IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS XXXVIII (12.03.2013)
Lucas ya podía ver las hogueras del campamento e iluminadas por la luz de las llamas las tiendas de acampada.
Una voz le dio el alto cuando estaba a unas diez brazas de la primera tienda. De entre los quejigos salió un soldado armado con lanza.
- ¿Quién eres y a dónde vas? – le preguntó con tono autoritario.
Lucas no podía verle el rostro pues se lo impedía el resplandor de las hogueras, a espaldas del centinela.
- Soy Lucas, escudero del capitán Aldai, a quien debo ver inmediatamente- contestó sin desmontar.
- Desmonta para que te vea la cara – le conminó el soldado.
Lucas desmontó y quedo quieto mientras el centinela se le acercaba.
- No te conozco- le dijo
- Ni yo a ti tampoco y yo conozco por sus nombres a todos los soldados del Capitán.¿Acaso no es éste su campamento, y no es Pergentino su oficial y Oono, un negro muy corpulento el instructor?- le preguntó
- Si, así es; parece que eres quien dices, pues conoces a los que has dicho – contestó.
- Entonces ¿por qué no te conozco a ti? – le preguntó extrañado
- Será porque yo y otros somos del castillo de Iscar- le contestó.
- Si, será por eso. Y ahora déjame pasar pues me urge hablar con mi Señor.
- El Capitán no está en el campamento. Salió a media tarde con el africano a inspeccionar los puestos de guardia aguas abajo del Hornija, pero puedes encontrar al oficial en la segunda tienda de la derecha.
A aquellas horas no hacía calor, pero Lucas estaba sudando. Sentía como la ropa se le pegaba al cuerpo. La l zozobra que sentía era la causante y es que ahora tendría que dar la terrible noticia del rapto de la esposa del Capitán a Pergentino y después a su Señor cuando regresara, y si ya era doloroso ser portador de la noticia, tener que contar lo ocurrido dos veces lo hacía aún mayor.
- ¡Lucas! - se sorprendió Pegentino- ¿qué haces aquí y por qué no estás en Cuéllar?
- ¿Qué ha ocurrido, muchacho? ¡vamos, vamos, dime que es lo que ha pasado¡ - le apremió agarrándole por los brazos y sacudiéndolo.
Pergentino acababa de recordar que Lucas se había quedado en el castillo por si fuera necesario ponerse en contacto con el Capitán en caso de que algo grave hubiera ocurrido, por lo que su presencia allí indicaba que algún suceso grave había tenido lugar.
Lucas, sin poder evitar que las lágrimas, le contó a Pergentino lo de la muerte de Maximo y el otro soldado, la grave herida del Padre Gumersindo, el rapto de la Señora y cómo había seguido el rastro de los raptores hasta las cercanías de Velliza, donde lo había perdido.
A medida que Lucas iba dando detalles del suceso, el rostro de Pergentino palidecía de forma tan evidente que ni el resplandor de los hachones que ardían en la tienda podía ocultar. Era muy grave, gravísimo lo que había ocurrido. Un terrible golpe para todos, que conocían y apreciaban a los asesinados y al sacerdote y tenían gran estima por la esposa del Capitán, pero sin duda, más que para ellos, lo sería para éste cuando, al regresar de su inspección, recibiera la noticia.
Habían pasado más de dos semanas desde que empezaran a vigilar el valle del Hornija entre Wamba y Marzales sin que su hubiera producido ningún incidente, por lo que el Capitán temía que la atención de los centinelas pudiera relajarse y le comunicó a Pergentino que haría visitas por sorpresa a los puestos de vigilancia. Esa tarde, acompañado por Oono, había ido a inspeccionar los puestos de Villasexmir y Marzales, encontrando todo en orden.
Aquella noche del 24 al 25 de junio del mil y doscientos trece, había luna nueva - no entraría en creciente hasta la noche siguiente - y aunque el cielo estaba estrellado, la visibilidad era escasa, por lo que el capitán Aldai y Oono cabalgaban de regreso al campamento portando sendas antorchas.
Desmontaron al entrar en el campamento y caminando se dirigieron a la tienda del Capitán. Pergentino y Lucas esperan de pie delante de la tienda. Iñigo Aldai se sobresaltó al ver a Lucas. Supo que algo grave había ocurrido.
- Lucas ¿qué noticias traes de Cuéllar? ¿Ha ocurrido alguna desgracia durante los juegos de toros o ha habido algún robo en los templos? ¡Vamos, dime que malas nuevas te traen por aquí!
- No mi Señor; no ha ocurrido ningún accidente durante los juegos ni han robado en los templos, creo, aunque ojalá ese fuera el motivo de venir a veros. Ha sido algo tan terrible que no se como decíroslo.
- ¡Vamos, vamos! Dime que es eso tan terrible – le dijo impaciente.
- Señor, durante los juegos, como sabéis, el castillo queda prácticamente sin custodia ya que los pocos soldados disponibles custodian los templos, tal como ordenasteis- empezó Lucas, con el corazón encogido y la frente perlada de sudor – pues durante la mañana de ayer, varis hombres entraron en la ciudadela y tras matar a Máximo y a otro soldado, hirieron de gravedad al Padre Gumersindo y – Lucas no se atrevía a seguir – y … y…
- ¡Vamos, vamos¡ - la apremió el Capitán – continúa ¿ qué más? ¿está bien mi esposa?¿acaso le ha ocurrido algo?¡Contesta Lucas¡
- Mi Señor…. yo…- Lucas no sabía como decírselo
- Capitán –intervino Pergentino – esos hombres que dice Lucas, han raptado a Doña Marta
Ni la escasa luz que producían las hogueras y hachones del campamento pudo ocultar la palidez del rostro del Capitán. Cuando supo lo del asesinato de los soldados y que el Padre Gumersindo había sido herido, sintió como si una puñalada le hubiera atravesado el corazón, pero la noticia del rapto de su amada esposa parecía haberle secado la sangre de sus venas.
Ni la lividez de su cara, ni los tensos músculos faciales eran el mejor indicador de lo que el Capitán sentía en aquellos momentos. Era el extraño brillo de sus ojos el que expresaba, la intensidad de su dolor y angustia.
Durante unos segundos, no hubo otro sonido en le campamento que la voces lejanas de los soldados francos de servicio de guardia. Lucas, pálido como la cera se esforzaba en evitar que las lágrimas rodaran por su cara. Oono, estaba como en trance, quizá tratando de enviarle la fuerza de los espíritus de sus antepasados para ayudarle a afrontar tan dura situación. Pergentino, cabizbajo, pensaba en sus compañeros asesinados, en la familia de Máximo, a la que conocía y en la Señora, la que le llamaba por su nombre, y en lo que estaría sufriendo.
- Pergentino, durante mi ausencia, quedas al mando de la tropa y la misión de vigilancia que se nos ha ordenado continuará según la habíamos planificado – voz del Capitán era grave y firme –Oono, mi buen amigo, te ruego que regreses Cuéllar y allí contactes con el Regidor y, en mi nombre, actúes según consideres más conveniente para que la vida del castillo recupere la normalidad. Lucas te acompañará. Yo, al amanecer, partiré hasta el cruce antes de Velliza donde Lucas dice que perdió la pista de los raptores de mi esposa y desde allí intentaré encontrar sus huellas.
- Mi Señor, permitidme ir con vos – le pidió Lucas – Yo se seguir bien las huellas por el campo, que lo aprendí por las tierras cercanas al molino de mis padres. Os lo suplico, Capitán – imploró.
- Lucas os podrá servir de gran ayuda, Capitán – intervino Pergentino, pues os permitirá cubrir un mayor territorio en busca de pistas.
- Bien, Lucas. Vendrás conmigo, así que descansa todo lo que puedas ya que saldremos al alba - concedió el Capitán.
Iñigo Aldai, como hombre de armas, había pasado a largo de su vida por situaciones muy difíciles de toda índole acostumbrándose a no manifestar sus sentimientos cuando estos eran de dolor; pero nada de lo pasado se podía comparar con lo que ahora sentía y ante lo cual, de nada le sirvió esa capacidad para no exteriorizar lo que sentía. Su rostro era la genuina representación del más profundo de los sufrimientos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario