viernes, 15 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XLI (16.03.2013)


Fabián se resistía a creer lo que aquellos hombres le acaban de contar. No era posible. La esposa del Capitán raptada, dos soldados asesinados, el padre Gumersindo malherido. Si no fuera porque sentía el calor del sol sobre la piel, pensaría que estaba soñado y  que tenía una pesadilla.
Con el caballo de la brida y con las lágrimas a punto de escapársele, caminó hacia al castillo.
No había ningún soldado a la vista. Se dirigió entonces al lugar que mejor conocía. En la cocina no se oían las risas habituales ni había el ajetreo que él recordaba..
Serafina, sollozaba sentada en un banco y a su lado sus dos ayudantas. Los hombres, cabizbajos, recostados contra la pared, permanecían callados.
El ruido de las bisagras de la puerta al abrirse llamó su atención.
Como si su presencia activara algún resorte interior que diera salida al dolor en el corazón de aquellas mujeres, los sollozos se convirtieron en ayes desgarradores.
- ¡ Ay Fabián! ¡Qué desgracia tan terrible! ¿qué va a ser de la pobre Señora? ¡Ay Dios mío! - exclamó Serafina levantándose y abrazándose a Fabián.
Los hombres se movieron inquietos. No sabían como expresar sus sentimientos, pues  desde siempre se ha sabido que los hombres no lloran hacia fuera.
Fabián permanecía en silencio dejando que Serafina llorara sobre su pecho. Las otras dos mujeres se habían abrazado entre sí y lloraban a moco tendido. Marcos, el camarero destinatario habitual de los comentarios pícaros de Serafina, se sorbía la moquilla que, como consecuencia de las lágrimas contenidas, manaba de sus fosas nasales.
Poco a poco se fueron calmando y con voz entrecortada Serafina empezó a contarle a Fabián lo sucedido. Aunque el ayalés ya conocía lo ocurrido, dejó que la cocinera continuara su relato, pues seguro – pensó - que eso la ayudaría a desahogarse.
- Entonces  si el Capitán no está y el padre Gumersindo yace malherido, habiendo muerto Máximo ¿quién gobierna el castillo entonces? – preguntó una vez que Serafina finalizó su relato. 
- Carmen Gómez, la dama de compañía de la Señora y amiga suya, se ha hecho cargo de todo – contestó Marcos – Ha  distribuido las tareas, se ha ocupado del Padre Gumersindo y, a pesar de las circunstancias, ha conseguido que el castillo haya recuperado la normalidad, y en cuanto a los soldados, Lucas le encargó a Victorio que se hiciera cargo.
- ¿Dónde la puedo encontrar a la dama?¿Se encuentra aquí?
- Si, seguro que está atendiendo al Padre Gumersindo. En la segunda planta la encontrarás.
Carmen Gómez estaba poniéndole una nueva cataplasma de vulneraria en la herida del sacerdote.
- ¿Quién eres tú y que haces aquí? – Carmen no conocía a Fabián
- Soy Fabián, amigo del capitán Aldai  y vengo desde las tierras del norte a visitarle y a Lucas también. Me han contado lo ocurrido y quiero ayudar en lo que necesitéis – contestó.
- He oído hablar de ti tanto al Capitán como a la Señora y también a Oono, con el que luchaste en Toledo y, por supuesto, a Lucas. Todos te tienen en gran estima, por lo que te doy la bienvenida aun en estas terribles circunstancias y doy gracias a Dios porque hayas venido.
- Decidme qué puedo hacer, cómo puedo ayudaros.
- Ocúpate de la seguridad de la ciudadela – le dijo -  hasta que vuelva Lucas con instrucciones del Capitán, pues el Padre Gumersindo  está  más tiempo dormido que despierto y bastante tiene con impedir que le ataquen las fiebres. 
Fabián salió en busca de Victorio que experimentó un gran alivio al verse relevado de la responsabilidad que Lucas le había cargado sobre los hombros. El era un buen soldado, siempre dispuesto y muy diligente, pero carecía de dotes de mando y además no le gustaba mandar; prefería la comodidad de obedecer.
Fabián carecía de experiencia militar y no estaba acostumbrado a dar órdenes más que a sus perros, pero  su sentido común, modelado por la observación de la Naturaleza y su vida en armonía con ella, constituían el elemento necesario y suficiente para ocuparse de lo que le habían encomendado.
Informado por Victorio de cómo estaba la situación, decidió cerrar las puertas de acceso a la ciudadela, incluida la de San Basilio, dejando solo accesible la de San Martín que comunica la ciudadela con la Villa. Si alguien  quisiera llegar al castillo, no lo podría hacer sin ser identificado y para controlar esa puerta, eran suficientes los soldados que habían quedado en el castillo.

Atardecía cuando un jinete al galope llegaba a Cuéllar por el camino del oeste. Llegó ante la puerta de San Basilio y al encontrarla cerrada siguió el trazado de la muralla buscando por donde entrar a la ciudadela. La puerta de la Judería, la de san Andrés también estaban cerradas. No se extrañó por ello. Conocía las circunstancias que así lo exigían. Los pocos cuellaranos que  encontró en su recorrido apenas le prestaron atención; parecía que estaban ausentes o como si un  invisible enorme peso les obligara a caminar cabizbajos. La puerta de San Martín estaba abierta y un soldado la custodiaba.
Reconoció a Oono y le dejó el paso franco.
Fabián y Oono, superado el primer momento de sorpresa, se saludaron efusivamente, pues era mucho el afecto que se tenían. Oono le contó la razón de que aún estuviera en Cuéllar y no camino de su aldea africana. Fabián reconoció que le echaba de menos y que desde que se fuera de Mariaca, convencido de  que ya nunca más le volvería a ver, sintió la necesidad de ver al resto de los que consideraba sus amigos, por loo que, sin pensárselo demasiado, compró un caballo y se puso en camino encontrándose, cuando llegó, con la terrible noticia del rapto de la esposa del Capitán, el asesinato de dos soldados y el grave apuñalamiento al Padre Gumersindo. Le contó también como Carmen Gómez, la amiga de Doña Marta se había ocupado de evitar el caos tras lo ocurrido llegando incluso a asignar tareas manuales, impropias de su oficio al escribano, al limosnero y a los demás cargos administrativos del castillo  colaborando todos en lo que pudieran pues  sentían  gran aprecio y respeto por el Capitán y su esposa.
Oono le contó la razón de que el Capitán no estuviera en la ciudadela y de que ésta tuviera una  guardia tan sumamente reducida, y como el capitán había salido con Lucas tras la pista de los raptores dejando a Pergentino al frente de la misión de vigilancia y enviándole a él a Cuéllar para que, en su nombre tomara las decisiones apropiadas para que la vida en el castillo y en la Villa recuperar la normalidad, algo que, por lo que Fabián le acababa de contar, era tare aya realizada  por Carmen Gómez primero y por el propio Fabián después.

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