IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LIII (27.03.2013)
Leopoldo López quería hacer en una sola jornada las diez y ocho leguas que había entre La Bañeza y Urueña, pues no deseaba pernoctar en ninguna posada. Llegar a Urueña sin ser visto era lo que más le convenía ya que así quedaba enterrada cualquier pista sobre su paradero y, lógicamente, el de Marta.
Cierto que podrían pasar la noche a la intemperie, pues aunque era principio del verano, las noches empezaban a ser cálidas, pero era hombre habituado a las comodidades y dormir sin más techo que la copa de un pino y sobre un lecho de osma, era algo que en modo alguno se aproximaba a lo que él entendía como comodidades mínimas y, además, tendría que atar a Marta, pues no descartaba que intentara escapar a la primera oportunidad que se le presentara. Había esperado que ella estuviera atemorizada y sumisa, pero ya desde el primer encuentro en su casa de La Bañeza, se había mostrado altiva, serena y sin exteriorizar miedo alguno, y eso hacía que no se fiara de ella. Por otro lado, confiaba en que tras una larga estancia con él, Marta terminaría por aceptar su situación, así que mientras pudiera quería darle el trato más amable y delicado que las circunstancias le permitieran y atarla no era precisamente un acto de amabilidad.
Llevaba los caballos al trote, atada a su silla las riendas del que montaba Marta.
Cruzaron el Esla por el puente de Villafer y vadearon el Cea al sur de Valderas. Cuando llevaban unas tres horas cabalgando, según calculó el exregidor, hicieron un alto para tomarse un pequeño descanso a orillas del Valderaduey y para que bebieran los caballos. Marta seguía negándose a hablar y ni siquiera contestó cuando Leopoldo López le preguntó si deseaba comer algo.
Llegaron a Urueña cuando en el cenobio de San Pedro y San Pablo de Cubillas llamaban a Vísperas. Entraron por la puerta del Azogue y se dirigieron directamente a la entrada del castillo. Los soldados que custodiaban la entrada, al reconocer al consejero de su Señor, les dejaron paso franco.
Después que un mozo se hiciera cargo de los caballos, entraron en la Torre del Homenaje donde fueron recibidos por un mayordomo a quien Leopoldo López pidió que condujera a la dama a un aposento apropiado, pues él tenía que reunirse con su Señor.
Daniel Mena se sorprendió agradablemente cuando un Amador García le informó que Leopoldo López se encontraba en el castillo y que deseaba verle.
Durante la reunión apenas hablaron del tema fronterizo, pues ya no era del interés del exregidor una vez que tal asunto había dejado de serle útil, así que informó al que ahora era su Señor, que habiendo terminado sus asuntos en La Bañeza, había decidido trasladarse a Urueña para mejor poder prestarle sus servicios como consejero y que le agradecería que pudiera conseguirle un buen alojamiento, pues le acompañaba su pobre esposa y deseaba que disfrutara de ciertas comodidades.
Daniel Mena estaba soltero, pero el celibato, como bien lo sabían algunas mozas de la Villa y su alfoz, no era algo que practicara, por lo que cuando Leopoldo López le dijo lo de la esposa, cambió la expresión de su mirada.
- ¿Vuestra esposa decís? Desconocía que estuvierais casado. Será una mujer hermosa, pues siempre me habéis parecido hombre de gustos exquisitos – le dijo haciéndole un guiño de complicidad- ¿Me equivoco, amigo mío?
- No os equivocáis Señor, en cuanto a su hermosura. Es una dama tan hermosa como recatada y piadosa, no en vano es hija de una noble familia de profundas raíces cristianas, pero la muerte de nuestro hijo a las pocas semanas de nacer la afectó tan profundamente que su razón enfermó, y desde entonces me acompaña en todos mis viajes, pues no deseo que se quede sola en medio de su insania –dijo con gesto compungido.
- Cuánto lo siento, amigo mío. Y decidme ¿dónde se encuentra vuestra esposa ahora?- preguntó
- Me tomé la libertad de pedirle a vuestro mayordomo que la alojara en el castillo mientras os veía; espero que no haberos disgustado por ello.
- En modo alguno, amigo López; habéis hecho bien. Ya sabéis que estoy en deuda con vos, pero si vuestra esposa está aquí, me complacería saludarla, si no os importa.
De buena gana se hubiera negado a la petición de aquel cretino, pero no podía hacerlo siendo quien era y, sobre todo, porque lo necesitaba, así que trató de buscar rápidamente un excusa.
- Mi esposa se sentiría halaga – contestó con fingida complacencia – pero el cansancio del viaje desde La Bañeza la ha alterado más de lo habitual y no se encuentra bien, por lo que seguramente le sería más grato conoceros en condiciones mejores
- Comprendo, comprendo. Pero ya que vais a vivir en la Villa, no nos faltará ocasión para conocerla. Y ahora me ocuparé de que os proporcionen una vivienda digna de vos. Aguardad un momento – le dijo mientras salía por una puerta lateral.
Regresó al cabo de unos instantes. Leopoldo López ya tenía su residencia en Urueña, por lo que tras agradecerle a Daniel Mena su amabilidad y prometerle que trasladaría a su esposa sus deseos de que recuperara pronto su salud , recogió a Marta y se dirigió a la que durante un tiempo indeterminado – éste dependería de las circunstancias – sería su casa.
Había sido una buena idea esa de hacer pasar a Marta por su esposa trastornada – pensaba - ya que así nadie la creería si en algún momento decidía contar a alguien quien era y pedir ayuda.
Marta había tendido la tentación de pedir ayuda al mayordomo cuando la acompañaba al aposento donde debía de esperar el regreso del exregidor, pero se había fijado en algunos detalles, tales como el saludo a éste de los soldados de guardia en la puerta del castillo y la autoridad con la que había ordenado al mayordomo que la alojara, por lo que pensó que el Señor del castillo sería amigo o aliado de su captor, así que decidió esperar a mejor ocasión para escapar y también, porque en el fondo de su corazón, esperaba que de un momento a otro apareciera aquel joven – recordaba que su nombre era Lupicinio – que le había prometido ayudarla a escapar.
Salieron del castillo guiados por un sirviente que les condujo, siguiendo la muralla hacia el oeste, hasta una vetusta casa a unos diez estadales de la Puerta de la Villa.
No tardaron en llegar dos mujeres enviadas por el Señor del castillo, según le dijeron, para ocuparse de todo lo concerniente a la limpieza de la casa y de la cocina. Estuvo tentado de rechazarlas, pero por un lado, el temor a que hacerlo pudiera ser considerado como un desaire, y por el otro, que su sentido común y espíritu práctico le aconsejaron no hacerlo, le hicieron desistir de su primera intención.
Marta se encerró en su habitación y apenas probó bocado de la cena que una de las mujeres le llevó al aposento.
Leopoldo López cenó y bebió abundantemente, pues estaba satisfecho de cómo iban trascurriendo los hechos: tenía a Marta en su poder y estaba convencido de que con el paso del tiempo su actitud hacia él cambiaría y entonces sería suya por mucho que estuviera casada; se había vengado del capitán Aldai quitándole aquello que más quería: su esposa y también lo había vengado del que había sido su rey, creándole un conflicto con el reino de León. Su plan de venganza había salido según lo planeado y sin riesgos para él. Ahora encontrándose en lugar seguro y bajo la protección del Señor de la Villa quizás era el momento de empezar a pensar en cómo conseguir su otro objetivo: la tenencia o alcaidía de un castillo y, el de Urueña era tan bueno como cualquier otro.
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