IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS XXXIV (10.03.2013
La polvareda que levantaban los toros en su recorrido desde los pinares hacia la Villa, conducidos por un nutrido grupo de hombres y mozos provistos de largas varas, era ya visible desde San Pedro, lo que provocó el aumento de la excitación y del griterío del público que se había instalado a ambos lados de la muralla y tras las talanqueras a lo largo de la subida hasta la Plaza Mayor.
Precediendo a la nube de polvo, dos toros berracos corrían pareados camino abajo, hacia el embudo, haciendo saltar con sus pezuñas las piedras del camino, a uno y otro lado. Los ojos parecían querer escaparse de sus órbitas y sus lenguas, colgando de las entreabiertas bocas, se balanceaban al ritmo de su carrera. Asustados por los gritos y voces conque los azuzaba la cuadrilla que lo conducía, corrían echando los bofes y cada vez más juntos entorpeciéndose en su carrera y provocando que a la entrada de la muralla resbalaran golpeándose violentamente contra la talanquera que cerraba el sendero exterior de la muralla. La multitud gritaba enloquecida. Lucas permanecía en silencio. Estaba impresionado por la corpulencia y fortaleza de aquellos animales de más de cincuenta arrobas de peso que iban dejando, con sus cuernos, profundas estrías en los maderos de las talanqueras cuando cabeceaban intentando embestir a los que estaban encaramados.
Ana había, en un acto reflejo de miedo por la proximidad de aquellos enormes astados que no cesaban de bramar, había cogido la mano de Lucas y la apretaba asustada. Lucas sintió el contacto y sin mirarla – temía que ella se diera cuenta de que se había sonrojado - correspondió al apretón con otro con el que pretendía decirle que no tuviera miedo, que él la protegía.
Los toros pasaron apenas a cuatro varas de donde ellos estaban enfilando la cuesta hasta la plaza, seguidos por la cuadrilla y por muchos otros que saltando de las talanqueras se unieron a ella.
Lucas y Ana se quedaron solos. Seguían cogidos de la mano aunque ya aquellos impresionantes burracos astisucios corrían calle arriba, lejos ya de las escalinatas de San Pedro. Se miraron.
- ¿Te has asustado?- le preguntó Lucas
- Sí, mucho; son impresionantes. Y tú ¿has tenido miedo? – preguntó ella.
- ¡No, no!- se apresuró a contestar - miedo no, aunque reconozco que también me ha impresionado su corpulencia y, sobre todo, su fuerza. ¿Has visto cómo dejaban marcados con sus cuernos los maderos de las talanqueras? Hace falta mucha fuerza para eso. Por nada del mundo quisiera verme delante de tan formidables animales.
- Me gusta que seas sincero- dijo ella mirándole a los ojos - y que no hayas fanfarroneado con tu valor, como hacen la mayoría de los jóvenes para impresionar a una muchacha.
- Cuando has nacido y vivido en el campo, has de conocer bien tus limitaciones para no cometer errores que pueden salirte muy caros y, como sabes, aunque ahora sea escudero, mi vida ha transcurrido enteramente en el campo.
- Debo irme ya – dijo Ana. He de preparar la comida de mi padre.
- Sí, tienes razón, y yo he de ir al castillo, no sea que me necesiten.
- Bueno, pues hasta mañana a la hora del almuerzo ¿vendrás, verdad?
- ¿Cómo podría negarme si es lo que más deseo?- se atrevió a decir sintiendo como su corazón palpitaba alocadamente.
Sus manos se separaron. Ana se alejaba por la calle de los Herreros en dirección a su casa, al final de la misma. Lucas la seguía con la mirada, sin moverse de donde estaba. Ana se volvió y le saludó con la mano. Lucas correspondió emocionado. Cuando la perdió de vista, se dirigió al castillo.
Tardó en darse cuenta de que iba silbando. Era un hombre casi feliz que sentía como si mil mariposas revolotearan en su corazón. Nunca había experimentado nada igual en su vida y no sabía a qué se debía. Lo único que tenía por cierto era que Ana tenía mucho que ver con ello. Se lo preguntaría a Serafina, la reina de las cocinas del castillo. Solo le remordía la conciencia porque ahora se alegraba de que el Capitán le hubiera dejado en Cuéllar, pues de haber ido con la partida, no hubiera conocido a Ana.
Al llegar a San Martín, delante de la explana ante el castillo, le llamó la atención ver a un hombre que tenía cinco caballos sujetos por las bridas. Le pareció que era uno de los que había visto cuando se encaminaba a San Pedro para ver como corrían a los toros. Seguramente sus compañeros habrán ido a ver los toros – pensó – y estará esperando su regreso.
El guardia de la puerta del castillo seguía, indolente, en su puesto. Cuando Lucas llegó a la puerta, le preguntó si había alguna novedad, a lo que el guardia contestó con pocas ganas que habían llegado cuatro soldados enviados por el alcaide para entregar un mensaje a la señora y que lo había recibido el Padre Gumersindo.
- ¿Cuatro soldados del Capitán solo para entregar un mensaje?– preguntó extrañado. ¿Estás seguro o estás bromeando?
- Es como te digo – protestó - Cuatro soldados a los que, por cierto, no conozco y que tampoco vestían uniforme, por órdenes del Capitán según me dijeron.
- ¿Y les recibió el Padre Gumersindo?
- Si, yo le avisé de la llegada de estos hombre y entró con ellos en la Torre, y ahí parece que siguen, pues yo no les he visto salir y por aquí no han pasado.
- ¿Han vuelto ya Máximo y los que fueron a ver los toros?
- No. Eres el primero, y viéndote como venías por la explanada dando saltos de vez en cuando y silbando, es que has debido de pasarlo bien ¿eh?.
- Si, si. Ha sido algo impresionante. Nunca había visto animales tan corpulentos capaces de correr tan rápido. Daba miedo pensar que pudieran ensartarte con sus cuernos.
- Pues hace unos años lo hicieron con un hombre que estaba encaramado en la talanquera. Desde entonces yo procuro verlos desde lejos, pues esos animales son tan fuertes que podrían saltar las barreras con facilidad. Solo pensarlo, se me ponen los pelos de punta.
- Bueno, voy a ver si el padre Gumersindo me necesita. ¡Qué tengas una guardia tranquila¡ - se despidió.
Apenas había cruzado la puerta de entrada a la Torre, a Lucas pareció caérsele encima no solo la Torre, sino el castillo entero. Se hundió en la más absoluta oscuridad tras sentir como algo impactaba en su cabeza.
Protegido por la penumbra interior, Servando había visto venir a Lucas y cuando entró, fuera ya de la vista del guardia de la puerta, con la empuñadura de su daga le asestó un fuerte golpe en la cabeza. Después lo arrastró hacia un lateral de la escalera, quedando prácticamente oculto para quien entrara o saliera de la Torre. Un hilillo de sangre manaba de la sien izquierda de Lucas. Servando, tranquilamente, envainó su daga. No era la primera vez que dejaba inconsciente a un hombre para robarle, aunque en este caso fuera para servir a su rey. Era su oficio.
Lupercio bajaba en primer lugar seguido por Gerondio. Tras él, Marta De La Fuente llorando aún silenciosamente y cerrando el grupo Lupicinio, cuyos nervios empezaba a hacer mella en su ánimo. Estaba pálido y notaba que la rodillas le temblaban.
Servando le hizo un gesto a Gerondio señalándole el cuerpo tendido boca abajo a un lado de la escalera. Ni Marta ni Lupicinio se dieron cuenta. Se disponían a salir al patio de armas, cuando oyeron unas voces no lejos. Servando observó cautelosamente y con un gesto de su mano derecho indicó a los demás que retrocedieran. Máximo Paniagua y el guardia de la puerta venían en dirección a la Torre.
Gerondio ordenó por señas a Lupicinio que cuidara de la Señora y a Lupercio y a Servando les hizo un gesto que ellos entendieron si dificultad. Gerondio había pasado el pulgar de la mano derecha por su gaznate.
Ambos desenvainaron sus dagas y esperaron la entrada de los soldados. El tiempo que necesitaron sus cerebros para adaptar la visión de la luz a la penumbra, fue el suficiente para que, con sendas cuchilladas, Servando y Lupercio dieran con sus cuerpos en el suelo. El grito de horror de Marta resonó por toda la Torre. Lupicinio tuvo de sujetarla con fuerza. Los dos sicarios limpiaron la sangre de sus dagas restregándolas contra sus sucias calzas y tras echar un nuevo vistazo al exterior indicaron a los demás que el camino estaba libre.
Cruzaron la puerta del castillo y salieron hacia la iglesia de San Martín donde les esperaba Celedonio con los caballos. Tras presenciar el asesinato de los dos soldados, Marta mostró resistencia a seguir, por lo que Gerondio, sin contemplaciones, la cogió de un brazo indicándole a Lupicinio que hiciera lo mismo con el otro y la llevaron en volandas a lo largo de la explanada.
Tal como había dispuesto Gerondio, la subieron a su caballo y tan pronto los demás montaron en los suyos, salieron al trote por la puerta de San Basilio sin que el soldado de centinela en ella tuviera tiempo de reaccionar. Pusieron sus caballos al galope alejándose rápidamente de la Villa y del castillo donde dejaron al Padre Gumersindo desangrándose, a Lucas en estado desconocido y a dos soldados degollados. Algo inevitable, diría Jerónimo tiempo más tarde a su amo.

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