domingo, 10 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XXXV (11.03.2013

Carmen Gómez había presenciado la subida de los toros por la cuesta desde Iglesia de San Pedro hasta la Plaza Mayor, desde el balcón de su casa, muy próxima al cuartel del Regidor, donde estaba también la cárcel. Desde allí tenía una vista excelente de todo el recorrido, de cuyas incidencias tomó buena nota para contárselo a Marta, tal como esta le había pedido. 
Una vez que pasaron los toros y la multitud que los seguía, tomó la calle de la Morería y  por la puerta de San Martín se dirigió al castillo.
Cruzó la explanada y le sorprendió que no hubiera centinela alguno en la entrada. Pensó que quizás le habían dado licencia para que también fueran a ver los toros, así que, despreocupada, hizo el breve recorrido que la separaba de la entrada a la Torre. Tardó unos segundos en habituarse a la penumbra del interior y cuando por fin pudo empezar a distinguir los objetos, se frotó los ojos incrédula. Allí, delante de ella, en el suelo, yacían de espalda tres cuerpos inmóviles.  Al moverse resbaló y  estuvo a punto de perder el equilibrio y caer. Un grito de horror surgió de lo más profundo de su garganta cuando se dio cuenta de que las losas del suelo  que pisaba estaban cubiertas de sangre. Gritó pidiendo ayuda pero solo el eco  de su voz  respondió. Salió al patio de armas y nuevamente pidió ayuda, pero no había nadie y nadie acudiría en su ayuda. Su pecho subía y bajaba frenéticamente como consecuencia de su respiración agitada.
- ¡ Dios mío, Marta¡ - exclamó
Sobreponiéndose a aquellos instantes de horror y miedo, sorteó los tres cuerpos en la base de la escalera y con el borde del brial recogido con ambas manos, subió apresuradamente las escaleras que la llevaban a los aposentos llamando a pleno grito a su Señora y amiga.
- ¡Señora, Señora¡
Encontró la puerta abierta y en ese instante intuyó que algo terrible había ocurrido. Sus peores temores se confirmaron al instante, pues allí, en medio de la habitación principal, estaba tendido en medio de un charco de sangre el Padre Gumersindo. 
- ¡Dios mío, Dios mío¡- exclamó mientras se santiguaba
Se agachó y con sus manos temblorosas intentó levantar al sacerdote, pero éste, que en ningún momento había perdido la consciencia aún a pesar de encontrarse extremadamente débil por la pérdida de sangre, con voz apenas audible le dijo que no, que buscara ayuda, pues se habían llevado a la Señora.
Carmen dudó sobre qué hacer. No quería dejar al Padre Gumersindo sin atención, pero tenía que advertir sobre lo ocurrido. Decidió buscar ayuda, tal como le había pedido el sacerdote. Las estrechas ventanas que permitían entra la luz en la habitación estaban demasiado altas para hacerlo desde ellas, así que corrió escaleras abajo sin pensar en  riesgo de pisar el volante de su brial y caer. Al llegar a la salida de la Torre se sobresaltó, pues uno de los cuerpos que había visto tendidos al entrar y que había dado por muertos, estaba semiincorporado. Su rostro cubierto de sangre le impidió reconocerlo al momento, pero…
- ¡Lucas! ¿Eres tú? –preguntó con ansiedad
- ¿Qué  ha pasado?¿por qué estoy manchado de sangre?
- No lo sé – contestó Carmen - pero se han llevado a la Señora y el Padre Gumersindo está malherido.
Lucas se dio entonces se dio cuenta de que había dos cuerpos tendidos a su lado. Le dio la vuelta al primero y reconoció al centinela de la puerta con el que había estado hablando. Hizo lo mismo con el otro cuerpo.
- ¡Santo Dios!- exclamó - Es Máximo, el sargento al mando.¿Quien habrá hecho esto?¿Dices que el Padre Gumersindo está malherido?¿Dónde está?- le preguntó angustiado.
- En el aposento de la Señora – le contestó - y cuando quise socorrerle me dijo que no, que fuera a buscar ayuda.
Lucas terminó de incorporarse. Se sentía un poco mareado, pero la gravedad de lo ocurrido le ayudó a sacar fuerzas de la flaqueza y su cabeza se despejó rápidamente. En ausencia de Máximo y malherido el padre Gumersindo, él era – pensó - la única autoridad en el castillo, pues el Capitán le había dicho que era su hombre de confianza mientras  estuviera ausente, así que tenía que tomar decisiones y las tomó.
- Sube a atender en lo posible al Padre Gumersindo. Yo voy a buscar a los soldados disponibles y cualquier pista que nos permita saber hacia donde han llevado a la esposa del Capitán.
Mientras Carmen volvía a subir la escalinata de piedra hasta las habitaciones de Marta, Lucas salía corriendo en dirección a la puerta de San Basilio., que era la más cercana al castillo y donde sabía que  contaba con centinela.
Cuando llegó, el centinela, que se llamaba Victorio y a quien conocía, le contó lo del grupo a caballo que casi le arrolla y que, aunque no estaba seguro, en una de las monturas en la que iban dos jinetes, uno de ellos  le pareció que era una mujer.
Lucas le informó rápidamente de la muerte de Máximo y de que el Padre Gumersindo estaba malherido, y que como él tenía que ir a informar al Capitán, que avisara a los otros tres soldados y a los sirvientes del castillo  que viera por la Villa,  para que regresaran y se pusieran a las órdenes de la dama de la Señora éstos y que los soldados, en la medida en que al Padre Gumersindo se lo permitiera su estado, estuvieran a lo que él decidiera, y que de no ser posible – tú te encargarás de la seguridad del castillo hasta que el Capitán o yo regresemos. Antes de partir, yo informaré al regidor por si su ayuda te fuera necesaria.
- Pero Lucas…yo no sé si seré capaz, pues… – intentó protestar Victorio.
- Esta es una situación muy grave y estoy seguro que sabrás estar a la altura de las circunstancias- le cortó Lucas animándole- así que hagamos lo que tenemos que hacer.
Por la cuesta que unía la puerta de San Esteban con la explanada del castillo, subía Serafina acompañada por algunas  de sus cocineras. Habían ido a presenciar la llegada de los toros a la Plaza Mayor desde la parte  de ésta opuesta a la de llegada de los astados, pues  les parecía más seguro y evitarían tener que correr, cuestión esta de suma importancia para Serafina.
Lucas le dijo que acudieran lo más rápidamente posible al castillo ya que habían ocurrido unos sucesos de extrema gravedad y era precisa su ayuda.
Remangándose los faldones, Serafina y sus cocineras, con el alma en vilo, apuraron el paso, pues aquella correr no podía y se dirigieron al castillo.
Lucas corrió lo más rápido que podía; cruzó la puerta de  San Martín y bajó la cuesta hasta el cuartel del regidor Pablo Isasi. Este acababa de llegar satisfecho, pues durante la carrera de los toros no se habían producido incidentes de mención ni había habido altercados reseñables.
Lucas le informó sobre lo que suponía era el rapto de la Señora, la muerte de Máximo Paniagua y otro soldado, así  como del estado de gravedad del Padre Gumersindo, por lo que él iba a ir a informar al Capitán que se encontraba con sus soldados en las cercanías de Torrelobatón, según el propio Capitán le había dicho antes de partir por si fuera necesario ponerse en contacto con él, y que entretanto el capitán no regresara, le pedía que prestara la ayuda necesaria al castillo.
Pablo Isasi quiso enterarse de todos los detalles sobre lo ocurrido, pero Lucas le dijo que nada sabía, excepto que un grupo de hombres a caballo había salido al galope por la puerta de San Basilio y que al centinela le pareció  ver a una mujer en uno de los caballos, y que el Padre Gumersindo estaba malherido según le había dicho Carmen Gómez, la dama de la esposa del Capitán y que él, al entrar en la Torre, había recibido un fuerte golpe en la cabeza que le hizo perder el conocimiento, por lo que no había duda de que, fueran quienes fueran los captores de la Señora, eran los hombres que se habían identificado ante el centinela de la puerta, como soldados del Capitán, con orden de éste de entregar un mensaje a su esposa y que, todo parecía indicarlo así, al salir fueron sorprendidos por Máximo Paniagua y el propio centinela de la puerta y degollados.
Pablo Isasi le dijo que su colaboración sería total no sólo por su condición de Justicia, sino por la estima personal que tenía tanto por el alcaide como por su esposa y el Padre Gumersindo con quienes había compartido  entrañables veladas en el castillo. De inmediato iba a enviar a un mensajero a Toledo para informar de lo ocurrido a  Don Diego López de Haro y al Alférez de Castilla, Don Avaro Núñez de Lara. Era inevitable – añadió - que la noticia de lo ocurrido no saliera del castillo, por lo que para evitar que cundiera la alarma, se diera una versión de los hechos lo menos detallada posible hasta que se tuviera algo de información sobre quiénes habían sido los autores y la razón por la que habían raptado a la esposa del alcaide, pero que no se preocupara, que de eso se encargaba él, por lo que podía partir rápidamente a informar al Capitán, allá donde estuviera.

Lucas regresó al castillo. Carmen Gómez había organizado eficazmente el trabajo de los sirvientes que iban llegando y  ya los cuerpos de Máximo Paniagua y el otro soldado habían sido retirados, lavados y amortajados, y el Padre Gumersindo había sido atendido por el galeno, que tras limpiar la herida con agua de cola de caballo, se la cosió y  aplicó sobre ella un cataplasma de vulneraria – para  favorecer la cicatrización , dijo - que tenían que cambiar cada día, indicándole a Carmen Gómez que le dieran a beber una infusión de salvia tres veces al día para  evitar la aparición de las fiebres. Aunque su estado era muy grave, le informé el médico, podría salvarse si sus instrucciones se cumplían con rigor y  si esa era la voluntad de Dios Nuestro Señor – añadió – por lo que no debían dejar de pedírselo en sus oraciones.
Atendidas las necesidades más inmediatas, Lucas pasó por la cocina donde cogió algunas provisiones. Después fue a la caballeriza y ensilló su caballo, el que el Capitán le había comprado en Navalmanzano, y que debido a la buena alimentación y al escaso ejercicio, presentaba un aspecto más saludable que entonces.
Salió al galope por la puerta de San Basilio y tomó el camino que le llevaría, en primer lugar, a Cogeces del Monte. Allí se informaría sobre como seguir, pues desconocía como llegar a Torrelobatón, donde el Capitán le había dicho que  lo podía encontrar en caso de necesidad.
Gentes de los lugares próximos que habían venido a presenciar el primer encierro de los toros, regresaban a sus casas por el  que Lucas cabalgaba. Una carreta tirada por bueyes y con un grupo de mujeres en ella, ocupaba toda su anchura, lo que obligó a Lucas a  tirar de las riendas de su caballo obligándole a parar.
- ¡Cuidado, muchacho, cuidado¡ - le gritó una de las mujeres- ¿te persigue el padre de alguna moza con la que te ha sorprendido en la era? – Sus compañeras se rieron a carcajadas.
- Os ruego que me dejéis paso, pues tengo mucha prisa y no es por esa razón, os lo ruego.
- Pero ¿qué ocurre hoy  para que todos tengáis tanta prisa?- preguntó la que había hecho el comentario jocoso.
- ¿Por qué dices todos si soy yo solo?- se extrañó Lucas
- Pues porque no hace mucho, un grupo de cinco caballos al galope, y uno de ellos con carga femenina, casi nos echan del camino- contestó
A Lucas le dio un vuelco el corazón.
-    ¿Cuándo dices que ha sido eso?- preguntó impaciente.
La mujer miró a sus compañeras, y al ver que se encogían de hombros, le dijo que sobre una hora.
- ¿E iban en esta dirección?- volvió a preguntar Lucas.
- Si, por este mismo camino, aunque no sé si lo habrán seguido más adelante. ¿Acaso los conoces? ¿No sería ella tu moza fugándose con tus amigos?- nuevas carcajadas siguieron al comentario.
Lucas no contestó. Se salió del camino y sobrepasó la carreta. Después volvió a la senda.  Calculó que aquellos asesinos, captores de la Señora, le llevaban unas tres leguas de ventaja, lo que no era mucha distancia si seguían el mismo camino, pues él podía cabalgar más rápido que el grupo de cinco ya que llevaban un caballo sobrecargado, pero ¿seguirían el mismo camino o se habrían desviado? Además,  él no conocía aquellas tierras, por lo que iba a ser una tarea casi imposible localizarlos. Aún así, lo intentaría.

Llegó Cogeces sin haber visto nada. Allí le indicaron el camino hacia  Mojados, pero no pudieron decirle si había pasado un grupo de cinco jinetes con una mujer. Empezaba a pensar que habían tomado algún otro camino. En Mojados nadie había visto al grupo, aunque sí le dijeron como llegar a Matapozuelo y Serrada, donde tuvo que pernoctar, pues  había salido de Cuéllar pasada ya la media tarde y su poco entrenado caballo había cubierto aquella distancia de unas diez leguas casi todo el tiempo al galope.
El canto de los mirlos entre las coníferas cuando aún no había empezado a clarear el día le despertó. Había dormido a la intemperie, mal y poco, protegido por una manta y con la silla de su caballo como manta. Comió un trozo de queso de oveja, ensilló el caballo y galopó sin descanso por aquel mar de pinares y quejigos hasta el lugar de Villanueva, a orillas del Duero. Así como se había aprovisionado de comida, no se le había ocurrido pensar que necesitara dinero alguno, por lo que no llevaba moneda alguna encima, lo que le ocasionó el primer problema de su viaje, pues el barquero quería cobrar por adelantado. Lucas  le explicó la urgencia y necesidad que tenía de llegar a Torrelobatón, donde le esperaba un importante caballero al servicio del Rey y que, a la vuelta de su viaje, le pagaría la moneda de cobre que le exigía; pero estos argumentos no parecieron ser del gusto del barquero quien, al final, accedió a llevarlo a la otra orilla a cambio del queso y del pedazo de carne ahumada de jabalí que Lucas llevaba en las alforjas. Durante el trayecto, el barquero comentó lo bien que había empezado el día, pues a primera hora de la mañana había tenido que cruzar a un grupo numeroso y esos si que habían pagado con monedas.
- ¿Era un grupo con cinco hombre y una dama?- le preguntó conteniendo la respiración.
- Si – respondió el barquero- y ella parecía una gran dama, que no sé que hacía en compañía de los otros, que no tenían  aspecto de ser caballeros – añadió.
- ¿Dijeron algo sobre a dónde iban? ¿les oíste comentar algo? –preguntó con impaciencia.
- Yo solo cruzo el río y no presto atención a las conversaciones que no sean conmigo- contestó.
- ¿Estás seguro de no haber oído nada? Es importante para mí saber hacia donde se dirigen. Te ruego que trates de recordar, te recompensaré a la vuelta. Tienes mi palabra – insistió
- No, yate he dicho que no oí nada, porque nada hablaron aunque, si te sirve de algo, Villamarciel está en la otra orilla y por allí pasan los caminos de Tordesillas y Velliza. 

En Villamarciel, le dijeron que un grupo a caballo había tomado el camino de Velliza y le indicaron como llegar hasta esa población, a una legua de distancia, y que desde allí  podía seguir campo a través, advirtiéndole que a medio camino se encontraría, a su derecha, con el camino de Castrodeza, que no debía de tomar, y que siguiera cabalgando en la misma dirección, pues Torrelobatón estaba ya cerca. 
Cuando preguntó en Velliza sobre el grupo a caballo, nadie recordaba haberlo visto, por lo que pensó que se habrían desviado en el cruce que había media legua atrás, ya que de no ser así hubieran tenido que cruzar por la aldea. Se sentía frustrado, pues  aunque  no había podido alcanzarlos,  al menos podría decirle al Capitán en que dirección cabalgaban.
Tenía el sol de frente y al filtrarse sus rayos entre las ramas de los pinos, robles y quejidos, le impedían tener una buena visibilidad del camino, por lo que tuvo que aflojar el galope del caballo e ir al trote, y aún así, con mucho cuidado, pues podía golpearse con alguna rama baja y ser derribado.
A medida que el sol se acercaba al ocaso, iba adquiriendo un color rojizo cada vez más intenso, igual que el horizonte por donde se ponía. A lo lejos, sobre una de aquellas mesetas de los Torozos, recortándose contra el cielo que había pasado del rojo al  amarillo, pudo divisar una aldea que, sin duda, tendría que ser Torrelobatón. Se acercaba el momento terrible de tener que informar al Capitán sobre lo ocurrido y aún no sabía cómo hacerlo.

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