IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LVII (31.03.2013)
Sancho Mena se disponía, como cada domingo, a asistir a los oficios religiosos en el templo de Santa María. Acudía acompañado por su edecán y de su oficial Amador García. El castillo contaba con capilla propia y podría hacer que el capellán de Santa María acudiera a oficiar allí, pero le gustaba salir y que las gentes de la Villa le saludaran con servil reverencia. El era un hombre importante, era el Señor de Urueña y su alfoz, pero le complacía que toda aquella gente, sin distinción de clase social, se lo reconociera. En el templo tenía un sitial reservado en lugar preferente y el oficiante, cuando en su sermón se refería a él, siempre lo hacía en términos laudatorios. Pero ese domingo temía que no iba a poder darse el baño de vanidad que tanto le complacía, pues aunque Amador García, el capitán de su tropa estaba en el Hornija, el mayordomo le acaba de anunciar la presencia de Salvador Río, un capitán del Rey, que solicitaba audiencia urgente.
Tuvo un mal presentimiento y no pudo evitar relacionar la visita con todo lo acontecido durante las semanas pasadas y las decisiones tomadas sobre el movimiento de su tropa a la frontera.
Recibió al capitan Salvador Río en la sala de audiencias.
- Sed bienvenido Capitán. Decidme ¿qué noticias traéis de la Corte que reclaman tanta urgencia?
- Señor, el Rey os ordena retirar de inmediato de la frontera a la tropa armada que mantenéis alli y …
- ¿Retirarla decís? ¿Acaso ha olvidado el Rey que hay tropas armadas al otro lado y dispuestas a entrar en León y que si no lo han hecho es por la presencia de mis soldados allí? – le interrumpió.
- Señor, la respuesta a vuestras preguntas sólo el Rey os las podrá dar, pues solicita vuestra presencia urgente en León y amí me ha ordenado que os preste escolta hasta la Corte. Debéis, pues, prepararos para partir de inmediato.
- ¿Con urgencia decís? ¿Y en León? ¿No está la Corte en Palacios, de donde vine hace dos semanas? ¿Sabéis, por fortuna, qué asunto requiere mi presencia ante el Rey?
- Lo siento Señor. Sólo sé lo que os he dicho. Las razones del Rey, son razones son de Rey. He de escoltaros hasta la Corte, así que, os lo ruego, disponeos a partir.
- Enseguida estoy con vos, Capitán. Daré las órdenes necesarias para que las tropas regresen.
Sancho Mena se retiró preocupado, muy preocupado, no por el hecho de que el Rey quisiera verle, pues aunque inusual no era extraño que el Rey quisiera ver a uno de sus nobles, pero que lo reclamara con esa urgencia sí que le preocupaba. ¿Habrían descubierto el plan de López para que el Rey le autorizara a dejar Palacio e ir a Urueña? No, no era posible, pues ese plan sólo lo conocían él, López y Amador García. No, esa no podía ser la razón de que el Rey le llamara a la Corte. Pero ¿y si lo era? ¿Qué demonios querría el Rey de él? Si era por lo que había urdido López, ¿convendría que le acompañara? Quizás lo mejor era que no, ya que así siempre podría aducir que tomó sus deciudones basándose en sus informes y opiniones, pues era consejero suyo, lo cual podría hacer que el Rey no fuera excesivamente severo con él, si es que la comparecencia tenía como finalidad pedirle cuentas por lo hecho, claro que su declaración podría ser puesta en duda al no poder ser contrastada con la de López. De otra forma, si Leopoldo López estaba presente, podría negarlo todo pero ¿a quién daría crédito el Rey? ¿ a uno de sus nobles o a un comerciante que ni siquiera era Su súbdito? El Rey podría entonces reprocharle que lo tuviera como consejero, pero entonces podría aducir que ignoraba ese extremo y que por su sagacidad e inteligencia había dado por supuesto que, necesariamente, tenía que ser súbdito de Su Majestad. Pero ¿y si la comparecencia ante el Rey nada tenía que ver con lo que pensaba? En cualquier caso – concluyó - lo mejor sería que López le acompañara, así que además de cursar las órdenes de retirada de la tropa, despachó a su mayordomo a casa de su Leopoldo López. Notaba que tanta incertidumbre le estaba poniendo nervios. A gusto hubiera buscado cualquier excusa para no ir, pero no tenía escapatoria. La tropa del capitán Río era algo más que una escolta.
Marta había pasado llorando silenciosamente las dos noches que llevaba encerrada en aquella habitación; por el día estaba tensa y dispuesta a plantarle cara al miserable que la había raptado, demostrándole que no tenía miedo, aunque en su interior estuviera aterrorizada. Mientras las dos sirvientas estuvieran en la casa, el exregidor tendría que comportarse y no se atrevería materializar sus lujuriosos deseos, pero también podría despacharlas cuando quisiera y entonces la débil protección que esa presencia suponía, dejaría de existir.
Pensaba en ello desde el instante en que llegaron las dos mujeres enviadas por el Señor de la Villa y recordó que aquel miserable le había dicho que con el tiempo y la convivencia se acostumbraría a él, así que decidió aparentar que empezaba a aceptar la situación y, venciendo la repugnancia que le producía el mero hecho de dirigirle la palabra, le pidió que permitiera que una de las sirvienta le acompaña durante la noche. El se sintió complacido, pues interpretó la petición en el sentido que Marta quería. Los efectos de su venganza sobre Iñigo Aldai durarían tanto como viviera. A Alfonso VIII le había creado problemas con su primo y a Marta la tenía allí, en su poder y, por lo que acababa de suceder, empezando a aceptar su situación como irreversible, así que no se apresuraría, pues es más grata la fruta cuando está madura y cae del árbol que cuando por verde hay que arrancarla.
No obstante las pocas veces que en esos dos días salió de casa, dejaba cerrada con llave la puerta de entrada. Aún era muy pronto para confiar en ella.
Aquel domingo se disponía a salir para acudir a la iglesia – ya que iba a vivir un tiempo en Urueña como consejero del Señor de aquellas gentes, quería aparentar una vida propia de tal cargo – cuando llamaron a la puerta.
No esperaba a nadie y las sirvientas estaban en alguna otra parte de la casa, así que abrió él mismo.
Era el mayordomo al que había pedido que alojara a Marta el día que llegaron al castillo.
- ¿Sí?¿Qué quieres?- le preguntó
- Mi Señor os solicita con urgencia en el castillo – dijo
- Bien, dile que iré después de cumplir con mis deberes religiosos del domingo. Ahora vete.
- Mi Señor me ha insistido en que os diga que es muy urgente.
- Está bien, está bien. Iré ahora mismo – dijo de mala gana.
Por el camino se iba preguntando qué motivos tendría aquel memo para reclamarle con tanta urgencia.
El mayordomo le condujo al salón de audiencias donde Daniel Mena estaba acompañado por un soldado de rango, a juzgar por su uniforme, y sobre el que lucía bordado un león de gules coronado en oro en campo azur. Era el escudo de León.
- ¿Qué ocurre que con tanta urgencia me reclamáis, Señor?
- Amigo López, este hombre es el capitán Salvador Río y ha venido con instrucciones del Rey para que le acompañe a la Corte de inmediato.
- ¿A la Corte? ¿Los dos?¿Vos y yo?- preguntó sorprendido
- Así es, Señor – respondió Daniel Mena. Su Majestad ha sido muy explícito tanto en ese sentido como en lo de la urgencia, así que henos de partir sin demora.
- Pero… ¿así de pronto? Tengo mi caballo en el establo de la herrería y no puedo dejar sola a mi esposa en su estado de salud y..
- Montaréis uno de mis caballos, y sobre vuestra esposa, no os preocupéis. Un sirviente irá a informarle que habéis tenido que salir urgentemente de viaje y que volveréis tan pronto os sea posible – dijo Sancho Mena.
No. No podía ir. Si no aparecía por la casa, Marta podría intentar huir y todo lo hecho hasta entonces habría sido inútil.
- Capitán, yo no soy súbdito del Rey de León, pues soy un comerciante tortosino al servicio temporal del Señor de Urueña y nada me complacería más que satisfacer los deseos de vuestro Rey, pero razones poderosas me lo impiden, por lo que os ruego me disculpéis…
- Señor, mis órdenes son las de escoltar al Señor de Urueña y nada se me ha dicho respecto de otros. Si es vuestro deseo acompañarle podréis hacerlo, pero como veo que no, seáis o no súbdito de nuestro Rey, no estáis obligado a ello.
Daniel
- Pero amigo mío – traó de seducirle- así conoceréis la Corte y quizás al mismo Rey. Os lo suplico, hacedme merced de vuestra compañía.
- Nada más me complacería que acompañaros y tener la oportunidad de conocer al Rey, pero ya conocéis mis razones y que no son por mi interés, sino por la salud de mi esposa – se excusó pensando que no iba a jugarse el cuello por echar una mano a aquel incompetente. Que se las arreglara como pudiera.
- Insisto, amigo mío- suplicó Sancho Mena
- Disculpadme, Señor – intervino el capitán Río – pero hemos de partir y es evidente que vuestro amigo declina acompañaros.
- Entonces, con vuestro permiso, me retiro – se despidió Leopoldo López
Sancho Mena ni contestó.Su mirada suplicante le acompañó hasta que salió de la estancia.
.
Realmente el capitán Salvador Río tenía prisa, mucha prisa, pues pocos minutos más tarde salían para la Corte.
El grupo de jinetes embocaba la puerta del Azogue cuando Iñigo Aldai trataba de acostumbrar sus ojos del paso de la penumbra del templo a la luz del sol, por lo que no los pudo ver, aunque sí oír. No podía saber que si hubiera salido un momento antes podría habr visto a Leopoldo López entrando en el castillo.
Decidió esperar la salida de los fieles por si oía algun comentario que le pusiera sobre la pista. La presencia de un hombre que no era de la Villa y llevando a una mujer joven, hermosa y de noble porte, seguramente no habría pasada desapercibida, así que podría ser que alguno de los fieles los hubiera visto y quizá lo comentara con algún conocido, pues la salida de los oficios religiosos era aprovechada para comentar, entre los conocidos, lo ocurrido durante la semana.No oyó nada que pudiera interesarle.
Hasta el mediodía estuvo recorriendo las calles de la Villa confiando en que la suerte le sonriera, pero parecía darle la espalda. Benito Riaño había sugerido Urueña por la relación entre Leopoldo López y el Señor de la Villa, así que ¿por qué no intentar averiguar algo en el castillo? Claro que después de haber estado hablando con los guardias y habiéndose manifestado como forastero, volver allí preguntando si había llegado o estaba en el castillo un hombre amigo del Señor, acompañado de una dama, sería sospechoso. No podía hacerlo él. Lucas debería llegar hoy a La Bañeza y, si todo iba bien, recogería el recado que le había dejado en la taberna para que viniera a Urueña, así que al día siguiente podría estar en la Villa. Él se ocuparía de indagar en el castillo.

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