jueves, 21 de marzo de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XLVII (22.03.2013
Pablo Isasi cabalgaba al galope hacia Cuéllar. Había conseguido la información que le había solicitado el Alférez de Castilla y tenía que hacérsela llegar lo antes posible, tal como le habían ordenado.
En dos jornadas, si no surgían contratiempos, estaría en Cuéllar y en cuatro más, su informe llegaría a las manos de Don Alvaro Núñez de Lara.
Cruzaba el puente de piedra sobre el Esla después de haber dejado a tras Malgrat, cuando distinguió a dos jinetes a lo lejos que venían en su dirección. Se aseguró que su daga seguía en su sitio y se preparó para un eventual enfrentamiento con aquellos jinetes, pues no descartaba que pudiera tratarse de bandidos que se aprovechaban de la inmensidad de aquellas llanuras para asaltar y robar a los viajeros solitarios que encontraran en su camino. Mantuvo el caballo al galope por si la huida era lo aconsejable, ya que aunque no era mal jinete, no era lo suficientemente hábil como para poder enfrentarse a caballo a un hombre armado y mucho menos a dos. Era un hombre de mediana estatura y la falta de ejercicio físico y su acreditado buen apetito se manifestaba en una más que discreta barriga. Ni era hombre de armas ni estaba entrenado para luchar, así que trataría de evitar el encuentro si le era posible.
A unas doscientas varas de distancia, al apreciar que se trataba de un adulto y un joven y que no parecían llevar armas a la vista y aunque no podía distinguir sus caras, se sintió menos inquieto pensando que no serían asaltantes, sino más bien, un comerciante y su criado.
El Capitán, absorto en sus pensamientos ,había visto desde la distancia al jinete que se acercaba, aunque al principio no le dio importancia alguna, pensó después que si aquel hombre venía de Malgrat quizás pudiera haber visto al grupo que perseguían, así que decidió abordarle.
Pablo Isasi, vio que el jinete de cabeza levantaba su brazo derecho en lo que era una inequívoca señal de que se detuviera. Temeroso, aflojó la marcha del caballo Estaban a unas cincuenta varas y ya, sin ninguna duda, concluyó que no eran hombres de armas, pues el de cabeza, aunque vestía ropas que indicaban que era hombre con hacienda, no mostraba emblema o escudo de armas sobre ellas. Aun no distinguía su cara con claridad, pero aún así había algo en ella que no le resultaba desconocido.
El Capitán miraba incrédulo al jinete que estaba ya apenas a unas veinte varas de distancia. No era posible que aquel hombre fuera quien estaba pensando. ¿Estaría su cabeza perdiendo la noción de la realidad como consecuencia del dolor de su corazón? pensaba.
Pablo Isasi tiró bruscamente de la brida de su caballo, que relinchó dolorido.
- ¡Capitán¡¡ Señor Alcaide¡ ¿De verdad sois vos o estoy soñando?
- Eso mismo me preguntaba yo de vos, Regidor. Nunca os hubiera imaginado por estas tierras, tan lejos de nuestra Villa.
- No os podéis hacer idea de cuánto me alegra haberos encontrado, pues tengo noticias que os interesan y mucho- dijo el Regidor- pues tiene que ver con el rapto de vuestra esposa.
El corazón de Iñigo Aldai pareció revivir y comenzó un latir frenético.
- Decidme lo que sepáis, os lo ruego; decídmelo cuanto antes, pues mi corazón está a punto de estallar- le apremió el Capitán vivamente alterado.
Desmontaron y Pablo Isasi informó al Capitán sobre el mandato que había recibido del Alférez de Castilla, en cumplimiento del cual había estado en Urueña y con la información allí obtenida se había llegado a La Bañeza donde, había comprobado que tras la decisión del Señor de Ureña de desplazar tropas al Hornija, estaba la mano del que había sido regidor de Cuéllar, Leopoldo López.
- Lo que hace pensar, y esto es suposición mía – aclaró - que esa amenaza de invasión por parte de León de las que os informó Don Diego hace casi un mes, consecuencia de la cual os desplazasteis a la frontera, podría ser una artimaña urdida por para alejaros de Cuéllar y dejar la Villa desprotegida para cometer su horrible crimen.
- Ese hombre juró vengarse de mí, aunque jamás pensé que su ruindad fuera tal como para hacerlo utilizando a mi esposa. Aun así me cuesta creer que haya sido capaz de poner en riesgo la frágil paz entre Castilla y León para llevar a cabo esa venganza, así como que el rey leonés se haya prestado a ello, porque …
- Pensad Señor, que el Rey pudo haber sido informado de la presencia de tropas castellanas en la frontera, un hecho incuestionable, pero si esa información se le hizo llegar adecuadamente elaborada, pudo hacerle pensar que se estaba preparando un ataque castellano y así autorizar al Señor de Urueña a movilizar sus tropas. No es improbable que Alfonso IX haya sido tan víctima de la treta de Leopoldo López como lo ha sido la Corte de Toledo.
- Pudiera ser tal como lo exponéis, por muy descabellado que parezca y si, merced a la información que habéis conseguido, llegan en Toledo a esa misma conclusión, nuestro Rey sabrá como reconducir la situación creada. Y ahora decidme ¿ habéis localizado a ese felón en La Bañeza?
- No Capitán. Pude saber que vivía allí, pero la urgente necesidad de informar a Don Alvaro me aconsejó, una vez obtenida la información requerida, regresar a Cuéllar con esa finalidad. No puedo, por tanto, aseguraros que esté en esa Villa, aunque es lo más probable, ya que no lo estaba en Urueña.
- En cualquier caso, vuestra información es una puerta que se me abre a la esperanza, pues os confieso que una vez que perdimos las huellas del grupo de raptores, no sabía por donde continuar la búsqueda de mi esposa. Si como decís, el instigador y responsable de su rapto y de los asesinatos en Cuéllar vive o ha estado viviendo en La Bañeza, por esa Villa empezaré a buscarle. Doy gracias a Dios por haberos puesto en mi camino, pues mi corazón ya no soportaba tanto dolor.
- Creo, Capitán, que podéis entregaros plenamente a esa búsqueda y tratar de recuperar a Doña Marta, pues el buen gobierno de la ciudadela está asegurado, aún cuando el Padre Gumersindo no pueda ejercerlo directamente, ya que la dama de compañía de vuestra esposa, Carmen Gómez, ha sabido, desde el primer instante, poner orden allí donde aparecía el desconcierto, y ánimo en lugar de la desesperación y después, vuestro escudero Lucas, supo organizarlo todo antes de salir para Torrelobatón a informaros de lo ocurrido. Cuando yo salí de Cuéllar por orden de Don Alvaro, el castillo había recuperado la normalidad en su funcionamiento, aunque no la alegría, pues vuestra esposa es muy querida y respetada no sólo en el castillo, sino también en la Villa, así como el buen Padre Gumersindo.
- Me satisface oír que la vida del castillo transcurre con normalidad, lo que me permite, tal como decís, dedicar todos mis esfuerzos a recuperar a mi esposa, pero es necesario que Don Diego, mi Señor, sepa que esa es mi dedicación prioritaria y que, por tanto, ni estoy con las tropas en la frontera ni en el castillo, así que os ruego que además del informe que enviaréis al Alférez de Castilla, enviéis una carta en mi nombre a Don Diego solicitándole mi licencia como alcaide, pues…
- Creo que os precipitáis, Capitán. Como os acabo de decir, la vida en el castillo es normal y sobre vuestras tropas en la frontera, debierais esperar a la decisión que tome nuestro Rey una vez haya sido informado sobre como se ha gestado todo este conflicto, pues si como parece, sólo ha sido una estratagema de Leopoldo López, no tendría sentido mantener tropas en la frontera ni por Castilla ni por León, y si así fuera decidido y vuestras tropas regresaran a Cuéllar, ya no tendríais obligaciones urgentes que os impidieran buscar a vuestra esposa. Y es que, además, creo Capitán, que si el Rey de León fuera informado sobre la conspiración urdida, sería de su máximo interés capturar a López para someterlo a su justicia y …
- He de reconocer, Regidor, - le interrumpió el Capitán - que vuestro análisis no admite refutación y, sin duda, el deseo de recuperar a mi esposa, sana y salva, mayor incluso que el de castigar al felón responsable, a enturbiado mi juicio. Pero, hay que tener en cuenta que mi renuncia a solicitar mi licencia se sustenta en una hipotética decisión del Rey de retirar las tropas de la frontera, extremo éste que yo debiera conocer tanto si así se produce como si fuera otra la decisión, por lo que, si no tenéis inconveniente, mi escudero Lucas regresará con vos a Cuéllar y tan pronto os lleguen instrucciones desde Toledo, lo enviaréis para que me informe y, entonces, decidir lo que proceda.
- En modo alguno se ha enturbiado vuestro buen juicio, pues es muy sensato lo que acabáis de proponer, así que obraremos de tal forma – aceptó Pablo Isasi.
Lucas, que permanecía a unos dos pasos y había oído la conversación, no sabía si intervenir o no. Al final se decidió pensando que era preferible incurrir en una incorrección que correr el riesgo de no poder cumplir con eficacia su trabajo por quedarse callado.
- Disculpadme mi Señor; pero ¿cómo y dónde os localizaré cuando haya de traeros la información que el Señor Regidor me diga?- preguntó.
- ¿En cuánto tiempo estimáis que podáis recibir instrucciones de la Corte, Regidor?- preguntó Iñigo Aldai.
- Supongo que no menos de diez días, por lo que, en el mejor de los casos y siempre que vuestro escudera tuviera que venir a La Bañeza, no tendrías información antes de doce días- contestó.
- Bien, pues analicemos la situación teniendo en cuenta ese tiempo. Yo- dijo el Capitán - partiré de inmediato para La Bañeza e iniciaré allí la búsqueda de mi esposa. Si tuviera éxito prontamente – algo que ruego fervientemente a Dios Nuestro Señor – regresaría inmediatamente a Cuéllar. Si por el contrario, no fuera así – Dios no lo permita - al cabo de esos doce días y después cada cuatro días, al atardecer, me acercaré a un lugar concreto en la zona por si Lucas hubiera llegado con las instrucciones recibidas. Mañana es lunes, primer día de julio, así que el primer encuentro y siempre en el peor de los casos, será el viernes día doce. Solamente tenemos que establecer ese lugar de encuentro y dado que no yo ni Lucas conocemos estos lugares, quizá vos, Regidor, que acabáis de estar en La Bañeza podáis sugerirnos uno.
- Apenas he estado un día en esa población, Señor, por lo que mis conocimientos son escasos; aún así puedo sugeriros, p0ues es fácil de localizar una taberna que se llama Perucho, cerca de un humilladero entre la iglesia de San Pedro y el convento de Sancti Salvatoris. Es una taberna muy concurrida, por lo que pude comprobar y pasaréis ambos desapercibidos.
- De acuerdo entonces – y dirigiéndose a Lucas – tú te irás con el Regidor y tan pronto recibas sus instrucciones cabalgarás hasta La Bañeza y al atardecer del día doce me esperarás en esa taberna hasta que llegue. Si no apareciera, porque alguna circunstancia no prevista me lo hubiera impedido, me esperarás allí un día y otro …
- Pero Señor, y si, como así deseamos todos, encontráis a Doña Marta antes de esos doce días…
- Pudiera ocurrir, y eso es lo espero, que, como dices, el rescate de mi esposa hubiera culminado antes y que estuviéramos de regreso a Cuéllar al tiempo que tu cabalgabas hacia aquí y no nos encontráramos en el camino, por lo que para que tu lo supieras y no me esperaras en vano, yo le daría instrucciones al tabernero para que cuando un muchacho llamado Lucas le preguntaras si un comerciante al que servía, le había dejado algún recado, que te dijera que regresaras a casa lo antes posible ¿me has entendido Lucas?
- Perfectamente, Señor. Haré tal como habéis dicho- contestó.
- Pues pongámonos en marcha cuanto antes y, mi estimado Regidor, permitidme que una vez más os diga cuánto beneficio para mi corazón me producido este encuentro y de cuánta utilidad para rescatar a mi esposa.
- Señor, confiad en que encontraréis a vuestra esposa sana y salva, pues si no, Dios Nuestro Señor no hubiera querido este encuentro.
Pablo Isasi y Lucas salieron al galope hacia Cuéllar, mientras Iñigo Aldai se dirigía a La Bañeza, con el corazón lleno de esperanza.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario