sábado, 2 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXV (03.03.2013


En los barrios de Elexondo y Abiaga  en la localidad de Amurrio, los vecinos habían apilado leños a los que prendería fuego en la noche del 23 de junio, víspera de  la festividad de San Juan, el Bautista. Esta tradición, de origen desconocido, aunque por motivos bien diferentes, era compartida por todos.
Según la tradición cristiana, tenía su origen el acuerdo  establecido por tres vírgenes, inseparables amigas, que habiendo contraído matrimonio a la vez, y habiéndose quedado  embarazadas, estando a punto de dar a luz se comprometieron  a que  la primera en hacerlo encendería una gran hoguera sobre una colina para que sus amigas se enteraran del acontecimiento. La primera en dar a luz fue Isabel y su hijo sería Juan el Bautista. Las otras dos fueron María, la madre de Jesús y María de Cleofás, madre de San Judas y de Santiago el Menor. Desde entonces, cada noche del 23 de junio, se encienden hogueras para perpetuar tal acontecimiento.
Otros las encendían para celebrar el solsticio de verano y había quienes lo hacían como, según se decía, culto al diablo. Eran muy conocidas las celebraciones en Akelarre, que así se llamaba un prado próximo a las cuevas de Zugarramurdi, en el reino de Navarra, nombre que significaba en la lengua de los euskaros, prado del cabrón, pues en él pastaba un cabrón que se transformaba en hombre cuando la noche del 23 las brujas, secretamente, iban allí a bailar, y que era la personificación del Diablo, por lo que estaban prohibidas y condenadas por la Iglesia.

Fabián de Mariaca bajó  como cada domingo, a  San Antón de Armuru y, como siempre, tras oir la misa en la ermita, participó en los juegos de fuerza.  Subió a comer a su caserío y  al atardecer, tras atender a sus bueyes y recoger el rebaño de ovejas en el redil, bajó al barrio de Abiaga para participar con sus vecinos en la tradición de la hoguera de San Juan. Bailaron alrededor de la hoguera, y cuando las llamas se trasformaron en ascuas, se sentaron a su alrededor y bebieron txakoli y hablaron sobre las cosechas, sus rebaños y  el verano que se avecinaba hasta bien entrada la madrugada.

Fabián subía  hacia su caserío iluminando el camino con un candil   de sebo. Lo había pasado bien pero, desde hacía unas semanas, una pequeña nube de nostalgia que con el paso de los días  iba creciendo, parecía haberse asentado en su corazón y se hacía notar en su pensamiento. Se acordaba de aquellos amigos con los que había compartido singulares aventuras camino de Toledo. Oono, aquel hombre de piel negra, con el que había luchado en nombre del Rey y con una corazón tan parecido al suyo; Lucas, el muchacho espigado con un hambre insaciable por aprender, y aquel capitán Iñigo Aldai, un hombre íntegro  que le trataba como su igual aún siendo  caballero e hidalgo de Castilla.
Llegó a su caserío y  no se acostó inmediatamente, sino que se sentó en el banco de piedra a la derecha del portón de entrada. El cielo estaba plagado de estrellas y la Vía Láctea parecía iluminar la bóveda celeste. Abajo, en el valle, aún ardían algunas hogueras. Sus dos perros, que lo habían detectado  cuando subía por el empinado camino, se habían tumbado a sus pies.  Fabián ni podía ni quería engañarse. Echaba de menos a sus amigos y quería volver a verlos. No podía engañarse. 
Su rebaño de ovejas había crecido considerablemente aquella primavera, y había vendido un buen número de corderos, por lo que  no andaba escaso de dineros., así que decidió que por la mañana, bajaría al barrio de Abiaga y hablaría con su amigo, aquel que había cuidado de su hacienda mientras  estuvo en la Corte y lo contrataría para que lo volviera a hacer, e iría a visitar a aquellos a los que llevaba en su corazón.

No tenía caballo, y Cuéllar estaba demasiado lejos para ir a pie, así que alquilaría un caballo en la herrería de Saracho. Conocía al herrero, habitual participante en las competiciones de los domingos en San Antón de Armuru, y seguramente le haría un buen precio. Después atravesaría el Valle de Arrastaria  y subiría  hasta Gujuli, ya en la Meseta, desde donde el arroyo Oiardo se precipitaba formando una cascada  de más de sesenta varas antes de entregar sus aguas al río Altube. Desde allí pasaría por Izarra y, siguiendo el curso del río Bayas se encontraría con las aldeas de Abecia, Sendadiano, Aprícano, Subijana y Hereña llegando  hasta las cercanías  de Miranda, donde el Bayas vertía sus aguas en el Ebro. Fabián tenía una buena memoria y recordaba el camino que tenía que seguir una vez atravesado el desfiladero de Pancorbo, a  algo más de dos leguas de Miranda. Prefería este recorrido al de Peña Angulo, pues era menos dificultoso para  hacerlo a caballo siendo como era él un jinete poco experimentado.

Se levantó al alba y preparó su indispensable provisión de habas secas y queso de oveja,  y ocho azumbres o lo que es lo mismo, una cántara de  txacolí de sus parras. Bajó hasta Abiaga para resolver lo del cuidado de su caserío mientras estuviera ausente  y cuando el sol  empezaba a iluminar los cantiles de Sierra Salbada, entraba en la herrería de Saracho. Compró un jamelgo con el compromiso de que a su vuelta se lo recompraría el herrero, si es que sobrevivía al viaje – le dijo Fabián entre risas, pues el jamelgo bien hacía honor a su nombre y regresó a su caserío para cargar la saca de habas y el resto de las provisiones. 
Iniciaba  su viaje cuando le llegó el tañido de las campanas de San Antón de Armuru. Eran las campanadas que marcaban el mediodía para informar a todos aquellos agricultores   desperdigados por el valle de Amurrio laborando sus tierras.
Cuando alcanzó la Meseta, echó una última mirada al valle de Arrastaria, y más al fondo, atravesado por el Nervión, a aquellas tierras hermosas en las que estaba su caserío. Dejaba atrás las tierras que conocía, y afrontaba con decisión el recorrido por otras que no le  eran tan familiares, al final de las cuales espera encontrar a aquellos con cuya amistad se sentía el más afortunado de los hombres.

Llevaba el caballo al paso, pues la frondosidad de las riberas del Bayas así lo aconsejaba. No era posible  galopar entre aquella masa de chopos que parecían querer tocar el cielo. En Zuazo cruzó el puente de piedra  que parecía haber sido hecho por dos maestros canteros distintos, pues distintos eran sus dos arcos: de medio punto uno y ojival el otro.
Ahora seguiría por la orilla derecha del río hasta su confluencia con el Ebro cerca ya de la populosa Miranda.
El sol  caía en picado y Fabián agradecía la sombra de los chopos a pesar de la molestia que le producía aquella pelusa blanca y pegajosa que liberaban y que la brisa  mantenía en suspensión, como si fueran  un ejército de polillas desorientada. Se  metía por las fosas nasales de su caballo obligándole a  resoplar y a él en los ojos haciéndole lagrimear. No había visto Fabián tal concentración de pelusa de chopo en su vida, pues los que bordeaban el Nervión a su paso por el valle de Amurrio, eran escasos.  Como el malestar del caballo parecía ir en aumento, desmontó y con un trozo de tela cubrió el hocico del caballo. El  también se cubrió la cara con otro trozo y montando de nuevo continuó su camino sin más sobresaltos que los producidos por  el ruido de alguna polla de agua asustada al paso del caballo.
Llegó a Pancorbo al atardecer y decidió  continuar y pasar la noche en algún bosquecillo de los muchos de encino carrasco que salpicaban la zona. No llevaba tienda para dormir, pero las noches de junio  ya no eran  frías y pasarla al relente  no le iba a incomodar en lo más mínimo. 
Casi al amanecer, le despertó un ruido que le resultó conocido. Era el mismo que tantas noches había oído cuando los ciervos bajaban de las laderas del Gorbea a ramonear al valle del río Altube. Se levantó y silenciosamente se fue acercando al lugar de procedencia  del ruido. Efectivamente, se trataba de una grupo de  cinco ciervos dando buena cuenta del trigo tierno que apenas había empezado a espigar en una de las muchas parcelas que por allí había. Se imaginó la reacción del propietario de la parcela cuando descubriera el destrozo, y sonrió. Hizo un pequeño fuego que protegió con piedras y calentó su ración de habas, sobrantes de la cena de la noche anterior, que constituían su desayuno. 
El día iba a ser caluroso- pensó – así que avanzaría durante la mañana lo más rápido que el terreno le permitiera, cuando el sol calentaba menos y descansaría a la sombra de algún árbol o roca durante las horas de más calor, pues no creía que el jamelgo pudiera soportarlo bien.

A media tarde, Fabián se sintió desorientado. No reconocía ninguno de los lugares por donde había pasado tanto en su viaje de ida a Toledo con el capitán Aldai como en el regreso acompañado de Oono. Todo había ido bien  hasta las cercanías de Briviesca, donde se encontró con un cruce de caminos. Tomó el de la derecha, pues le llevaría en dirección sur, donde estaba Cuéllar, mientras que el de la siniestra apuntaba al oeste. Siguió cabalgando casi tres leguas más y llegó a las puertas de una población que no conocía y que parecía importante. Preguntó  por su nombre a un mulero que salía de la localidad, quien le miró extrañado.
- ¿Acaso no conoces Belorado? ¿De dónde vienes, que desconoces que en esta  villa tiene lugar el mejor  y mayor mercado de toda la comarca de Oca?
- Vengo del lugar de Mariaca, del Señorío de Ayala y, como dices, no sabía nada de este importante mercado - contestó.
-  He oído hablar de ese Señorío del que procedes, pero dime ¿ que haces tan lejos de tu casa?
-Voy camino de la Villa de Cuéllar, dónde tengo buenos amigos y creo que tomé el camino que no debía en un cruce tres leguas atrás. ¿Podrías indicarme como puedo corregir mi error sin tener que volver atrás?
- No sé donde queda esa Villa, pero si no quieres volver atrás, tendrás que tomar el camino de  Villafranca y subir el puerto de  la Pedraja que, en esta época del año, no tendrás dificultad en pasar. Yo voy hasta Villafranca, así que si quieres, puedes venir conmigo, pero como ves, con estas mulas no puedo ir tan rápido como tu a caballo, aunque ese, por el aspecto que presenta ….
- Acepto tu ofrecimiento y te lo agradezco- respondió Fabián – y no te preocupes, que iremos al paso.
Fabián desmontó y  ambos tomaron el camino de Villafranca. El mulero, que dijo llamarse  Expósito, le explicó a Fabián que había venido al mercado por la mañana y que aunque había terminado sus tratos y compras a media tarde, había esperado al atardecer para iniciar el regreso, pues le parecía más seguro recorrer los caminos  a esas horas que en pleno día cuando podía ser visto desde la distancia por asaltadores, que haberlos sí que los había por aquella zona. Llevaba dos mulas con las alforjas repletas de cacharros metálicos y de barro que vendía por los pueblos a un lado y a otro del puerto de la Pedraja, como Villalómez, Galarde, Santovenia, Arlanzón o San Juan de Ortega y si le robaban la mercancía, y eso era lo menos malo que le podía pasar pues ya habían asesinado a más de uno – aclaró – estaría totalmente arruinado pues  había invertido todo lo ganado en su último viaje en la compra de la mercancía que llevaban sus mulas.
 Cruzaron las aldeas de Tosantos y  Espinosa y llegaron, sin contratiempo alguno, a las inmediaciones de Villafranca cuando ya era noche cerrada. 
- Yo ya he llegado y aquí me quedo, amigo- dijo Expósito -  Allí, hacia ese lado, hay una cabaña de adobe, cercana al río, donde duermo cada vez que vengo aquí. Si quieres te puedes quedar o seguir camino, tu verás, pero subir solo, a oscuras  y a estas horas el puerto, no sería acertado, pues aunque no hay miedo de ser atracado, es meterse en territorio de lobos y, aunque flaco, tu caballo puedes ser que les apetezca.
- Me quedaré entonces y no por miedo, sino por prudencia, pues no hay necesidad de arriesgarse sin causa que lo exija- contestó Fabián. Me quedaré a dormir en esa cabaña que me ofreces y seguiré mi camino mañana temprano.
Ya en la cabaña, Expósito prendió un candil de sebo que descolgó de una de las alforjas. La cabaña, a orillas del río Oca, era cuadrada, de unas dos brazas de lado y algo más de una braza de alto, por lo que Fabián tenía que agachar la cabeza para no dar con ella contra las varas que sostenían la techumbre de brezo y paja. A la luz del candil, Fabián pudo recoger algo de  excremento seco y restos de paja para hacer  fuego. Quería preparar su puchero de habas como cada noche. Sacó la olla de las alforjas de su caballo, así como habas y tocino. Expósito observaba atentamente y en silencio  el ajetreo de Fabián.
Cuando el olor de las habas cociéndose se extendió por la cabaña, Expósito rompió su silencio.
- ¿Cómo puedes cenar ese cocido de habas, con lo fuertes que son? ¿No te revolverán la tripa, eh?  que aquí el espacio es pequeño y no hay ventanas – dijo fingiendo preocupación.
- No temas, amigo, que estas habas son muy saludables y no producen esos gases que tanto pareces temer si las acompañas con txacolí.
- ¿Txacolí? ¿Qué es eso? ¿Alguna pócima o aderezo secreto? – le preguntó.
- No, hombre no. Es el vino que se hace en mi tierra y que yo mismo cosecho para mí –le explicó Fabián-  Cena conmigo estas habas con tocino y riégalas con txacolí y verás como duermes de un tirón.
No se hizo rogar Expósito, pues el olor del cocido había despertado su apetito, y al que no siempre complacía, así que se acercó a una de sus mulas y sacó  un cuenco de barro que Fabián llenó de habas de su caserío amurriado.
- No sé si dormiré de un tirón o no, o si mis tripas nos impedirán dormir a los dos, pero estas habas tuyas, acompañadas con este vino algo ácido que llamas  txacolí, saben a gloria. Seguro que  su eminencia el obispo de  Burgos no cena tan bien.
- No seas exagerado. Ten en cuenta que, aun siendo buenas, el  mucho apetito hace que te sepan mejor y, por lo que veo, el tuyo parece  andar bastante crecido- bromeó.
- Razón no te falta, pues con eso del mercado no siempre tienes tiempo para comer como Dios manda, así que se juntan las ganas de comer del mediodía con el hambre de la noche - contestó riéndose.
- Ahora, durmamos que yo con al alba he de seguir mi camino- le dijo Fabián mientras echaba una manta sobre el suelo de tierra y se tumbaba sobre ella.
Expósito, acostumbrado a dormir sobre el suelo las más de las veces por mor de su profesión, estaba mejor preparado y de una de aquellas alforjas que parecían guardar el ajuar de un sultán, sacó un arpillera que desenrolló y después de tumbarse sobre ellas, se cubrió con una manta multicolor hecha de retales.

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