IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXIV (02.03.2013
Durante los tres primeros días, ninguna de las patrullas que vigilaban desde los Torozos el valle del Hornija, observó movimiento alguno de tropas. El Capitán comentó con Pergentino que a pesar de ello, continuarían velando hasta el domingo 15. Si para entonces todo continuaba igual, saldrían de regreso para Cuéllar el domingo a fin de poder estar en la Villa el viernes 20 para que la tropa descansase el menos un día y poder proporcionar la necesaria protección a las iglesia cuellaranas durante los fastos de San Juan y los juegos de toros..
Al otro lado del Hornija, a unas cuatro leguas, en el castillo de Urueña y cuando los primeros rayos del sol incidían sobre el torreón, Daniel Mena se encontraba reunido Leopoldo López, su consejero y con el jefe de su tropa, un veterano soldado curtido en muchas batallas y en las que unas veces luchó a la sombra del pendón de Castilla y otras a la del de León, pues eran muchos los años que llevaba en Urueña, a donde llegó años después de la división del reino de Castilla y León entre los hijos de Alfonso VII, tras la muerte de este cuando regresaba del intento fallido de reconquista de Almería.
Amador García procedía del lugar de Morcín, en el antiguo reino de Asturias. Se había formado como soldado sirviendo al padre del actual Señor de Urueña y con el paso de los años y sus buenos servicios, había ido escalando puestos y asumiendo responsabilidades que culminaron con su nombramiento, por Daniel Mena, como jefe de la tropa cuando este se hizo cargo de la plaza encastillada al fallecer su padre.
Había cumplido ya los 60 años, una edad avanzada para un hombre de armas, pero eran los conocimientos sobre enfrentamientos armados, adquiridos por su larga experiencia, lo que le interesaba de él a Daniel Mena y no tanto su destreza manejando la espada de una o dos manos.
Amador García conocía al que era su Señor, desde su nacimiento. Le había visto de niño jugando y correteando por el patio de armas y realizar sus primeras prácticas con la espada de madera. Le había instruido durante su aprendizaje como jinete, e incluso tapadas sus escapadas por las aldeas vecinas en su etapa de adolescente. Amador García sentía verdadero afecto por el que ahora era el Señor del castillo de Urueña y su lealtad hacia él era incuestionable .Por su Señor haría lo que fuera necesario, incluso dar su vida si llegara el caso.
- Comparto con Vos ese temor de ser sorprendidos por un ataque castellano, - decía Amador García - y la tropa está preparada ante la posibilidad de un ataque aquende el Hornija, pero me temo que provoquemos el enojo de nuestro Rey si, como sugerís, somos nosotros quienes atacamos primero.
- Sabemos - respondió Sancho Mena - que hay tropas acampadas en Torrelobatón y que patrullan el valle del Hornija, algo inusual que obliga a pensar en la inmediatez de un ataque que nos tendría como primer objetivo. Ahora bien ¿cómo defender eficazmente esta plaza sin provocar el enojo del Rey? ¿esperando que sean las tropas castellanas la que lancen el primer ataque y defendernos como podamos tras las murallas?¿durante cuánto tiempo podríamos soportar un asedio?¿acudirían en nuestra ayuda y a tiempo las tropas del Rey. Como ves, son muchas las preguntas y escasas la respuestas.
- Cierto es Señor y no es fácil saber como actuar si, en cualquier caso, estamos condicionados por la decisión del Rey. Esta plaza, con la muralla terminada, es prácticamente inexpugnable por tres de sus cuatro costados y su único acceso posible es por la puerta del Azogue, ya que la de la Villa, en el extremo opuesto, da al valle, desde donde el ascenso es imposible para los hombres de a pie y más aún para los caballeros y que, por encontrarse en un nivel inferior, hace inútil el uso de balistas, magones u otras clases de catapultas. La pendiente es abrupta y el control desde el adarve es total, así que un asedio tendría que ser muy largo para que mellara nuestra resistencia; pero decidme ¿qué consecuencias tendría el hecho de que fueran nuestras tropas las primeras que cruzaran el Hornija? y no me refiero al enfrentamiento armado con el grupo acampado en Torrelobatón, muy inferior al que nosotros podríamos desplazar, sino a la reacción de Castilla. ¿Cuál creéis Vos que sería la respuesta del rey castellano?
- Es difícil prever la reacción de un hombre veleidoso e incumplidor de su palabra, como ya tiene bien acreditado – contestó.
Leopoldo López observaba silencioso. Él tampoco conocía la reacción de aquél que le desterró de Castilla, en caso de que la iniciativa ofensiva partiera de Urueña, pero sí sabía que con ello se crearían las circunstancias que mejor convenía a su plan de venganza.
- Y Vos ¿qué opináis, señor López?. – le preguntó al exregidor de Cuéllar- ¿Cómo creéis que reaccionaría el rey castellano si cruzamos el Hornija?
- Me temo Señor – contestó – que la respuesta a esa pregunta no os la puedo dar por razones que vos mismo, con notable acierto – aduló - acabáis de exponer. El rey de Castilla no solamente es conocido fuera de su reino por su victoria en el Muradal, sino también por el incumplimiento de sus compromisos y pactos, seguramente animado a seguir ese reprobable camino por sus consejeros Núñez de Lara y López de Haro, por lo que he podido saber a lo largo de mi viaje desde Tortosa hasta La Bañeza, por boca de muchos. Ahora bien, la presencia de tropas castellanas no lejos de aquí, no significa que vaya a producirse una ofensiva de forma inmediata. Vos conocéis las razones que motivan su presencia en la zona – le recordó - y que son las mismas que hacen que Vos os encontréis hoy aquí y no en Palacios, así que, en mi opinión, no hay temor a que seamos atacados, pero y de acuerdo con esa máxima de que la mejor defensa es un buen ataque, creo que debierais desplazar un grupo de soldados, al menos tan numeroso como el que está al otro lado de la frontera y que se establezca en el páramos, a la vista de los castellanos, con lo que estos entenderá que no es posible la sorpresa y que estáis dispuesto a luchar. De esa forma ganaréis tiempo hasta que el Rey decida que hacer, Vos habréis asegurado la defensa de la Villa y no habréis incumplido lo dispuesto por vuestro soberano.
- ¡ Excelente, amigo mío¡ – exclamó alborozado - Sois un estratega genial, aunque esto creo que ya os lo he reconocido no hace mucho. Me parece un plan magnífico y lo pondremos en ejecución de inmediato. Nuevamente estoy en deuda con vos.
- Me satisface poder seros de utilidad- contestó
- Y a ti, mi buen Amador ¿qué te parece el plan de este hombre genial?
- Me parece bien, Señor, pues como bien dice, nos permite dar seguridad a la Villa y no incomodar al Rey- contestó.
- Pues no perdamos tiempo y dispón lo necesario para que una partida de, digamos 30 soldados, salgan y acampen en el páramo, a este lado del Hornija y a la vista de los castellanos. Yo quiero conocer la situación directamente, por lo que cabalgaré con la partida y vos, amigo López, me acompañaréis, si no tenéis inconveniente y, una vez conocida la situación, regresaremos a esperar acontecimientos o las órdenes de nuestro Rey
Dos horas más tarde salían por la puerta del Azogue tomando el camino de San Cebrián de Mazote, desde donde continuarían hasta el borde calizo del valle del Hornija, desde donde divisarían Torrelobatón y, esperaban, ver y ser vistos por los castellanos.
El grupo, en cabeza del cual cabalgaban Sancho Mena, Leopoldo López y Amador García, seguido por otros siete hombres a caballo, bajaban despacio por la camino hacia el valle en el que se asentaba el cenobio de San Pedro y San Pablo de Cubillas, con su cimborrio octogonal en el crucero. Cuando iniciaban la subida por la ladera opuesta, dejando a su diestra el cenobio, Leopoldo López volvió la vista hacia la Villa y tuvo que reconocer que, tal como había dicho aquel anciano jefe de la tropa, el acceso desde el valle era imposible. La ladera era muy pendiente y de piedra caliza suelta que dificultarían sobremanera cualquier intento de trepar por ella. La muralla, cuya construcción fue ordenada por Doña Sancha, hermana de Alfonso VII, el Emperador, cuando era dueña de Urueña, terminada por fin después de muchas décadas de construcción, convertía a la Villa en inexpugnable.
Leopoldo López se alegró de que la Villa de Cuéllar no tuviera una fortificación tan imponente y que contara con más puertas de entrada.
Recorrieron aquel mar de quejigos y encinos carrascos que cubrían totalmente la llanura que les separaban del Hornija, en una sola jornada. Fueron cuatro leguas de recorrido realizadas casi en silencio, sin que nadie lo hubiera exigido. Después de 6 horas de marcha, cerca ya del cenobio de San Cebrián de Mazote, repartieron el rancho consistente en un pedazo de pan moreno con un trozo de tocino y algo de queso curado de oveja. Fueron esos momentos los únicos en los que pareció que se levantaba la inexistente prohibición de hablar. La mayoría de los soldados especulaban sobre la finalidad de su marcha. Otros simplemente aceptaban ésta como parte de su oficio sin importarles el dónde, ni el cuándo, ni el por qué. Comían a diario, no les faltaba techo bajo el que dormir y, aunque su soldada era escasa, era mucho más de lo que la mayoría de de la gente de su igual tenían, y todo eso sólo por obedecer sin preguntar.
Daniel Mena y Amador García hablaban sobre las necesidades de la tropa mientras durara su misión y sobre como organizar la logística para asegurar su avituallamiento. Leopoldo López comía en silencio, ensimismado en sus pensamientos y éstos, adelantándose a la tropa, ya estaban al otro lado del Hornija, donde él suponía que estaría aquel maldito capitán Aldai que había dado al traste con sus planes y su futuro y al que odiaba con toda su alma. Pensar en lo cercano en el tiempo que estaba el momento de su venganza, le provocaba una descarga nerviosa que parecía encogerle el estómago. Deseaba ver su rostro retorcido por el sufrimiento y la impotencia para evitarlo, e imaginarlo hacía que se sintiera feliz. Cierto es que para ello, para sentirse así y para poder conseguir el objetivo final, había tenido que pagar el precio de soportar las largas charlas con Benito Riaño y sus repugnantes libaciones en la taberna de La Bañeza y que ahora tenía que mostrarse servil ante aquel incompetente, pusilánime Señor de Urueña, que no tenía otro mérito para ello que ser el hijo del anterior Señor, pero que a juzgar por sus cualidades, más parecía el hijo bastardo tenido de alguna moza con pocas luces de cualquier aldea vecina. Leopoldo López despreciaba la mediocridad. Le quemaba las entrañas ver ocupando puestos de responsabilidad a personas a las que consideraba mentalmente inferiores, sin otra razón que no fuera la de cuna, mientras que él, que había nacido para dirigir, tenía que soportarlos, como con aquel Fernando Huarte, alcaide de Cuéllar o servir, como ahora, a las órdenes de un incompetente como el que tenía apenas a dos varas de él engullendo huevos cocidos con unos modales que – pensaba – mas bien correspondían a los de un cerdo.
Al atardecer, cuando el sol se ocultaba tras los quejigos, llegaban al borde del valle que con el paso de los siglos el Hornija había ido tallando en el terreno calizo. A lo lejos, más allá de la orilla opuesta del río, veían el resplandor de algunas hogueras. Supusieron que se trataba del campamento de las tropas castellanas.
Montaron sus tiendas y se establecieron los turnos de imaginaria. Algunos soldados aprovecharon la escasa luz del anochecer para recoger leña por los alrededores con las que hicieron sendas fogatas, no tanto para calentarse o cocinar, sino para que fueran vistas desde muy lejos, tan lejos al menos como el campamento castellano. Era necesario que su presencia fuera descubierta ya que así lo requería la estrategia que Leopoldo López había expuesto a Sancho Mena.
El capitán Iñigo Aldai fue informado por Pergentino Menéndez sobre la aparición de hogueras en las alturas, al otro lado del valle del Hornija. Los soldados también las habían visto y un cierto nerviosismo se extendió por el campamento. El Capitán ordenó reforzar la guardia reduciendo la duración de cada imaginaria. Aunque suponía que las tropas que tenía enfrente no se moverían hasta que la luz del día se lo permitiera, no quería dejar resquicio alguno a la sorpresa. Tampoco conocía la importancia numérica de la tropa enemiga por lo que no podía decidir que hacer hasta no tener esa información. Esperaría al alba y decidiría entonces si agrupaba a la tropa retirando los centinelas que patrullaban por el Hornija o bien los mantenía ante la posibilidad de que la ostensible presencia de tropas leonesas sólo fuera una estratagema para llamar la atención de los castellanos mientras otros grupos cruzaban el río aguas arriba o bajo sin ser descubiertos y copando así su retaguardia.
Su experiencia como soldado a las órdenes de Don Diego López durante muchos años, le había enseñado que no siempre quien más soldados tiene se lleva la victoria, sino quien mejor los utiliza, y en el peligroso juego de la guerra la astucia era una carta de importancia fundamental.
Nunca hubiera imaginado que al otro lado del río, un par de ojos escudriñaban la noche buscándole. Ni por lo más remoto hubiera supuesto que allá, apenas a un cuarto de legua, se encontraba aquél que fraguó su asesinato y tramó vilmente contra la que hoy era su esposa. No podía saberlo pues lo último que supo del exregidor de Cuéllar fue lo de su destierro.
Mirando fijamente aquellos puntos luminosos sobre el negro horizonte de aquella noche oscura de luna nueva, Iñigo Aldai se sentía incómodo. No sabía qué era, pero había algo que le desazonaba. Esa noche tardó en conciliar el sueño y este fue inquieto. En él vio a su secretario y confesor, el Padre Gumersindo, con su hábito blanco manchado de sangre, haciendo aspavientos en el patio de armas del castillo tratando de ahuyentar a una bandada de cuervos que graznaban sin cesar desde los merlones de la muralla. Tres cuerpos yacían sobre el suelo. Se acercó a ellos; parecían muertos y la sangre se había extendido por sus ropas. Uno, tumbado de espalda, parecía que aún respiraba. Con cuidado le dio la vuelta. Al ver su rostro, el corazón dio un vuelco. Era Lucas, su aprendiz de escudero. Un hilo de sangre fluía desde su sien derecha. Parecía que había recibido un golpe con un objeto contundente, quizás con el puño de una espada. Estaba inconsciente y trató de reanimarle palmeándole la cara. Una carcajada le hizo levantar la vista. Entre los merlones de la Torre del Homenaje, una figura vestida de negro le miraba mientras parecía reírse de él. El contraste con la luz del cielo no le permitía distinguir sus facciones.
- ¡Señor, Señor¡.Está amaneciendo- era la voz de Pergentino que cumpliendo sus órdenes, le despertaba. Su frente estaba cubierta de sudor y su respiración era agitada
- ¿Os encontráis bien, Capitán?- le preguntó Pergentino al darse cuenta.
- Si, sí, estoy bien; solo que he tenido una pesadilla; eso es todo- contestó- Ahora despierta a Oono y reunámonos aquí para analizar la situación a la luz del día.
- Oono está levantado desde hace ya un tiempo y ya viene hacia aquí, Capitán.
Oono había estado pendiente de la actividad en el campamento leonés desde antes del amanecer. Su capacidad de observación, desarrollada por necesidad en su tierra africana, le permitió estimar en una treintena el número de soldados acampados al otro lado del valle, y así se lo comunicó al Capitán.
Iñigo Aldai no consideraba que un grupo de treinta soldados fuera la fuerza ofensiva con la que Alfonso IX pretendía conquistar plazas castellanas a las que se refería el documento interceptado a un mensajero leonés hacía unas semanas.
- No hay duda de que se trata de tropas de Urueña, pues se distingue bien el color azul sobre el blanco en sus pendones – comentó Pergentino – lo que por otro lado nos indica que, al menos, hay diez caballeros.
Oono le miró extrañado.
El Capitán le explicó que los pendones eran utilizados por los señores que llevaban más de diez caballeros y menos de cincuenta. Teniendo en cuenta lo dicho por Oono sobre el número de soldados, los infantes serían unos veinte, lo que le reafirmaba en su impresión de que no era una fuerza atacante de importancia. Quizás su función fuera similar a las que ellos estaban realizando: observar para prevenir cualquier intento de conquista por el contrario.
Iñigo Aldai tomó la decisión de mantener las patrullas de vigilancia a lo largo del Hornija entre Wamba y Marzales. Era, en su opinión, lo más seguro, pues desde donde estaban podían controlar el movimiento de las tropas leonesas y con las patrullas evitaba el riesgo de que una parte de aquellas pudiera vadear el río fuera del alcance de su vista y sorprenderles por la retaguardia.
La presencia de las tropas leonesas le contrariaba profundamente, pues significaba que mientras siguieran allí, a la vista, no podría regresar a Cuéllar donde su amada esposa le estaría esperando preocupada ante la falta de noticias y deseosa de sentir el latir de su corazón cuando, cariñosa, reposaba la cabeza en su pecho. También le preocupaba que Máximo Paniagua no pudiera, por falta de soldados, materializar la oferta de protección de las iglesias que había hecho al Regidor, Pablo Isasi. Pero, ante todo, era un soldado, un caballero, un hidalgo de Castilla y se debía a su cargo y responsabilidades, y por muy doloroso que fuera para su corazón seguir separado de su esposa, y por muy preocupado que le hiciera sentirse el no saber si podría cumplirse con eficacia su promesa a la Comunidad de Cuéllar, no descuidaría ni por un momento sus obligaciones como caballero, ni como capitán de de Don Diego López de Haro ni como leal súbdito de su Rey.

No hay comentarios:
Publicar un comentario