domingo, 31 de marzo de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO LVIII (01.04.2013)
Ya les era imposible seguir. La luz de la luna, en cuarto menguante, era insuficiente para penetrar en el follaje de los chopos a lo largo del Órbigo e iluminar el estrecho camino que les llevaría casi hasta su desembocadura en el Esla, al sur de Malgrat. Ese tramo de camino, de unas ocho leguas, era para Lucas y sus amigos, el más difícil por ser el menos conocido.
Acamparon para pasar la noche a orillas del río, allí donde se le unía su tributario, el río Jamuz. Estaban cansados, pues habían sido muchas las horas que habían cabalgado, así que comieron un poco de cecina de jabalí y se echaron a dormir bajo una techumbre de ramas que Fabián había construido. No consideraron que fuera aquella una zona peligrosa por la existencia de alimañas, así que acordaron no establecer turnos de guardia.
Lucas se despertó sobresaltado. Del río llegaba ruido chapoteos.
- Alguien se acerca por el río – le susurró a Fabián, que también se había despertado.
- ¡Calla y escucha¡ - le dijo Fabián en voz baja.
- ¿Qué animal podrá ser? ¿Será peligroso?
- No lo creo, pues los caballos está tranquilos.
Fabián le levantó y sigilosamente se asomó a la orilla. Se volvió hacia Lucas.
- Duerme y no te preocupes – concluyó el amurriano – son nutrias pescando.
- Pues menudo susto me han dado – dijo Lucas
Oono dormía profundamente. Era un hombre acostumbrado a dormir la más de las veces a la intemperie en su tierra africana, por lo que eran muy pocos y concretos los ruidos de la noche que podían alterar su sueño.
El canto de los mirlos al amanecer despertó a Lucas. Miró a su alrededor. Oono estaba inmóvil agachado en la orilla. No veía a Fabián por ninguna parte. Se acercó a OOno y éste, al oirle, se volvió y le hizo un gesto para que se agachara y observara. Lucas, extrañado, hizo lo que le había indicado. Fabián, metido en al agua hasta las rodillas, estaba sacando del agua una especie de cesto alargado que había hecho con los abundantes mimbres que crecían en la orilla del río.
Terminó de sacar el cesto y se volvió sonriente hacia sus amigos. Metió la mano y les mostró una trucha de considerable tamaño.
Hicieron fuego y las asaron sobre las brasas. Fabián les contó que él solía hacer nasas de mimbre para pescar truchas en el río Altube, no muy lejos de su caserío y que cuando se acercó a la orilla al despertarse, pudo ver algunos buenos ejemplares buscando comida entre las raices de las mimbreras, así que hizo la nasa y… el resultado se lo estaban comiendo.
Lucas ya había conocido las habilidades de Fabián para pescar, el año anterio, cuando el Capitán le llevaba a Toledo por orden del Rey. Oono le pidió a Fabián que, cunado tuviera ocasión, le enseñara a pescar de esa forma, pues quizás algún día pudiera necesitarlo.
Tres horas más tarde dejaban atrás Malgrat y cabalgaban por el polvoriento camino de aquella Tierra de Campos hacia Villa Ardega, sintiendo en la cara la agradable sensación del sol, suave aún a esas horas de la mañana.
La vista de la mole del castillo de Villa Ceide, sobre el monte Taraza, les indicó que debían seguir contra corriente el curso del río Sequillo que les llevaría a una legua de Urueña.
El recorrido siguiendo el curso del río era muy sinuoso y tanto más cuanto más se acercaba a los Torozos, por lo que son podían poner sus caballos al galope, por lo que avistaron la villa amurallada más tarde de lo que deseaban. Oono, que iba en cabeza, les señaló una columna de polvo en la lejanía, hacia el norte.
- Será un grupo numerosos de jinetes o un rebaño de ovejas – gritó Lucas
No le dieron mayor importancia, impacientes como estaban por entrar en la Villa y encontrarse con el Capitán.
Era la hora nona en el cenobio de San Pablo y San Pedro de Cubillas o las tres de la tarde en el mundo extramuros del monasterio, cuando tres jinetes, sobre caballos sudorosos, entraban en la amurallada villa de Urueña por la puerta del Azogue. Los centinelas les observaron con curiosidad, quizás más por el hecho de uno de aquello jinetes era negro y de una gran corpulencia, que por el aspecto de los demás. Se miraron el uno al otro como dudando si les daban el alto o no. Como no parecía que fueran armados, les dejaron paso franco. OOno se dio cuenta de que era objeto de su atención y les dedicó una amble sonrisa a la que ellos correspondieron con una mueca que pretendía ser lo mismo.
No desmontaron y tomaron la calle que tenían delante, que era la calle principal que unía las dos puertas de la muralla. El calor empezaba a ser asfixiante y la calle estaba vacía. El golpeteo de los cascos de los caballos contra las piedras del suelo resonaba entre las paredes de aquellas casas construidas de tapial. Era, a aquella hora, el único ruido que turbaba el silencio propio de la hora, en aquel domingo doce de julio del mil y doscientos trece.
Iñigo Aldai, después de haber estado recorriendo las calles hasta el mediodía con la esperanza de toparse con el exregidor o alguna pista que le llevara a él, había decidido esperar a que Lucas, que llegaría el día siguiente. Ahora estaba cansado y desilusionado, pues había llegado a Urueña con la seguridad de que allí iba a encontrar, sin dilación, a su esposa, pero sus esperanzas se vieron frustradas. Se había sentado a pensar en todo ello a la sombra de una higuera en una amplia plaza aledaña a la calle principal.
El sonido de los cascos de los caballos le sacó de sus pensamientos. Calculo, por la cadencia del sonido, que eran tres caballo. ¿Quién podría cabalgar por las calles de la Villa a esas horas, con el calor infernal que hacía, acrecentado por la protección que brindaban las murallas impidiendo el paso de la brisa procedente de la llanura?
El sonido se acercaba y empezó a sentir curiosidad. Su sorpresa no pudo ser mayor cuando vio asomar al primer jinete. Le costaba creer lo que estaba viendo, pues aquel negro corpulento era Oono, su amigo Oono, a quien suponía en Cuéllar. Iba a gritar su nombre cuando apareció Lucas y detrás de él, Fabián, el hombre blanco más fuerte que se haya podido encontrar y que fue honrado por el rey de Castilla en Toledo.
- ¡ Lucas, Oono, Fabián!- gritó al tiempo que se levantaba
- ¡Capitán, mi Señor!-grito Lucas - ¡estáis aquí, a Dios gracias!
El Capitán abrazó a Fabián y a Oono. Lucas, que no olvidaba que estaba ante su Señor, se mantenía a unos pasos de distancia.
- Acércate Lucas – le dijo el Capitán- ven para que te dé un abrazo.
Iñigo Aldai sentía un sincero afecto por aquel muchacho que sus padres, Mateo Ros, el molinero del Pirón y Matilde Moreno, su esposa, le habían confiado.
Después de los saludos y bajo la sombra de la higuera que, hasta los caballo agradecieron, Lucas informó al Capitán sobre la orden de retirada de las tropas dictada por el Rey y cómo Fabián, que había llegado a Cuéllar dos días después del rapto de Doña Marta y Oono se habían empeñado en acompañarle para ayudar en la búsqueda de la Señora y en la captura del responsable.
Por su parte, el capitán les informó sobre el encuentro con Lupicinio, uno de los hombres que había participado en el rapto, su arrepentimiento y sobre lo acaecido en La Bañeza. Les contó que Benito Riaño había sugerido que Leopoldo López pudiera estar en Urueña, razón por lo había venido a la Villa al comprobar que el exregidor había dejado su casa en La Bañeza, pero que no había podido obtener sobre dónde podría estar, aún cuando había estado toda la mañana recorriendo la Villa buscando pistas.
Después les contó su plan de que, al día siguiente, Lucas indagara en el castillo
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