domingo, 17 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XLIII (18.03.2013)


Desde las sombras, invisible para ella, Leopoldo López la vio entrar. La tenue luz de la velas, estratégicamente colocadas, la iluminaban. La contempló sin prisas, recorriendo su cuerpo con  la mirada preñada de lujuria. El corazón le latía acaloradamente Allí estaba esa mujer a la que tanto deseaba y que tanto le había despreciado. Allí la tenía, indefensa, sometida a él; podría hacer con ella lo que quisiera. Notó su desconcierto. Oía su respiración agitada. Le gustaba ver como su pecho subía y bajaba con la respiración. Alargó intencionadamente la espera.
- Sed bienvenida a mi modesta casa, Señora- saludó sin salir de  la protección de la oscuridad.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Marta al oír aquella voz, que le resultaba tan conocida que no tuvo duda sobre quien era el que hablaba. Al oír la voz de Leopoldo López, Marta se dio cuenta de la situación en la que se encontraba y  todo ocurrido desde el asalto al castillo, cobró sentido. Sintió miedo. Estaba asustada, muy asustada. Aquel hombre, cuando era regidor de Cuéllar ya había intentado conseguirla  sin importarle que estuviera casada con el alcaide Fernando Huarte. Los muros del castillo la habían protegido entonces, pero ahora ya no tenía esa protección. 
- ¿No tenéis nada que decir? ¿Acaso estáis asustada? ¿Sí? Motivos tenéis para ello – decía mientras salía de la zona de sobras dejando que ella le viera- pues fuisteis innecesariamente soberbia conmigo sin perder ocasión para manifestarme vuestro desprecio. Ahora ya no os protegen ni los muros del castillo, ni ese entrometido y maldito capitán Aldai. Estáis en mi casa y  ella es mi castillo y yo su Señor.
Marta sintió un escalofrío. Allí, delante de ella, estaba aquel hombre  al que  no le importaba mentir, engañar o asesinar para conseguir sus objetivos. A la luz de las velas pudo ver su enjuto rostro y aquellos  hundidos ojos negros que la miraban con lascivia. La  sonrisa de triunfo que esbozaba le hizo temer lo peor.
- ¿Qué queréis de mi? ¿Qué es lo que pretendéis? – preguntó con voz que no pudo conseguir que pareciera tranquila. 
- No finjáis ignorarlo, pues siempre habéis sabido que siento una  profunda inclinación por vos y que de no haber sido por la intervención de ese advenedizo caballero vizcaíno, que os embaucó con historias inciertas que me enemistaron con el Rey, habiendo fallecido en lamentable accidente vuestro orondo esposo, vos serías hoy mi esposa, como alcaide del castillo de Cuéllar.
- Soy embustero, pues vuestra conspiración contra mi esposo y contra el capitán Aldai quedó probada ante el rey de Castilla quien, en un acto de generosidad que vuestro crimen no merecía, os perdonó la vida – contestó Marta con una vehemencia que hasta a ella misma sorprendió- y además soy cobarde, ya que habéis tenido que recurrir a contratar a otros para hacer aquello que vos sois incapaz de hacer.
- Controlad vuestra lengua Señora y no olvidéis cual es vuestra situación. Durante vuestro viaje se os ha tratado con respeto y también cuando fuisteis invitada a acompañar a mis hombres, pues así lo dispuse en consideración a mis sentimientos por vos, pero  puedo dejar de ser tan considerado y olvidarme de ellos y trataros de la misma forma con la que vos  siempre me habéis tratado a mí, aun siendo el representante del Rey en la Villa.
- Como Regidor de Cuéllar, siempre os respeté, pero cuando olvidasteis las obligaciones propias de tan digna representación, llegando incluso a faltar a la más elemental consideración con mi condición de esposa con vuestras indignas proposiciones, os hicisteis merecedor de mi mayor desprecio- le contestó ya sin ningún temor.
- Lamento Señora, que una interpretación equivocada de mis palabras o intenciones entonces os llevaran a conclusiones tan duras e injustas como las que acabáis de manifestar. Mientras estuvisteis casada con el alcaide Fernando Huarte yo os respeté y solo os hice saber mis sentimientos hacia vos. Y cuando vuestro esposo falleció en  aquel lamentable accidente durante la cacería, habéis de saber que, por los sentimientos que os profesaba y profeso, solicité de nuestro Rey su autorización para desposaros y así evitar que perdierais la posición y privilegios inherentes a vuestra condición de esposa del alcaide, pero la desafortunada intervención del capitán Aldai no solamente lo impidió, sino que provocó, además, mi  descrédito ante el Rey y mi destierro de Castilla. Sé que sois la esposa  de ese capitán Aldai así como que él esta ocupando inmerecidamente mi alcaidía, por lo que me es deudor y, ya que su tenencia de la alcaidía fue decisión de su Señor sin que yo pueda hacer nada al respecto, vos seréis el pago de su deuda conmigo tanto si os gusta como si no, aunque confío que, con el paso del tiempo, termine no pareciéndoos un mal pago.
- Sois verdaderamente un ser miserable, y sabed que antes prefiero buscar la muerte que ser vuestra – contestó con un tono de voz que no dejaba duda sobre su voluntad de cumplir  lo dicho.
- Tranquilizaos, Señora y dad tiempo al tiempo. Veréis como una vez que me hayáis conocido mejor, no os pareceré tan… tan miserable como decís y entonces la muerte será lo último que os apetezca. Y ahora, permitidme que os diga que la única condición que habéis de cumplir durante  vuestra estancia aquí es la de no intentar escapar: Por lo demás procuraré complaceros en todo aquello que preciséis y …
- ¿Complacerme, decís?–le interrumpió -Si realmente deseáis complacerme, devolvedme a mi castillo de inmediato.
- Sabéis que eso que me pedís no es posible, pues sois el pago de una deuda que no deseo condonar. Cualquier otro deseo vuestro será satisfecho.
- Pagaréis por esto, no lo dudéis y en esta ocasión el destierro no será vuestro castigo ¿lo sabéis, verdad? Mi esposo os llevará nuevamente ante la Justicia del Rey como ya lo hizo cuando erais el Regidor de Cuéllar.
- El capitán Aldai, vuestro esposo, está tan ocupado por sus obligaciones con el Rey, que seguramente no ocuparéis el primer lugar entre sus preocupaciones actuales. Soy una mujer joven e ingenua, lo que explica vuestra fe en ese capitán Aldai, así como que aún no os hayáis dado cuenta de que os ha utilizado en su propio beneficio, pues casándose con vos, su nombramiento como alcaide era seguro ya que complacía a Don Diego y satisfacía al Rey, que de esa forma seguía manteniendo la paz fronteriza en el Carrión; y vos, Señora, caísteis en sus redes tejidas con palabras de amor como un faisán cae en la del cazador…
- Además de miserable, sois un hombre dominado por el envidia- replicó con vehemencia – y vuestra mezquindad os impide ver lo que de noble hay en el corazón de los demás. Mi esposo, como decís, está sirviendo al Rey, pero también lo estaba cuando os llevó a prisión, así que no estéis tan seguro de que en esta ocasión no vaya a ocurrir lo mismo.
- Temo desilusionaros, pero para ello, vuestro Capitán tendría que saber  no sólo que estáis conmigo, sino dónde estáis, y no creo que tenga tal información. Y ahora os ruego que me disculpéis, pues tengo asuntos que atender. Mi sirviente, a quien ya conocéis, os indicará vuestro aposento.
Dio unas palmadas y Gerondio entró en la sala.
- Acompaña a la Señora a su aposento - le ordenó – y vuelve para que te dé instrucciones.
Cuando Gerondio regresó, le dijo que atendiera a la Señora en todo lo que necesitara, así como que podía andar libremente por toda la casa, sin otras limitaciones que las de salir a la Villa y comunicarse con gentes del exterior y que cuando él estuviera fuera, sería responsable de su seguridad. 

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