IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS LII (26.03.2013)
Cuando su Alférez le comunicó la llegada del embajador del Rey de Castilla, Alfonso IX mostró esperanzado, pues en modo alguno le interesaba un conflicto con el reino vecino, consciente como era del desgaste de su ejército tras la campaña por el suroeste, así que la presencia del embajador cuando el clima de las relaciones entre ambos reinos era prebélico, hasta el punto de que había tropas armadas de ambos bandos situadas a uno y otro lado del Hornija, sólo podría deberse a que su primo optaba por la diplomacia frente a la actividad armada. Le concedió audiencia de inmediato.
Tras los saludos protocolarios, Don Diego López le hizo entrega de los dos documentos firmados y sellados por el Rey de Castilla. Alfonso IX leyó en primer lugar aquel en el que su primo reafirmaba su compromiso ncon el acuerdo de Coimbra, lo que satisfizo al monarca leonés, pero cuando leyó el segundo documento, no pudo disimular su enfado.
- Leed esto, Don Rodrigo y decidme que sabéis de todo lo que aquí se dice.
La espesa barba negra de Rodrigo Pérez de Villalobos, Alférez de León, contrastaba con el color pálido que había adquirido de su tez al finalizar la lectura del documento.
- Señor, no sé que decir. Si lo que aquí se relata es cierto y no hay motivo para pensar que el Rey de Castilla mienta, es necesario concluir que se ha producido un acto de alta traición que ha puesto al borde la guerra a ambos reinos- contestó
- Pero decidme ¿acaso no tomamos la decisión de autorizar al Señor de Urueña a regresar a su castillo y defender la frontera basándonos en un informe que vos mismo me entregasteis y en el que se decía de la existencia de tropas castellanas al otro lado del Hornija?
- Así es, Señor. Y el informe no admitía duda, pues había sido el propio Sancho Mena quien había comprobado la presencia de las tropas castellanas, aunque, tal como dice este documento, la presencia de esas tropas pareció deberse a una estratagema montada por ese Leopoldo López y la colaboración de Sancho Mena.
- De lo que se deduce que nuestro querido Señor de Urueña, Nos ha utilizado, aunque no sé en beneficio de qué o de quién, pero, en cualquier caso, su actuación es traición a la Corona y sobre él ha de caer el peso de la justicia del Rey. Disponed la tropa que consideréis adecuada y traed al Señor de Urueña ante Nuestra presencia- ordenó – Ah, y que se retiren nuestras tropas de la frontera.
- Haré tal como ordenáis, Señor
- Y vos, Don Diego, informaréis a vuestro Señor, mi querido primo, que León desea mantener la paz con Castilla tal como lo signamos en Coimbra y también le manifestaréis Nuestro reconocimiento por la información que ha puesto al descubierto la traición de uno de nuestros nobles para con su Rey y por la que responderá ante Nos así como sus cómplices. Podéis partir cuando lo deseéis.
Concluida la breve pero intensa audiencia, Don Diego y su escolta, salieron al galope parta cubrir la primera de las cuatro etapas que les llevaría llegar a Toledo.
Poco después de que partiera la comitiva castellana, el capitán Salvador Río dando un grupo de ocho hombres a caballo salía en dirección a Urueña con la orden de traer a la Corte, ya fuera de grado o por la fuerza a Sancho Mena y hacerlo comparecer ante el Rey de León.
A lo largo de toda su carrera militar nunca le habían encomendado una misión como aquella. La detención, que eso era por mucho eufemismo que se empleara, de un noble y señor de castillo además, no era algo habitual. Por lo que la orden que la había dado el Alférez no le había agradado, aunque se guardó muy mucho de manifestarlo. El era un soldado y obedecía las órdenes de sus superiores sin cuestionarlas. El Alférez había sido muy claro y conciso: llevar ante el Rey a Sancho Mena aunque para ello tuviera que utilizar la fuerza, razón por la que todos iba pertrechados adecuadamente para una confrontación armada, aunque era muy poco probable, con los soldados del castillo.
El estandarte con el león rampante de gules coronado en oro sobre campo azur les identificaba como soldados del Rey, por tanto, con la autoridad real para llevar a cabo la misión encomendada. Rodrigo Pérez de Villalobos era hombre cuidadoso con los detalles y pensó que cuando los soldados llegaran a Urueña, la simple visión del estandarte real sería suficiente como para desalentar cualquier movimiento en defensa de Sancho Mena si éste se resistía a acompañarles.
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