miércoles, 13 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XXXIX (14.03.2013)


Aquel año estaba siendo inusualmente seco y  tanto los propietarios de tierras como los ganaderos de ovino y caprino estaban preocupados, por lo que unos y otros instaron a los  trece procuradores de la tierra de La Val  d’ Ornia para que acordaran votar a la Virgen, algo que hicieron con diligencia, pues aunque esta decisión se tomaba cada siete años, tenían la facultad de poder hacerlo en los años de extrema sequía, como era aquel de mil y doscientos trece. Era necesaria la intervención divina para que el agua regara aquellas sedientas tierras  que el Teleno parecía contemplar indiferente. 
Acordaron que la rogativa a la Virgen de Castrotierra sería el miércoles 26 de junio y que, como en anteriores ocasiones, se recorrerían las  tres leguas, con la imagen de la Virgen hasta la catedral de Astorga acompañada de los pendones de los pueblos de  La Val d’ Ornia, costumbre esta nacida en el siglo anterior. Una vez depositada la Virgen en la catedral de la antigua Asturica Augusta, permanecería allí durante  nueve días antes de su vuelta en peregrinación a su capilla en Castrotierra.
Así que aquel miércoles, fueron numerosos los vecinos que se sumaron a la peregrinación rogatoria, tanto de La Bañeza como de las aldeas de La Val d’ Ornia, algo que satisfizo a Leopoldo López, que esperaba  para ese mismo día la llegada de Gerondio con su preciada carga, ya que cuanta menos gente pululara por las calles de la Villa, menos riesgo habría de que le vieran llegar.
Era muy importante que nadie supiera que en su casa  estaba la esposa del alcaide de Cuéllar, pues no tardaría en conocerse, a un lado y al otro de la frontera entre los dos reinos, lo ocurrido y puede que incluso llegara la noticia a la corte de Alfonso IX  y eso era algo que en modo alguno le convenía.
Hasta ahora la suerte parecía estar aliada con él, pues  siempre se había producido algún hecho que favorecía el desarrollo de su plan; pero Leopoldo López sabía que a la suerte hay que ayudarla y la forma de hacerlo era cuidando los detalles al máximo. Si por un descuido llegaba a oídos del  rey leonés que él era el responsable del seguro conflicto que, como consecuencia del rapto, se iba a producir entre Castilla y  León, su vida no valdría lo que un sueldo de cobre. Menos le preocupaba lo que ocurriera en la corte de Toledo, pues le parecía descabellado que alguien pudiera relacionarle a él con el rapto.
El sábado 22 o el domingo 23 eran las fechas en las que Gerondio tenía que entrar en el castillo, por lo que, en la peor de las hipótesis, el día 26 debería llegar a La Bañeza. Esperaba en su casa consumido por la impaciencia. Pronto , esa misma tarde, Marta De la Fuente, aquella mujer a la que deseaba y  de la que solo había conseguido desprecio, la esposa del hombre que había truncado su prometedor futuro, estaría en sus manos, sometida a él, y si eso le satisfacía enormemente, más aún era `pensar en el sufrimiento que ocasionaría a  aquel odiado capitán Aldai. No sería nunca alcaide de Cuéllar, pero eso no le importaba ya tanto. Su principal objetivo era la vengarse de Iñigo Aldai quitándole a su esposa, de  Diego López de Haro, Señor del castillo, y  también del rey que la había fallado, creándole un conflicto con su primo leonés que bien podría terminar en un enfrentamiento armado. Su deseo de ser alcaide de un castillo, ya le daba lo mismo que fuera castellano o leonés,  aún podría realizarse si utilizaba hábilmente a  aquel  pusilánime Señor de Urueña, así que, al final, podría tener lo que siempre había ansiado: a Marta De La Fuente y la tenencia de un castillo.

Gerondio, que no había dejado de observar el comportamiento de Lupicinio buscando algún detalle que le permitiera concluir que le había reconocido como su agresor, nada vio que  le permitiera sacar tal conclusión; aún así no podía permitir que quien le había visto apuñalar a un sacerdote y raptar a una dama – estaba seguro que ninguno de los cuatro seguía creyendo la versión que les había dado – pudiera acudir a los Justicias denunciando lo ocurrido. Tendría que eliminar ese riesgo y ya tenía pensado como hacerlo de forma eficaz.  
Respecto de los otros tres, ninguno de ellos se atrevería a acudir a los alguaciles, más bien al contrario, pues no era compañía que les agradara dada su actividad delictiva, por lo que seguiría con el plan inicial, así que tan pronto llegaran al Órbigo, les pagaría lo acordado y los despediría. 
El sol desaparecía por el horizonte cuando vadearon el Orbigo cerca de la aldea de Cebrones.
Gerondio pagó a cada uno de los hombres la dobla de oro prometida  menos a Lupicinio. Los tres dirigieron a la aldea. Con una dobla de oro en la bolsa podían considerarse hombres ricos. Los temores de Lupicinio por su vida  aumentaron al verse excluido. Estaba pensando en  montar y huir al galope cuando Gerondio se volvió hacia él.
- Lupicinio, tu continuarás conmigo. Hazte  cargo de los caballos y vos, Señora, montad en el que más os plazca, pues continuamos  nuestro camino.
Hicieron tal como les había ordenado. En cabeza cabalgaba Gerondio y en último lugar Lupicinio llevando las riendas de los tres caballos, circunstancia esta que dificultaría su huida en caso de decidirse a hacerlo. Si salía al galope ahora – pensaba - Gerondio no podría perseguirle sin  abandonar a la dama, algo que estaba seguro que no haría, pero, aunque sospechaba que el destino final era La Bañeza, aún estaban a unas tres leguas y  como el camino hasta la Villa transcurría por una zona densamente arbolada siguiendo el curso del río,  no le resultaría fácil poder seguirles. Además podrían desviarse hacia cualquier aldea de las que había antes de La Bañeza y perder la pista. Decidió seguir esperando  mejor oportunidad. 
Dos horas más tarde divisaban la silueta del monasterio de Sancti Salvatoris recortándose sobre la ya débil claridad del horizonte. Ya no había duda. El destino final era la Villa; ahora ya podía huir, pero ¿a dónde si Gerondio sabía donde vivía? Y si escapaba ¿no se vengaría Gerondio en su familia? ¿Sería más aconsejable continuar hasta que cobrara la dobla de oro? ¿Y si Gerondio no tenía pensado eliminarle? A fin de cuentas – pensó – a los otros tres los licenció cumpliendo lo acordado, así que ¿por qué no iba a hacer lo mismo con él? ¿podía permitirse renunciar a una dobla de oro por meras conjeturas? En cualquier caso sabía que la Señora iba a estar en La Bañeza y suponía que en la casa donde servía Gerondio y esa era la información que necesitaba para poder ayudarla.
Lupicinio buscaba desesperadamente razones para convencerse  y vencer el miedo que le oprimía el estómago y es que, además, se le había acabado el tiempo para intentar la huida.
Desmontaron ante el portón de entrada de la casa a orillas del Tuerto. Lupicinio supo que allí terminaba su trabajo. Gerondio extrajo una llave de su cinturón y abrió el portón que chirrió al girar sobre sus goznes. Antes de entrar, le ordenó a Lupicinio que atara los caballos a las argollas que había en la pared y que esperara, y a Marta De La Fuente que le siguiera al interior de la casa. Marta  dudaba. 
- Señora, os lo ruego, tened la bondad de seguirme – el tono de su voz no admitía réplica.
Marta no pudo evitar mirar a Lupicinio. Gerondio se dio cuenta de ello. No había duda; tendría que acabar con el riesgo que suponía aquel hombre y cuanto antes.
Leopoldo López oyó el chirriar de la puerta del patio. Su pulso se aceleró. Se acercó a mirar por la ventana interior que daba al patio y la vio entrar precedida a su criado que llevaba el caballo de la brida. La siguió con la mirada hasta que entró en la vivienda.
Unos golpes suaves sobre la puerta precedieron a la entrada de Gerondio. Este informó  a su amo de los detalles más destacados acerca del asunto que los ocupaba, así como que la Señora estaba en la antesala.
-   Hazla pasar y déjanos – le ordenó
La sala estaba pobremente iluminada por las velas de dos sencillos candelabros colocados sobre un mueble a la derecha de la puerta de entrada. Había otros dos en el extremo opuesto, pero no estaban encendidos. Leopoldo López así lo había preparado. Quería disfrutar de la cara de asombro de Marta cuando saliendo de la zona obscura, la luz de la velas iluminara su cara. En ese momento empezaría a degustar las mieles de su venganza.

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