viernes, 8 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS  XXXII y XXXIII (09.03.2013)

CAOITULO XXXII

Marta De La Fuente estaba inquieta. Desde que su esposo había salido hacia la frontera hacía ya más de dos semanas, la preocupación y la intranquilidad se habían instalado en su ánimo. El Padre Gumersindo trataba de tranquilizarla diciéndole que se trataba de una misión de observación y que no era probable que se produjeran enfrentamientos armados, pues los dos  monarcas habían firmado  en Coimbra un pacto de no agresión. Marta respondía que sí, que ya lo sabía, pero que tenía un mal presentimiento que la alteraba hasta el punto de impedirle, en ocasiones, conciliar el sueño.
Su amiga y dama de confianza, Carmen Gómez, también procuraba animarla y distraerla contándole  las nuevas que se producían en la Villa y cómo se estaban preparando los juegos de toros, acompañándola en sus rezos o  en breves paseos por el recinto de la ciudadela. Marta hacía notables esfuerzos de voluntad para convencerse de que sus temores carecían de fundamento y que, como le había dicho Carmen, todo se debía a que su corazón, profundamente  enamorado,  se resistía a aceptar  una separación a la que no estaba acostumbrado.
Carmen le había propuesto que acudieran a ver los juegos de toros, pero no le apetecía, aunque sí le pidió a ella que asistiera y así después podría contarle como habían transcurrido. Ella se quedaría con la compañía del Padre Gumersindo quien ya le había dicho que no iba a presenciar los juegos, pues en anteriores ocasiones había visto  la clase de  comportamientos que habían motivado que el obispo  de Segovia prohibiera la participación de clérigos y frailes, y  como dudaba que esta prohibición fuera respetada, prefería no ir y así no tendría que ver aquello aquellos comportamientos que ofendían a Dios y  a la Iglesia.
La tarde del día 22,  el Padre Gumersindo había estado hablando con Máximo Paniagua sobre las medidas de seguridad que habían acordado para los templos. Iban a emplear a todos los soldados que habían quedado en la ciudadela en esas labores de protección, por lo que sólo uno quedaría de guardia en el portón de entrada al castillo. Ambos juzgaban que sería suficiente y, en cualquier caso, no podían hacerlo de otra forma, ya que no había tropa suficiente.
Al alba del domingo 23, los soldados asignados a las puertas de San Basilio y San Martín, así como los destinados a proteger las iglesias de San Andrés y San Pedro, abandonaban la ciudadela para ir a sus puestos de guardia. El hecho de que fuera domingo no simplificaba las labores de vigilancia, más bien al contrario, pues los templos estarían abiertos para que los fieles asistieran a los divinos oficios y  eran muchos los templos existentes en la Villa, ya que además de los dos que iban a contar con protección, estaban los  de San Esteban, San Miguel y San Francisco. Sería fácil para cualquier ladrón, aprovechándose de la situación, esconderse en el interior de un templo y esperar el momento oportuno para apropiarse de todo aquello que le apeteciera, fueran objetos sagrados o no.
La vigilancia de las calles  y especialmente aquellas que serían recorridos por los toros, era misión de los alguaciles del regidor, Pablo Isasi. Este había asignado a cada uno de sus cuatro alguaciles, tramos de vigilancia a lo largo del recorrido de los toros.
La llegada a la muralla era el tramo más peligroso, pues allí el camino formando un embudo cuya parte estrecha era la puerta de entrada, y por esa misma razón, era el lugar preferido por la gente para ver los toros más de cerca.
Lucas se apostó en la esquina que hacían la calle en la que vivía Ana, la de los Herreros y la que bajaba hasta la iglesia de San Pedro. Ana no tardaría en aparecer, pero si se retrasaba les iba a ser difícil conseguir un buen lugar para ver el paso de los astados y los  mozos que los corrían.
Desde la puerta de San Pedro hasta la Plaza Mayor, la calle tenía bastante pendiente por lo que los toros, cansados ya por el largo recorrido desde los pinares, aflojaban la carrera al subir la calle y lanzaban cornadas a los curiosos que osaban asomarse por las talanqueras.
Ana se abría paso con dificultad entre el numero público que ocupaba  los estrechos pasillos entre las talanqueras y las fachadas de las casas. Lucas, subido a las escalinatas de piedra adosadas a la fachada este de la iglesia, ocupaba casi todo el peldaño superior que defendía manteniendo las piernas muy separadas, cual caballero con su castillo para ofrecérselo a su dama. Le tendió su mano para ayudarla a subir, y al sentir el contacto de su piel, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Lucas era feliz. Iba a presenciar, por primera vez en su vida, esos juegos de toros cuya fama había traspasado las fronteras el reino y lo iba a hacer en compañía de Ana, aquella muchacha que le había robado su juvenil corazón. Pedirle algo más a la vida, sería caer en el pecado de la avaricia.

Desde la puerta de  San Pedro hasta la Plaza Mayor, el ambiente era bullicioso. Las gentes iba y venían tratando de encontrar un lugar de observación mejor que el que ya habían conseguido. Se empujaban unos  a otros y no faltaron enfrentamientos subidos de tono entre quienes disputaban, aunque  la presencia ostensible de los alguaciles les aconsejaba no llegar a las manos so pena de terminar en el cepo, pues así se castigaban las peleas en público.


CAPITULO XXXIII                                                       

El centinela  que custodiaba la puerta de entrada al castillo era el primer obstáculo que Gerondio y sus hombres tenían que superar. El centinela parecía estar distraído y no era para menos, pues la práctica totalidad del personal del castillo había  sido autorizado a asistir a los juegos y poca vigilia había que hacer. Se sorprendió al ver a cuatro hombres que cruzaban la explanada en dirección a donde él estaba y que caminaban deprisa. Debían ser forasteros – pensó – pues  cualquier  vecino de la Villa estaría en esos momentos buscando el mejor lugar para ver los juegos de toros.
Cuando llegaron ante el puesto de guardia les dio el alto.
- Nos envía  el capitán Aldai con un mensaje para su esposa, así que déjanos pasar y has que nos conduzcan hasta ella, pues se trata de un asunto urgente – le dijo Gerondio con voz autoritaria.
- No os conozco como hombres  del Capitán- contestó el  guardia – al menos de este castillo.
- Tienes razón- replicó Gerondio- Nosotros tampoco te conocemos a ti y es lógico, pues somos del castillo de Iscar que, como sabrás, ha cedido tropas al capitán Aldai, y ahora – urgió –llama a alguien para que nos lleve  ante la Señora.
- Tendré que acompañaros yo mismo, pues  todo el personal está en los juegos de toros, excepto el Padre Gumersindo, que es quien manda en ausencia del Capitán.
Gerondio disimuló la alegría que le producía lo que el guardia acababa de contar. 
- Sí, sí. Ya sabemos que empiezan hoy los juegos y ya nos hubiera gustado asistir, pero…¡ que te vamos a contra a ti sobre las obligaciones del soldado¡
- Es bien cierto lo que dices, pues a mí también me hubiera gustado  ver el encierro – contestó resignado- pero… me ha tocado estar aquí  ya que mi soldada me lo exige. Y ahora que me doy cuenta ¿por qué siendo soldados no  vestís como tales?  
- Eres un hombre observador – le aduló Geroncio – pues te has dado cuenta enseguida de que no vestimos ropas militares. La razón es que el Capitán nos ha ordenado vestir así, para no llamar la atención en medio de tanta concentración de gentes.
- Parece razonable – concedió el guardia. Ya llegamos – les dijo ante la entrada de la Torre del Homenaje- Y ahora, esperadme aquí pues voy a avisar al  Padre Gumersindo.
Una vez que el soldado entró en la Torre, Gerondio dijo a los tres hombres que le acompañaban que las cosas estaban saliendo mejor de lo esperado, pues no había soldados ni personal  de servicio en el castillo excepto el guardia de puertas.
No tardo en aparecer el guardia seguido por el Padre Gumersindo.
- ¿Así que decís que sois soldados de Iscar enviados por el capitán Aldai para entregar un mensaje a su esposa?- preguntó a modo de saludo.
- Tal como habéis dicho, Padre- contestó Gerondio.
- Yo, además de su confesor, soy el Secretario del castillo, así que dadme a mí el mensaje, que yo se lo entregaré a la Señora.
- Cos gusto lo haría – contestó Gerondio – pues aliviaría nuestro trabajo, pero el Capitán nos hizo jurar que el mensaje lo entregaríamos a la Señora y a nadie más.
- Siendo así, yo os llevaré ante ella si me acompañáis.
- Os seguimos Padre. Tú,espéranos aquí – ordenó a Servando.
Comenzaron a subir la escalera de piedra. Las pisadas resonaban, pero no tanto como para que Lupicinio no oyera los latidos de su corazón alborotado por el miedo y los nervios.
-   Decidme –preguntó el Padre Gumersindo -¿cómo van las cosas por la frontera?¿Qué tal está mi amigo el sargento Cortés?
- Bien, bien – contestó Gerondio- Es  algo autoritario, pero no es mala persona.
- Tienes razón, siempre ha sido así, pero es buen cristiano. Ya llegamos, esperad aquí  un momento a que avise a la Señora.
El Padre Gumersindo entró  en el la sala donde Marta  entretenía su tiempo bordando.
- Padre Gumersindo, me alegro de veros – saludó
- Señora, dejad lo que estáis haciendo y seguidme, pues algo me dice que estáis en peligro. Daos prisa, os lo ruego - le apremió
- Pero Padre ¿qué ocurre? ¿qué peligro decís que me acecha aquí entre estos sólidos muros?- le preguntó alarmada.
- Hija mía. Ahí  afuera, al otro lado de la puerta, hay dos hombres que dicen venir en nombre de vuestro esposo para entregaros un mensaje, pero no creo que digan la verdad, pues les he preguntado por un personaje inexistente en la tropa del Capitán y me han contestado como si lo conocieran. No son lo que dicen ser y lo más prudente es ponerse en lugar seguro, así que, nuevamente os lo ruego, salid por la puerta lateral  que da  a un pasadizo que os llevará al ala oeste del castillo, donde esperaréis el regreso del personal que ha ido a presenciar los juegos. Daos prisa, os lo suplico –insistió.
- Pero Padre …
No pudo continuar. La puerta se abrió y Gerondio, seguido de Lupicinio entraron en el aposento.
- Os dije que esperarais fuera – dijo el Padre Gumersindo con voz autoritaria.
- Lo siento Padre y, Señora, os pedimos disculpas por nuestra entrada sin vuestro permiso, pero es muy urgente lo que os tenemos que comunicar en nombre del capitán Aldai- contestó Gerondio.
- Decidme entonces que mensaje me traéis de mi esposo. Vamos, hablad – le urgió con voz temblorosa.
- Señora –empezó Gerondio con voz grave – me temo que lo que os tengo que comunicar no va a ser de vuestro agrado, pero os ruego que tengáis en cuenta que solo somos los mensajeros. Hace tres días que allá, en la frontera, se produjo un enfrentamiento con tropas leonesas que hacían una incursión en territorio castellano y en ese enfrentamiento, el Capitán resultó herido de consideración …
- ¡Dios mío¡ - exclamó Marta palideciendo- Decidme, decidme ¿cómo se encuentra?¡ ¿Se recupera de sus heridas? ¿está  mejor?- Marta temía la respuesta, pues  solo una respuesta negativa a sus preguntas justificaría la presencia de aquellos hombre allí.
- Siento deciros, Señora, que  el Capitán no se encuentra bien y desea que acudáis a su lado, pues teme lo peor.
- Lupicinio miraba a jerónimo con el estupor reflejado en su rostro, algo de lo que se dio cuenta el Padre Gumersindo.
Marta sintió como si el suelo se hundiera a sus pies y, de no ser por el sacerdote que la sostuvo, hubiera caído al suelo.
- Tranquilizaos, hija mía, pues  dudo que lo dicho por este hombre sea verdad- dijo el Padre Gumersindo.
- ¿Acaso me estáis acusando de mentir, Padre? ¿Cómo osáis pensar tal cosa?¿Qué beneficio podría tener por causar tal dolor a la esposa del capitán Aldai sin razón fundada?- preguntó con voz airada  Gerondio.
- La razón vos la conoceréis – respondió el Padre Gumersindo – así como la de que dijerais conocer al  imaginario sargento Cortés.
Gerondio se dio cuenta de que su juego había sido descubierto por aquel sacerdote, así que consideró que no había motivos para seguir fingiendo.
- Sois muy listo Padre, pero de nada os va a servir, ya que la Señora ha de acompañarnos, preferiblemente de grado, y ni vos ni nadie lo va a impedir.
Y dirigiéndose a Marta – Señora, ¿nos acompañaréis de buena gana donde vuestro esposo?
 A Marta, apenas recuperada de su desvanecimiento,  le parecía estar viviendo una pesadilla. El diálogo entre el Padre Gumersindo y aquel hombre que decía traerle un mensaje de su esposo era parte de esa pesadilla de la que lo único que su subconsciente asociaba a la realidad era lo de que su esposo estaba  gravemente malherido, así que, casi sin darse cuenta, con un gesto de cabeza asintió a la pregunta de aquel hombre de aspecto nada agradable.
- ¡No vayáis, hija mía¡ No lo hagáis, pues este hombre miente- gritó el padre Gumersindo mientras trataba de interponerse entre Marta y Gerondio. Este lo retiró de un empujón que hizo que el sacerdote cayera al suelo. Lupicinio, en un acto reflejo, se inclinó para ayudarle, pero Gerondio le ordenó que lo atara y amordazara.
-  Pero… - trató de protestar Lupicinio
-  Haz lo que te he dicho – le ordenó Gerondio
Marta seguía en un estado de total confusión. No era consciente de lo que delante de ella estaba ocurriendo. Su pensamiento y su corazón estaban ocupados por el recuerdo de su esposo malherido. 
Lupicinio se agachó  para ayudar al Padre Gumersindo a levantarse mientras balbuceaba una disculpa. El sacerdote se revolvió y dio un empellón a Lupicinio que  trastabilló golpeándose contra un enorme arcón con herrajes metálicos.  Entonces Gerondio, sin dudarlo un instante, desenvainó su daga y lanzó una puñalada  que, al estar el sacerdote levantándose, le alcanzó en el costado derecho, justo por debajo del arco costal.
Lupicinio miró horrorizado al que era su jefe. Marta ahogó un grito cubriéndose la  boca con las manos. El Padre Gumersindo miraba incrédulo como su  hábito blanco se teñía de rojo al mismo tiempo que el suelo parecía escapársele de sus pies y todo se volvía de color gris.
- El se lo ha buscado , pues te había atacado y trataba de impedir que cumpliéramos el mandato de nuestro rey - dijo Gerondio a modo de justificación
- Pero era un hombre de Dios y no debieras…
- Es cierto – le interrumpió Gerondio – pero ahora sólo era un servidor del rey castellano.
Marta sollozaba sin poder apartar su mirada del Padre Gumersindo  que gemía tendido en el suelo.
- Señora, lamentablemente el sacerdote trataba de impedir que os lleváramos ante vuestro esposo y eso no podíamos consentirlo. Os ruego que nos acompañéis y no os preocupéis por él – dijo mirando al Padre Gumersindo – pues su herida, aunque muy aparatosa, no es grave y pronto le atendrán vuestros sirvientes cuando regresen de los juegos de toros.

Lupicinio tampoco podía apartar la vista del hábito  cada vez mas ensangrentado del sacerdote. Aquel movimiento rápido de Gerondio asestando la puñalada le recordó aquella noche en la que él mismo, y también sorpresivamente, recibió una puñalada que a punto estuvo de costarle la vida. En su interior, algo le decía que aquel hombre que decía llamarse Gerondio, sirviente en la casa a orillas del Tuerto, que les había dicho que cumplían órdenes del Rey de León, y que ya cuando le vio en el mercado de La Bañeza, aunque sin certeza, lo relacionó con su asaltante, era efectivamente el hombre que lo hirió gravemente aquella oscura noche cuando feliz y con la bolsa llena de monedas regresaba a su casa. Esa misma voz interior le decía que un hombre al servicio del Rey no usaría su daga tan a la ligera y menos contra un hombre de Dios.
Su sentido común terminó por imponerse y Lupicinio concluyó que aquel hombre no era quien decía, sino un sicario al servicio  de … ¡ Oh, no¡ No podía ser que estuviera cumpliendo órdenes  de aquel que le había contratado y pagado tan bien para ir a Guadalajara. Según había podido saber en La Bañeza, se trataba de un comerciante tortosino buscando las mejores lanas para sus telares y sin intereses conocidos de otro tipo. Cierto era que lo del viaje a Guadalajara para traer una reliquias aunque algo extraño, parecía indicar  que el comerciante era un hombre piadoso y buen cristiano. No, no podía que Gerondio estuviera cumpliendo instrucciones suyas. Pero ¿de quién entonces?. 
Todos estos pensamientos  se producían a  velocidad de vértigo en su cabeza mientras miraba  la sangre, que seguía extendiéndose por el hábito de Padre Gumersindo,  y empezaba a manchar las losas del suelo. Ese misterioso mecanismo oculto en lo más profundo del cerebro y que avisa de la proximidad del peligro, le advirtió a Lupicinio que si contradecía a Gerondio, su propia vida correría la misma suerte que la del sacerdote, por lo que la prudencia exigía seguir sus instrucciones, observar sus movimientos y, sobre todo, saber que pretendía hacer llevándose a aquella dama; saber si, como les había dicho a ellos, se la llevaba a su padre por orden del Rey o era para  reunirla con su esposo, como le había dicho a ella. Fue consciente de que estaba involucrado  en algo extremadamente peligroso y sospechosamente ilegal, pero  Gerondio, estaba seguro, no le permitiría abandonar ahora, así que seguiría y trataría de ayudar, en lo que fuera posible, a aquella dama que seguía llorando silenciosamente y que, como si hubiera perdido su voluntad ,se encaminaba a la puerta de salido de su aposento seguida por Gerondio.
Lupercio montaba guardia en el rellano de la escalera, en la primera planta. Cuando les vio aparecer le dijo a Gerondio que hasta las cocinas estaban vacías y que la salida estaba expedita.

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