IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XLV (20.03.2013)
Un faraute entregó a Pablo Isasi un despacho lacrado y con el sello del Alférez Mayor de Castilla. El Regidor supo, ya antes de romper el lacre, que estaba relacionado con el informe que había enviado a Don Alvaro Ñúñez de Lara sobre los hechos de la víspera de San Juan en Cuéllar.
El Alférez Real le ordenaba que, de incógnito, se desplazara a Urueña de inmediato para averiguar, con el mayor detalle posible y a la mayor urgencia, qué personas, ajenas a la Villa, habían frecuentado el castillo y se habían relacionado con su Señor durante las dos últimas semanas., así como que del resultado de su investigación, que había de ser hecha con total discreción, le enviara un informe con las máxima celeridad, pues se trataba de un asunto de gran importancia para la seguridad del Reino.
Pablo Isasi se acercó la castillo para informar a Oono que durante unos días estaría ausente cumpliendo instrucciones del Alférez Real. El Regidor no conocía a Fabián de Mariaca, aunque había oído hablar de él. Cuando Oono les presentó se alegraron, pues los dos procedían del Señorío de Ayala. Cuando todo hubiera recobrado la normalidad, se reunirían para hablar de su tierra.
Al día siguiente, por la tarde, Pablo Isasi se alojaba en una posada, en el Corro de Santo Domingo, muy próxima al castillo y relativamente cerca de la entrada a la Villa recientemente amurallada, la puerta del Azogue.
Se presentó como fabricante de mantas zamoranas buscando mercados para sus productos y que había parado en Urueña, pues le habían informado sobre la importancia de su mercado.
Durante la cena, en la misma posada, inició conversación con otros huéspedes. Hablaron de cómo estaba el mercado, de la lana, de la pujanza comercial de Zamora y del buen verano que se avecinaba, asuntos intrascendentes para Pablo Isasi. Si alguien podía saber algo de lo que le interesaba, tenía que ser el posadero.
- Posadero, sírvenos una jarra de buen vino de Toro – pidió – y acompáñanos a disfrutarla.
No tardó el posadero el cumplir el encargo y que en esta ocasión lo hizo con el mejor vino que tenía, pues no iba a privarse de él cuando era otro quien lo pagaba.
Continuó la conversación sobre ganados, mercados y el tiempo, asuntos que no eran del dominio del posadero, por lo que no encontraba ocasión de participar y poder así seguir libando aquel excelente caldo. Decidió intervenir, no fuera que por estar callado lo ignoraran incluso a la hora de llenar los vasos.
- Pues parece que no se avecinan buenos tiempos para los negocios que comentan, ni para …
- ¿Por qué dices eso, posadero?- preguntó el Regidor de Cuéllar interrumpiéndole.
- Pues porque últimamente las cosas parecen estar revueltas por aquí. Se dice que hay tropas castellanas en el valle del Hornija y que se teme un ataque, lo que ha hecho que nuestro Señor haya enviado un destacamento a la zona.
- ¡Qué dices¡ ¿Estás diciendo que hay peligro de guerra?- preguntó Isasi fingiendo notable asombro.
- Eso es lo que opinan algunos soldados que suelen venir a beber aquí- contestó.
- Nos dejas muy preocupados – dijo uno de los huéspedes
- Es para preocuparse, en efecto – convino Pablo Isasi – Y dinos, posadero, ¿ha habido mucho movimiento de personas en el castillo?, pues siendo la situación como dices, puede que hasta de la Corte haya venido algún nombre mandado por el Rey.
- No sabría deciros si ha llagado algún delegado real– contestó – aunque si puedo afirmaros que efectivamente ha habido movimiento, pero de tropas.
Ya que no podía obtener más información del posadero y no queriendo que pareciera que tenía excesivo interés en el asunto, hábilmente volvió a la conversación inicial sobre las dificultades para encontrar buenos mercados para sus mantas zamoranas.
La mañana siguiente la empleó en recorrer el perímetro amurallado, esperando ver el adarve a algún centinela aburrido y con ganas de conversación. No tuvo suerte. El miedo a un ataque castellano los mantenía alertas, pendientes del horizonte. Decidió acercarse a la entrada del castillo. La fortaleza ya le había llamado la atención cuando la vio por primera vez la tarde anterior. Era de forma rectangular con sendos torreones circulares en las esquinas y, al sur, la Torre del Homenaje, de planta cuadrada. Le impresionó la solidez de la muralla, que acababa de ser termina después de más de medio siglo de construcción. Ciertamente, en su opinión, la Villa era inexpugnable.
Dos soldados hacían guardia en la entrada del castillo. Se envararon al verle acercarse.
- ¿Qué quieres? – le preguntaron
- Nada en concreto – respondió – es que soy nuevo en la Villa, donde estaré unos días, y estoy impresionado por el aspecto de este castillo y la muralla. Jamás había visto nada igual en todo el reino. Seguro que os sentís muy orgullosos de servir aquí.
- Pues está bien justificado tu asombro- contestó uno de ellos- ya que, desde que se terminó la muralla, no hay otra villa tan bien fortificada como esta.
- Y no podía ser menos, pues siempre ha sido esta una plaza muy deseada por los castellanos – intervino el otro guardia – así que ahora no les va a ser tan fácil hacerse con su control como en el pasado.
- Coincido contigo en lo que dices. Ahora parece una villa inexpugnable, así que vuestro Señor se ahorrará una buena cantidad de doblas, pues no necesitará mantener una tropa numerosa- comentó el Regidor.
- No te engañes porque no veas muchos soldados por aquí, pues la mayoría están en la frontera sobre el valle del Hornija – dijo el que primero había hablado.
- ¿Acaso hay problemas en la frontera?- preguntó Pablo Isasi- pues si es así tendré que buscar mercados para mi negocio lejos de ella.
- No es que haya problemas – contestó uno de ellos – pero nuestro Señor teme un ataque desde el otro lado y no quiere sorpresas.
- La verdad es que desde hace años – intervino el otro – esta parte de la frontera ha sido muy tranquila, pero desde que vino el nuevo asesor de nuestro Señor, todo parece haberse vuelto peligroso.
- ¿El nuevo asesor, dices? – preguntó el Regidor
- Si, un hombre al que nunca habíamos visto por aquí y que vino con nuestro Señor desde Palacios, donde se hallaba el Rey con sus nobles.
- A los pocos días de su llegada se nos acabó la tranquilidad - intervino su compañero – nos aumentó el trabajo y las guardias empezaron a ser más exigentes. Ahora, el menor descuido, te castigan. En mala hora vino ese hombre.
- ¡Calla, calla¡ no hables así, que si alguien te oyera, terminarías en el cepo – le advirtió su compañero.
- Déjale – le dijo el Regidor – que por mí no habéis de preocuparos, ya que estoy de paso y nada me interesan los asuntos del gobierno de la Villa, aunque siento curiosidad por saber como se llama ese nuevo asesor de vuestro Señor.
- ¿Y para qué quieres saberlo? – le preguntó con suspicacia el que había advertido a su compañero.
- Sólo curiosidad, solamente eso – contestó – Quizás algún día ese hombre pase a la Historia y me gustaría poder decir que, aunque no le conocía, estuve en el mismo castillo que él.
- He oído decir a algunos que se llama Leopoldo López, así como que nuestro Señor le tiene en gran aprecio- le dijo ya más relajado el soldado.
- Y dicen que es de La Bañeza- añadió el otro.
Un oficial se acercaba, por lo que los soldados recobraron su compostura y callaron. Pablo Isasi, el Regidor de Cuéllar en funciones de espía, se alejó del lugar sin prisas. La información que acababa de conseguir era importante, tanto que pensó que podría serla que se le había encomendado que tratara de conseguir. No había duda sobre que la presencia en Urueña de aquel Leopoldo López había marcado el inicio de la actividad militar en la frontera, por lo que podría volver a Cuéllar e informar al Alférez Real, pero… ¿quién era aquel hombre y cómo había conseguido el favor del Señor de Urueña?. Esta información no se la habían solicitado, pero él era un hombre metódico y detallista y no saber las respuestas a esas preguntas le incomodaba, pues su informe, sin ellas, estaría incompleto, así que decidió seguir la investigación para conseguirlas. Si Leopoldo López era de La Bañeza, según contó el soldado, iría allí a buscarlas.
Pasado el mediodía salía por la puerta del Azogue e iniciaba el camino de bajada al valle; pasó por delante del monasterio dedicado a San Pedro y San Pablo de Cubillas donde se iniciaba la subida de la ladera sur del valle, tomó el camino hacia el noroeste que le llevaría a Malgrat a donde llegó cuando las campanas de algún monasterio llamaban a vísperas. Aun le faltaban una seis leguas hasta La Bañeza, por lo que no podría llegar con la luz del día y esa noche la Luna estaba en cuarto creciente por lo que no podría cabalgar de noche. Se alojó en una posada cerca de la sinagoga, próxima a la plaza del Azogue.
Pasado el mediodía entraba en La Bañeza. Nunca había estado allí, aunque había oído hablar sobre la importancia comercial de la floreciente y de su mercado. Dado que la Villa había ido creciendo a la sombra del monasterio de Sancti Salvatoris, decidió empezar sus pesquisas por allí, pensando que al ser el centro de la población, estaría más concurrido y le resultaría más fácil trabar conversación con sus gentes.
Aunque no era día de mercado, las calles estaban concurridas. Supo que se debía a que, por ser ese día el consagrado a San Pedro, había oficios religiosos solemnes en la iglesia de San Pedro de Périx. Divisó una taberna a medio camino entre San Pedro y San Salvador. Grabado a fuego en una tabla figuraba su nombre: Taberna de Pedrucho Era un buen lugar para empezar. La taberna, como las calles, estaba concurrida por lo que todas las mesas estaban ocupadas. Al fondo del local divisó una, ocupada por sólo por un hombre que parecía estar en animada conversación con una jarra de vino. Aparentaba ser un hombre con recursos, a juzgar por sus ropas – quizás un comerciante- pensó. Se acercó a la mesa.
- Os ruego que disculpéis mi atrevimiento, pero es que acabo de hacer un largo camino y me gustaría sentarme para descansar mientras tomo una jarra de buen vino. ¿me permitís tomar asiento en vuestra mesa?
- Sentaos – dijo con voz pastosa - que no se diga nunca que a un foráneo se le ha negado reposo en La Bañeza y mucho menos poder libar un buen vino de las riberas del Ornia.
- Os lo agradezco y permitidme que os lo manifieste invitándoos a un jarra de ese vino que, lo confieso, nunca he probado- contestó mientras se sentaba.
- No rechazaré vuestra invitación, pues más que una descortesía con vos, sería una grave ofensa a este extraordinario caldo de los viñedos que riegan las lágrimas del Teleno – hizo una seña para que el tabernero trajera una jarra y un vaso - Y ahora, si no tenéis inconveniente, decidnos con quien lo vamos a compartir.
- Me llamo Yago Díaz – contestó Pablo Isasi, que no quería usar su verdadero nombre - y recorro los principales mercados del reino buscando compradores para mis mantas zamoranas. Acabo de llegar procedente de Urueña, de donde salí ayer por la tarde.
- Pues bebamos a vuestra salud y porque encontréis esos clientes que buscáis.
Echaron un largo trago. Efectivamente, era un buen vino, pensó Pablo Isasi
- Yo también soy comerciante, aunque ganadero y me llamo Benito Riaño.
- ¿Ganadero decís? ¿Y con qué ganado tratáis?
- Con merinas, esa raza que trajeron los musulmanes- lo único bueno que trajeron – que da esa lana larga, fina y rizada tan extraordinaria, os lo aseguro.
- Conozco esa raza, aunque seguramente no tan bien como vos, pues tal como ya os he dicho, mi negocio es el de la confección de mantas, cuando la lana ya ha pasado por las ruecas. Y decidme ¿hay mucha producción de esa lana por esta parte del reino?
- Aunque depende de como vengan los pastos de primavera, hay una buena producción aunque sigue siendo escasa para atender las necesidades de los mercado – hizo una pausa para echar un trago de vino - pues la fama de su calidad ha traspasado fronteras y la demandan los leoneses, castellanos, aragoneses, navarros, catalanes, francos, normandos…
Su voz iba siendo cada vez más pastosa.
- ¿Hasta reinos tan lejanos ha llegado su fama?- preguntó con sincero asombro.
- Así es, tal como os lo digo. No hace mucho que conocí a un comerciante de telas tortosino que vino a buscar proveedores de esta lana para sus telas. Y ahora me doy cuenta de que hace días que no le veo, y es una pena, pues me agradaba beber con mi amigo López.
- ¿Os referís, por casualidad a Leopoldo López? - preguntó cuidando que no manifestar mucho interés, aunque el estado de ebriedad de Riaño no era el mejor para darse cuenta de ello.
- ¿Acaso le – un eructo interrumpió la pregunta - conocéis?
- Me hablaron en Urueña de un Leopoldo López, de La Bañeza, como persona muy estimada… e influyente – se atrevió a decir.
- Yo mismo le presenté a mi cuñado, Juan Vallejo, que es el ayudante del Alférez de León, Rodrigo Pérez de Villalobos- dijo ufano.
- Veo que estáis bien relacionado. Un pariente tan cercano y tan importante en la Corte os convertirá en un hombre muy influyente – le aduló.
- No creáis que tanto – dijo con evidente falsa modestia – aunque sí tanta como cualquier tenente de castillo; pero mi negocio son las ovejas y no la política. En cambio a mi amigo López parece gustarle, pues según me contó mi cuñado, tenía mucho interés en conocer a algunos nobles, tanto que llegó a presentarles a los Señores de Carrión y de Urueña, de donde venís vos.
A Pablo Isasi le costaba creer que hubiera tenido tanta suerte en su investigación. Ya podía dar por finalizada ésta y debía regresar rápidamente a Cuéllar para informar al Alférez Real de Castilla.
- Coincido con vos, pues mezclar los negocios con la política no es bueno ni para los negocios ni para la política. Y ahora que ya he descansado y disfrutado de vuestra conversación, he de continuar con lo que he venido a hacer, pero no sin antes volver agradeceros vuestra amabilidad con una jarra de este vino que, tal como dijisteis, es excelente.
- Pues que tengáis suerte con vuestro negocio, y os aseguro que haré los honores que se merece esa jarra de vino.
Pablo Isasi se levantó y le entregó unas monedas al tabernero indicándole que pusiera una jarra en la mesa. Al ver el gesto de extrañeza del tabernero, miró hacia la mesa. Benito Riaño había sucumbido a los efectos de los vapores alcohólicos y dormía plácidamente a juzgar por los ronquidos, con la cabeza sobre la mesa.
- Para cuando despierte – le dijo al tabernero.
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