martes, 5 de marzo de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXVIII y XXIX (06.03.2013)
CAPITULO XXVIII
Aquel sábado, 22 de junio de mil y doscientos trece, que la Iglesia dedicada a Santa Agripina y a los santos Jacobo y Atanasio, amaneció con el cielo totalmente despejado. Las calizas de las llanuras de los Torozos reflejaban los primeros rayos del sol. El verdor de los quejigos ponía la nota de color al cuadro que la Naturaleza había querido pintar aquella mañana, como celebrando la entrada del verano.
Iñigo Aldai había dormido mal aquella noche. Aquel hombre vestido de negro que se carcajeaba desde los merlones de la Torre del Homenaje, había irrumpido en sueño nuevamente. Estaba preocupado y no sabía bien por qué. No era la presencia de soldados leoneses al otro lado del Hornija y ni siquiera el no tener la seguridad de poder garantizar la seguridad en la Villa durante los juegos de toros. Era una preocupación que parecía surgir del rincón más recóndito de su corazón y que se asociaba a la imagen de Marta, su esposa, sin saber por qué. Sentía cada vez más fuertemente la necesidad de regresar a Cuéllar, pero mientras las tropas leonesas permanecieran acampadas en el alto al otro lado del río, no podría hacerlo.
Al día siguiente comenzarían los juegos de toros, cuando esperaba haber estado de regreso. Marta estaría preocupada por tan larga ausencia sin noticias; solo le consolaba pensar que el Padre Gumersindo sabría garantizar la seguridad de la Villa con la escasa tropa que allí habían quedado.
- Buenos días, Capitán - era la voz de Oono.
- Buenos días, amigo mío – le saludó
- Veo la preocupación reflejada en vuestro rostro.¿Qué os aflige Capitán?
- Nada en concreto, Oono; pero hay algo que me intranquiliza; es como un mal presentimiento, que hasta turba mi sueño.
- En mi aldea había un hombre muy anciano que interpretaba los sueños. Al atardecer, después de encerrar al ganado, nos sentábamos alrededor de la hoguera y quienes habían tenido sueños extraños que les hubieran turbado, los contaban en alta voz y aquel anciano les decía lo que significaba. Mi pueblo cree que los sueños son el medio que usan los espíritus de nuestros antepasados para advertirnos de hechos o peligros futuros. Aquel hombre era mi tío, hermano de mi padre. Yo no tengo sus poderes para interpretar los sueños, pero sí recuerdo lo que significan algunas de las imágenes que aparecen en ellos, sean animales o personas. Así, si se sueña con un enjambre de abejas que te rodean, significa promesa de gran alegría; si es con sangre, que sufrirás graves daños como consecuencia de una enemistad secreta. Soñar con un sol oscuro significa enfermedad o muerte de un familiar. Si lo deseáis, decidme cual es ese sueño que os intranquiliza y quizá pueda deciros algo sobre él.
El Capitán le describió las imágenes que aparecían en su sueño: el Padre Gumersindo con su hábito manchado de sangre espantando a los cuervos que graznaban, los hombres muertos en el patio de armas y, sobre todo, la enigmática figura del hombre negro que le miraba entre los merlones de la Torre del Homenaje riéndose de él.
Oono, con los ojos cerrados, le escuchaba. Permaneció un rato en silencio después de que el Capitán terminara su relato. Abrió los ojos y miró al Capitán.
- Dime Oono ¿qué crees que significa mi sueño? Noto en tu mirada que no será nada bueno, pero aún así, no temas en decírmelo, te lo ruego.
- Capitán, vuestro sueño no es de buenos presagios, pues la sangre en el hábito del Padre Gumersindo significa dolor y peligro, los cuervos graznando anuncian la muerte, pero el hombre de negro en la Torre no se que significa. Ya os dije que sólo sabía interpretar algunos signos por habérselo oído al hermano de mi padre, pero aún así Capitán, creo que vuestro sueño podría significar que una gran desgracia acecha a vuestros seres queridos – concluyó.
Iñigo Aldai sintió que su corazón se encogía, pues si sus padres habían muerto hacía tiempo, el sueño nada tenía que ver con ellos, por lo que si daba por buena la interpretación hecha por Oono, su ser más querido, su esposa, era la que estaba en peligro, pues ¿por qué si no aparecía el Padre Gumersindo manchado de sangre y Lucas malherido en el patio de armas. Sin duda que el sueño se refería a su esposa. Pero ¿cómo podría ser si estaba segura y protegida en el castillo? ¿Quién podría querer hacer daño a su amada Marta, la persona más buena, más generosa y noble bajo el cielo? ¿Quién era aquella figura de negro que parecía reírse de él?
Según el tío de Oono, la presencia de sangre – y sangre había en el hábito del Padre Gumersindo - significaba desagracias causadas por una enemistad oculta. Pero ¿qué enemigos ocultos podría tener? En frente estaban los soldados leoneses, que eran sus enemigos, pero no secretos u ocultos; esa clase de enemigos eran parte consustancial a su oficio de soldado, por tanto no eran ellos la causa. ¿Quién querría entonces causarle una gran desgracia y servirse para ello de su esposa?
Un recuerdo surgió con fuerza en su cabeza y su corazón pareció pararse. No, no podía ser, pues él mismo oyó al Rey ordenar su destierro de Castilla para siempre jamás, y los soldados que lo escoltaron hasta la frontera con León aseguraron haber cumplido lo ordenado. No podía ser aquél regidor de Cuéllar al que encerró en un calabozo y entregó a la justicia del Rey por haber asesinado al alcaide Fernando Huarte. Aquel le hombre le había dicho que se arrepentiría por lo que le estaba haciendo. ¿Sería él? Su razón se negaba a aceptarlo, pero su corazón admitía la posibilidad y eso le aterraba.
- Os ha cambiado el semblante, Capitán ¿os encontráis bien?
- Temo por la seguridad de mi esposa, Oono. Si tu interpretación de mis sueños es acertada, el peligro se cierne sobre mi amada Marta, pero no sé por qué, ni cómo, ni cuándo, ni dónde, por lo que tampoco sé cómo podría combatirlo – contestó
- Siempre existe la probabilidad de que la interpretación que he hecho de vuestro sueño no sea correcta, Capitán, pues como os había dicho, aprendí a interpretar algunos signos e imágenes uno a uno, pero a veces, interpretados en su conjunto, el significado puede ser distinto al que los signos indican o, simplemente, no tener ninguno. Os ruego pues, que no os aflijáis, pues vuestro sueño podría ser y ojalá así sea, solamente un sueño que nada significa - Oono trataba de llevar sosiego al ánimo de su amigo.
- Sí, seguramente no será otra cosa- dijo el Capitán- así que sigamos con nuestra misión de vigilancia.
- No obstante, Capitán, si lo consideráis conveniente y para vuestra tranquilidad, si me autorizáis a ello, puedo galopar hasta Cuéllar y asegurarme que todo está en orden- se ofreció.
- Agradezco tu ofrecimiento, amigo mío, pero no creo que sea necesario, pues dejé ordenado al Padre Gumersindo, a quien comuniqué nuestro destino, que si algo ocurriera fuera de lo habitual, me enviara noticias por Lucas.
- Pues si Lucas no ha venido, es que todo va bien- concluyó Oono
El Capitán no estaba tan seguro. Se había dado cuenta de que Oono trataba de tranquilizarle, pero también había observado como después de oír su sueño, la preocupación aparecía reflejada en los ojos de su amigo africano, por eso había fingido aceptar que su sueño podría no significar nada, tal como le había dicho Oono, pero ¿y si algo iba mal en el castillo y el Padre Gumersindo no había podido enviar a Lucas para informarle porque Lucas estaba malherido- Lucas, en su sueño, yacía inconsciente sobre la tierra del patio de armas- o porque quien estaba malherido o muerto era el sacerdote, cuyo hábito había visto ensangrentado? ¿Y todo era la creación de su subconsciente que de esa forma le impelía a regresar donde su amada Marta siguiendo deseos de su corazón? Pero aunque no fuera así y a pesar de todo, él era un soldado forjado en muchas batallas y que no tomaba decisiones o elaboraba estrategias militares basándose en sueños, sino en realidades contratadas o cumpliendo órdenes, por lo que no enviaría a Oono a Cuéllar y seguiría con su misión de control y vigilancia de la frontera entre Wamba y Marzales, por mucho que deseara estar al lado de su esposa.
CAPITULO XXIX
Después de despedirse de Expósito, Fabián inició la subida al puerto de la Predata. Decidió caminar para no forzar al jamelgo con aquella pendiente; prefería reservarlo para cuando llegara al llano. El camino de ascenso era ancho y zizagueante para que la subida fuera menos pendiente aunque ese trazado dificultaba el giro de los carros, especialmente cuando iban muy cargados.
Las piedras del camino mostraban las cicatrices que los aros metálicos de la ruedas de los carros dejaban al girar en las cerradas curvas. El brezo cubría las laderas del puerto. Aún no había comenzado su floración, por lo que formaba un tapiz verde oscuro salpicado con ocres cuya luminosidad se hacía tanto más intensa cuanto más ascendía el sol por detrás de la Sierra de la Demanda. Se volvió. Más abajo, casi en el inicio de la pendiente, los tojos y las retamas competían entre sí con su floración amarilla atrayendo a multitud de insectos que libaban golosos su polen. Fabián subía despacio, pues quería disfrutar plenamente de la belleza de aquel tapiz vegetal multicolor y de su olor a miel que parecía llenarlo todo.
Llegó a la cima del puerto y allí se paró. Miraba extasiado el valle que al suroeste surcaba sinuoso el río Arlanzón abriéndose paso entre la tupida floresta. Aquel verdor le hizo recordar a su valle de Amurrio, del que ya sentía nostalgia, aún cuando sólo hacían dos días que lo había dejado atrás.
Mas allá de aquel lujurioso verdor, un inmenso mar de color tostado se extendía hasta el horizonte. Era el trigo había empezado a madurar ya desde mediados de mes. Ya no faltaba mucho para que los campesinos encorvaran sus espaldas y a golpe de hoz recolectaran aquel cereal garantía de sustento para todo el año tanto para ellos como para sus ganados y, también para el Señor de las tierras a quien debían de entregar un parte de lo cosechado.
La bajada del puerto le exigió un mayor esfuerzo que la subida, pues los tramos zizagueantes eran más cortos y los guijarros le dificultaban poder mantener el equilibrio tanto a él como al jamelgo.
Cuando llegó al llano, montó y puso el caballo al trote ligero hasta llegar a orillas del río Seco, donde decidió parar para comer algo y dar descanso al jamelgo. El terreno seguí siendo relativamente llano por lo que no tardó el llegar al lugar de Cogollos, en cuyas cercanías decidió pasar la noche.
Después de cenar, tumbado boca arriba sobre la manta, Fabián miraba la luna, en cuarto creciente, cuya luz apenas conseguía ocultar las estrellas más cercanas. Una especie de nube blanca, alargada y de bordes indefinidos recorría la bóveda celeste de un extremo al otro. Hacía años, un viajero de paso hacia Castilla y que pernoctó en Amurrio, había contado que esa banda de luz, se llamaba vía láctea, pues era la leche derramada por la diosa Hera, esposa de Zeus, que se negaba a amamantar a Hércules, ya que este había nacido de una aventura el rey de los dioses. En una ocasión – había contado aquel viajero – acercaron a Hércules al pecho de Hera aprovechando que dormía, pero se despertó y separó bruscamente a Hércules de su pecho derramándose la leche por el firmamento. Como esta versión se corrió por el valle, el domingo siguiente, durante la misa en San Antón de Armuru, el sacerdote dijo que esa era una versión pagana y que esa banda luminosa que atravesaba el cielo durante el verano, había sido puesta por Dios para indicar el camino hasta la tumba del apóstol Santiago, en las lejanas tierras de la Gallaecia, donde la tierra conocida terminaba en aquel saliente rocoso al que llamaban Finisterrae y comenzaba la mar tenebrosa poblada por monstruos devoradores de hombres y de criaturas diabólicas.
Fuera una cosa o la otra aquella banda de color lechoso, era impresionante y de una belleza que sobrecogía.
Al alba cabalgaba ya por aquella llanura. El día había amanecido gris con el cielo cubierto de nubes y viento moderado del noroeste que hacía ondular aquel inmenso mar de trigales. A media mañana llegaba a las orillas del río Arlanza que vadeó entre las aldeas de Santa Cecilia y Ruyales del Agua. Sabía que a partir de ese punto debía cabalgar en dirección suroeste hasta llegar al Duero que tendría que cruzar cerca de Peñafiel, según recordaba de su anterior viaje, pero eso ya no sería hasta la jornada siguiente, pues la noche le sorprendió preparando su cocido de habas en las afueras de Roa, a algo más de dos leguas de la antigua Peña Falcón, a la que Sancho García había cambiado el nombre por el de Peñafiel.
Aunque no había llovido en todo el día a pesar de que las nubes parecía que iban a descargar en cualquier momento, era probable que lo hicieran durante la noche, por lo que se acomodó bajo la protección de un bosquecillo de robles carrasco. Sería su última noche a la intemperie, pues solo le quedan nueve leguas de recorrido para presentarse en Cuéllar y sorprender a sus amigos Oono, Lucas y el capitán Iñigo Aldai.
El cielo seguía nublado, pero aún así calculó que sería mediodía cuando llegó ante la puerta de San Andrés. La franqueó libremente pues no había guardia en ella, lo que le extrañó. Al llegar ante el templo de San Esteban, giró a la derecha y subió hasta la puerta de la Judería y desde allí, a la explanada delante del castillo. Las calles estaban anormalmente vacías y los pocos hombres con los que se cruzó caminaban ensimismados. Presentía que algo grave había ocurrido en la Villa. Dos hombres hablaban delante de la iglesia de San Martín. Al acercarse a ellos callaron y le miraron con recelo.
- Decidme ¿a qué se debe que haya tan poca gente por las calles de la Villa?- les preguntó.
- ¿Quién lo pregunta? – dijo uno de ellos.
- Me llamo Fabián y vengo a ver a unos amigos que viven en esta Villa- contestó.
- Me suena tu nombre – dijo el que había hablado antes. ¿No llegaste tu aquí el pasado año con el capitán Aldai y un negro enorme?- preguntó
- Así es – respondió Fabián – y esos son los amigos a los que vengo a visitar
- Entonces ¿no sabes lo que ha ocurrido aquí hace tres días?- preguntó incrédulo.
- No, no lo sé, pues acabo de llegar desde mi lugar en el Señorío de Ayala- contestó.
Aquellos hombres le informaron sobre los sucesos ocurridos la víspera de San Juan en la ciudadela. Fabián sintió como la congoja se hacía con el control de su estómago.
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