viernes, 29 de marzo de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LVI (30.03.2013)
El relieve de aquella Tierra de Campos, era de perfil suave y con una vegetación menos frondosa que la que cubría las tierras al sur de Malgrat, por lo que podía llevar su caballo al galope con relativa seguridad. El capitán Aldai había dormido en campo abierto, con el cielo estrellado como techo y la escasa luz de la luna, en cuarto menguante, iluminando aquellas llanuras. Encendió un fuego para mantener alejadas a los animales nocturnos que, aunque no fueran peligrosas, pues principalmente podrían ser zorros a la caza de liebres o conejos, podrían impedirle dormir.
El frío le despertó al amanecer, pues aunque era julio y los días muy calurosos, por las noches y con cielo raso, la temperatura caía bruscamente. No había brasas, así que el fuego se debía haber extinguido durante las primeras horas.
Su caballo, que había dejado atado a unos arbustos, piafaba, posiblemente porque no tenía nada a su alcance para comer, así que lo desató dejándolo suelto para que comiera mientras él hacía lo propio con las escasas viandas que le quedaban.
Poco tiempo después cabalgaba nuevamente y al galope. Cruzó el Valderaduey a la altura de Castroverde de Campos por el puente de la antigua calzada romana y apenas a dos leguas de distancia tuvo que vadear el río Ahogaborricos, su tributario, lo que no le supuso ninguna dificultad por el escaso caudal que tenía.
Sólo la presencia ocasional y muy distante de algún pastor con su rebaño de ovejas le impedía tener la sensación, a veces, de ser el único habitante en aquel espacio sin límites.
Pasó al galope por la cercanía de la aldea de Morales y no tardó en llegar a la población encastillada de Oter de Fumos, donde diez y nueve años antes, el monarca castellano, Alfonso VIII, había firmado con su primo leonés, Alfonso IX un tratado de paz. Desde allí siguió el curso del río Sequillo aguas abajo hasta Villagarcía, población asentada sobre la antigua vía romana XXVII, entre Astúrica y Cesaraugusta. Estaba escasamente a una legua de Urueña y empezaba a notar una extraña y desagradable sensación en el estómago.
En Urueña estaban depositadas todas sus esperanzas para encontrar a Marta, su amada esposa. Si no se cumplieran, ya no sabría por dónde seguir.
Puso el caballo al paso para no llamar la atención de los guardias que custodiaban la entrada a la Villa. Oyó el tañido de unas campanas que le parecieron que procedían de alguna iglesia en el interior de la Villa. Era domingo y llamarían a los oficios religiosos, pensó.
Se disponía a cruzar la puerta llamada del Azogue cuando tuvo que apartarse bruscamente para no ser arrollado por un grupo numeroso de jinetes que entraba al galope en la Villa procedentes del valle, en la otra vertiente de la loma sobre la que se levantaba la Villa amurallada Eran hombres de armas, sin duda, pero lo que más le sorprendió fue darse cuenta de que uno de ellos portaba el estandarte real de León, detalle en el que probablemente se fijaron también los guardias, que se protegieron tras las hojas de la puerta.
La puerta del Azogue daba directamente a la iglesia de Santa María y, a su izquierda se abría la calle que, siguiendo la muralla, llevaba al castillo, y esa fue la dirección que tomó el grupo de jinetes.
Nada de su indumentaria permitía identificarle como militar, así que desmontó y con la mayor naturalidad se dirigió a centinelas de la puerta, que quizás pudieran darle alguna pista sobre lo que buscaba.
- ¡Uf¡ Si no llego a andar listo, me llevan por delante esos jinetes, que parecen venir con mucha prisa¡
- Sí, habéis tenido mucha suerte. Podéis dar gracias a Dios por haberos librado, pues los hombres del Rey andan con miramientos cuando cabalgan - comentó uno de ellos.
- ¿Son hombres del Rey, decís?- preguntó fingiendo extrañeza
- ¿Acaso no habéis visto el estandarte real? Aunque no me extraña, pues bastante habéis tenido con esquivarlos. Son hombres del Rey y no solamente no se les esperaba, sino que no viene a menudo por aquí, así que algo importante habrá ocurrido – concluyó.
- Quizá alguno de esos jinetes sea un noble importante de paso o que venga a ver a vuestro Señor en nombre del Rey ¿no os parece?
- Pudiera ser – respondió el otro guardia – pero no deja de ser raro, ya que nuestro Señor regresó de la Corte hace pocos días, pero… no son asuntos nuestros, así que si tiene problemas que se los resuelva su nuevo consejero.
- Tenéis razón. Si no son vuestros problemas, menos lo son míos, así que y dado que es domingo, entraré en esa iglesia a santificar el día y a dar gracias a Dios por haber evitado el atropello evitado el atropello.
Apenas se había alejado tres pasos, cuando se volvió hacía los guardias.
- Ya os habréis dado cuenta de que soy forastero en esta Villa, así que ¿podríais decirme dónde puedo encontrar establo para mi caballo?
- Seguid esta calle, que llega hasta la puerta de la Villa, sin desviaros, y casi final de la misma, enfrente de la puerta de la Villa, encontraréis la herrería.
- Os doy las gracias por vuestra amabilidad.
Los guardias le siguieron con la mirada mientras se alejaba. No estaban acostumbrados a tanta cortesía por los habitantes de la Villa.
El Capitán siguió las indicaciones de los guardias y no tardó en encontrar la herrería. Dejó el caballo al cuidado del mozo del herrero a quien dio unas monedas y se dispuso a empezar su búsqueda por la Villa. Decidió acudir a las iglesias, tal como lo había pensado la noche anterior. Ya sabía donde había una pero ignoraba cuántas más habría y si sus oficios coincidirían en el tiempo, por lo que preguntó al herrero quien le dijo que en la Villa había sólo una iglesia donde la puerta del Azogue y un cenobio, pero que éste estaba extramuros, en el valle.
Esa información le simplificaba al máximo la búsqueda en las iglesias, así que se dirigió a la que había visto a la entrada. Poco podía imaginar que allí cerca, apenas a unos cuarenta pasos, se encontraba su esposa, recluida en una habitación de la casa que Daniel Mena le había proporcionado a su consejero Leopoldo López.
Aquella calle, llamada Real, unía las dos puertas de entrada a la Villa: la del Azogue, al nordeste y que daba salida al llano, y la de la Villa, al suroeste, dando salida por una ladera de notable pendiente, al valle en el que se asentaba el monasterio de San Pablo y San Pedro de Cubillas.
Llegó a la entrada de la iglesia y se unió a los que, respondiendo a la llamada de las campanas, entraban en el recinto sagrado.
El templo era de reducidas dimensiones y de tosca fábrica, sin más iluminación que la de la luz que entraba por dos ventanas saeteras y los cirios habituales en los oficios religiosos.
Desde que vio la llegada de los hombres del Rey, supuso que el Señor de la Villa no acudiría al templo, lo que hacía poco probable que lo hicieran los cargos importantes del castillo.
En el pórtico del templo, un mendigo supuestamente ciego y otro enseñando la deformidad de su pierna derecha, extendían suplicantes la mano esperando el óbolo que todo buen cristiano debe dar para obras de caridad, obligación que, por razona pragmáticas, cumplían depositándolo no en la manos del necesitado, incapaces de darle buen uso, sino en el cepillo o cepillos que para ese fin recaudatorio había en la mayoría de los templos y que con espíritu samaritano solían administrar los sacerdotes y clérigos sin olvidar ese principio de que la caridad empieza por uno mismo.
Una vez que se hubo acostumbrado a la penumbra reinante, el Capitán se fue fijando en cada uno de las aproximadamente dos docenas de fieles que atentos seguían el desarrollo del oficio religioso. Le resultaba difícil ver los rasgos de aquellas personas que, con la cabeza inclinada parecían meditar sobre lo que el oficiante, un sacerdote escaso de carnes, algo inusual, leía con tono de voz reprobadora:
“… Audístis, quia dictum est: Díliges próximum tuum, et ódio habébis inimícum tuum. Ego autem dico vobis: Dilígite inimícus vestros, benefácite his, qui odérunt vos, et orate pro persequéntibus et calumniántibus vos, ut sitis fílii Patris vestris, qui in caléis est: qui solem suum oríri facit super bonos et malos, et pluit super justos et injústos. Si enim dilígitis eos, qui vos díligitum, quam mercédem habébitis? nonne et publicáni fáciunt ? Et si...
( “Habéis oído que se dijo : Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan y calumnien para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa váis a tener?¿no hacen eso mismo tambien los publicanos? Y si …”
Iñigo Aldai era un buen cristiano y conocía el Evangelio de Mateo 5, 43-48 que estaba leyendo aquel sacerdote. Sentía cómo cada una de aquellas palabras entraba en su cabeza y sacudía su conciencia, pero no podía, no podía perdonar y mucho menos amar a aquel miserable había raptado a su esposa. Podía perdonarle que hubiera intentado asesinarle, pero no el sufrimiento que por deseos de venganza estaba ocasionando a su amada Marta. Quizás ella lo hiciera algún día, pues su corazón era todo bondad, pero él no.podía.
Estaba empezando a sentirse incómodo, así que se concentró todo lo que pudo en lo que había ido a hacer y se movió por un lateral como si estuviera buscando un sitio para arrodillarse mientras, con discreción, se iba fijando en los rostros de aquellas personas.
Nada. Ni Marta ni el felón del exregidor se encontraban en el templo, con lo que la primera posibilidad de encontrarla, se desvanecía.
Salió del templo sin saber por donde continuar la búsqueda.
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