles quejigos entre los que, en la distancia y a un lado y a otro, sobresalían las copas de los chopos y alisos en las proximidades de los arroyos y riachuelos.
Tenía instrucciones precisas dadas por Don Diego López, sobre en que lugares, ya fueran aldeas, villas o ciudades, debería ponerse en contacto con su alguacil o alcalde, por lo que la noche antes de partir de Toledo, dedicó tiempo a prepararse el itinerario que tenía que seguir. Este le llevaba, en la etapa que quería culminar con las puesta del sol o un poco más tarde si fuera necesario, a la villa amurallada de Bernaldos, a unas catorce leguas de Ávila, pasando por Velayos, Sanchidrian y Santa Maria de la Real, y donde tenía intención de pernoctar, ya que llegar a una hora prudente y segura a Cuéllar , no le parecía posible salvo que hiciera todo el recorrido al galope, lo que sería un esfuerzo excesivo para su caballo. Claro que todo estaba condicionado por el estado del camino y no sólo por los obstáculos orográficos que pudiera encontrar, sino también a posibles encuentros no deseados. Si las
circunstancias le fueran favorables, trataría de llegar lo más lejos posible aún cuando tuviera que sobrepasar Bernaldos. Si fuera así, confiaba en que los ríos Eresma y Pirón, que tenía necesariamente que atravesar y que estaban separados uno del otro menos de media legua, bajaran con poco caudal y no supusieran un obstáculo insalvable para ello. De no ser así, perdería bastante tiempo, pues habría de seguir su curso río arriba hasta encontrar un vado y, lo que sería peor, que una vez cruzado tendría de volver atrás si quería seguir por caminos existentes, si no, lo tendría que hacer campo a través, algo que no le apetecía tanto por el caballo como por si mismo ya en ningún momento descartaba la posibilidad de algún encuentro no deseado con bandidos emboscados en aquella inmensa alfombra verde y, a los que no vería hasta que los tuviera encima,. La otra opción sería la de esperar al amanecer del día siguiente para localizar un barquero que lo pasara en su balsa.
Cerca de la aldea de Jemenuño, custodiada al oeste por el monte del mismo nombre, encontró a un grupo de pastores con un gran rebaño de ovejas conducidas por dos perros de aspecto famélico y raza indefinida y un mastín con collar de púas, lo que le hizo pensar en la presencia de lobos por aquellas tierras. EL rebaño ocupaba toda la anchura del camino impidiéndole el paso. Los pastores, que ya le vieron venir de lejos, tan pronto se dieron cuenta de que era un hombre armado, se apresuraron a dar órdenes a los perros mientras ellos mismos abrían el rebaño obligando a las ovejas a salir del camino. Cuando pasó a su altura y vieron el escudo de armas sobre la veste, inclinaron sus cabezas en reverente sumisión, por si acaso, pensando, con razón, que sería caballero importante y que nada ganaban provocando su enojo si no se apartaban, más bien todo lo contrario ya que no les parecía descabellado pensar que un mal lance pudiera costarles la vida de unas cuantas ovejas, o de los perros o, quién sabe, incuso la de ellos mismos, así que mejor dejarle expedito el camino y que se alejara cuanto antes mejor.
Cruzó el arroyo Cercos en Hoyuelos donde aprovechó para que bebiera su caballo y continuó cabalgando por aquella llanura sin fin que alternaba extensos bosques de robles, encinas y, en mayor abundancia, pinos piñoneros con su sombrilla característica, con enormes extensiones de tierra dedicada al cereal y que por haber sido cosechado, era como un inmenso mar de rastrojos de los que, de vez en cuando y quizás asustadas por el galope del caballo, salían volando bandas de perdices, codornices y hasta faisanes.
Recorrió sin ningún contratiempo las tres leguas que aún le separaban de Bernardos.
El sol estaba justo sobre la línea del horizonte a su izquierda, por lo que calculó que aún disponía de luz suficiente para continuar. Su caballo no parecía muy cansado y él estaba acostumbrado a largas cabalgatas, por lo que su tafanario soportaba aceptablemente la silla.
Dejó atrás la cúpula de la iglesia de San Pedro Apóstol de reciente construcción, que sobresalía por encima de las casas de Bernaldos y un poco más a adelante, como a media legua, vio la doble muralla en torno a las ruinas de lo que otrora fuera un imponente castillo desde el que se controlaba el camino de Coca a Segovia, situado en un cerro cerca de la margen izquierda del río Eresma.
El camino hacía un brusco giro a la derecha hasta llegar a un puente de de piedra, de los llamados de lomo de burro, con dos arcos pequeños en las orillas y uno central mayor. Tenía la anchura suficiente para el paso de una carreta y contaba con pretil a ambos lados y tajamares en los pilares. Era una sólida construcción y seguramente muy antigua, de cuya existencia se alegró por lo que le simplificaba su camino. Cruzó el puente y siguiendo el camino pronto llegó a lo que era un molino en el río Pirón.
Había luz en su interior de la casa aneja, seguramente donde vivía el molinero y su familia, por lo que decidió parar con la intención de pasar la noche allí.
El molino lo administraba la municipalidad de Navalmanzano y ésta era propiedad del Obispado de Segovia por entrega que hizo de ella Alfonso VII El Emperador, a mediados del siglo pasado. La municipalidad recibía una parte de la harina obtenida o bien su equivalente en dinero. El molinero recibía una paga mensual equivalente a 120 sueldos de cobre y se beneficiaba de lo que sacaba de la productiva huerta aledaña a la construcción.
No necesitó llamar a la puerta. El pisar de los cascos del caballo sobre las losas a la entrada, alertó a la mujer del molinero que cuando abrió la puerta, se quedó tal como si lo que tuviera delante fuera un fantasma , en los que a pesar de buena cristiana, creía a pies juntillas.
-Soy caballero al servicio del Rey Don Alfonso Nuestro Señor y desearía pasar la noche en vuestra casa, si no tenéis objeción.
-Nos honráis Señor con vuestra presencia. Disculpad mi asombro, pero es que por estos lugares solo vienen agricultores con sus asnos y acémilas con el grano para moler. Os ruego que desmontéis y paséis a nuestra humilde morada mientras doy noticias de vuestra llegada a mi marido, que se encuentra en el molino con nuestro hijo atendiendo a su trabajo al servicio de la municipalidad de Navalmanzano, a cuyo sexmo pertenece el molino.
Le sorprendió a Iñigo Aldai la locuacidad y buenas maneras de la molinera, lo que le agradó, pues haría su breve estancia algo entretenida; sólo esperaba que el molinero
estuviera a la misma altura que su mujer para que se prometiera una cena entretenida.
Ató al caballo a una de las varias argollas de hierro que había fijadas en la fachada de la casa y comenzó a desensillarlo cuando llegó el molinero acompañado de su mujer y de un muchacho de unos quince años. Ambos con un aspecto que hacía honor a su profesión, pues estaban blancos de los pies a la cabeza. El molinero era un hombre de mediana estatura y parecía fornido. El muchacho, su hijo, era tan alto como su padre, delgado y daba la impresión de ser tan ágil como una liebre. Sacudiéndose la ropa, el molinero se disculpó por su aspecto y tras saludar respetuosamente al forastero y le dijo:
- Si me lo permitís, Señor, mi hijo se ocupará de desensillar vuestro caballo y le
pondrá una cebadera con cebada y una manta sobre el lomo para que no se enfríe durante la noche, ya que no disponemos de caballeriza ni nada que pueda hacer de tal. La silla la guardará en el interior para preservarla de la humedad de la noche
- Haced como decís, molinero, que seréis pagado por ello.
Entró en la casa precedido por la mujer y seguido por el molinero. La casa era de una sola planta, con una cocina amplia en la que ardían unos leños entre varias piedras colocadas en círculo. Sobre él, y enganchado en una viga del techo, colgaba una cadena terminada en un gancho. Había otros dos ganchos colocados en eslabones anteriores. Además del la cocina había dos habitaciones separadas entre sí y de la cocina por paredes de cañas lucidas con barro. El suelo era de barro apisonado.
Una mesa de madera con un banco y dos taburetes eran junto a unas rústicas estanterías en las que había colocadas algunas cazuelas de barro y platos, era todo el mobiliario que había a la vista.
- Tomad asiento en nuestra humilde casa, por favor. Mi esposa estaba preparando la cena cuando llegasteis, cena humilde para un hogar pobre, pero que nos honraría que quisierais sentaros a nuestra mesa.
-¿Cómo os llamáis, molinero?
- Mateo Ros, Señor. Mi esposa se llama Matilde Moreno y nuestro hijo, que está atendiendo a vuestro caballo, tiene por nombre Lucas.
- Agradezco vuestra hospitalidad para con un caballero del Rey de Castilla. Compartiré con gusto la mesa con vos.
Se sentaron ambos a la mesa y Matilde puso una jarra de vino con dos vasos y una hogaza de pan de trigo y avena. Mateo llenó el vaso del capitán y después el suyo.
Entró Lucas que, dirigiéndose al Capitán, le dijo:
-Señor, he guardado la silla y puesto al caballo una abundante cebadera con avena después de haberle dado de beber y, después de cepillarle, le he colocado una manta.
- Bien hecho, muchacho. Parece que entiendes de caballos ¿Es así?
- Me gustan mucho los caballos, Señor y cuando mi padre me dé permiso, quisiera irme al servicio de un caballero e intentar se algún día escudero.
- Lucas – le cortó su padre – no molestes al caballero con tus cosas. Ya hemos
hablado de ello muchas veces y sabes que no tenemos medios económicos para que puedas colocarte al servicio de ningún caballero.
Entre tanto, Matilde había puesto dos platos y una fuente con media docena de barbos fritos y berza.
- Espero que os gusten, Señor. Son pescadas de esta mañana en este mismo río.
La berza de la huerta que habéis visto al llegar.
- Veo que vuestro hijo no se sienta a cenar con nosotros. ¿Hay algún motivo para ello?
- Es por deferencia a vos, Señor. Es solo un muchacho.
- Dejad entonces que se siente a la mesa, y vuestra esposa también en tanto no la reclamen sus pucheros, y que disfrutemos los cuatro de este pescado de aspecto tan apetitoso.
- Gracias, Señor, sois muy generoso.
Terminados los barbos, de los que no dejaron nada más que la raspa, y los pimientos, Matilde puso medio queso de oveja sobre la mesa y unas manzanas que no tardaron en desaparecer.
Una vez que habían cenado, mientras Matilde recogía los platos y Mateo llenando una vez más el vaso del Capitán y el suyo, le dijo:
- Pensaréis Señor y con razón que no es asunto mío, pero ¿en qué dirección vais? ¿Hacia el norte o hacia el sur?
-Efectivamente, no es algo que os incumba… pero en correspondencia a vuestra hospitalidad, no puedo menos que satisfacer vuestra curiosidad hasta ese punto. Voy en dirección al norte.
-Disculpadme Señor; mi curiosidad es sólo por vuestra seguridad, pues el camino hacia el sur no ofrece peligro alguno como ya habéis podido comprobar, pero hace cuatro días oí en una de las tabernas de Navalmanzano que había bandas de forajidos por las llanuras más allá de Cuellar, ocultos en los bosques y que asaltaban a cualquier viajero solitario que encontraran e incluso a grupos pequeños de mercaderes, y que habían llegado a cometer asesinatos y sin que los hombres del Alguacil de la ciudad hayan podido dar con ellos, aunque también se comentaba, que si no los encontraban era porque tampoco los buscaban con interés temiendo que fuera verdad lo que contó un mercader que consiguió escapar durante el atraco del que fue objeto su grupo, que dijo que los atracadores parecían o, al menos vestían, ropa de soldados.
- Os agradezco la información Mateo. La tendré muy en cuenta.
Cuando Lucas le preguntó de qué casa eran los colores que figuraban en la sobrevesta e Iñigo Aldai le dijo que era el escudo de armas de la Casa de Haro, Señor de Vizcaya, el muchacho le preguntó si era el mismo que según decían por ahí, había estado con el Rey Don Alfonso en Las Navas de Tolosa, a lo que Iñigo Aldai contesto que sí, todo lo cual llevó a que terminara contando a su reducido auditorio lo que había ocurrido en la batalla de la que el fue testigo y actor en primera línea con Don Diego López de Haro y su hijo Don Lope García.
Puede que en el futuro tuviera un auditorio más numeroso pensaba, pero seguro que nunca tan interesado.
Cuando terminó con su relato, le preguntó al muchacho:
-¿Tu deseo de servir a un caballero es firme? ¿Estarías dispuesto a compartir fatigas y peligros a cambio de nada, puede que a veces ni siquiera de comida? ¿Estarías dispuesto a poner en peligro tu vida en batallas, a dormir sin más techo que el cielo nocturno y sin garantía de llegar vivo al día siguiente?
-.Es mi mayor deseo, Señor, pero, como ya os ha explicado mi padre, me temo que seguirá siendo un deseo durante mucho tiempo.
- No pierdas la esperanza, muchacho, que la vida a veces tiene sorpresas. Bien, mañana he de salir temprano y quisiera dormir un poco.
La velada había terminado y el molinero le informó que Matilde había preparado la cama de su hijo para que durmiera en ella. Ellos dormirían en la suya, en la habitación contigua y Mateo lo haría en el molino.
Le despertó el sonido monótono de la muela del molino girando sobre la solera. Sin duda que Mateo era hombre madrugador.
Se vistió lentamente mientras repasaba lo que tendría que hacer ese día y cuando terminó, salió a la cocina donde Matilde estaba poniendo un plato con dos huevos fritos con tocino sobre la mesa y una jarra de vino. Era el desayuno para su huésped.
Tras saludarse, Matilde le señaló la mesa, en una clara indicación de que lo que allí había era para él.
Cuando terminó de dar cuenta del sencillo y suculento desayuno, preguntó por su marido, pues quería hablar con él.
- Está en el molino, Señor; ahora mismo voy a buscarle.
En momento se presentó Mateo.
-Buenos días, Señor. ¿Habéis descansado?
- Sí, gracias. ¿Podéis decir a Lucas que prepare mi caballo mientras hablo con vos?
- Ahora mismo se lo digo, pues está en el molino.
No tardó en volver y el capitán Aldai le dijo:
- Acompañadme fuera, pues deseo hablar con vos mientras Lucas enjaeza mi caballo, pero antes decidme cuanto os debo por el alojamiento.
- Nos consideramos sobradamente pagados por el honor de haber compartido nuestra mesa y por la extraordinaria velada de la que disfrutamos con vuestro relato de la batalla contra los árabes en el Muradal. Os estaremos siempre agradecidos por todo.
- Os recordaré con agrado, molinero Mateo.
Salieron al exterior y mientras Lucas terminaba de ensillar el caballo, Iñigo Aldai, llevándole aparte, le dijo:
-Quería hablaros sobre vuestro hijo Lucas. Parece un muchacho avispado, respetuoso por lo que he podido ver y decidido a progresar en la vida. Aquí, y corregidme si me equivoco, su futuro será el de molinero, sustituyéndoos a vos y que sin ser una mala suerte, el muchacho se merece tener la oportunidad de llegar más lejos. Así que, si me dais vuestro permiso y a él le parece bien, quisiera llevármelo conmigo en este viaje para que de esa forma inicie su preparación al servicio de un caballero y que pueda, algún día no muy lejano, convertirse en un ejemplar escudero.
- Señor, es nuestro único hijo y solo pensar que pueda irse de nuestro lado, rompe el corazón de su madre y el mío; pero comparto con vos que si se quedara aquí por obediencia su padre, aunque cumplidor con sus obligaciones, nunca sería un hombre feliz. Nosotros, como pudisteis oír anoche, no hemos podido darle la oportunidad de volar lejos de aquí, por lo que lo que tan generosamente le ofrecéis, es como un milagro. Creo que, aunque su corazón sufriera por la separación, se sentiría el muchacho más feliz del reino.
-¿Por qué decís sentiría y no sentirá?
- Veréis Señor. Vos vais a caballo y seguro que no siempre al paso. Yo no dispongo ni siquiera de un borrico para que montado pudiera seguiros ya que a pie sería imposible.
- No os preocupéis por ello, Mateo. Yo le proporcionaré montura tan pronto lleguemos a Navalmanzano, apenas a legua y media de aquí.
- Si es así, Señor, tenéis pues, mi consentimiento para que se vaya con vos, además de mi eterno agradecimiento. Permitidme que se lo comunique a su madre antes de hablar con el muchacho.
Mateo entró en la casa y supo que había informado a su mujer sobre la propuesta cuando oyó a esta sollozar.
-Vuestro caballo está listo, Señor.
-Bien Lucas; ahora vete a hablar con tu padre, que tiene algo importante que decirte.
Un grito de júbilo resonó en el interior de la casa, traspasó las paredes del molino y se expandió por la llanura que regaba el río Pirón.
Los ojos del Lucas que salió de la casa parecían haber absorbido toda la felicidad del mundo. Se acercó al Capitán y poniendo una rodilla entierra cogió su mano enguantada y la besó.
-Os juro Señor, que jamás os arrepentiréis. Seré vuestro más fiel y leal servidor en lo que dispongáis.
- Levanta Lucas, que es preciso que antes de comprometerte, conozcas las condiciones. Lucas se levantó y en sus ojos ahora se podía ver la ansiedad.
- Te llevaré conmigo en mi viaje al norte, durante el cual me servirás en los que sepas y tu intuición te diga, y en el resto yo te instruiré. Para mediados del próximo mes, estaremos de vuelta por este mismo lugar. Si a lo largo de este tiempo quedo satisfecho de tus servicios, seguirás conmigo, si así lo deseas, hasta terminar tu formación; si no fuera así, te quedarás en el molino ayudando a tu padre. ¿Estás de acuerdo con lo que te propongo?.
- ¿Cómo no habría de estarlo, Señor?. Me hacéis inmensamente feliz.
Matilde, que a duras penas podía controlar los sollozos que le ocasionaban tanto la pena por la separación como por la alegría de su hijo, no había perdido tiempo en preparar una saca con queso, tocino, pan y fruta.
-Para el camino por si tenéis hambre- dijo a modo de justificación.
Tras despedirse de su madre con un prolongado abrazo, llegó el momento de hacerlo de su padre quien le dijo mirándole a los ojos:
-Lucas, hijo, vete con nuestra bendición y nunca olvides que molinero o escudero, has de actuar siempre de acuerdo con tu corazón y tu conciencia. Haz que tu madre y yo sigamos siempre sintiéndonos orgullos de ti. Sirve con lealtad a tu caballero, a nuestro Rey y a Dios Nuestro Señor.
Partieron caballero y aspirante a escudero en dirección a Navalmanzano cuando apenas el sol empezaba a asomar sobre las montañas de la lejana sierra de Guadarrama.
El capitán Aldai llevaba el caballo al paso para que Lucas pudiera seguirle sin demasiado esfuerzo. No era mucha la distancia que les separaba de Nalvalmanzano donde le compraría un caballo, y como no andaba apurado de tiempo ya que su destino ese día era el castillo de Cuellar, a sólo cuatro leguas, y perteneciente a la familia de su Señor Don Diego López de Haro, podía permitirse ir despacio.
Cuando entraron en la villa de Navalmanzano, cruzando el arroyo Malucas por un puente de piedra de un solo ojo, Lucas, que ya había estado con su padre en el lugar en varias ocasiones con motivo de hacerse con clavos y herrajes para el molino, le
guio hasta la herrería, pues era el mejor lugar para informarse dónde poder comprar un caballo o, incluso, para comprarlo allí.
Anejo a la herrería había un corral en el que dos caballos de aspecto famélico parecían ensimismados mirando al infinito.
El herrero trabajaba unos herrajes, seguramente para una carreta, y al ver a Lucas, que se había adelantado, le saludó.
-Hola muchacho ¿Cómo está tu padre?
-Bien, gracias, ocupado en el molino, como siempre.
-Eso es bueno pues indica que hay cosechas y que el hambre no nos acechará este invierno. Y ahora dime. ¿Qué te trae por aquí?
-Vengo con mi Señor, que es un importante caballero y que me ha tomado como servidor y quiere comprar un caballo.
Salió entonces el herrero y vio al caballero delante del vallado del corral observando a los jamelgos.
-¿En qué puedo serviros, Señor? le preguntó respetuosamente.
- Quiero compraros ese jamelgo de la derecha. ¿Cuánto pedís por él?
-Tratándose de vos y que lo ha de montar vuestro sirviente Lucas, a quien estimo lo mismo que a su padre, os lo venderé ensillado por cuarenta sueldos de a doce.
-Os daré treinta y daros prisa en prepararlo.
Saco de su monedero las monedas de plata y cobre y se las entregó al herrero.
Este, que no se atrevió a replicar la oferta, entró en el corral y saco el jamelgo delante de la herrería donde lo ató, Después descolgó de la pared una vieja silla de montar con la que ensilló el caballo y le puso el apero de cabeza con las bridas y desatándolo, se lo entregó a Lucas. Para éste, aquel famélico jamelgo, era el mejor caballo del mundo, mejor incluso que aquel que llamaban Babieca y que había montado algunos años atrás el Cid Campeador.
Subido en aquel el caballo mientras al trote se dirigían a Cuellar, se imagina vestido de caballero con yelmo y brillante armadura, con espada al cinto, lanza y escudo y combatiendo fieramente contra los musulmanes.
Le volvió a la realidad la voz del Capitán, que le decía que el lugar de Cuéllar y su castillo pertenecían a su Señor Don Diego López de Haro y que su Alcaide los recibiría con agrado.
Llegaron a Cuellar y enfilaron la subida al castillo, situada en la parte más alta de la población.
El rastrillo estaba subido y la puerta custodiada por dos soldados armados con lanza y que lucían sobre el pecho el escudo de armas de la familia Haro. Cuéllar era una de las poblaciones más importantes de la Meseta Norte, con una gran producción lanar que había generado una notable riqueza dando lugar a la abundancia de iglesias y edificios importantes. En Cuéllar había reunido Cortes Alfonso VIII en 1184, en una de cuyas sesiones armó caballeros.
Los guardias de la puerta reconocieron el escudo sobre la sobrevesta del capitán Aldai y le dejaron franco el paso. Se dirigió, seguido por Lucas, al cuartel de la guardia. Desmontó y antes de poner pie en tierra ya Lucas estaba a su lado presto para sujetar las riendas del caballo de su Señor. Este hizo con la cabeza un apenas perceptible gesto de aprobación y entró en el cuartel. En el interior, cuatro soldados pasaban el tiempo jugando a los dados sobre una tosca mesa. En otra mesa, el que parecía ser el jefe de guardia, al verle se levantó y antes de que pudiera articular palabra, Iñigo Aldai se identifico:
- Soy el capitán Iñigo Aldai, caballero de la Casa de Haro al servicio del Rey Don Alfonso y he de ver al Alcaide, así que anunciadme.
- El Alcaide Fernando Huarte no se encuentra en el Castillo, Señor, pues está reunido en el Concejo en su condición de Procurador Síndico con los procuradores de Tierra y el Regidor real para tratar asuntos de reparto de aguas y pinares de la Comunidad de Villa y Tierra de esta comarca.
-¿ Qué Comunidad de Villa y Tierra es esa que decís, que nunca he oído hablar de ella?.
-Con gusto contestaré a vuestra pregunta Capitán.
La Comunidad está constituida por las poblaciones de la Tierra de Cuéllar que
comparten intereses económicos y a la que nuestro Rey Don Alfonso El Noble otorgó fuero propio para administrarse convenientemente en aras del bien de la Comunidad.
La Comunidad está regida por el Concejo y en él hay una representación del Rey en la figura de un delegado real o regidor.
Esta Comunidad está formada por seis partes o sexmos, de las que la principal es esta villa de Cuéllar y sus arrabales. Las otras cinco partes componen lo que llaman Tierra y reciben el nombre de sus poblaciones más importantes, siendo Montemayor y Valcorba al noroeste, Hontalbilla al oeste, Nalvalmanzano al sur y de la Mata al suroeste.
Cada sexmo de Tierra tiene un procurador en el Consejo al que llaman Procurador de Tierra. El procurador del sexmo principal es el Procurador Síndico, el Alcaide Fernando Huarte.
-Gracias por vuestra información, pero podrías decirme cuándo se espera su regreso?
- No podría decíroslo, pues depende de los asuntos que hayan de tratar que suelen ser abundantes, ya que lo que decida requiere le acuerdo no sólo de los seis procuradores, sino también el del Regidor real. No obstante y dado que ya es el mediodía, si así os parece, enviaré a uno de mis hombres a la cocina para que os sirvan de comer en la sala que hay aledaña a la capilla. Vuestro escudero podrá comer en la cocina.
- Sea como decís, aunque mi escudero se sentará a mi mesa.
Dicho esto salió y le dijo a Lucas que se ocupara de alojar los caballos y que después fuera a la estancia pegada a la capilla.

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