domingo, 24 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS L y LI (25.03.2013)

CAPITULO L

Leopoldo López no era hombre que se fiara totalmente de nadie y mucho menos de aquellos que le servían exclusivamente por dinero, pues de la misma forma que él había comprado sus servicios, cualquier otro que los quisiera podría hacer lo mismo ofreciéndoles mejor paga. Gerondio le había servido bien hasta la fecha y se había comprometido con acciones que merecerían el castigo más severo de la Justicia. Su participación directa y necesaria en el rapto de la esposa del Alcaide de Cuéllar siguiendo instrucciones suyas, debieran  asegurarle su lealtad, pero, al mismo tiempo, lo convertía para él en aquella espada que Dionisio, El Viejo, Tirano de Siracusa, colgó  de una crin de caballo sobre la cabeza de Damocles, tal como contaba Cicerón en sus Tusculanas. Era seguro que nunca iría a la Justicia, pues sería tanto como ofrecer voluntariamente su propia cabeza al verdugo, pero sí que podría hacerle chantaje amenazándole con informar anónimamente sobre dónde estaba Marta de La Fuente,  bien a los alguaciles o al propio capitán Aldai.  No podía, pues, correr ese riesgo, por lo que decidió que lo prudente era marcharse de La Bañeza. Se iría con ella a un lugar seguro y donde contara con cierta  protección. ¿Y dónde mejor que en Urueña, cuyo Señor estaba en deuda con él y del que era, además, su consejero principal? Sí, se instalaría en Urueña. Estaba decidido. Cuando llegó a La Bañeza, había tomado aquella casa a orillas del Tuerto y pagado su alquiler para un año, por lo que podía irse cuando quisiera sin tener que dar explicaciones a nadie y sin otra obligación que entregar la llave a su propietario; pero había de hacerlo sin que Gerondio se enterara. Lo alejaría de La Bañeza, así que al día siguiente de la llegada de Marta, al filo del mediodía, llamó a su criado.
- Quiero que partas de inmediato a la población de Benavides de Orbigo donde, según he podido saber, hay algunos importantes rebaños de merinas sobre los que tengo interés. Te informarás sobre su número y pertenencia.
- Pero Señor, yo no entiendo de rebaños, ya sean de ovejas o cualquier otro animal, así que mal os puedo servir.
- No es preciso- le replicó- que entiendas de ovejas para averiguar  a quien pertenecen los rebaños más importantes y cuantas cabezas los componen, así que parte ya sin más dilación – le ordenó.
Mejor era no hacer preguntas - pensó Gerondio – mientras me pague y como la paga es buena…
Leopoldo López se aseguró  primero de que Gerondio  abandonaba la casa; después llamó a la puerta del aposento de Marta de La Fuente.
- Señora, disponeos a partir de inmediato. Encontraréis ropa adecuada para cabalgar en el arcón que hay al fondo del aposento. Daos prisa pues no disponenmos de mucho tiempo.
Marta ya se había dado cuenta la noche anterior de la existencia del arcón, pero ni sintió curiosidad por saber  qué contenía ni quería  dar carácter de normalidad a su estancia allí. Aquella noche, cuando Gerondio le preguntó que deseaba cenar, ni siquiera le contestó y cuando el criado le trajo en una bandeja un muslo asado de pollo, pan y un vaso de vino, que dejó sobre la pequeña mesa de la habitación, le dio la espalda en un gesto claramente despectivo. No había cenado ni tomado nada para desayunar. Pensaba que si se sometía a las normas y horarios de su raptor, éste concluiría que empezaba a aceptar su situación y eso, era algo que jamás iba a hacer. Tenía hambre y se sentía con fuerzas, y aún así decidió continuar con su decisión de no seguir su juego por lo que  no abrió el arcón.
Leopoldo López llamó a la puerta.
- ¿Estáis preparada? Salid, pues nos vamos.
Marta ni se movió. Pasados unos instantes y dado que la puerta no tenía cierre interior, Leopoldo López entró en la habitación.
- Señora, os  ruego que salgáis de buen grado, pues no quisiera verme obligado a utilizar métodos que seguramente os resultarían desagradables. Os lo ruego por última vez. Salid ya pues hemos de partir.
Marta, silenciosamente y sin siquiera mirarle, se dirigió a la puerta. El exregidor la siguió.
Poco tiempo más tarde salían por el portón de la casa. En la cerradura quedaba  puesta la llave  y en el interior, sobre la mesa grande, había dejadod una nota para Gerondio con la dirección dónde había de entregar la llave y unas monedas como pago por el viaje a Benavides.
Cruzaron el Tuerto. Leopoldo López en cabeza y atada a su silla las riendas del caballo de Marta.
Había decidido no hacer el viaje a Urueña por el camino habitual; es decir, por Malgrat, Villa Ardega y Belver, pues temía que al pasar por alguna de estas poblaciones, por donde había pasado el grupo al venir de Cuéllar, pudieran alguien reconocer a Marta y de esa forma dejar pistas sobre su paradero. Harían el camino más al norte, por Roperuelos, Valderas, Castroverde de Campos y Morales. Tardarían un poco más, pero era más seguro.


CAPITULO LI

Lupicinio le sugirió al Capitán que entraran en La Bañeza por Requeixo de Alarico y al atardecer, pues si lo hacían  a la luz del día, desde la casa que  habitaba el comerciante tortosinio, donde retenían a la Señora, podrían verles fácilmente, lo que les pondría en alerta. Era mejor cogerles por sorpresa.
Esperaron delante de la iglesia de Santa Leocadia a que el sol se ocultara por detrás del Teleno.
Lupicinio había  dado detalles del comerciante tortosino a Iñigo Aldai, por lo que éste ya no tenía ninguna duda de que se trataba del anterior regidor de Cuéllar, el hombre al que había llevado ante el Rey acusado de asesinato y conspiración y que Alfonso VIII, el Noble, había castigado desterrándole del reino para siempre.
El Capitán estaba preocupado, pues pensaba que  siempre y cuando el rapto hubiera tenido motivaciones políticas, la seguridad de su esposa no correría peligro, pero al tratarse de lo que era una venganza personal, fruto del odio, de la frustración y de la ruindad personal, al ser él el objetivo de esa venganza, el riesgo para su esposa era grande, ya que cuanto más daño le hiciera a ella, ese daño se multiplicaría hasta el infinito para él. No podía dejar que Leopoldo López les viera. Si eso ocurría, quizás la presencia tan cercana de aquél de quien se quería vengar, le llevaría a  llevar a cabo alguna acción con consecuencias irreversibles np0arav su esposa. La prudencia se imponía a la hora de realizar cualquier movimiento, por lo que no pudo menos que estar de acuerdo con la sugerencia de Lupicinio de esperar al anochecer lejos de la vista desde  la casa de aquel felón exregidor.
Poco a poco iban siendo menos numerosos las personas que cruzaban el puente hacia la Villa procedentes de las asentamientos cercanos así como las que llegaban o iban a la cercana localidad de Xaxa Oxa en el camino de La Bañeza  a  Palacios de La Val d`Ornia.
Al no ser una villa amurallada, la entrada en ella no estaba limitada por horarios o pasos, así que nada más ocultarse el sol, Iñigo Aldai y Lupicinio se dirigieron desde Requeixo a La Bañeza  cruzando el puente sobre el río Tuerto con el caballo de la mano para evitar llamar la atención. El Capitán tenía planeado acercarse a la casa donde Lupicinio le había dicho que estaba su esposa, comprobar que gentes había en la casa y entrar en ella de forma sigilosa para sorprender  y reducir al exregidor y recuperar a Marta.
La casa estaba situada a  unas veinte brazas a la derecha del puente y entre el camino de acceso y el río Tuerto había una  variada y abundante vegetación arbustiva que les facilitaba el acercamiento.
Ambos caminaban en silencio, cubiertas su cabezas con  capuz, tratando de dar la impresión, si alguien les observaba,  de que eran dos hombres que, como otros muchos, regresaban a su aldea al finalizar la jornada.
Pasaron por delante del portón de entrada e Iñigo Aldai y miró con disimulo y sin detenerse.
- Esta es la entrad, Señor – susurró Lupicinio
- Veo que tiene la llave puesta en la cerradura, lo que me parece muy extraño- comentó el Capitán – y que tanto puede indicar que hay gente dentro y que se han olvidado de retirarla, o lo contrario.
- Nadie deja la llave puesta si está en casa, Señor – dijo Lupicinio – al menos aquí en La Bañeza. Creo que han salido y se han olvidado de retirarla al cerrar el portón.
- Necesitamos asegurarnos, así que acércate y  golpea con la aldaba. Si hubiera  alguien, saldrá a abrir - dispuso el Capitán- Yo me colocaré a un lado para reducir a quien salga y poder entrar. Una vez que yo entre, tú te quedarás aquí fuera, escondido entre las sombras, cuidando  mi caballo y manteniendo a buen recaudo al sirviente.
- Señor, os prevengo que si quien sale a abrir la puerta, si es que hay alguien dentro – advirtió Lupicinio – es ese Gerondio, puede ser peligroso, pues suele ir armado con una daga que maneja con facilidad.
- No te preocupes por eso, pues no tengo intención de darle la oportunidad de usarla. 

Se acercaron cautelosamente. El Capitán pegó la espalda al arco de sillería del portón.
A su indicación, Lupicinio, que  con su mano izquierda llevaba la brida del caballo, golpeó con la aldaba. Esperaron unos instantes. No se oía ningún ruido en el interior. Repitió la llamada. La casa parecía estar vacía. 
-   Voy a entrar- dijo el Capitán- así que ocúltate entre los arbustos, pues si alguien viniera a  la casa, nada le debe alertar. ¿Sabes imitar el canto de algún pájaro nocturno?
-   A veces entretengo a mis hijos imitando el canto de los pájaros y el del  búho me sale muy bien – contestó un poco sorprendido.
-     Bien, pues si mientras estoy dentro alguien trata de entrar en la casa, imita al búho y así no podrá sorprenderme, sino al contrario.  Ahora escóndete tras esos arbustos – le ordenó – que voy a entrar.
Lupicinio se alejó con el caballo unas diez varas y se escondió tras los arbustos.
El Capitán  se acercó para girar la llave. Los mecanismos de la cerradura se deslizaron sin el menor ruido. Empujó suavemente la puerta  que giró sobre sus goznes y accedió a un patio de medianas dimensiones. Había un fuerte olor a excrementos de caballo. La luz de la luna nueva que se estrenaba aquella noche del tres de julio,le permitió ver  una puerta que, probablemente, era la de acceso a la casa. Se acercó a ella, agarró el picaporte y la empujó. La puerta se abrió sin ninguna dificultad. Prestó atención por si oía algo. Nada. El silencio era absoluto. Cuando sus ojos se adaptaron  a la oscuridad pudo ver que se encontraba en una pequeña antesala.Una silla de madera era el único mobiliario. Al fondo había una puerta de doble hojas. Se acercó a ella cuando  oyó el canto de un búho. Lupicinio le advertía de que alguien llegaba. Volvió sobre sus pasos y cuando estaba a punto de alcanzar la puerta de entrada al patio, vio como ésta se abría. Se escondió entre las sombras. Era un hombre solo el que entraba con su caballo de la mano. ¿Sería  Gerondio, el  sirviente del exregidor y jefe del grupo de raptores de su mujer?

Gerondio  traía la información que su amo le había solicitado sobre los rebaños  de ovejas más importantes de Benavides y sobre quienes eran sus propietarios. Se sorprendió al encontrar la llave puesta en el portón de entrada a la casa y dudó sobre si entrar o no. Decidió entrar pensando que lo de la llave era un descuido de su amo que, seguramente, habría ido a la taberna como otras muchas noches.
 Estaba atando su caballo a una argolla fijada en la pared, cuando se sintió sujetado por el cuello y notó el filo de una daga en su garganta. Tenía la suficiente experiencia como para saber que debía quedarse quieto.
- ¿Quién eres? – le preguntó  el Capitán.
-     Me llamo Gerondio – respondió – y soy el sirviente de esta casa, y si has entrado aquí con intención de robar, te prevengo que has perdido el tiempo, pues mi amo no guarda aquí fortuna ni objetos de valor.
 -     No es eso lo que busco, sino información que tú me vas a dar si no quieres esta noche sea la última de tu vida- le contestó – así que dime ¿dónde está la mujer que tu amo ha traído a esta casa?
Gerundio notó el aumento de la presión de la daga sobre su cuello. Un escalofrío recorrió su cuerpo al oír la pregunta. ¿Cómo el hombre que te tenía cogido por el cuello sabía lo de la mujer? No  era la voz de ninguno de los hombres que le habían acompañado a Cuéllar y nadie les había visto llegar. ¿Sería acaso que alguno de los perseguidores, que suponía les habían seguido desde Cuéllar, había conseguido localizarles, por muy improbable que pareciera? Si era así, su vida – pensaba Gerundio – no valía un cobre. Necesitaba ganar tiempo para encontrar una salida a la situación.
- ¿De qué mujer me hablas? Yo vengo ahora de la población de Benavides de hacer unas gestiones para mi amo  y cuando salí de aquí, en esta casa no había ninguna mujer – contestó – así que quizás te hayas confundido de casa, ni siquiera para el servicio, pues mi amo gusta de comer fuera.
- ¿Y dónde está tu amo ahora?- le preguntó
- Debiera estar en casa, pues cuando pernocta fuera me lo advierte para que deje todo bien cerrado- contestó.
- Veremos si has dicho la verdad o me has mentido-  dijo el Capitán – ahora vuélvete despacio y cruza los brazos.
- Te aseguro que te he dicho la verdad. No sé de qué mujer me hablas.
Al volverse pudo, a pesar de la oscuridad, ver la cara del Capitán. No le resultaba conocida, por lo que, sin duda, aquel hombre era de Cuéllar en busca de la mujer que habían raptado. Si no conseguía convencerle de que nada sabía de esa mujer, su vida correría serio peligro.
El Capitán le agarraba  del cuello con su mano izquierda manteniendo la daga en la derecha.
- Enciende ese antorcha – le ordenó
Gerondio cogió el pedernal y la estopa que  había sobre un saliente de la pared a la derecha de la antorcha y la encendió.
No le gustó a Iñigo Aldai el rostro que vio a la luz de la antorcha. Había algo maligno en su mirada. Eran unos ojos negros, hundidos e inquietos. Era la mirada de un hombre sin escrúpulos, capaz de cualquier felonía. 
Desde su escondite entre los arbustos, Lupicinio vio la luz en el patio de la casa. Se acercó cautelosamente, pues no había oído ningún ruido ni el Alcaide le había llamado. No sabía lo que podía haber pasado.
 Al estar más cerca, ya en el dintel del portón, pudo ver  que el Capitán tenía cogido  por un brazo al hombre que había entrado.
- ¡Acércate¡ - le gritó el Capitán
Gerondio quiso volverse para ver a quien se dirigía, pero el Capitán se lo impidió. Quería  ver su  reacción  frente a Lupicinio, pues si el hombre al que mantenía agarrado por el brazo  no era el ejecutor del rapto, al ver a Lupicinio no reaccionaría de ninguna forma, mientras que si lo era, no podría ocultar la sorpresa de ver a uno de sus cómplices y ya no le cabría ninguna duda de que todo estaba perdido y que ocultar la información que le pedía en nada le iba a beneficiar. Claro que podía ser un hombre con tal sangre fría que en ningún caso se inmutara, pero si Lupicinio le reconocía como el jefe del grupo de raptores, esa capacidad de autocontrol, no lo iba a proteger.
- ¡Vuélvete¡ - le ordenó- ¿reconoces a este hombre?
Gerondio se volvió y al ver el rostro de Lupicinio, supo que de nada le iba a servir negarlo. Si Lupicinio había contado lo ocurrido, siendo culpable como era y estaba allí y además había estado fuera sin escapar, si confesaba su participación en el rapto cumpliendo, bajo amenazas, estrictas órdenes de su amo, quizás pudiera salir bien  o menos mal librado de todo aquel asunto. Su amo le había pagado bien por el trabajo y además la reventa de los caballos al herrero también le había proporcionado pingüe beneficios, así que ¿por qué poner en riesgo todo lo ganado. Nada le debía a su amo y su lealtad hacia él ya estaba sobradamente cumplida. Decidió hacer su jugada.
- Sí- respondió- Este hombre se llama Lupicinio y es mi vecino y él, como yo, hemos prestado servicios a mi amo.
- Lupicinio ¿ es este el hombre de quien me hablaste? ¿Es este el hombre que te contrató para raptar a mi esposa?
Así que aquel hombre era el alcaide de Cuéllar, el que tenía una deuda con su amo que no quería pagar.
- Así es, Señor- contestó Lupicinio- este hombre me contrató a mí y a otros tres para  llevar, por deseo del Rey, a vuestra esposa ante su padre.
- Es cierto lo que Lupicinio  dice, Señor. Yo cumplía las órdenes que mi amo me dio y que no eran otras que traer a vuestra esposa ante su padre, pues era deseo de éste verla ante de morir y así se lo hizo saber al Rey quien, para evitar enojar a su  primo Alfonso VIII, ordenó a mi amo que se ocupara de ello.
- Y si esas era las órdenes, ¿por qué trajisteis a  mi esposa a este lugar?- preguntó
- Porque así me lo ordenó mi amo, con la advertencia de que si no cumplía sus órdenes, sería severamente castigado, pues era lo mismo que incumplir una orden del Rey.
- Y ahora, te repito la pregunta ¿ dónde está mi esposa?
- No lo sé, Señor. Yo la dejé aquí hace dos noches y ayer, cuando mi amo me dio instrucciones para ir a Benavides, ella seguía aquí. Os lo juro.
- ¿Cómo se llama tu amo?- le preguntó
- Leopoldo López, Señor y es un comerciante tortosano en busca de buenas lanas para sus telares, según he podido saber, pues él no me lo ha contado.
- ¿Te dijo  o sabías si tenía intención de ausentarse?
- No, Señor. Es más, me he sorprendido cuando al llegar  he encontrado la llave en la cerradura, por lo que he supuesto que quizás estuviera en la taberna, como en anteriores ocasiones.
- Entremos en la casa por si algo nos pudiera indicar a dónde ha podido ir. Condúcenos y recuerda que tienes mi daga  cerca.
Gerondio cogió la antorcha y les condujo al interior de la casa donde, con la misma antorcha, encendió dos hachones que iluminaron la estancia principal. Sobre la mesa había una nota y una pequeña bolsa. El Capitán leyó la nota y al terminar, sin hacer comentario alguno, tomó la bolsa y la sopesó.
- Tu amo te da instrucciones para que entregues la llave de la casa y te deja unas monedas como pago de las gestiones en Benavides. Esta nota confirma que no se encuentra en  esta Villa y no nos aporta información alguno sobre a dónde ha podido ir.
- ¡Maldito hijo de Satanás¡¡Mala centella lo mate¡ - exclamó Gerondio.
- Tu amo te ha abandonado una vez que le has hecho el trabajo sucio que él no se atrevía a hacer, así que nada le debes, por lo que más te conviene colaborar para que encontremos a mi esposa, ya que de lo contrario, la cabeza que va a rodas bajo el hacha del verdugo va a ser la tuya y no la de tu amo.
- No sé cómo podría ayudaros a recuperar  a vuestra esposa, pues, como os dije, desconocía que mi amo fuera va ausentarse – contestó mientras pensaba que si Lupicinio no le había contado que él había sido quien apuñalara a aquel sacerdote, el Alcaide no sería muy severo  si colaboraba – aunque quizás pudieran saber algo en la taberna a la que solía ir casi cada día - sugirió.
- Pues vayamos a esa taberna – dispuso el Capitán
- Es tarde para ir, Señor, pues  probablemente estará cerrada; habrá que esperar a mañana.
- Bien, pues esperaremos aquí.  Lupicinio, busca una cuerda fuerte  y tú , pon las manos en la espalda – le ordenó a Gerondio
Inutilizadas las manos y atado al travesaño de la gruesa mesa de la sala, era imposible que, aunque se durmieran los dos, pudiera escapar. No obstante, evitaría correr riesgos por lo que le dijo a Lupicinio  que harían dos turnos de vela durante la noche, aunque antes le dijo que mirara en la cocina por si había algo para cenar, ya que no habían tomado bocado en todo el día.
Después de cenar un pedazo de queso seco que encontró en una alacena y beber agua que trajo en una jarra, el Capitán, cuando vio que Lupicinio se  echaba a dormir en un rincón de la sala, le ordenó que fuera dormir al aposento del exregidor, y que ya le despertaría para que hiciera su turno de vela.
Se sentó en una silla a la izquierda de la puerta de entrada  y de espaldas a la pared. Desde allí veía a Gerondio atado a la mesa y si alguien entrara por sorpresa, al abrir la puerta no le vería, pues quedaba a su espalda y eso le daba una enorme ventaja.

El Capitán estaba contrariado por no haber encontrado a su esposa donde Lupicinio le había dicho que la habían dejado. La impaciencia  empezaba a hacer presa en él  cada vez le costaba más mantener la cabeza fría  y concentrarse en lo que estaba haciendo.
Las horas transcurrían lentas, demasiado lentas y parecía que la mañana, aquella mañana en la que necesariamente habría de encontrar alguna pista sobre el paradero de su esposa, no iba a llegar nunca.  Muy pasada ya la media noche, un ruido le sobresaltó. Instintivamente echó mano a su daga, pero era Lupicinio. 
- Señor, yo  velaré ahora. Dormid algo, pues debéis estar cansado.
- Aun no es la hora, pero ya que te has levantado, iré a dormir. Despiértame al alba y  no descuides la atención.
Gerondio había estado durmiendo durante la vela del Capitán, pero la conversación de éste con Lupicinio le despertó, aunque no abrió los ojos. Fingió seguir durmiendo. Cuando el Capitán estableció los turnos de vela, un rayo de esperanza iluminó su desesperada situación. Esperaría el turno de Lupicinio para tratar  de huir. Aún le parecía increíble que cuando el Capitán le sorprendió en el patio, no mirara si llevaba arma alguna encima; si lo hubiera  hecho, ahora no tendría su daga oculta bajo la ropa.
Lupicinio le había atado al travesaño de la mesa y éste  estaba recubierto en su parte central por un  tosco herraje de hierro. Durante la guardia del Capitán, con movimientos muy lentos, se había ido acercando a esa parte central y con mucho cuidado para no hacer un ruido que pudiera ser oído por el Capitán, empezó a frotar  con el herraje la cuerda que ataba sus muñecas.
Cuando Lupicinio empezó su vela, ya notaba la atadura floja. Le faltaba poco para librar las manos. De ve en cuando hacía algún movimiento extraño, como si fuera consecuencias de un mal sueño o una pesadilla, por si Lupicinio se daba cuenta del movimiento de sus hombros.
Despacio separó las manos y se inclinó hacia su derecha, como si, en su sueño, buscara una postura más cómoda; de esa dejaba fuera de la vista de su guardián el brazo derecho, algo necesario para poder sacar la daga de su  cinturón. Cuando la tuvo en su mano, con mucho cuidado, entreabrió los ojos. Lupicinio sentado en su silla parecía estar ensimismado. Le chistó.
- ¿Qué quieres?- le preguntó Lupicinio
- Tengo una sed horrible. ¿podrías darme un poco de agua?- le pidió
Lupicinio dudó durante unos segundos, pero se levantó y cogió la jarra que seguía encima de la mesa y se acercó con ella a Gerondio. Al tener éste las manos atadas, tendría que ponérsela en los labios.
Ese era el momento que esperaba Gerondio. Con velocidad de relámpago, movió el brazo derecho y la daga entró profundamente en el costado izquierdo de un sorprendido Lupicinio, arrancándole la vida. Gerondio lo sostuvo con su brazo izquierdo y despacio lo dejó sobre el suelo. Ahora era el turno del Alcaide; lo degollaría mientras dormía.
Pisaba con mucho cuidado, pues algunas tablas del suelo crujían. La puerta del aposento donde dormía el Capitán estaba entreabierta. La empujó muy suavemente. La luz de la luna llena que entraba por la ventana, le permitía ver la cama y un bulto sobre ella, pero no las facciones del Alcaide. Oía su respiración, que era rítmica. Continuó su lento y cuidadoso avance. Le asestaría la puñalada en el corazón, pensó, sería lo más práctico. Ya estaba al borde la cama; levantó su brazo derecho armado con la daga y se dispuso a clavarla en aquel hombre que no había hecho otra cosa que causarle problemas. Para dar mayor impulso a su golpe cargó su peso sobre la pierna izquierda, lo que hizo que la tabla crujiera. La daga cruzó el aire y entró limpiamente y hasta la empuñadura en el jergón. Entonces sintió como algo frío entraba en su carne y el suelo parecía hundirse bajo sus pies. Nunca supo que el crujido de aquella tabla había activado el  entrenado sentido de autodefensa de la que iba  a ser su víctima que se giró en el último momento al tiempo que extraía su puñal de la funda y lo hundía en la sombra negra que se le había echado encima.
Se levantó rápidamente y dio la vuelta al hombre que había intentado apuñalarle. Al reconocer a Gerondio se sorprendió, pues debía se estar atado a la mesa, a menos que Lupicnio … pero no, no podía ser, pues el arrepentimiento de este parecía sincero. Corrió  hacia la sala, solo iluminada por la luna. En el lugar donde tenía que estar Gerondio había un bulto. Comprobó que  Lupicinio estaba muerto. 
- Pobre hombre – pensó – Ha pagado bien cara  su culpa.
Lo ocurrido le ocasionaba un nuevo problema, pues no sabía que hacer con los muertos.
Al alba decidió dejarlos allí con la esperanza de que alguien los encontrara, pues iba a dejar la llave puesta en la cerradura, tal como la encontró y seguramente alguien, extrañado por ello, entraría o avisaría al casero. Era algo que repugnaba a su conciencia pero no tenía otra solución; era un caballero castellano  de incógnito en León  y que había  entrado en una casa que no era la suya aprovechándose de la noche. Sería muy probable que el Justicia de la Villa  le considerara autor de los asesinatos si acudía a él, y que entonces le prendiera, imposibilitándole así seguir la búsqueda del paradero de su esposa.
No, no podía arriesgarse de esa forma. 

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