lunes, 7 de enero de 2013


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XVII (08.01.2013)

Ya en la habitación, antes de prepararse para acostarse, salió al balcón desde la que podía ver la terraza donde minutos antes había estado sentada con él. Roger- recordaba que ese era su nombre- seguí allí, en la misma mesa. 
Su comportamiento había sido de lo más correcto y en ningún momento dijo o hizo nada que pudiera hacerle pensar que sus intenciones iban más allá de las de charlar un rato relajadamente mientras se tomaban una copa. Quizás lo había juzgado mal o puede que hubiera interpretado de forma errónea aquella sonrisa que él le dirigió en la cafetería. 
Tenía buen tipo, era educado y no le faltaba atractivo, pensaba mientras se acostaba. Lo más probable es que no le volviera a ver, por lo que cuanto menos pensara en él, mejor, y para que así fuera, encendió la televisión. Era tarde y todas las películas estaban ya muy avanzadas. En el canal 24horas, se entretuvo con las noticias del primer encierro de San Fermín que se había saldado con quince heridos, uno de ellos grave que, como siempre, era un extranjero que corría por primera vez. Cuando se inició la tertulia que iba sobre la situación económica, perdió el interés y apagó el televisor. Después de repasar el plan previsto para el día siguiente y tomar un vaso de agua, apagó la luz y se entregó plácidamente al sueño. 

La claridad del día la despertó. Miró la hora en el móvil y se sobresaltó. ¡Eran las diez y cuarto pasadas¡ ¡Había dormido más de nueve horas seguidas¡ ¡Qué delicia¡ Se levantó y echó un vistazo por la ventana. El cielo estaba radiante y el día prometía ser caluroso. 
En media hora estuvo lista para bajar a desayunar, si es que aún se podía desayunar a las once. 
- Lo siento Señora, pero el servicio de desayunos en el comedor termina a las diez - le dijo la camarera - pero puede tomar lo que desee en la cafetería. 

Un café con leche y el croissant le permitirían aguantar perfectamente hasta la hora de comer. 
Ya en el coche, volvió a mirar el plan de trabajo para ese día. La primera visita que tenía que hacer era al ayuntamiento de San Cristóbal de la Polantera y hacía allí se dirigió. No necesitaba conectar el GPS pues recordaba haber visto el cartel el día anterior cuando venía para La Bañeza. 
Conducía despacio, pues quería ir fijándose en los nombres de los pueblos que se levantaba a orillas del Órbigo y en aquella zona en la que, según el libro, había vivido los Egurros. Apenas pasados unos metros después del puente sobre el Tuerto, reconoció el primer nombre que indicaba el cartel, en la rotonda. Era Requejo, la localidad que había fundado Alarico y en la que, siempre, según el libro, había dejado una guarnición. Alcaidón, Vecilla y Oteruelo, que eran los nombres de los pueblos señalizados a lo largo de la carretera, nada le decían pues no aparecían citados en la novela, como tampoco los de San Román el Antiguo y Veguellina de Fondo, aunque esta última localidad era ella la que la había relacionado con la historia al considerar que el encuentro de Alarico con los Egurros había sido entre las localidades de Villamediana y Veguellina de Fondo. 

Recordaba que el desvío a San Cristóbal estaba muy cerca de la gasolinera, y así era, pues apenas a doscientos metros estaba la raqueta para el desvío. 
Aparcó el coche en una pequeña plazoleta pasado el Ayuntamiento, que identificó por las banderas en el balcón, y se dispuso a iniciar la primera parte de su investigación cuyo resultado condicionaría la realización de la segunda: verificar si las gentes de aquellas tierras alcanzaban edades muy avanzadas. 
Entró en el recinto municipal y supuso que las escaleras que había al frente eran las de acceso a las oficinas, así que subió y pudo ver tras unas puertas de cristal el mostrador de atención al público. 
La mujer que había tras él estaba ocupada guardando unos documentos en un voluminoso archivador, pero al verla a ella, se acercó sonriente y tras desearle los buenos días le preguntó en qué podía servirla. 
Ana, durante el trayecto desde La Bañeza, había preparado mentalmente lo que iba a decir para que quien la atendiera no se extrañara o, lo que sería peor, la tomara por una chiflada si contaba la verdad.  

- Buenos días – contestó al saludo – Me llamo Ana Miranda y estoy realizando un estudio demográfico sobre las distintas comarcas de esta parte de León y, aunque sé que puedo obtener datos suficientes de internet, dado lo poco fiables que son a veces y que no siempre están actualizados, he preferido dirigirme directamente a cada uno de los Ayuntamientos, por si me pudieran facilitar la información que necesito. ¿Cree que sería posible? 
- Sí, claro. Sin ningún problema – contestó la mujer que dijo llamarse Josefina – De hecho tenemos un programa mediante el cual la Diputación mantiene actualizados los datos demográficos, así que puedo entrar en el programa y obtener los datos de la población de este Ayuntamiento por tramos de edad y por sexo. 
- Sería estupendo y se lo agradecería – dijo Ana. 
- Ahora mismo. Ya verá que rápido. 

En algo más de dos minutos, Josefina le entregaba la documentación solicitada. 
Mientras Ana le echaba un vistazo, Josefina le preguntó si el estudio que estaba haciendo tenía alguna relación con el despoblamiento de los pueblos. 
- No. En realidad es más con un hecho que me intriga, cual es la longevidad de las gentes de esta comarca ribereña del Órbigo. Fíjese usted misma en estos datos que me acaba de entregar. ¿No le parece sorprendente que haya ciento cuarenta y tres personas entre los ochenta y los noventa y nueve años y de los que cincuenta y nueve pasan de los ochenta y cinco sobre una población de algo menos de ochocientos habitantes? Es un diez y siete por ciento aproximadamente, un porcentaje muy alto ¿No cree? 
- La verdad es que no me sorprende, quizás porque estoy a acostumbrada a ver gente de esa edad todos los días. Por ejemplo, mi suegro, Miguel Acebes, ya ha cumplido los noventa, y un amigo suyo, Anselmo Blanco, también. Hay gente de mucha edad en este municipio, pero desde siempre, pues hay quienes te cuentan que su padre o su madre o incluso sus abuelos fallecieron con noventa y muchos años y hasta con más de cien algunos. 

- Lo que no deja de ser sorprendente cuando la vida en el campo siempre ha sido muy dura y en el pasado más aún- comentó Ana- Y dígame ¿Cuándo habla del municipio se refiere también a los pueblos que hay al otro lado de la carretera, a la orilla del Órbigo? 
- Si, a todo el municipio, que incluye los pueblos de la Feligresía, que son esos que dice, más San Román y a este lado Matilla. 
- ¿Qué es eso de la Feligresía?- preguntó interesada Ana. 
- Son los pueblos que pertenecen a la parroquia de San Román, donde está la iglesia y el cementerio y que son Seisón, Villamediana, Veguellina de Fondo, Matilla y el propio San Román, todos ellos pedanías de este Ayuntamiento – contestó. 
- Entonces parte de estas ciento cuarenta y tres personas de entre ochenta y noventa y nueve años serán de esos pueblos de la Feligresía ¿verdad? 
- Sí, pero no sé cuantos en cada pueblo ni quiénes son, pues aunque conozco a algunos, no sabría decirle con exactitud su edad. Para eso es mejor preguntar en los pueblos. 
- Bien. Quizás lo haga para tener una información más detallada. Pues muchas gracias por los datos y por la información. Ha sido usted muy amable, Josefina. Que tenga un buen día. 
- Ha sido un placer. Adiós y buenos días. 

Ana bajó las escaleras contenta. Tenía datos que, en principio, añadían algo de verosimilitud a lo que se decía en el libro. Era un buen comienzo y la cosa empezaba a ponerse emocionante. 
Ahora el siguiente paso era analizar aquellos datos. Saber cuántos de aquellos 153 eran de la zona entre Villamediana y Veguellina, algo que no iba a ser fácil. Pensando en ello se dio cuenta de la aparición de una nueva dificultad cual era saber si las gentes de Matilla y San Román, pertenecientes a la Feligresía tenían o habían tenido en el pasado vínculos de naturaleza con los de Villamediana y Veguellina, pues aunque no quería ampliar el círculo mucho más allá de la zona descrita por Alarico, era posible y hasta razonable pensar que gentes procedentes de ella su hubieran asentado en localidades cercanas, siendo, por tanto, más que probables descendientes de los Egurros.  

Al pasar por delante del cementerio de San Cristóbal, en la entrada del pueblo, se acordó de que no le había preguntado a Josefina si los cementerios estaban abiertos durante el día o si había que solicitar la llave a alguien en concreto. Ana quería visitar y así constaba en el plan anotado en su cuaderno, el cementerio de las dos poblaciones que más le interesaban y que, por lo que había dicho Josefina, era el de san Román, común para toda la Feligresía. 
Lo más probable, pensó, es que el cementerio tuviera unas horas de apertura al día, así que al llegar al cruce con la carretera general, giró a la derecha en dirección a San Román, apenas a un kilómetro. 
No tenía idea de donde podía estar el camposanto, pero supuso que no muy lejos de la iglesia, cuyo campanario destacaba sobre el conjunto de casas de la población, así que guiándose por la espadaña entró en el pueblo. Su suposición resultó ser cierta, pues apenas a cincuenta metros detrás de la iglesia y siguiendo la calle por la que había entrado, pudo ver algunas cruces sobresaliendo de la tapia blanca que cercana el recinto mortuorio. 

Aparcó el coche detrás de la iglesia y a pie se dirigió al cementerio. Delante de la segunda de las dos puertas enrejadas que daban acceso al recinto, había una camioneta aparcada y un montón de arena y algunos ladrillos. Se fijó en el rótulo sobre las puertas del vehículo: Reformas de albañilería Agustín Vega. 
La puerta estaba abierta y entró. A su derecha, a `pocos metros, un hombre, sería el de la camioneta, pensó, estaba colocando una pieza de mármol en un panteón. 
- Buenos días – le saludó Ana. 

El albañil, que no se había dado cuenta de su entrada, se volvió hacia ella y correspondió al saludo, siguiendo con lo suyo. 
Ana echó un vistazo al cementerio, que no era de grandes dimensiones y lo primero que le llamó la atención fue la alineación de las calles entre los panteones. Eran calles perpendiculares unas a otras y no había zona de sepulturas en tierra, ni bloques de nichos como solía haber en otros cementerios que ella conocía. El suelo estaba embaldosado y el conjunto parecía muy cuidado. 
Sacó su cuaderno del bolso y empezó a recorrer las calles fijándose en las fechas de fallecimiento que figuraban en las lápidas, aunque no en todas. Fue anotando todas aquellas en las que constaba la edad del difunto cuando pasara de 85 años y también la fecha del fallecimiento. A medida que iba marcando cruces delante de cada dígito entre esos 85 y los 100 años, su asombro crecía, aunque no quiso hacer ninguna valoración en aquellos momentos. Ya la haría cuando en el hotel y con tranquilidad analizara los datos que estaba tomando y los relacionara con los que le había proporcionado Josefina. Su asombro alcanzó el sumun cuando en uno de los panteones pudo leer los nombres de tres hermanas, Aurora, Antonia y Mª de los Ángeles Rodríguez , fallecidas las dos primeras a los 91 y la tercera a los 93 y otra mujer más de la misma familia, posiblemente su madre, Francisca Rodríguez, también a los 91. La última que vio fue la de Rafael Zapatero, fallecido a los 99 años. 
Estaba llegando a los dos últimos panteones, cuando oyó la voz del albañil: 
- Señora ¿va a tardar mucho? Es que es la hora de comer y me tengo que ir dejando cerrado el cementerio. 
- Ya he terminado, muchas gracias. Ahora mismo salgo – contestó. 

Cuando salía, el albañil que estaba esperando para cerrar y que, por lo visto, se había fijado que ella hacía anotaciones en un cuaderno, en plan de broma le preguntó si estaba pasando lista a los presentes. Ana le contestó con el mismo tono que sí, no sea que alguno hubiera salido sin avisar. 
Le dio las gracias nuevamente al albañil y se dirigió a su coche. También ella tendría que comer. Erna casi las dos y aunque había desayunado tarde, empezaba a tener hambre. Comería en el hotel y por la tarde se acercaría a Villamediana y Veguellina. Al llegar al cruce con la carretera general, se fijó que enfrente había un restaurante. La Casona era el nombre que figuraba en el cartel. El porche delantero lo hacía atractivo así que ¿para qué bajar a La Bañeza y regresar más tarde si podía comer allí mismo? Cruzó la carretera y aparcó delante del restaurante. Había cuatro mesas en el porche, pero sin mantel, lo que le hizo pensar que no servían comidas fuera. Entró en el local que era bar y restaurante al mismo tiempo. En un extremo del largo mostrador, a la izquierda de la entrada, un hombre tomaba una cerveza. Detrás de la barra había una mujer. 
- Hola, buenas tardes - saludó Ana – Quisiera comer ¿es posible? 

- Buenas tardes – correspondió la mujer – Claro que sí. Puede sentarse donde quiera, donde más le apetezca y le preparo la mesa en un momento. 
- Muchas gracias. Ahí mismo, en esa mesa- dijo señalando una cerca de la ventana. 
- Donde quiera. Ahora la preparo. 

En tres minutos ya tenía el mantel puesto, el plato y los cubiertos. 
- Normalmente servimos comidas previo encargo, por lo que la carta habitual no es muy extensa. Hoy puedo ofrecerle ensalada, mollejas, lomo con patatas o pimientos, pescado, tortilla de patata con pimiento y calabacín,… 
- Para un día caluroso como el de hoy, una ensalada es lo más apetecible, así que tomaré ensalada y un poco de pescado. 
- Estupendo y ¿para beber? 
- Agua, agua natural, por favor- pidió. 
- En unos minutos le traigo la ensalada y el agua. 
- Gracias. 

Ana tuvo que reconocer que el servicio era rápido. Cuando le trajo la ensalada y la botella de agua, le dijo que como estaba en la cocina, si necesitaba algo antes de que le trajera el pescado, que simplemente la llamara, que su nombre era Gloria. 
Comió a gusto y sobre todo sin esas largas esperas que a veces hay entre plato y plato. Había sido un acierto quedarse a comer allí en vez de bajar a La Bañeza. Cuando terminó, Gloria le preguntó si iba a tomar café. Ana le dijo que tomaría un té, pero que le gustaría tomarlo en el porche mientras echaba un cigarro, si no le importaba servírselo allí. 
- No se preocupe, que se lo sirvo allí encantada. 

Se sentó a una de la mesas, todas estaban libres y encendió un cigarro. No tardó en llegar Gloria con el té. 
- Se está bien aquí a la sombra ¿verdad?- le dijo Gloria. 
- Sí que es verdad. Esto es una delicia – contestó- y sobre todo con esta tranquilidad. 
- Me alegra que le guste. Mucha gente de la que pasa por aquí opina lo mismo. 

Un coche aparcó al lado del suyo y bajaron dos hombres vestidos con ropa de falena. 
- Hola, Gloria. Buenas tardes – saludaron. 
- Buenas tardes- contestó- Ahora os pongo yo los cafés, que José María ha tenido que salir. 
- Es que vienen a tomar el café antes de ir al campo y normalmente a esta hora está mi marido en la barra – dijo a modo de explicación dirigiéndose a Ana – pero ha tenido que ir a La Bañeza y aún no ha regresado, así que si me disculpa… 

¡Qué mujer tan amable¡ - pensaba mientras tomaba el primer sorbo de té. 
Una chica con un perro cruzó la carretera viniendo hacia el pórtico, donde se sentó en la mesa próxima a la suya. 
El perro, mejor dicho era una perrita de color canela, y que tenía un aspecto muy raro, la miró y le soltó un par de ladridos. 
- Greta ¡cállate¡ - le ordenó la chica – No seas mala- Pero Greta no parecía estar por la labor. 
- Es que como venimos aquí casi todos los días, se cree que esto es suyo y ladra para advertirlo – dijo la chica dirigiéndose a ella. 
- No te preocupes – contestó Ana- Me encantan los perros. ¿De qué raza esa? porque tiene una formas muy raras, me parece a mí. 
- De raza desconocida. Al principio, cuando la encontré, pensé que podía ser Labrador o Golden, pero a medida que fue creciendo… 
- ¡Hola Mónica¡ Buenas tardes ¿Qué te pongo?- la llegada de Gloria interrumpió la conversación. 
- Hola, Gloria. Ponme un café con leche, por favor. 
- Enseguida. 
- ¿Dices que la encontraste? – preguntó Ana. 
- Sí, ahora va a hacer un año. La encontré en el pueblo donde vivo, con un día de edad. Medía menos que la palma de mi mano. 

Mónica le contó entonces cómo la había encontrado una tarde en el contenedor de basuras de Villamediana, cómo la veterinaria Belén, de La Bañeza, creía que iba a ser muy difícil sacarla adelante, lo de tener que darle biberón cada dos horas, frotarle la tripa para que hiciera pis y cacas, y como aquella cosita tan pequeña se había transformado en una salchicha con patas. 
- ¡Que va¡ No digas eso. Si es preciosa y parece muy lista, pues fíjate como está pendiente de nosotras. Como si supiera que hablamos de ella. 
- Lista sí que es, pero bruta… No es consciente de su peso y a las otras perras las trae por la calle de la amargura cuando le da por jugar. 
- ¿Pero tienes más? 
- Sí. Ahora con Greta son seis: Chuli y Marlene, que son de mi padre y Layil, Grace, Jack y Greta que son míos. 
- Seis perros son muchos aunque sean de tamaño pequeño. No me los imagino en mi piso. 
- En un piso sería muy complicado, pero en casa tenemos jardín y allí se pasan el día tumbados al sol o jugando. Cuando vienen mi hermano Hugo y Naroa, su novia, traen a sus perras Ichi y Lur y si además también viene mi otro hermano, Xabier, trae a Coco, así que podemos juntarnos nueve, pero no dan nada de lata. Se llevan bien y cada una conoce su puesto en el grupo, así que no hay problema de celos. 
- ¿Y vives en Villamediana?- preguntó Ana. 
- Sí. Tenemos una casa y allí vivimos mi padre y yo. El resto de la familia en Gijón. 
- Yo también vivo en Gijón y hace unos días conocí en allí a la amiga de una amiga mía que tiene una casa en Villamediana. 
- No conozco a nadie de Gijón que tenga casa en Villamediana– comentó pensativa Mónica. 
- Pues eso me dijo. Recuerdo que se llama Tere y es amiga de Carmen, mi amiga. 
- ¿Tere dices? Tere es mi madre – exclamó Mónica. 
- ¡No me lo puedo creer¡ ¡Vaya casualidad¡ 
- Y que lo digas. Cuando se lo cuente a mi madre no se lo va a creer. 

Estuvieron de charla durante un buen rato durante la que Mónica le contó las historias de los otros perros y Ana terminó diciéndole que esa tarde tenía que ir a Villamediana, 
- Pues si vas y quieres conocer a los otros perros… mi casa es la que tiene la entrada por el puente encima del canal. Es la única, así que no tienes pérdida. 
- Pues no te digo que no ¡Ay, perdona¡ Ni siquiera te he dicho mi nombre. Me llamo Ana y el tuyo deber ser Mónica, por lo que dijo Gloria. 

En el transcurso de la conversación, Ana le dijo que la razón para ir a Villamediana donde, aparte de ella ahora, no conocía a nadie, era que tenía que hablar con las personas de más edad del pueblo. 
- …pues yo no conozco apenas a la gente- decía Mónica- El que más la conoce es mi padre, aunque para saber las edades de los más viejos que aún viven y de los que ya murieron, quien mejor te pueda dar datos es Duvi. Es una mujer muy amable y servicial. Si preguntas por ella, seguro que te atiende de mil amores. Y en lo que ella no sepa, seguro que te dirá quién te puede informar. 
- No sabes cómo te agradezco la información- dijo Ana- pues ahora ya sé por dónde empezar. Oye, creo que has venido paseando, así que si quieres, como yo voy para allí, puedes venir conmigo y, si no te importa, me dices dónde vive Duvi. ¿Te parece bien? 
- Te advierto que Greta te va a dejar el asiento lleno de pelos y… 
- No importa- le interrumpió Ana- Tengo el coche hecho una guarrería. No te preocupes, que ya lo llevaré a lavar en Gijón. 
- Pues entonces, cuando quieras. 

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