miércoles, 27 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO LIV (28.03.2013)

Cuando el sol empezaba a enviar sus rayos por encima de la masa de chopos que bordeaban el Tuerto, Iñigo Aldai salió cuidadosamente para no ser visto, de la casa que había ocupado Leopoldo López y en la que quedaban los cuerpos de Gerondio, el jefe del grupo de raptores de su esposa y uno de su cómplices  que había pagado su arrepentimiento con la vida.
Dejó la llave de la casa en cerradura y se  encaminó al centro de la Villa. Allí pregunto a un viandante madrugador por la taberna de Pedrucho, pues ese era el nombre de la taberna donde Pablo Isasi le dijo que había conocido a Benito Riaño.
- Cerca del humilladero – le informó – y antes del monasterio de Sancti Salvatoris.
La taberna aún estaba cerrada, por lo que al estar cerca del monasterio, decidió entrar. Necesitaba rezar pidiendo perdón  porque su conciencia no dejaba de reprocharle el abandono de los cadáveres en aquella casa.
Salió del monasterio y se  dirigió a la taberna de Pedrucho   que ya estaba abierta y  muy concurrida. El humo de las teas  dificultaba la visión y hacía que los ojos escocieran. El olor del sebo quemándose  se mezclaba con el del vino y  con los corporales, creando un ambiente casi irrespirable. Pero nada de ello parecía importarte a Benito Riaño que sentado en una mesa al fondo  sostenía su habitual monólogo con  una jarra de vino.  Iba a emprender viaje de negocios y había madrugado, pero antes de partir tenía que entonar su estómago, y el vino de Pedrucho, era un magnífico tónico, tan bueno que cuanto más bebiera, mejor.

Cuando el Capitán le preguntó al tabernero si Benito Riaño se encontraba allí, le señaló la mesa del fondo.
- Sois vos Benito Riaño?- preguntó
Benito Riaño, interrumpió su monólogo y levantó, con alguna dificultad, la cabeza.
- ¿Y vos quién sois?- respondió con voz pastosa
- Mi nombre es Iñigo Aldai y busco a Leopoldo López, de quien me  dijeron que vos sois amigo, por lo que quizás podáis decirme dónde puedo encontrarle
- Sentaos caballero, porque ¿sois un caballero, verdad? Sentaos y bebed conmigo – le invitó
Iñigo se sentó. 
- ¿Así que sois amigo de Leopoldo López, decís?
- No he dicho que sea su amigo, sino que deseo encontrarle, pues tengo unos asuntos que resolver con él, así que decidme ¿sabéis dónde puedo encontrarle?
- Siento no poder dar una respuesta que os satisfaga, pues hace tiempo que no  viene por aquí ni, por lo que he podido saber, tampoco está en Palacios, pues mi pariente Juan vallejo, que es el ayudante del Alférez del Rey, me lo hubiera dicho, porque habéis de saber que mi pariente es un hombre con mucho poder y…
- ¿No sabéis entonces dónde se encuentra o dónde podría encontrarse?- le interrumpió el Capitán. 
- Pues…¿os he dicho ya que mi pariente es el ayudante del Alférez del Rey?
- Si, si, ya me lo habéis dicho y ahora os ruego que penséis dónde podría encontrar a vuestro amigo Leopoldo López.
- Ya os he dicho que desconozco dónde puede estar y lo único que puedo deciros es que mi pariente le presentó al Señor de Urueña, con quien parece ser que mantiene una buena relación, aunque no sé que puedan tener en común un fabricante de telas tortosano y ese Daniel Mena.
- ¿Pensáis entonces que pudiera estar en Urueña? – preguntó impaciente
- No se me ocurre otro posible lugar- respondió - aunque también pudiera estar en cualquier otro lado por  causa de sus negocios.
- Os  agradezco vuestra información, señor Riaño. Intentaré encontrarle en Urueña. Y permitidme que os manifieste mi reconocimiento  con una  nueva jarra de vino … y ahora, si me lo permitís, he de irme.
- Jarra que beberé a vuestra salud, señor…señor.... como os llaméis.
El Capitán se acercó al tabernero y tras pagarle la jarra de  vino para Benito Riaño, le dijo, al tiempo que le entregaba unas monedas, que dentro de unos días un muchacho llamado Lucas entraría en la taberna preguntándole si había algún mensaje para él y que entonces le dijera que el recado era que se dirigiera a Urueña, donde se encontrarían.

Iñigo Aldai cruzó a pie el puente sobre el Tuerto y una vez en la otra orilla, montó y salió al galope por el camino que le llevaría a los Torozos, en una de cuyas mesetas se elevaba el castillo amurallado de Urueña. La única pista que tenía era la que aquél Benito Riaño le había proporcionado sugiriendo que Leopoldo López pudiera estar allí, aunque también en cualquier otra parte, había dicho, pero ¿ dónde estaba esa cualquier otra parte?. 
No tenía ninguna alternativa a Urueña, ni conocía otro camino para ir que aquel por el que había venido, así que lo prudente sería seguirlo hasta encontrar un cruce o desvío que le indicara el camino de Urueña pero, quizás si tomara un camino más al norte, podría llegar antes ya.
El mes de julio estaba siendo caluroso y a media mañana, sin una sola nube en el cielo del páramo, el sol empezaba a hacer fatigosa la cabalgada. No soplaba el habitual viento del noroeste que durante  el verano en barría aquella inmensa planicie  haciendo inclinarse a los chopos que marcaban el recorrido del Jamuz, del Orbigo o del  Ería y levantando el polvo del camino hasta hacerlo, en ocasiones, invisible en medio de aquella vegetación de cardos, acederillas, escaramujos, hinojos,… cuando su hábitat no había sido aún invadido por quejigos, enebros y encinas que estrechaban la senda y que obligaban al viajero a cabalgar con cuidado para que sus hojas rasposas no hirieran  cara y manos.
Decidió aventurarse y vadeando el Órbigo tomó un sendero que, al poco tiempo, le condujo hasta una pequeña aldea llamada Roperuelos. Allí el sendero se convertía en camino y siguiéndolo, le llevaría hasta la importante población de Valderas, a unas seis leguas, según se informó en la aldea.
 Cabalgó sin otra dificultad distinta a la ocasionada por el calor  y no tardó en llegar a la orilla oeste del río  Esla, al sur del lugar llamado Villaquejida. Había una balsa amarrada a dos postes hincados en la orilla, pero no veía al barquero, por lo que supuso que sería de la aldea que acababa de dejar a su espalda, a una media legua, así que  volvió sobre sus pasos y fue en busca del barquero, ya que intentar cruzar el río  a caballo le parecía muy arriesgado al parecerle las aguas profundas aunque no fuera importante.
Su indumentaria, aunque era propia de un hombre con recursos económicos, no llamaba la atención como lo hubiera hecho si vistiera su ropa de capitán, así que no despertó alarma alguna  cuando hizo su entrada en la pequeña aldea, ni cuando preguntó por el barquero  a un anciano de rostro arrugado y tostado por mil soles que, sentado ante la puerta de su casa  de adobes, parecía dormitar bajo un alero techado de brezo.
El barquero era su hijo, pero no estaba en ese momento pues había ido a la majada en las afueras de la aldea, pero que no tardaría en regresar, así que si quería podía esperarle en el embarcadero, le comentó aquel hombre de edad indefinida.
Iñigo regresó al embarcadero. Desmontó y se sentó sobre un tronco seco que seguramente alguna riada habría llevado hasta allí. 

Ni por un instante dejaba de pensar en Marta. Imaginársela en poder de Leopoldo López  le roía las entrañas. ¿Estaría bien?¿Hasta cuándo pensaba retenerla en su poder? ¿Cuál sería el límite de su venganza? ¿Y si no tenía límite alguno y pensaba retenerla indefinidamente? Sabía que el exregidor siempre había deseado poseer a Marta y que, tal como ella misma le confesó, así se lo insinuó cuando era aún esposa del alcaide  Fernando Huarte. ¿Se habría atrevido aquel miserable a llevar a cabo sus lujuriosos deseos? ¿Cómo estaría llevando su esposa lo de su rapto?
No cesaban sus preguntas, pero no encontraba las respuestas, pues era imposible saberlas. Era incapaz de ponerse en el lugar de Leopoldo López para tratar de adivinar qué podía o qué pensaba hacer, pues no le era posible  estrangular sus sentimientos ni enterrar su conciencia.
Ensimismado  en estos pensamientos, el tiempo de espera se le hizo corto.
Ya en la otra orilla, montó y puso el caballo al galope por aquella tierra  ondulada y de cerros bajos, que llamaban de Campos y que era la antesala de
los Torozos.
El barquero le dijo que Valderas estaba a  dos leguas y media y que, por lo que había ido  a otros pasajeros,  la puerta de entrada se cerraba con la puesta del sol.
Galopaba sin prestar mucha atención, confiando en el instinto de su caballo para seguir el camino. En poco más de una hora estaría en esa villa fortificada y amurallada. Se vio obligado a vadear un río muy poco caudaloso, antes de llegar  ante la muralla. El fortín, con sus torreones, estaba  edificado sobre un otero y  de una de ellos  arrancaba la muralla que descendía rodeando el otero para terminar en la puerta de entrada que custodiaba un soldado. 
- ¿Quién eres y que buscas aquí? – le preguntó más por rutina que por saber realmente las respuestas a sus preguntas.
- Soy un peregrino que regresa de  Santiago – se le ocurrió decir – y  hace dos días tuve un problema con mi caballo que hizo me separara de un hombre y una mujer que cabalgaban conmigo, que me dijeron que aquí me aguardarían.
- Pues no creo que  los encuentres en esta Villa, pues ningún hombre acompañado de una mujer ha entrado en los últimos días- contestó.
- ¿Estás seguro? Podrían haber entrado por otra puerta o cuando tu no estuvieras de guardia.
- Eso es imposible, pues esta  puerta de San Isidro es la única puerta de entrada  y por el arco de las Arrejas no se accede desde el camino que traes, aunque puede que lo hayan hecho no estando yo de guardia, como dices, así que, si quieres asegurarte, es mejor que se lo preguntes al jefe de la guardia,  a quien  encontrarás  dos puertas más arriba, al final de la cuesta.
- Te agradezco la información.  Entraré y preguntaré al jefe de la guardia.
Encontró al jefe donde le había indicado el guardia de la puerta, quien le confirmó la información de su subordinado. Nadie que respondiera a las características de los que buscaba había entrado en la Villa.
Antonino Cabo, que así se llamaba el jefe de la guardia de aquella Villa , feudo del Señorío de los Osorio, le dijo que quizás sus compañeros hubieran tomado otro camino más al sur, ya que era el más frecuentado por los peregrinos que iban a los llanos de Compostela, y que pasaba por Malgrat.
Iñigo Aldai lamentaba no haber podido obtener alguna pista que le permitiera pensar que Urueña era el lugar dónde podría encontrar a su esposa. No podía volver atrás para comprobar  si habían pasado por Malgrat, porque si no lo habían hecho así, ya no sabría por dónde buscar. Ahora, por lo menos, tenía  algo a lo que su esperanza podía agarrarse: la posibilidad  apuntada por Benito Riaño de que estuvieran en Urueña. 
Abandonó  Valderas y tomó el camino que le había indicado Antonino Cabo y que, según le dijo, le llevaría sin desviarse hasta el río Sequillo. Cuando llegara al cauce fluvial, debería seguir su curso aguas abajo unas dos leguas y no tardaría en ver el castillo de Urueña y su muralla en lo alto de una loma, en las estribaciones de los Montes Torozos.

Era imposible que llegara en esa misma jornada, pues aunque la distancia era sólo de unas diez leguas, cuando llegara sería ya de noche.
No conocía la Villa de Urueña y pensaba que sus puertas de entrada estarían cerradas  desde la puesta del sol, como ocurría en Cuéllar, así que no podría entrar hasta la mañana siguiente que era el domingo día siete.  Pensó que si Leopoldo López estaba, como así lo deseaba, en Urueña, es que en esa Villa se sentía seguro, por lo que era probable que el domingo acudiera a los oficios religiosos, puede incluso que con Marta. Pensar que pudiera ser  así, hacia que se sintiera mejor. Decidió entonces que aflojaría la marcha y que pernoctaría allá donde le pareciera, pues una vez que entrara en los Torozos, no habrían de faltarle donde dormir con cierta seguridad en medio de aquellas masas de quejigos y carrascos. 

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