jueves, 28 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LV (29.03.2013)

Lucas, que había recorrido parte del camino que les llevaba a La Bañeza cuando acompañó al Capitán, encabezaba la marcha.  Oono y Fabián, más pesados que él, tenían que exigirles a sus caballos un mayor esfuerzo para poder seguirle. Lucas tenía urgencia por informar al Capitán  sobre la órdenes recibidas de Toledo, aunque lo que más deseaba era llegar y que al preguntar en la taberna si había algún recado para él, el tabernero le dijera que sí, pues eso indicaría que el Capitán había conseguido rescatar a su esposa.
Pasaron la primera noche en la orilla norte del río Sequillo. Fabián preparó una frugal cena y se lamentó de no poder contar con su habitual provisión de habas. 
Al amanecer estaban de nuevo galopando. Lucas quería llegar cuanto antes a Malgrat, hasta donde el camino le era conocido, pensando que, a partir de allí, tendrían que cabalgar más despacio para evitar el  riesgo de tomar un camino equivocado y así poder llegar a La Bañeza al anochecer. El recorrido era ahora más cómodo, pues abandonaban las mesetas de los Torozos y entraban en Tierra de Campos, llanas y ligeramente onduladas. 
Llegaron a Malgrat según lo previsto y allí pidieron información sobre que dirección debían tomar para ir a La Bañeza. Siguiendo el Orbigo aguas arriba, le  dijeron.
La alta vegetación que cubría las orillas del río  creciendo a la sombra  de las inmensas choperas, dificultó su avance, pero  cuando el sol se ocultaba tras el Teleno, ese monte que los romanos dedicaron a Mars Tilenus, cruzaban el puente sobre el Tuerto y entraban en La Bañeza.
El camino que llevaba desde el puente hasta la iglesia de San Pedro parecía ser la calle principal de la Villa, pues a ambos lados, aunque escasas, se levantaban pequeñas casas de tapial y también otras de mayores dimensiones con un enorme portalón como entrada, lo que sugería la existencia de un  espacioso patio interior capaz para albergar carretas. La corpulencia, quizás más que el color de Oono, llamaba la atención de los escasos transeúntes con los que se cruzaron antes de llegar a la plaza delante de la iglesia de San Pedro.  Un mendigo  cojeando y auxiliándose con una larga vara, se les acercó  con un pequeño cuenco de barro en la mano. Lucas, al tiempo que echaba una moneda de cobre en el cuenco, le preguntó por la taberna Pedrucho. El mendigo  les indicó con la vara  el camino a seguir. Acordaron que  sólo Lucas entraría en la taberna, pues para él sería el recado del Capitán, en caso de que lo hubiera. Fabián y Oono esperarían  al cuidado de los caballos.
Al contrario que la calle, la taberna estaba muy concurrida. Cuando Lucas empujó el portón, el olor a rancio del sebo ardiendo y del sudor, llenó sus narices provocándole una arcada que a punto estuvo de hacerle vomitar. No era Lucas hombre acostumbrado a las finuras ni a los olores delicados, pero es que el olor que, arrastrado por el aire caliente al abrir la puerta, había llegado a sus fosas nasales era realmente asqueroso. Se sobrepuso como pudo y, casi a codazos, se acercó al mostrador en el que las jarras de vino competían en espacio con las moscas, y esperó a que se acercara el tabernero. 
- Me llamo Lucas.¿Tienes algún mensaje para mí?- le preguntó
- ¿Lucas? ¿Qué Lucas? – se quedó pensativo unos instantes - ¡Ah, sí¡ Ahora recuerdo. Tu amo me dijo que te comunicara que fueras a … a …. 
- ¿A casa?-  le interrumpió Lucas impaciente
- No, creo que dijo a que a Urueña. Sí, ahora estoy seguro, a Urueña.
- Gracias, muchas gracias, tabernero. ¡ Ah¡ Una última pregunta ¿ por qué hay tanto bullicio aquí mientras la calle está casi vacía? 
- ¿Es que no sabes lo ocurrido? Serás el único que no lo sabe. Han encontrado  a dos  vecinos muertos, asesinados según dicen, en una casa a la entrada de la Villa.
- ¿Y se sabe quién  ha sido?- preguntó
- Parece ser que el comerciante que tenía alquilada la casa, pues ha desaparecido, aunque dejó la llave puesta en la cerradura. Los alguaciles andan como locos buscándolo y la gente tiene miedo a andar por la calle cuando se hace  de noche.
- Bueno, pues me voy. Gracias por todo.
- ¿Es que no vas a tomar ni una jarra? – le preguntó
- No, lo siento, pero no tengo tiempo; mi amo es muy exigente- se disculpó
Salió de la taberna.
- Nos vamos. El Capitán está en Urueña – informó a sus compañeros.
- Pero ¿sabes si ha encontrado a Doña Marta?- le preguntó Oono.
- No lo sé, pues el Capitán me había dicho que si recuperaba a su Doña Marta antes del día doce, que me dejaría el recado en la taberna. El recado me lo ha dejado, por lo que habría que pensar que sí la ha recuperado, pero no entiendo por qué tenemos que ir a Urueña, cuando lo lógico sería que tuviéramos que volver a Cuéllar.
- Puede ser – intervino Oono – que aquí hubiera encontrado alguna pista que le indicara que Doña Marta está en Urueña. ¿Qué opinas tú, Fabián?
- Coincido contigo, amigo mío. El Capitán, no sé cómo, ha sabido que su esposa está en ese lugar que  dices, o que allí encontrará información sobre dónde encontrarla.
- Tenemos que ir a Urueña – dijo Lucas – Saldremos ya y cabalgaremos hasta donde la luz de la luna nos lo permita.

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