miércoles, 6 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXX (07.03.2013)

Gerondio y los cuatro hombres se levantaron temprano, pero no abandonaron el lugar donde habían dormido. Desde allí  divisaban el camino por el que habían llegado y también el que venía de noroeste. Esperarían a que los caminos de poblaran de gentes que  acudían a ver los juegos de toros uniéndose a ellas para entrar en la Villa.
No tardó en aparecer  un primer grupo  de unas diez personas, hombres todos y que caminaban deprisa, pues querían coger los mejores puestos tras las talanqueras para no perderse detalle del festejo. Era el día 23, el primero de los dos días en los que se iban a celebrar los juegos de toros. Tan pronto el grupo hubo sobrepasado el lugar donde se encontraban, Gerondio y sus hombres se colocaron detrás de ellos, con los caballos de la mano, cono si formaran parte del mismo, y así cruzaron el arco de San Andrés entrando en la Villa.
Siguieron tras el grupo al que se habían unido y que parecía que no era la primera vez que acudían al espectáculo pues, aunque ya caminaban entre talanqueras colocadas  para cerrar los callejones entre casa y casa, no se detenían. Bajaron hasta la iglesia de San Esteban y allí cogieron  la calle de la izquierda y,  al llegar delante de la iglesia de San Miguel, siguieron a lo largo de la muralla hasta  el templo de San Pedro, donde la muralla cambiaba de dirección. Era el lugar estratégico que estaban buscando. Allí era la propia muralla la que limitaba el recorrido de los toros por lo que la proximidad a estos era máxima.
Las calles próximas empezaban a llenarse de mujeres, hombres y niños, ya fuera en grupos o solos, y que  se movían tan pronto en una dirección como en otra, como si a cada instante cambiaran de opinión sobre dónde ir. Eran como las moscas  volando en una habitación. Gerondio y sus hombres se habían ido quedando atrás. Era un grupo más de curiosos que a nadie llamaba la atención y a nadie importaba. El lacayo de Leopoldo López estaba satisfecho. Estaban en el mismo corazón de la Villa, en el día acordado y sin que su presencia allí hubiera sido notada.
Gerondio indicó a sus hombres que le siguieran. Llegaron delante del cuartel de los alguaciles desde donde subieron la empinada cuesta hasta la puerta de San Martín, lugar de entrada a la ciudadela. No había guardia apostado en ella, por lo que la franquearon libremente. A muy poca distancia, apenas a unas cien varas se levantaba la iglesia de San Martín con su torre de planta cuadrada adosada a su pared occidental. Alcanzaron la explanada  subiendo por  el lado norte del templo  que en esa fachada presentaba una puerta de entrada con arquivoltas enmarcadas por un alfiz.
Gerondio reunió a sus hombre y les recordó que las condiciones de su contrato, obedecer sin cuestionar las órdenes que les tuviera que dar y no hacer preguntas, seguían siendo exigibles; no obstante y para que  el trabajo que iban a realizar pudiera llevarse a cabo sin problemas, les iba a informar de las razones que los habían llevado allí.
- La alcaidesa de este ciudadela – comenzó- es una dama leonesa forzada en su momento a casar con el alcaide del castillo por exigencia del Rey de Castilla a su primo Alfonso IX, nuestro Rey, bajo amenaza de tomar para sí plazas fronterizas del reino de León. Los padres de la dama rogaron y suplicaron que no les fuera arrebata su única hija, pero la debilidad militar de nuestro rey entonces, no le permitió atender sus súplicas, por lo que la madre de la dama pronto enfermó del  mal de la melancolía  que no tardó en llevársela a la tumba.  Su padre – continuó – siguió suplicando a nuestro Rey  quien, por fin, ha querido proporcionar consuelo a este hombre, un súbdito leal  ya casi al término de su vida, devolviéndole a su hija.
- Pero, ¿por qué…? - Lupicinio no pudo terminar su pregunta
- Nada de preguntas- le cortó Gerondio- Yo haré las preguntas por vosotros y las responderé.  Si es decisión del Rey ¿por qué no se ocupan los soldados? preguntaréis. Pues porque si intervinieran soldados, sería un acto de guerra de consecuencias imprevisibles para ambos reinos. En cambio, si quienes rescatan a la dama leonesa no son fuerzas armadas de León, el Rey de Castilla no podrá  exigir responsabilidades a su primo Alfonso IX. 
Gerondio hizo una pausa para observar la reacción de sus hombres ante aquella sarta de mentiras  que les contaba y que ellos consideraban verdades incuestionables pues emanaban de la voluntad del Rey. 
- A mí  - continuó - se me ha encomendado realizar la misión de devolver a la dama a su afligido padre, y para ayudarme en esa noble tarea, os he contratado a  vosotros y no a otros, porque os conozco y sé que responderéis. Si no lo hiciereis, además de perder la paga acordada, tendrías que responder ante nuestro soberano, pues es Su voluntad que está misión se realice tal como ha sido proyectada. 
Hizo una nueva pausa para dar tiempo a que asumieran la importancia de la misión que tenían que realizar.
- Y ahora, oídme bien,  pues os diré cómo lo vamos  a hacer. Tú – dijo señalando  a Lupicinio – me seguirás a mi hasta los aposentos de la dama, mientras que tú, Servando te ocuparás de impedir que nadie entre en la Torre mientras nosotros estamos dentro  y tú, Celedonio, te quedas al cuidado de los caballos manteniéndote alerta, pues quizás tengamos que salir precipitadamente si nos sorprenden. Lupercio, tú te asegurarás, de la forma que sea, que  ningún sirviente de la Torre pueda impedirnos la salida.

Lupicinio estaba pálido. Nunca hubiera imaginado que iba a verse metido en un asunto de tal envergadura y peligrosidad. El no tenía experiencia en el uso de las armas y mucho menos en el rescate de damas. A gusto hubiera renunciado a todo, pero ya era tarde y, además, estaba sirviendo a su Rey.

-    Es  poco probable – continuó diciendo Gerondio – que nos encontremos con algún soldado o servidor de la ciudadela, pero si así no fuera, no podemos permitir que  malogren nuestra misión, por lo que quizás tengáis que hacer uso de vuestras dagas. Es de desear que la dama acceda de buen grado a acompañarnos, pero como esto no es seguro, pues el miedo a posibles represalias puede  hacer que se niegue, le haremos tomar una pócima que la mantendrá dormida durante el tiempo suficiente para que podamos salir a campo abierto. Lupicinio me ayudarás si se produjera esa negativa, pero de ninguna forma la dama ha de sufrir daño físico alguno, ni ahora ni durante el trayecto a nuestro reino. Tenemos cinco caballos - siguió diciendo - por lo que la dama viajará  primero a lomos del mío y después nos turnaremos. Y ahora, vayamos a lo nuestro- ordenó.

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