lunes, 4 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXVII (05.03.2013)


Como cada sábado, Lupicinio acudía al mercado en torno al monasterio de Sancti Salvatoris. Acudía solo y no con su mujer e hijos como otras veces. Ahora su situación económica era menos apurada que cuando le contrataron para ir a Guadalajara. Se había recuperado muy bien de la herida que le había causado aquel asaltante la noche de su regreso a La Bañeza, tras dar cuenta de su viaje al hombre que le había contratado y  de quien solo sabía que se llamaba López, pues así  se lo oyó decir a su criado. El asaltante le había robado la bolsa que contenía lo que para él era una fortuna, pero no había visto la que llevaba en el interior del jubón y que contenía lo que había ahorrado durante el viaje. Gracias a esos dineros  ahora la vida de su familia era  algo menos mala.
Iba mirando los distintos puestos, algo distraído, pues no buscaba nada concreto; su  recorrido por el mercado obedecía más a la costumbre que a la necesidad de comprar. Sus trabajos esporádicos para  los ganaderos o agricultores de la comarca le proporcionaban verduras y hortalizas y también, aunque no era frecuente, algo de carne de oveja. Saludó al sacamuelas, un viejo conocido, que estaba tratando de sacar una muela a un hombre  sentado en un taburete de madera al que  inmovilizaba su mancebo agarrándolo por los brazos. Aquel hombre, con aquella herramienta en la boca, más que gritos, emitía unos sonidos indescriptibles. Algunos curiosos observaban la escena con gesto de dolor en sus caras.
El mercado no solo era el lugar para comprar, vender y curiosear, sino que  era muy estimado por los rateros que se beneficiaban de la escasa presencia de los alguaciles y  aprovechado por  maleantes y delincuentes en busca de ocasiones propicias para su oficio.  
Lupicinio creyó ver entre la multitud a su vecino, a  aquél que  servía al señor López. Cubría la cabeza con una capucha negra que le ocultaba parcialmente la cara. Se acercó para cerciorarse y si era quien pensaba, saludarle. Estaba hablando con dos individuos de aspecto desagradable. Gerondio, si es que era su vecino, debía de estar contándoles algo que no quería que otros oyeran, pues parecía que les hablaba al oído. Estaba ya apenas a  cuatro o cinco varas cuando de pronto, la imagen imprecisa de la cara de su asaltante invadió su cabeza. Notó como el pulso se aceleraba ya la sangre subía a su rostro. Aquella cara que fugazmente pudo ver antes de sentir el cuchillo entrando en su carne se parecía a la  que asomaba bajo aquella capucha negra. Se quedó como petrificado, con la mirada fija en ella. Gerondio pareció sentirse observado pues volvió ligeramente la cabeza y al ver a Lupicinio, palideció. No era posible, aquel hombre tenía que estar muerto. La puñalada que le había dado era mortal de necesidad. Sin duda que algo había hecho mal, pues los fantasmas no van al  mercado. No era probable que Lupicinio pudiera identificarle con su asaltante, pero como hombre de reacciones rápidas que era en caso de apuro, decidió asegurarse.
- Disculpadme un momento, amigos. Tengo que saludar a alguien – les dijo
Y acercándose a Lupicinio le saludó.
- Hola vecino. Hacían tiempo que no te veía. ¿Estás de compras o sólo mirando?
Lupicinio  sentía la boca seca. Su corazón latía aceleradamente. A duras penas pudo articular un sólo mirando. 
- ¿T e encuentras bien?- le preguntó- Pareces  pálido.
- Si, sí, sólo un poco mareado – estaba empezando a recuperar el resuello –   Es que he estado enfermo – contestó.
Esta respuesta pareció convencer a Gerondio  de que  su vecino no le identificaba como a su asaltante, pero…. su convencimiento no era absoluto. Pensó  que mejor sería tenerlo  cerca para poder controlarlo, así que lo incorporaría al grupo de cuatro que tenía que formar, y si en algún momento llegaba   ala conclusión de que Lupicinio le había reconocido, ya se las arreglaría para reparar el error cometido entonces.
- ¿Tienes  un trabajo con el que mantener a tu familia?- se interesó
Lupicinio se sorprendió por la pregunta.
- No siempre – contestó ya menos alterado -  Unas veces trabajo  con los ganaderos y otras con los agricultores, pero no siempre.
- Yo podría  darte un trabajo bien pagado, aunque de corta duración, si estás dispuesto a  viajar. ¿Podría interesarte?- le ofreció Lupicinio, acostumbrado a contestar que sí cada vez que alguien le ofrecía un  trabajo, instintivamente respondió que sí, que le interesaba.
- Bien, pues entonces, despídete de tu mujer e hijos y  reúnete conmigo  esta tarde en Requeixo de Alarico, delante de la iglesia de Santa Leocadia, que seguro que conocerás. Allí te diré cual va a ser el trabajo. Y ahora, discúlpame, pues  he de atender a esos amigos.
Lupicinio estaba confuso. Ya no estaba seguro si su asaltante y Gerondio eran la misma persona porque ¿cómo, de ser así, iba a ofrecerle un trabajo y además, tal como había dicho, muy bien pagado? No sabía que pensar, pero como un trabajo era algo que necesitaba y le había dicho que sí a Gerondio, esa tarde acudiría a Requeixo de Alarico, apenas a  un cuarto de legua de La Bañeza, por lo que podría, y es que tampoco tenía otro medio, ir andando.

Cuando tras cruzar el  Tuerto llegó ante  la iglesia de Santa Leocadia, un grupo tres hombres  hablaban entre ellos. Dos de aquellos hombres  eran los que había visto  con Gerondio en el mercado aquella mañana. La cara del tercero no le resultaba desconocida aunque no sabría decir dónde o cuando los había visto, aunque probablemente  habría sido cualquier sábado en el mercado.
El tono de su voz no era amistoso cuando le preguntaron que quería o que buscaba allí. Les contestó que  Gerondio, su vecino de La Bañeza, le había citado allí.
Esta explicación  sirvió para que las miradas recelosas y duras conque le recibieron se suavizaran.
- A nosotros también nos ha citado aquí, así que creo que haremos el trabajo juntos - dijo uno de ellos.
- ¿Sabéis de que trabajo se trata? – peguntó Lupicinio
- Ya veo que tú tampoco lo sabes, si no, no preguntarías- contestó el que primero había hablado – y tú, ¿cómo te llamas?
- Lupicinio y soy de La Bañeza ¿y vosotros?
- Yo soy Lupercio y estos dos son Servando y  Celedonio, y somos de por ahí - contestó.
Un hombre con el  caballo  al paso se acercaba. En su mano derecha llevaba una cuerda al final de la cual estaban atadas las riendas de cuatro jamelgos. Lupicinio reconoció el caballo con el que había ido a Guadalajara; era el que montaba Gerondio.
Cuando llegó a su altura, desmontó y tras saludarles les dijo que cada uno se hiciera cargo de un caballo y que lo cuidara, pues al terminar el trabajo que tenían que hacer,  se los devolverían.

Después de contratar a los cuatro hombres y dejar apalabrada la compra de los jamelgos, Gerondio fue informar a su amo y a recibir las instrucciones sobre lo que tenían que hacer.

- Hay un hombre en la villa de Cuéllar – comenzó Leopoldo López – que me debe una importante cantidad de dinero que le entregué como anticipo  de una cantidad mayor que tendría que pagarle cuando me entregara  la mercancía que habíamos acordado. Cuando llegaron las carretas que había contratado para recoger esa mercancía, en la fecha acordada, no solamente no había mercancía que recoger, sino que me dijo que no recordaba haber recibido de mi ninguna cantidad y…
- Pero ¿no os firmó algún recibo por la entrega? - le interrumpió Gerondio.
- Ese fue mi error, pues  me fié de ese hombre en razón de su cargo, pues era el alcaide del castillo- respondió con aire abatido.
- ¿El alcaide decís?- preguntó incrédulo.
- Tal como lo oyes. Nunca hubiera podido imaginarme que ese importante cargo escondiera un estafador.
- Pero ¿no solicitasteis amparo al Justicia de la Villa?
- Sí que lo hice, pero no me creyó, e incluso me amenazó con ponerme en el cepo como a un vulgar ladrón si no abandonaba la Villa- su rostro era tan fiel expresión de la inocencia, que hasta Gerundio se sintió indignado por la injusticia que  su amo había sufrido.
- Si hubiera si yo el estafado, seguro que hubiera dado buena cuenta de ese alcaide- dijo  con enojo.
- Yo no soy amigo de la violencia ya que prefiero otras formas de vengar las ofensas e injusticias, y de eso es de lo que quiero hablarte, pues deseo recuperar mi dinero y al mismo tiempo dar un escarmiento a ese alcaide. Y para eso es para lo que te he pedido que contrates a esos cuatro hombres a los que tú vas a mandar.
- Pues decidme Señor, qué queréis que haga.
- Dentro de seis días es la festividad de San Juan, Con tal motivo se celebran los juegos de toros en Cuéllar, festejos a los que asiste toda la Villa y gentes de otras localidades, lo que puede dar lugar a  desórdenes y tropelías. Para evitarlos, y dado que el número de alguaciles  es reducido, el castillo colabora con  algunos  soldados. Según he podido saber, el alcaide, con casi toda la tropa del castillo, se encuentra ausente cumpliendo una misión  muy lejos de la Villa, ordenada por su Señor, así  que la ciudadela esta desprotegida durante los juegos de toros. ¿Me sigues?- preguntó. Y sin esperar respuesta continuó -  El alcaide es un hombre rico, pero más que el dinero, y por encima de todo, le importa su esposa, por lo que ésta será la moneda de cambio que quiero utilizar para obligarle a  que me devuelva el dinero que le entregué. Tu misión será traerme a su esposa.
- ¿Me estáis diciendo que vaya a Cuéllar, que capture a la esposa del alcaide y os la traiga aquí para canjearla por el dinero que os debe su esposo?- afirmó más que preguntó.
- Veo que me has entendido, pero  como te he dicho, no soy amigo de la violencia, así que la tratarás con delicadeza, pues ella no es culpable de que su esposo sea un estafador. Solamente, si se resistiera, utilizarás la fuerza, pero sin causarle daño. Tú responderás de su estado y del comportamiento de los hombres que has contratado. Si observo en ella la menor el  señal de violencia, el o los responsables, incluido tú, lo lamentarán. ¿he hablado con claridad?
- Descuidad, Señor, que la trataremos con la delicadeza que las circunstancias nos permitan. Y siempre teniendo en cuenta vuestras órdenes. ¿Cuándo hemos de partir?- preguntó.
- Lo antes posible- contestó- pues el camino hasta Cuéllar es largo, y más en esta ocasión, pues  tenéis que  dar un rodeo para evitar pasar por Torrelobatón y las aldeas cercana tanto al norte como al sur ya que, parece ser, hay  soldados patrullando la frontera a lo largo del río Hornija y,  además, es preciso que lleguéis allí mezclados con la gente que acude a los juegos de toros para no llamar la atención. Tenéis que entrar en la ciudadela cuando los toros entren en la Villa acosados por el gentío, ya que todos, incluidos los soldados de las puertas y los alguaciles, estarán pendientes de la carrera y nadie se dará cuenta de vuestra entrada. Una vez dentro, subiréis a la segunda planta de la torre del Homenaje, donde tiene sus aposentos el alcaide. Allí estará su esposa. Es probable que esté acompañada por un sacerdote, que es su confesor, según pude saber cuando estuve allí negociando con el alcaide..
Gerondio escuchaba atentamente. Había algo en aquel hombre que le producía una sensación de incomodidad. No era miedo, pues el no tenía miedo a nada, pero… por si acaso, era mejor no cometer un error y seguir fielmente sus  instrucciones.
- Si la esposa estuviera acompañada por el sacerdote, lo encerráis amordazado y atado en uno de los cuartos que hay en esa planta. Si por el contrario,  estuviera sola, le diréis que os envía el capitán Aldai, que así se llama el alcaide, pues ha habido un enfrentamiento con tropas leonesas y, habiendo resultado mal herido,  desea que vaya a su campamento por si su estado empeorara y no pudiera despedirse de ella. Esto será suficiente para que su razón se nuble y os acompañe sin dificultad. Este argumento no servirá si está con el sacerdote, por lo que entonces, si se resistiera a  acompañaros, le obligarás a beber la pócima que hay en este frasco, que la dejará inconsciente  el tiempo suficiente para que podías salir de la ciudadela y alejaros de la Villa al menos un par de leguas.- dijo entregándole un pequeño frasco de cristal  dentro del cual se  podía ver un líquido de color verde oscuro – Cuando estéis a una legua de aquí,  pagarás a tus hombres  a razón de una dobla cada uno  y los despedirás, pues no deseo que sepan a donde llevas a la mujer y, al anochecer, vendrás tu solo con ella  evitando ser visto.
- ¿Y todo esto he de contárselo a los hombres?- preguntó.
- Te di instrucciones sobre que contrataras hombres dispuestos a hacer lo que se les ordena sin hacer preguntas, por lo que no tienes que contarles nada; simplemente que recibirán una dobla de oro por obedecer y que se podrán quedar con los caballos, y que aquel que cuestiones tus órdenes o no te obedezca, no recibirá nada. No obstante – concedió – queda a tu criterio, dependiendo  de como evoluciones los hechos, contarles lo que consideres lo que se te ocurra para justificar su trabajo, con tal de que no sea la verdadera razón del mismo..
Lepoldo López le entregó los dineros al tiempo que le decía que él cobraría tanto como los cuatro juntos, pero cuando hubiera dejado a la esposa del capitán Aldai a su recaudo.

Recibidas la instrucciones y el dinero  para pagar  tanto a los hombres como al herrero con quien había apalabrado la compra de los jamelgos, se dirigió a recoger estos y ya con ellos, a Requeixo de Alarico, donde había citado a sus hombres, delante de la iglesia de Santa Leocadia.
- Ya conocéis las condiciones para hacer este trabajo: obedecer mis órdenes sin rechistar y no hacer preguntas aunque haya cosas que os sorprendan. Dentro de cuatro días entraremos en la  villa de Cuéllar, en el reino de Castilla, donde celebran lo que llaman juegos de toros y a los que acuden mucha gente de los lugares cercanos. Allí estaremos un solo día, espero, y regresaremos aquí lo más rápidamente  que podamos. Entonces  os pagaré lo acordado, que es  una dobla de oro para cada uno – no tenía intención de  dejarles los jamelgos pues se los revendería al herrero sacando así unos dineros que, de otra forma, se llevarían aquellos desgraciados-  y si alguno se negara a hacer lo que yo le mandara, no recibirá la dobla estipulada 
- Entonces ¿vamos a ir a esos juegos de toros? – preguntó Nicanor
- ¿Acaso no me has oído  decir que no se hacen preguntas? – le reprendió Gerondio- Se obedece y basta. ¿Queda claro?
Asintieron con la cabeza.
- Pues a caballo, que la noche pronto se nos echara encima y son muchas la leguas que tenemos que recorrer.
Montaron sin mucho entusiasmo. Tenían muchas preguntas que hacer, pero que no podían platear so pena de enojar a Gerondio y perder la dobla de oro, dinero que para ellos, siempre escasos de medios, era una fortuna. ¿Qué iban a hacer a Cuéllar?¿Cómo pasarían las noches del viaje?¿Cómo atenderían a su comida?, pero, sobre todo ¿por qué tanto secretismo?. A Lupicinio le preocupaba que la razón para no poder hacer preguntas tan elementales y lógicas  como las que seguramente los cuatro se planteaban, se debiera que el trabajo para el que habían sido contratados no fuera legal. El necesitaba esa dobla tanto o más que el que más, pero no haría ningún trabajo que pudiera llevarle a prisión, al cepo o, a la horca. Esperaría a ver en qué consistía y si sus perores temores se confirmaban, abandonaría el grupo.

Aquella noche durmieron al relente en las cercanías de Malgrat. Gerondio llevaba cecina en sus alforjas y un azumbre de vino, todo lo cual constituyó la cena del grupo.
Reanudaron su viaje al alba y, al filo del mediodía llegaban a  Villa Ardega,  de la que eran Señores los caballeros del Templo de Villalpando. Vadearon el Valderaduey y bordeando por el sur la meseta, al atardecer pudieron ver las formas del castillo amurallado de Villa Ceide en Belver de los Montes. Delante de ellos tenían el río  Sequillo que, tras recorrer Tierra de Campos, desaguaba en el Valderaduey. Gerondio decidió que cruzarían el río, con poco caudal aquel mes de junio, y que  seguirían al menos un par de leguas o hasta la aldea o villa más próxima. Hicieron noche en Vece de Marván, donde Gerondio compró queso de oveja y pan de avena con el que cenaron.
Siguiendo las instrucciones de su Señor,  al día siguiente Gerondio  continuó dirigiendo a  sus hombres hacia el sureste para evitar tener que pasar cerca de Marzales, aldea fronteriza de Castilla y no correr el riesgo de ser descubiertos por alguna patrulla castellana. Cruzaron el río Bajoz cuando el sol estaba en su zénit y un poco más tarde llegaron a la orilla del río Hornija, frontera natural entre los reinos de Castilla y León; tan pronto lo cruzaran, estarían en territorio que les podría ser hostil. Llevaban los caballos casi siempre al trote, sin forzarlos, pues  su estado físico  así lo aconsejaba  y  solo les quedaban unas  diez leguas para llegar  su destino, distancia que podían recorrer en una jornada.
Al día siguiente y siguiendo el cauce del río Cega llegaron, al atardecer, al lugar de Cogeces, población importante perteneciente al Señor de Iscar, situada entre dos páramos calizos y bañada por el río Cega, que cruzaron por el puente de arcos apuntados.
Como a una legua de distancia hacia el sur y sobre un cerro, divisaron  la torre del castillo de Iscar, lo que le indicó a Gerondio la proximidad de Cuéllar. Para entrar en la Villa esperarían la llegada de algún grupo numeroso de los que irían a ver los juegos de toros y con el que se  mezclarían para entrar desapercibidos en la Villa amurallada. 
Era casi de noche  cuando vieron la silueta del castillo de Cuéllar recortada contra la débil claridad del horizonte. Gerondio decidió que  acamparían en un bosquecillo de pinos muy cerca de la Villa.

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