IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XLVIII (23.03.2013)
El sábado, día seis, a media mañana, un mensajero enviado por el Regidor a Cuéllar, entregaba un documento sellado a Don Alvaro Núñez de Lara, Alférez Mayor de Castilla quien, una vez leído, llamó a Don Diego López de Haro, Abanderado del Rey y a Crisanto Martín. Los tres constituían el núcleo de consejeros más cercano a Alfonso VIII, el Noble.
- Nuestras suposiciones sobre la relación entre el rapto de la esposa del Alcaide de Cuéllar y la posible entrada de tropas leonesas en Castilla, se han confirmado plenamente – anunció Don Alvaro – ya que este informe que acabo de recibir, elaborado por el Regidor Pablo Isasi -acertada elección la vuestra, Don Diego – confirma que el anterior Regidor de la Villa, desterrado de Castilla por traición, ha sido el hombre que ha elaborado el plan para dejar a Cuéllar sin protección y así poder llevar a cabo el rapto de la esposa de vuestro alcaide. Ese hombre, como ya suponíamos, no ha dudado en poner en riesgo la paz entre los reinos de Castilla y León al servicio de sus perversos intereses, por lo que…
- Disculpad que os interrumpa, Don Alvaro ¿podemos pensar entonces que el rey de León, cuando ha autorizado el desplazamiento de tropas a la frontera, lo ha hecho pensando que existía una amenaza real por parte de Castilla? porque si así fuera debería ser informado cuanto antes de la conspiración urdida por ese Leopoldo López con el apoyo necesario del Señor de Urueña.
- Coincido con vos, Don Diego – dijo Crisanto Martín.
- Puesto que los tres estamos de acuerdo, pediré de inmediato audiencia al Rey para darle cumplida información de lo ocurrido –concluyó el Alférez Mayor.
Don Alfonso VIII, el Noble, vencedor del Miramamolín, no pudo ni quiso ocultar su indignación. La frágil paz a duras penas conseguida y firmada en Coimbra dos años antes, corría serio peligro por culpa de aquel hombre en quien había confiado y al que, por consideración a su familia, había desterrado del reino perdonándole la vida.
- A veces, Don Alvaro, la magnanimidad se cobra un precio y, como en este caso, excesivamente alto – comentó el Rey.
- Majestad, haber perdonado la vida a ese hombre, cuya traición había sido probada, fue un gesto propio de un rey al que el pueblo llama merecidamente el Noble y, en modo alguno, ni Vos ni nadie podría pensar que la ruindad de ese hombre fuera tal que no le importara crear un conflicto entre Castilla y León en aras de intereses personales.
- No es hora de lamentarse por las decisiones tomadas Don Alvaro y sí la de deshacer el entuerto creado. Enviaré un embajador a la corte de Nuestro primo reiterándole Nuestro compromiso con el acta firmada en Coimbra e informándole de lo sucedido y, como mejor prueba de ello, disponed lo necesario para que nuestros soldados en el Hornija se retiren a sus cuarteles.
- Permitidme Majestad que os diga que es una sabia decisión. Daré instrucciones para que de inmediato se retiren nuestras tropas.
- Id, pues, Don Alvaro – le despidió el Rey
Al día siguiente un grupo de cinco jinetes, capitaneado por Don Lope Díaz, hijo de Don Diego López de Haro, salía de Toledo en dirección a la corte de Alfonso IX. La tarde anterior, Don Lope había sido llamado por el Rey recibiendo dos documentos que había de entregar al rey de León: un documento de ratificación del compromiso firmado en Coimbra y otro en el que describía los hechos que dieron lugar al movimiento de tropas a ambos lados de la frontera.
Casi al mismo tiempo que salía Don Lope hacia León, un mensajero de Don Diego lo hacía hacia Cuéllar con órdenes para que las tropas de Cuéllar e Iscar regresaran sin dilación a sus cuarteles.
El jueves día nueve, el mensajero entregaba ese documento al convaleciente Padre Gumersindo quien, después de leerlo, llamó a Lucas y le pidió que se ocupara de hacer llegar al Capitán las órdenes recibidas.
Lucas, ya había informado tanto Padre Gumersindo como a Fabián y Oono sobre lo que el Capitán le había ordenado, así que se dispuso a cabalgar hacia La Bañeza, pero antes tenía que pasar por Torrelobatón y notificarle a Pergentino que se habían recibido órdenes de que regresara con las tropas.
Tenía que cabalgar deprisa, pues tres días más tarde, al atardecer, Lucas debía estar en aquella taberna de La Bañeza, tal como le había ordenado su Señor.
No pudo disuadir a Oono y a Fabián para que no le acompañaran. Ambos querían ayudar al Capitán en la búsqueda de su esposa - y es que tres hombres buscando – le dijeron a Lucas – tienes más probabilidades que uno sólo.
En jornada y media cubrieron la distancia de Cuéllar a Torrelobatón. Pergentino mandó llamar a los centinelas destacados en Wamba, Villasexmir, San Salvador y Marzales y dio instrucciones a la tropa para que se preparar para salir con el alba del día siguiente de regreso a Cuéllar.
Lucas, Oono y Fabián continuaron, tras un breve descanso, su viaje a La Bañeza.
Al amanecer, un centinela avisó a Amador García, el oficial al mando de las tropas de Urueña, que los castellanos estaban levantando el campamento. Desde el alto del acantilado sobre el Hornija, observaba extrañado sus movimientos. ¿Será una estratagema – pensaba – o se retiran a sus cuarteles? Decidió esperar hasta mediodía para verificar que, efectivamente, se dirigían al interior de Castilla y no a otro lugar de la frontera. Si se confirmaba la retirada, enviaría un mensajero a Urueña para informar a su Señor y recibir órdenes.
Marcial Costa y Baudelio Pardo, los soldados de Urueña infiltrados en las tropas de Cuéllar estaban confusos. No sabían si debían de seguir desempeñando su papel de soldados castellanos o si tenían que regresar a Urueña. Nadie se había acercado a darles instrucciones en ningún sentido durante su estancia en el Hornija y eso les preocupaba. Ambos eran soldados por necesidad y les daba igual servir al Señor de Urueña que el de Cuéllar. No eran los ideales los que les habían hecho alistarse como soldados bastantes años antes y tampoco los había ahora. Ya, en el pasado, habían sido castellanos, luego leoneses, ahora castellanos otra vez, así que durante la noche, y asegurándose que el Campanero dormía profundamente, sopesaron tanto la idea de desertar y regresar a Urueña como la de seguir como estaban. Les trataban bien, la comida no era mala y la paga era la misma en un lugar que en otro y como no tenían familia que les atara, decidieron que no valía la pena correr el riesgo de perder el cuello, algo que ocurriría si al desertar les descubrían - era el castigo habitual- sí que decidieron seguir en la milicia cuellarana.

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