EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XV (06.01.2013)
Casi sin darse cuenta, mientras se preguntaba por qué esto, para qué, quién… su cabeza ya estaba elaborando un plan y su ánimo se disponía a llevarlo a cabo. Era absurdo, pero ¿por qué no? ¿Qué otra cosa tenía que hacer durante sus vacaciones que se lo impidiera? Nada- se contestó – No tengo nada que me retenga aquí y además, tampoco está tan lejos, por lo que puedo regresar cuando me apetezca si no me gusta aquello.
Estaba decidido. Iría a esa zona del Órbigo, a Villamediana de la Vega, donde el autor de la novela situaba a los Egurros y aunque sólo fuera porque si comprobaba que nada de lo relatado era cierto, dejaría de preguntarse qué contenían las tres hojas que faltaban del libro, qué información traía Bertulfo para Teodegonda.
Ana era una mujer que cuando decidía hacer algo se volcaba en ello. Lo primero que hizo y ya que tenía el portátil encendido, fue enviar un correo a Sandra para decirle que iba a pasar unos días a León, en La Bañeza, una semana a lo sumo, pues no conocía la zona y le apetecía hacerlo. No quiso contarle la verdadera razón para que su hija no pensara que se le había ido la olla, como ella solía decirle cuando tenía alguna ocurrencia que le parecía disparatada.
Después busco en internet hoteles en La Bañeza, pues estando tan cerca de la zona a la que quería ir, era la localidad mejor para montar su cuartel general.
Entre los varios hoteles existentes, eligió el que estaba más cerca de la carretera, a la entrada de la ciudad, el Infanta Mercedes. Miró el precio, que era de 35 € por noche incluido desayuno, que no le pareció nada caro y menos para el mes de julio. Tras verificar si había habitaciones disponibles, hizo la reserva para siete días. Esperaba que fuera tiempo suficiente para hacer las verificaciones que considerara oportunas. Estaba tan excitada por el plan que no le apetecía ir a dormir; simplemente, no tenía sueño, así que aprovecharía esa situación para ir adelantando trabajo, si es que así se le podía llamar a lo que iba a hacer.
Sacó un folio de la impresora y empezó a hacer la lista de lo que necesitaba para llevar a cabo el plan.
Lo primero que necesitaba era un mapa o plano de la zona y que, probablemente, le darían en el ayuntamiento al que pertenecía, que era San Cristóbal de la Polantera, según Wikipedia. Después tendría, y eso era seguramente más complicado, que conseguir un censo de la población para ver las edades de sus habitantes y cuales correspondían a la zona que le interesaba, que era la que estaba delimitada por las dos localidades más próximas a la distancia de tres millas señalada en la novela: Villamediana de la Vega y Veguellina de Fondo, para hablar con los más viejos por si podían darle información sobre a qué edades fallecieron sus padres o abuelos u otras gentes del pueblo. Necesitaría visitar los cementerios de esas localidades, pues en la lápida suelen poner la edad del difunto. Quizás sería conveniente hablar con el médico que atendía esos pueblos, si lo había, e incluso con el cura. Todo ello, por supuesto, siempre que pudiera confirmar con el censo que había un número estadísticamente inusual de personas con edades muy superiores a la de la esperanza media de vida que, en el caso de León, provincia a la que pertenecen Villamediana y Veguellina, es de 81 años, según comprobó en Google. Si no fuera así, el interés se esfumaría, pues todo había sido obra de la imaginación del escritor de la novela.
Confeccionada la lista, la repasó varias veces por si se le había olvidado algo:
1º.- Plano de la zona (Ayuntamiento de San Cristóbal)
2º.- Censo de habitantes de la zona (¿Ayuntamiento?)
3º.- Hablar con los de más edad de Villamediana y Veguellina
4º.- Visitar cementerio/s de esas localidades
5º.- Médico
6º .-¿Cura?
Ya había reservado el hotel, el coche estaba en condiciones, así que sólo le faltaba preparar la maleta para partir al día siguiente por la mañana.
Miró en el Google Maps el tiempo que tardaría desde Gijón a La Bañeza, que era de algo más de dos horas si iba por la autopista del Huerna y de tres si lo hacía por Pajares, aunque la distancia era la misma: 195 km.
Quería correr su aventura sin agobios, lo más relajada que pudiera y dado que no conocía la provincia de León, aprovecharía para ello recorriendo cuanto más pudiera mejor. Optó por Pajares, pues la N-630 le llevaría desde el nacimiento de Bernesga hasta el mismo León, pasando por poblaciones cuyo nombre había oído mucha veces en su trabajo por tratarse de notables localidades carboníferas como Villamanín, Ciñera, Santa Lucía, Pola de Gordón o La Robla.
Se propuso salir sobre las once.
Hizo la maleta con ropa para una semana y, organizado ya todo, se acostó después de tomar una infusión de valeriana, no fuera que la emoción por la aventura que iba a comenzar asaltara su sueño y no la dejara dormir.
El día había amanecido gris, pero tan pronto coronó Pajares, se encontró con un sol radiante que todo lo inundaba de luz. Al iniciar el descenso, ya en la parte leonesa, pudo ver a su derecha un insignificante arroyo abriéndose camino entre los prados y que, poco a poco, al ir recibiendo las aguas de otros que nacían en las laderas de las montañas, aumentaría su caudal llegando a ser un importante río al recibir en Pola de Gordón el aporte del Casares, atravesando majestuosamente León antes de su desembocadura en el Esla, a la altura de Vega de los Infanzones. Era el Bernesga.
A su izquierda quedaron los tejados de pizarra de La Vid y Santa Lucía, por debajo del nivel de la carretera, lo que le permitió una vista espectacular de ambas poblaciones, obligándose, por precaución, a aminorar la velocidad para mejor disfrutar de ella.
En León, siguiendo las indicaciones del GPS tomó la L-30, la circunvalación por el sur de la ciudad y, después, en vez de seguir por la A-71, decidió continuar por la N-120 hasta Hospital de Órbigo. En la rotonda de Hospital tomó la salida de la izquierda, donde la señal indicaba La Bañeza. Según el GPS faltaban unos 15 kms. para llegar a su destino.
Se sorprendió cuando a unos 4 kilómetros vio un cartel que indicaba que la población que atravesaba era Villoria, pues creía que Villoria o Villa Aurea, como decía la novela, estaba cercana al Órbigo.
- Quizá se trate de un arrabal – dijo en voz alta.
Una vez hubo dejado atrás Villoria, a unos 3 kms. un gran cartel a la derecha de aquella enorme recta que era la carretera, marcaba el desvío para San Cristóbal de la Polantera y a la izquierda para Seisón y Villamedina.
Notó que el corazón aceleraba su ritmo. Ya estaba en el que iba a ser su teatro de operaciones, que era una inmensa llanura al final de la que, hacia el oeste , se levantaba una cadena montañosa que supuso sería la Sierra del Teleno. Hacia el este todo era una alargada y tupida masa de arbolado que, con toda probabilidad, señalaba el curso del otrora proveedor de oro de los romanos, el Órbigo.
No podía negar que estaba emocionada. Nunca había estado en esos lugares, pero le parecían familiares, tanto que hasta se sentía parte de ello, pues se los había imaginado mientras leía la novela que hasta allí la había traído.
- ¡Así que esta es la tierra de los Egurros, en la que Teodegonda tenía depositadas tantas esperanzas¡
Ana tenía la costumbre de expresar sus pensamientos en alta voz cuando estaba sola, ya que eso le ayudaba a poner en orden sus ideas, aunque en esta ocasión ese no era la razón, sino la emoción, pues allí estaba ella para averiguar qué pudo decir Bertulfo a aquella angustiada mujer quince siglos antes, si es que todo aquello había ocurrido y, en ese caso, ella sería continuación de la historia de Teodegonda, o si todo lo relatado en el libro era ficción. En cualquier caso, lo que estaba haciendo, o mejor dicho, lo que iba a hacer durante aquella semana, sí que sería parte de la historia de su propia vida, y eso era motivo sobrado para sentirse emocionada.
Cuando cruzaba el puente sobre el Tuerto, ya pudo ver el hotel enfrente. Había llegado a su destino, dijo la voz del GPS.
Eran casi las dos de la tarde cuando entró en el hotel. Se dirigió al mostrador de recepción, a la izquierda de la entrada. La recepcionista, la saludó con una franca sonrisa
- Buenas tardes ¿En qué puedo servirla?
- Buenas tardes – correspondió Ana – Tengo hecha una reserva a nombre de Ana Miranda.
La recepcionista, tras comprobar en el libro de reservas, le dijo que su habitación era la 107 y le pidió el DNI para hacer la ficha correspondiente.
Fijándose en la maleta de Ana, le preguntó si tenía más equipaje.
- Este es todo mi equipaje – contestó Ana – Ah¡ He aparcado el coche ahí mismo, cerca del chino. ¿Estará bien ahí, no?
- Si, si. Muy bien, no se preocupe. Es zona libre aunque, si lo desea puede utilizar el garaje del hotel.
- Gracias, de momento no.
La 107, como el resto de habitaciones del hotel, tenía una pequeña cocina con microondas y vitrocerámica, además de frigorífico. En realidad era un aparthotel.
Le gustó, pues daba a la parte delantera del hotel y era muy luminosa y tenía una pequeña terraza.
Deshizo la maleta y una vez colocada la ropa en el armario, bajó a recepción para preguntar por el restaurante. La recepcionista le informó que el hotel contaba con dos restaurantes, además de la cafetería- marisquería en la que, si lo deseaba, también podía comer.
Optó por la cafetería pues no tenía intención de hacer una comida completa, sino algo ligero. La cafetería era amplia, con ventanales que aportaban una gran luminosidad y orientada, como su habitación, a la fachada principal. Desde allí podía ver la carretera por la que llegó y la rotonda en la que confluía con la N-VI, Madrid – A Coruña y la entrada al centro urbano de La Bañeza. Le causó una grata impresión y se imagino lo agradable que sería sentarse al lado de aquellos ventanales tomando tranquilamente un café o charlando con las amigas, claro que ahora estaba sola. Solo había una mesa ocupada de las muchas con las que contaba el local y eligió una al fondo, cerca de una vitrina que le llamó poderosamente la atención, pues contenía una exposición de libros escolares de los años del franquismo. Pudo ver la Enciclopedia Álvarez de 2º Grado, la Nueva Enciclopedia Escolar de 3º Grado, Geometría de 1º y un buen número de libros de lectura y de Historia. Entre ellos uno con El Cid en la tapa montado en Babieca y una niña ofreciéndole un cuenco con agua. Libros y enciclopedias que ella no había utilizado, pero que le resultaban conocidos por haberlos visto en casa de sus padres, allá en el pueblo y que sí utilizó el mayor de sus hermanos.
Miró la carta sin que ningún plato le llamara la atención, así que le preguntó a la camarera qué le sugería, respondiéndole ésta que las ancas de rana acompañadas con su salsa sobre la que se echaban un par de huevos escalfados, era una de las especialidades pare esa época del año, pues la temporada había empezado a finales de mayo. Nunca había comido ancas de rana y aunque había oído decir que eran una exquisitez, no se creía capaz de comerlas, así que pidió una docena de langostinos a la plancha y una ración de mejillones con tomate, además de una cerveza. No tomó postre, pero sí un té que bebió lentamente, pensando qué podía hacer aquella tarde, pues seguramente el ayuntamiento de San Cristóbal estaría cerrado por la tarde y esa era la primera de las visitas que tenía que hacer si quería llevar un cierto orden en su investigación. Ese orden en el trabajo que iba a realizar, exigía tomar notas, impresiones, datos… por lo que necesitaría un cuaderno o un block. Lo compraría en el chino que había al lado.
Cuando termino el té, subió a su habitación y conectó el portátil para ver si tenía algún mail de Sandra, y así fue. Sandra le decía que se alegraba porque se hubiera decidido a salir y conocer nuevos lugares y en cursiva le decía que si te ligas a alguien, asegúrate que tiene pasta, que por esa comarca tengo entendido que hay mucho rico.
Ana sonrió. No era la primera vez que en tono de aparente broma su hija le decía que intentara rehacer su vida sentimental, que aún era joven y tenía derecho a ser feliz. Lo que no sabía Sandra es que ella aún seguía sintiendo algo por Alberto, aunque… quien sabe. El destino es tan caprichoso a veces…
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