IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXXI (08.03.2013)
Lucas, relegado de cualquier actividad desde que el Capitán había salido en dirección a la frontera, había ido, con la autorización del Padre Gumersindo, a visitar a sus padres en el molino del río Pirón en dos ocasiones. El resto de los días consumía el tiempo deambulando por la Villa, en conversaciones con Máximo Paniagua y en largas veladas en la cocina con Serafina y las mujeres y hombres que eran sus súbditos en aquel reino de olores a carnes y verduras.
Era el primer día de los juegos de toros y Lucas, como cada mañana, le preguntó a Máximo Paniagua si precisaba de él.
- No muchacho, no hay ninguna tarea que tengas que hacer en el día de hoy. Tú solo has de estar dispuesto para partir cuando así te lo ordene el Padre Gumersindo y hacia donde él te diga. Por lo demás, aprovecha el día de juegos de toros y disfruta.
- Bien, pues entonces iré a ver los juegos, que nunca los he visto.
Lucas cruzó la explanada en dirección a la puerta de San Martín. Esquivó a un grupo de hombres, con sus caballos de la brida, que estaban parados ante la iglesia de San Martín. No les prestó atención y tras salir de la ciudadela enfiló la calle que le llevaría hasta San Pedro, desde donde quería presenciar los juegos.
Cuando el Capitán le dijo que se tenía que quedar en el castillo, pues necesitaba un hombre de su confianza que sirviera de enlace entre la ciudadela y él mismo en caso necesario, se sintió halago por la confianza que el Capitán tenía en él, pero también decepcionado, pues deseaba fervientemente ir con la partida y tener así su primera experiencia militar. Aquella chispa alegre que siempre brillaba en sus ojos, pareció perder intensidad cediendo terreno a la tristeza. El Padre Gumersindo, buen conocedor del corazón humano, reconoció la causa de aquel cambio anímico y habló con él haciéndole entender lo importante que era, no sólo para el Capitán, sino para la ciudadela, poder contar con alguien de su ingenio y habilidad capaz de llevar un mensaje a su Señor en caso de que ocurriera algún acontecimiento que pudiera poner en peligro la seguridad del castillo o de la Villa.
Recuperado su ánimo, Lucas volvió a ser el muchacho jovial, curioso, observador, avispado y extrovertido de siempre. Esa mañana caminaba hacia San Pedro con el corazón rebosando ilusión y también más acelerado de lo normal por causa – por qué no reconocerlo, pensó – de una muchacha que allí le esperaba para acompañarle a ver los juegos.
Uno de los días en que deambulaba por la Villa, al final de la calle de los Herreros, la que bordea la muralla este de la Villa y llamada así por ser el lugar de asentamiento de los practicantes de este oficio, uno de ellos le recordó a Oono, pues además de ser muy corpulento, su cara y brazos, tiznados por el polvo del carbón y el humo de su fragua, mas le hacían parecer un africano que un castellano. Estuvo observando durante un buen rato con qué habilidad, a base de golpes de martillo, convertía en herraduras las pletinas de hierro incandescente. Se había dado la vuelta para seguir su camino, cuando oyó una voz que le pareció angelical. Se detuvo y miró hacia atrás .Se quedó boquiabierto y sintió como si sus venas se hubieran vaciado. Delante de él, apenas a unos tres pasos, estaba la muchacha más hermosa que jamás había visto. De pie, delante del herrero, su padre – esto fue lo único que su cerebro fue capaz de pensar - esperaba que terminara con la herradura que moldeaba sobre el yunque.
- Padre - le dijo cuando el herrero puso nuevamente al fuego le herradura a medio hacer - le he traído el almuerzo. Coma algo y sobre todo, beba agua, pues entre el calor que ya empieza a hacer y el de la fragua pueden agotarle.
- Gracias, hija. Eres una bendición con la que Dios Nuestro Señor ha querido compensarme por haberse llevado a tu madre. Sí, comeré un poco y saciaré la sed que este calor y el esfuerzo producen - contestó.
Entonces se dieron cuenta de que delante de ellos había un muchacho, bien vestido, espigado, y con cara de pasmado.
- ¿Quieres algo, muchacho?- le preguntó el herrero.
Lucas tenía la garganta seca; no fluía la saliva en su boca por lo que fue incapaz de contestar.
- ¡Dime muchacho, dime¡ ¿ qué deseas?- insistió el herrero.
Por fin Lucas pudo tragar algo de saliva y humedecer su garganta.
- Nada, nada; sólo miraba la habilidad con la que dais forma al hierro - contestó sin poder dejar de mirar a aquella aparición de ojos verdes que, a su vez, le correspondía con una mirada burlona.
El herrero se dio cuenta de lo que le ocurría.
- Esta es Ana, mi hija y yo soy Elpidio, el herrero, como puedes ver. Y tú, ¿quién eres tan importante que hasta llevas daga al cinto?- preguntó.
Elpidio sabía que en la Villa solo podían llevar armas los hombres autorizados por el regidor Pablo Isasi para evitar que, como consecuencias de una pelea, pudiera haber malheridos o muertos.
- Me llamo Lucas – contestó ya un poco más calmado- y soy el escudero del capitán Iñigo Aldai, alcaide del castillo.
- Pues como puedes ver, mi hija me acaba de traer el almuerzo, así que si aún estás en ayunas, este es buen momento, aunque el lugar no sea el mejor, para darle satisfacción a tu estómago, si te apetece.
- Agradezco vuestra invitación, que acepto con gusto y, sobre el lugar, no creo que hubiera otro mejor - dijo mirando a Ana.
Lucas ya había desayunado, y abundantemente, en la cocina del castillo, ya que de que así fuera se ocupaba con auténtico interés maternal Matilde, pero por nada del mundo perdería la oportunidad de estar cerca de aquella muchacha que, incluso con las ropas humildes que vestía, le parecía la más hermosa de las princesas.
- Pues no perdamos tiempo, que el fuego de la fragua no concede mucha tregua, y avivarlo una vez que ha languidecido, no es tarea fácil – apremió.
Elpidio y Ana se sentaron sobre unos sacos de carbón vegetal y Lucas iba a hacer lo mismo cuando Elpidio le acercó un taburete diciéndole que así estaría más cómodo.
- Déjele, padre, déjele que se siente sobre los sacos si así lo desea - dijo Ana.
Después de oír aquello, Lucas supo que se tenía que sentar sobre los sacos y así lo hizo.
Mientras comían unas tortas de cebada que untaban con miel de brezo, Elpidio le preguntó sobre cómo era la vida en el castillo y cómo había llegado a ser el escudero de un caballero tan importante como el alcaide. Lucas les contó sus aventuras con el Capitán desenmascarando al anterior regidor, su viaje a las tierras del norte, el torneo en Toledo y cómo sus servicios eran tan valorados por el Capitán que además de escudero era su hombre de confianza. Mientras hablaba, observaba que la atención de Ana era cada vez mayor y eso le producía una extraña pero muy agradable sensación en su interior. Por un momento se sintió como suponía que debía sentirse un caballero contando sus andanzas a su amada. Hubiera pasado allí todo el día contando, si hubiera sido necesario, toda su vida desde que vio la luz por primera en temeroso, a orillas del Pirón.
- Ha sido muy agradable tu conversación, Lucas, pero he de seguir con mi trabajo y Ana tiene tareas que hacer en la casa, así que, si me lo permites, vuelvo a mi forja antes de que se apague y – añadió –cuando quieras puedes volver por aquí, que serás bien recibido.
- Os lo agradezco. Volveré entonces, pues ha visto que tenéis allí colgadas algunas espadas aún sin terminar de forjar y me gustaría ver como se hacen, si no tenéis inconveniente.
- Me gusta la gente joven que tiene ganas de aprender, aunque sea de un oficio tan humilde como éste. Ven cuando quieras.
- Pues entonces me despido de vos y de vuestra hija. ¡Ah¡ y gracias por el almuerzo. Las tortas estaban exquisitas- añadió.
Ana había permanecido callada todo el tiempo. Lucas deseaba volver a oír su voz pero le había faltado el valor para preguntarle algo directamente que la obligara a contestar. Pero …
- No sé como puedes decir eso, pues lo único que has hecho es hablar y apenas las has probado – le dijo Ana mirándole a los ojos, en los que en modo alguno había el cariñoso reproche que llevaban sus palabras.
Lucas apenas fue capaz de sostener aquella mirada que le mareaba. Sintió que nuevamente se le secaba la garganta. Notó que la sangre subía en exceso a sus mejillas y como el corazón se aceleraba. Supo en aquel instante que tenía delante a la que sería la reina de su corazón mientras viviera. Cuando se dio la vuelta para marchar, oyó a Ana reírse. Se volvió. Ella le dijo entre risas que parecía que le había gustado más el carbón que las tortas, pues lo llevaba pegado a sus calzones. Lucas no sabía a qué se refería, aunque en el fondo le daba igual, con tal de que siguiera riéndose. Elpidio le dijo entonces que se sacudiera la culera, manchada al sentarse sobre los sacos de carbón. Lucas soltó una carcajada y rieron los tres.
Desde aquel día, Lucas pasaba todos los días por la herrería de Elpidio, casualmente a la hora en que éste almorzaba. Serafina, la cocinera, se había dado cuenta del cambio experimentado por Lucas y que no dudó a atribuir a que alguna moza de la localidad había hecho que sonaran las campanas del corazón de aquel muchacho por el que sentía un verdadero cariño – para ella era como el hijo que nunca tuvo - así que no dudó en preguntárselo directamente. Lucas respondió con evasivas al principio, pero ante la insistencia de ella, terminó por contarle cómo era y cómo la había conocido así como lo de las visita diarias a la herrería a la hora del almuerzo. Serafina le dijo que iba a pensar de él que era un gorrón por ir siempre a esa hora, así que algunos días debería de llevar algo de lo que ella preparaba en la cocina y compartirlo con la muchacha y su padre, pero debía de hacerlo con tacto, si es que el hijo de un molinero sabía tener tacto – le dijo burlonamente - para que ni el herrero ni su hija se sintieran ofendidos.
Así que unos días llevaba una tarta hecha con harina de trigo, otras un queso de oveja, o fruta. Al principio, tanto Elpidio como su hija, pero principalmente Ana, protestaron, pero ante la insistencia de Lucas diciéndoles que no traía aquello porque lo necesitaran, sino porque se lo hacía la jefa de cocina para él y que lo que más le gustaba era poder disfrutar de aquella comida con los consideraba su amigos, aceptaron compartirla.
Con el paso de los días Ana fue participando cada vez más en la conversación durante el almuerzo e incluso, cuando su padre volvía a su trabajo con la forja en el yunque, seguía un rato más de charla con Lucas.
Su madre había muerto al poco tiempo de nacer por unas fiebres malignas, por lo que su padre tuvo que buscarle una nodriza que la amamantó y cuidó durante casi dos años. Después fue él quien ya se ocupó de ella. Su trabajo de herrero le proporcionaba los medios necesarios para asegurar que en su casa nunca faltara que comer ni qué vestir. Con cinco años, Ana ya se ocupaba de preparar la comida de los dos y de mantener limpia la casa. Cuando ya sus fuerzas se lo permitían, también empezó a lavar la ropa que, hasta entonces, Elpidio encargaba a una vecina.
Acababa de cumplir los quince años, edad en la que las muchachas ya tenían pretendientes o se habían casado, pero esto era algo que a Ana no le preocupaba. En alguna ocasión, su padre le insinuado algo en ese sentido, pero Ana le dijo que solo se casaría cuando encontrara al hombre que fuera capaz de hacerle sentir música en su corazón, y que si eso no ocurría nunca, pues se quedaría soltera.
Las visitas diarias de Lucas se fueron convirtiendo en el suceso más esperado de cada día. Le agradaba su compañía. Le gustaba su porte – Lucas siempre acudía a la herrería impecablemente vestido con su jubón y la daga al cinto - su timidez, su sencillez cuando le contaba de donde procedía, cuando le hablaba de sus padres, de su ilusión de llegar a ser algún día armado caballero por su Señor. Le gustaba Lucas, por lo que cuando él le pidió que le acompañara a ver los juegos de toros, accedió encantada, pero sólo si su padre se lo permitía.
Elpidio observaba complacido aquella relación, sin nombre aún, que estaba creciendo entre Ana y Lucas. Un escudero no era mal partido para la hija de un herrero aunque, en su opinión, ella se mereciera un rey. Además consideraba a Lucas como un muchacho responsable, leal y honrado, con sanas ambiciones que, dado lo bien relacionado que estaba, seguro que algún día podría cumplir. En definitiva, le agradaba Lucas, por lo que no puso impedimento alguno a que su hija acudiera a verlos juegos acompañada por el escudero del alcaide del castillo.

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