lunes, 11 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XXXVI y XXXVII  (12.03.201


Gerondio suponía, con razón, que cuando descubrieran la ausencia de la esposa del alcaide,  serían perseguidos sin tregua, así que  galoparían sin parar  todo lo que de sí pudieran dar sus caballos. Había sido un contratiempo no poder salir de la ciudadela  sin ser vistos, ya que el centinela de la puerta informaría sobre qué camino habían tomado, lo que facilitaría su seguimiento.
Aun así decidió seguir con el plan que inicialmente había elaborado para la huida y que consistía en seguir el mismo camino que les había traído hasta Cuéllar.
Según sus estimaciones, para cuando se organizara la persecución pasaría al menos una hora y, en ese tiempo, un caballo al galope podía recorrer unas tres leguas y media, así que si lograban mantener  esa distancia, la probabilidad de que les alcanzarán sería muy pequeña. Claro que había que tener en cuenta que uno de los caballos iba sobrecargado, por lo que se agotaría antes. Inicialmente tenía pensado que la Señora cambiara de caballo cada  seis leguas, pero decidió que para pode mantener una galopada regular y sin que la distancia de sus hipotéticos perseguidores no se redujera de forma peligrosa, que se turnarían para llevarla a grupas cada cuatro leguas.
Hicieron el camino hasta Villanueva de Duero sin contratiempos. Marta De La Fuente   parecía estar bajo los efectos de alguna pócima que anulara su voluntad, pues dejaba llevar sin oponer resistencia. Su silencio durante el recorrido solo  era interrumpido ocasionalmente por algún sollozo que apenas el jinete que montaba tras ella podía oír.
Poco tiempo después de pasar por Cogeces, Gerondio hizo que subiera al caballo de Lupercio. Pasaron Serrada y antes de llegar a Villanueva de Duero, hicieron noche alejados del camino, bajo un techo de pinos resineros, muy abundantes en toda la comarca. Gerondio organizó las guardias, medida destina más bien a mantener la tensión entre sus hombre que a la necesidad de evitar que la Señora se escapara, pues  parecía totalmente entregada, quizás  pensando que nada de lo ocurrido había sido cierto y que, en realidad, la conducían a donde estaba su amado esposo.
El crepúsculo les sorprendió a la orilla del Duero ante la cabaña de maderos y techo de ramas secas  de pino donde vivía el barquero, al que encontraron durmiendo medio envuelto por los restos de  una manta sucia y maloliente. Roncaba sumido en un sueño tranquilo del que  Gerondio lo sacó violentamente empujándolo con el pie fuera de su catre.  
- ¡ Arriba, barquero, que no tenemos toda la mañana¡¡Date prisa o irás a roncar con les peces del río!
El barquero tardó en darse cuenta de lo que estaba pasando. Recordaba que, como todas las noches, se había tumbado en su catre y ahora estaba en el suelo y un hombre le estaba gritando algo que no acababa de entrar con claridad en su cerebro.
Cuando fue consciente de la situación, se incorporó no sin dificultad, pues era hombre de prominente barriga y  baja estatura. Mientras lo hacía se fijó en el hombre que tenía delante. No tenía aspecto de ser un hombre de paz, así que lo prudente era espabilar y complacerle.
- ¡Si, sí! Ahora mismo, Señor. Ahora mismo os paso a la otra orilla – dijo
Al salir de su mísera cabaña, vio a otros cuatro hombres y a una mujer que, por su aspecto, parecía una dama. También había cinco caballos.
- Sois muchos para pasaros de una vez, Señor – dijo dirigiéndose a Gerondio.
- No habrá segundo viaje, así que asegúrate de que llevarnos anos y salvos a  la otra orilla. ¿Has entendido?- preguntó amenazante.
- Sí, Señor, pero para pasar de una sola vez, al menos tres hombres han de ir montados y, a veces los caballos se asustan y….
- No te preocupes por eso, barquero. Ya nos arreglaremos y  ¡basta ya de conversación y  ponte en marcha!-  le  apremió.
El baquero cumplió con su oficio extremando el cuidado para evitar que la  corriente balanceara la barcaza  y pudiera caer  alguien al río, pues tenía el convencimiento de que si tal cosa ocurría, él no iba a salir bien parado del accidente. Era un hombre pobre, pero  tenía su trabajo  que le permitía vivir mejor que algunos a los que conocía y con menos esfuerzo, que no correría riesgos que lo pusieran en peligro o, lo que sería peor, perder la vida y es que aquel hombre, el que daba las órdenes, estaba seguro que no  necesitaría demasiadas razones para hacerle probar la daga que ostensiblemente llevaba al cinto. Seré afortunado si me pagan el pasaje, pensaba.

Cuando  ya estuvieron en tierra y montaron, Gerondio se volvió y le tiró unas monedas de cobre al suelo, que el barquero no se apresuró a recoger. Esperaría a que se alejara -  pensó- pues aún no las tenía todas consigo.

Marta De La Fuente  iba montaba en el caballo de Lupercio y, cuando tomaron el camino  de  Matilla de los  Caños, poco antes de Velliza la obligaron a cabalgar con Celedonio.
Gerondio había tomado el camino hacia el suroeste para evitar, lo mismo que en la ida, pasar cerca de las localidades por las que patrullaban los soldados castellanos, según le había dicho su amo.
Vadearon el río Bajoz y allí Gerondio decidió parar para que los caballos bebieran y le dijo a la señora que tenía que cambiar de caballo.
Durante todo el viaje, Lupicinio no hacía más que pensar en lo ocurrido en el castillo de Cuéllar y  cuanto más lo pensaba, más seguro estaba de que había sido engañado para formar parte de una cuadrilla de forajidos y que el jefe del grupo era el mismo que intentó matarle en La Bañeza. Su lógica le decía que lo que estaban haciendo era un secuestro; es decir, que pedirían un rescate por aquella Señora y que, en modo alguno la llevaban donde su esposo.
El no era un hombre violento y mucho menos un asesino y secuestrador de mujeres, Vivía su pobreza con la honradez de las buenas gentes y por nada del mundo quisiera tener que  apartar la mirada de los ojos de sus hijos y de su mujer porque su conciencia no estuviera limpia. Estaba decidido a escapar tan pronto tuviera la menor oportunidad, pero no lo haría sin intentar ayudar a huir a aquella mujer, si le era posible o, al menos, saber a dónde la llevaban.  
Quizás la ocasión para huir ambos se produjera cuando  cabalgaran juntos, aunque…claro, los demás los alcanzarían sin dificultad pues sus caballos llevaban menos peso. No, esa no sería la oportunidad esperada.  Seguiría esperando


CAPITULO XXXVII                                                          

Las imágenes de lo ocurrido en Cuéllar se agolpaban  en la cabeza de Marta y se confundían con las que su imaginación creaba como consecuencia de sus deseos.
La de su confesor, el Padre Gumersindo, con su hábito blanco tiñéndose con su propia sangre, mezclándose con la de esposo malherido pidiéndole con su mirada que fuera donde él para darle el último adiós; la sangre de aquellos dos soldados saliendo a borbotones de su garganta cercenada por la daga de aquellos hombres que habían ido a buscarla en nombre de su esposo, salpicando las losas del suelo, ….nuevamente la de Iñigo caído sobre el suelo, suplicante, angustiado y aferrándose a la vida hasta que ella llegara.
No sabía cuales eran de la vida real y cuales no. Nada sabía sobre lo que había de cierto en lo dicho por aquellos hombre con los que cabalgaba, y tampoco recordaba por qué el Padre Gumersindo le dijo que no eran lo que decían ser. Había llorado en silencio la muerte de su confesor y la  de aquellos soldados en la Torre y no  lo había hecho por su esposo agonizante, porque su cabeza se negaba a aceptar que así fuera. Ella, en lo más profundo de su corazón, sentía que su amado Iñigo lleno de vida. Lo sentía tan cerca, tan vivo…  Cerraba los ojos con fuerza tratando de borrar de su cabeza aquellas imágenes que rechazaba su corazón, sin conseguir que dejaran de perturbarla, pues parecían estar creadas por las dudas que tenía sobre la identidad y objetivo de aquello hombres con los que cabalgaba. Ella sabía que se habían incorporado a la tropa del castillo nuevos soldados no hacía muchas semanas y no era improbable que los que la llevaban fueran algunos de ellos, y no ignoraba que entre la soldadesca, a veces, había quienes hacían uso de sus armas con inaceptable ligereza ante el menor contratiempo que les surgiera en el cumplimiento de las órdenes que habían recibido. Desde que dejaron Cuéllar, la trataban con respeto, lo que le hacía suponer que quizá fuera como ella pensaba, y que se trataba de soldados enviados por su esposo y que al no ser conocidos por el Padre Gumersindo y por el comportamiento prepotente del que parecía ser el jefe, habían  hecho pensar al sacerdote que no eran lo que decían ser. Era la única explicación posible. Marta se aferraba a ella desde la necesidad angustiosa que su corazón tenía de que así fuera, pues de ser otra, se vería obligada a pensar que al final del viaje que realizaban no la esperaba su esposo y esa posibilidad, nunca aceptada por su corazón empezaba también a ser rechazada por su cabeza, así que soportaba aquella frenética cabalgata sin protestar deseando llegar cuanto antes allá a donde estuviera su amado Iñigo.

Después del breve descanso a la orilla de aquel río, subió al caballo que le indicó el jefe del grupo. El jinete con el que cabalgaría era un hombre joven, de que le ofreció sus manos entrelazadas para que ella pusiera un pie en ellas y montara más fácilmente. Los demás no parecieron fijarse en el detalle. Había algo en aquel joven que lo diferenciaba de sus compañeros. Sus modales, aunque muy lejos del refinamiento, no era tan toscos como los de ellos, pero más allá de este detalle externo, había algo  en ese hombre - pensó Marta – que marcaba la diferencia. Era su mirada. Cuando le ofreció sus manos para subir a la silla, aquellos ojos que la miraron a los suyos, tenían  la mirada propia de un hombre honesto, una mirada limpia  y en la que, durante un instante, le pareció ver una sombra de preocupación.

En cabeza del grupo cabalgaba Gerondio seguido por Celedonio. A continuación Lupicinio con Marta y por detrás Servando y Lupercio. Era imposible huir en aquellas condiciones – pensaba Lupicinio. 
Aunque sus conocimientos geopolíticos fueran muy escasos, no ignoraba que la frontera entre los reinos de Castilla y León había quedado atrás, así que no había duda de que Gerondio no estaba llevando a la Señora con su esposo, tal como le había dicho en el castillo, lo que le hacía estar cada vez más preocupado por si mismo y por la Señora y presentía que el desenlace, el que fuera, y que seguramente no sería feliz,  no tardaría en llegar, pues ya estaban cabalgando por terreno que le resultaba conocido, por tanto no muy lejos de La Bañeza.
No podía esperar más.
- ¡Señora, Señora! No os volváis - Marta montaba de lado - os lo ruego y seguid mirando hacia delante, pues he de deciros algo que…
- Me conducís donde mis esposo ¿verdad?- Marta no le dejó terminar
- De eso querías hablaros, Señora, pero mis compañeros no han de darse cuenta de ello, así que permaneced en silencio, os lo suplico – insistió Lupicinio.
- Os escucho – contestó ella quedamente y sin volver el rostro.
- Me llamo Lupicinio y soy de La Bañeza, donde  tengo mujer y tres hijos. El hombre que conduce este grupo me contrató para ir con él a vuestro castillo por orden del rey de León para devolveros a vuestro padre del que os arrebataron por conveniencias del rey castellano. Pero a vos os dijo que nos había enviado vuestro esposo para llevaros a su lado, ya que se encontraba  malherido, y …
Lupicinio calló, pues Servando estaba muy cerca y podía, a pesar del ruido de los cascos del caballo sobre piedras del camino, oírle.
- Seguid, seguid, por favor – le pidió Marta
Cuando consiguió aumentar la distancia que le separaba de Servando, continuó.
- Lo cierto, Señora, es que yo ni conozco ni sé donde está vuestro esposo, aunque estoy seguro que no vamos donde él pueda estar, ya que estamos cabalgando por tierras del reino de León.
- ¡Dios mío¡- exclamó Marta – ¿a dónde vamos entonces? – preguntó volviendo el rostro hacia él.
- Señora, os lo ruego, no os volváis, pues ambos  correremos un serio peligro si nos ven hablar - y tras una pequeña pausa hasta asegurarse de que nadie estaba pendiente de ellos, continuó - no puedo responder a vuestra pregunta, pues no lo sé, aunque todo parece indicar  que nos dirigimos a La Bañeza, donde vive el hombre que nos contrató, y tampoco sé que finalidad tiene el llevaros allí.
Marta había palidecido. Todas aquellas razones con las que había conseguido mantenerse fuerte, y especialmente la de que iba a encontrarse con su esposo, se desvanecieron como el vaho de un cristal por el calor de la lumbre.
Las fuerzas parecieron abandonarle y tuvo que agarrarse fuertemente al arzón de la silla para no caer.
Lupicinio, montando tras la silla,  que agarraba las bridas con ambas manos, una por cada lado de Marta, instintivamente  junto los brazos sujetándola.
- Señora, nos desfallezcáis ahora; procurad ser fuerte, pues será necesario para lo que  pueda venir. No desesperéis, os lo suplico. Yo os ayudaré  para que podáis reuniros con vuestro esposo, os lo prometo, pero es preciso que os mantengáis fuerte.
- ¿Por qué habríais de ayudarme si formáis parte de este grupo que me ha sacado de mi castillo con  engaños y que ha asesinado a mi confesor y a tres de sus soldados? ¿Por qué habría de fiarme de vos, que habéis participado en todo ello? Dadme una buena razón para que pueda creeros.

- Señora – contestó Lupicinio- a mí me han engañado lo mismo que a vos  Ese hombre que cabalga en cabeza  mintió  al darme la razones por la que me contrataba y ha cometido un crimen que repugna, más que otros, a mi conciencia de buen cristiano, pues  ha dado muerte a un hombre de Dios ofendiendo así gravemente a Nuestro Señor; pero ese hombre, y ya no tengo la menor duda – continuó – es el mismo que hace unos meses me asaltó en plena noche, en La Bañeza, y a punto estuvo de quitarme la vida. Sé a quien sirve, aunque ignoro si ahora esta cumpliendo un mandato de su amo o sirve a otro, pero, en cualquier caso, es un hombre muy peligroso como habéis podido comprobar y sus intenciones no pueden ser buenas, al menos para vos. Yo he…
Lupicinio calló al darse cuenta de que Servando cabalgaba casi a su altura.
- En  Belver  la Señora montará conmigo – le gritó mientras le hacía un guiño de complicidad.
Cuando se alejó, Lupicinio continuó con lo que le estaba diciendo a la Señora del castillo de Cuéllar.
-    Yo he sido cómplice de todo lo ocurrido y solo puedo aducir en mi defensa que de haber sabido lo que pretendía, nunca, aunque ello supusiera tener que morirme de hambre, hubiera aceptado acompañarle, pues prefiero mil veces  seguir siendo pobre que dejar de ser honrado. Y como cómplice que por desconocimiento he sido,  mi conciencia me pide que trate de reparar en lo posible el daño que os hemos causado. Esta es mi razón Señora.
Marta había escuchado en silencio. Las palabras de aquel hombre le parecían
sinceras  y decidió confiar en él. 
- Os creo y ahora decidme, ¿que pensáis hacer para ayudarme y expiar vuestra culpa?
- Dado que se me antoja imposible huir a caballo, pues nos alcanzarían fácilmente, seguiremos como si nada hubiéramos  hablado y así podré saber a donde os  llevan, y con esa información acudiré a los justicias y…
- No, no; esa información debéis hacérsela llegar a mi esposo – le interrumpió Marta.
- Pero, Señora, no conozco a vuestro esposo y no sabría donde dar con él.
- Mi esposo me dijo al partir que lo hacían hacia el lugar de Torrelobatón, sobre el valle del río Hornija, así que allí deberíais encontrarlo pues regresaría a Cuéllar para San Juan si no se producían incidentes con soldados leoneses y …
Calló súbitamente y un estremecimiento recorrió su cuerpo, pues acababa de darse cuenta de que si no había regresado era porque quizás se hubiera producido algún enfrentamiento, y nuevamente la imagen de Iñigo malherido llamándola volvió a su  pensamiento.
- ¿Os encontráis bien Señora?- preguntó Lupicinio sorprendido por prolongado silencio.
- ¿No os dais cuenta? Si mi esposo no ha vuelto cuando pensaba hacerlo es que algún incidente se ha debido de producir y eso es lo que ese hombre dijo en el castillo, consecuencia del cual mi esposo estaba malherido.¡Dios mío! Ya no se que pensar.¿Quién dice la verdad? ¿A quién creer?
- Señora, os  juro por mis hijos que desde que salimos de La Bañeza hace cinco días para ir a vuestra Villa, nadie se nos acercó para darnos noticia alguna sobre incidentes fronterizos ni de otro tipo y no pasamos por Torrelobatón, pues  vadeamos el Hornija más al sur, como vamos a hacer ahora; así que  nada pudimos saber y nada sabemos sobre si ha habido algún incidente en la frontera – trató de tranquilizarla Lupicinio- Ese hombre es muy astuto y sin duda, informado que vuestro esposo estaba ausente, pensó que diciéndoos que estaba malherido no dudaríais en acompañarle de buen grado, lo mismo que hizo con nosotros diciéndonos que servíamos  nuestro Rey. Os ruego que confiéis en mi, Señora.
El  lógico razonamiento de Lupicinio pareció tranquilizarla.
- Señora, esa línea de chopos a la que  estamos llegando, señalan el paso del río Hornija y que ya estamos próximos a Belver, donde  cambiaréis de caballo. Vos seguid  tal como hemos acordado, que yo me las arreglaré como mejor pueda  para ayudaros según nos vayamos acercando a donde creo que vamos, pero sabed que…
No pudo terminar, pues Gerondio detuvo su caballo al llegar a la chopera. Desmontó  y ordenó a los demás que hicieran lo mismo. Lupicinio ayudó a desmontar a Marta.
Una vez que los caballos bebieron, Gerondio, que no había cruzado palabra alguna con Marta, ni siquiera cuando cabalgaban juntos, se acercó a ella.
- Ahora montaréis con ese hombre – le dijo señalándole a Servando.
Marta no contestó.

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