sábado, 23 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XLIX(24.03.2013)

Iñigo Aldai  siguió con la mirada a su escudero y al Regidor hasta que el polvo que levantaban sus caballos al galope ocultó sus figuras. Entonces puso su caballo al trote  dispuesto a recorrer el largo camino que le separaba hasta La Bañeza, dónde esperaba poder encontrar a su amada Marta.
Dejó Malgrat a su derecha y siguió las orientaciones que Pablo Isasi le había dado sobre el camino que tenía que seguir para no perderse por aquellos páramos inhóspitos. No tardó en llegar a la orilla del Orbigo, cuyo curso había de seguir, pues le llevaría directamente a La Bañeza. El Regidor le había advertido que en este río vertían sus aguas otros cuyos nombres desconocía, pero que lo hacían por su margen izquierda, por lo que siguiendo el de la derecha no tendría pérdida.
Cabalgó  sin descanso durantes más de dos horas bordeando las inacabables masas  boscosas de chopos a lo largo del río. No quería acortar camino cruzándolas por el temor a que el caballo pudiera tropezar y romperse una pata. Tenía prisa en llegar a La Bañeza, pero si se quedaba sin caballo las prisas mudarían a tardanza y eso era algo que  por nada deseaba.
Las tierras que atravesaban eran de color pajizo y estaban resecas a  pesar de la proximidad del río.
Desmontó para dar un pequeño descanso al caballo y que bebiera.
Llegó a un cruce de ríos. Tiempo más tarde, supo que aquel que vertía aguas al Orbigo se llamaba Jamuz y regaba una vasta comarca entre La Val d´Ornia y  La Val d´Ería.
Se puso nuevamente en camino, ahora por la margen izquierda del Orbigo y, durante unas cuatro leguas cabalgó entre  los chopos del río a su diestra y los del Jamuz a la siniestra. Al llegar a la aldea de San Juan de Torres tomo el camino que le conduciría a La Bañeza. Era un camino  ancho al que,  en su ir y venir en búsqueda de pastos, los rebaños de merinas cubrían de polvo. Durante un buen trecho, Iñigo Aldai fue el único viajero en aquel camino hasta que divisó a lo lejos a un hombre que más que caminar parecía correr. El Capitán puso el caballo al  paso. Seguramente aquel caminante sería un lugareño que podría decirle cuánto le faltaba aún para llegar a La Bañeza, pero ¿por qué caminaría tan aprisa?
A unas veinte varas del caminante, el Capitán detuvo su marcha.
-  Buen día tengas, buen hombre. Dime ¿es mucha la distancia que aun me queda hasta La Bañeza? – le preguntó
Lupicinio  que también había visto a jinete desde la distancia, no se sintió preocupado en absoluto, pues después de todo lo que había pasado con Gerondio, pocas cosas podían asustarle ya y mucho menos un hombre desarmado a caballo; pero cuando aquel jinete le saludó, se fijó en que así como sus ropas eran propias de un hombre acomodado, su caballo era, sin duda, el de un hombre de armas. Se acordó del sueño en el que se encontraba con un caballero, pero aquel hombre no lo parecía. 
-    Buen día también vos, Señor. Algo menos de una legua es lo que os falta por recorrer hasta La Bañeza- le contestó- y deduzco de vuestra pregunta que no conocéis la localidad.
- Deduces bien. Nunca he estado en esa población. Y tú ¿vives allí?
- Así es, Señor, vivo en La Bañeza con mi mujer y mis tres hijos y ahora, Señor, si no os incomoda, he de continuar mi camino, pues voy lejos y, como veis, he de ir caminando pues no tengo montura.
- Muy urgente debe  de ser ese asunto para que corras en vez de caminar y en un día que ya empieza a ser caluroso.
- Es muy importante, Señor y me lleva allende la frontera del reino, a la villa de Cuéllar- contestó.
El Capitán se sobresaltó.
- ¿A  Cuéllar dices? Conozco esa Villa y a sus gentes más importantes. ¿A quién conoces tú?
- A nadie, Señor, pero tengo que dar una información muy importante al  alcaide del castillo y, perdonad mi insistencia, pero he de  seguir mi camino.
- Tu camino termina aquí, buen hombre – Lupicinio se sobresaltó pensando que aquel hombre podría no ser lo que parecía y quizás era un salteador.
- No llevo dineros ni nada de valor conmigo, y mis ropas son las de un hombre pobre. Permitidme seguir, os lo ruego – le imploró.
- No temas – contestó el Capitán - que  ningún daños has de esperar de mí. Yo soy  el Alcaide del castillo de Cuéllar al que buscas.
- ¿Vos?¿ Por ventura sois vos  el hombre que decís?- preguntó incrédulo- ¿cómo creeros? y no os ofendías por la duda, pues vuestras ropas no parecen ser las  propias de tal alto cargo.
Iñigo Aldai desmontó y  abriendo la parte superior de su túnica, le mostró el escudo de armas de la Casa de Haro que llevaba bordado en el brial.
- Conoces este escudo?- le preguntó
- Recuerdo haberlo visto en el castillo. Sin duda sois quien decís y doy gracias  Dios Nuestro Señor por haberos encontrado tan pronto, pues lo que os tengo que decir es muy importante y tiene que ver con vuestra esposa.
- ¿Con mi esposa dices? ¡Vamos, habla¡ ¿que sabes tú  sobre mi esposa? ¡Vamos, habla de una vez¡ - le conminó agarrándole por el cuello - ¿ qué es lo que me tienes que decir?
- Señor, tranquilizaos, os lo suplico, que me ahogáis y casi no puedo hablar.
El Capitán le soltó mientras se disculpaba por su brusca reacción.
Durante largo rato, Lupicinio le contó todo lo ocurrido desde que fuera contratado en La Bañeza,  cómo fueron a Cuéllar, supuestamente por orden del Rey para  rescatar a la dama leonesa, el acuchillamiento del sacerdote y el asesinato de los soldados, el rapto de la Señora y su conversación con ella durante el viaje de regreso y su compromiso de ayudarla a huir, pues él había participado en todo ello engañado y convencido de que servía a Alfonso IX.
Iñigo Aldai escuchaba en silencio. Sólo el movimiento de los músculos de su cara y el cambiante brillo de sus ojos expresaban sus emociones a medida que Lupicinio iba avanzando en su información. El hecho de que el trato dado a su esposa fuera correcto alivió en cierta medida el pesar del Capitán. Ni una sola vez  interrumpió a Lupicinio durante su larga explicación. 
- El conjunto de contradicciones en la explicaciones dadas por Gerondio – continuó  Lupicinio -  tanto a nosotros como a la Señora me hicieron dudar , como ya os he relatado, pero y el hecho de que la lleváramos a La Bañeza en vez de a Carrión, junto a su padre, como era de esperar, pues ese era el objetivo que se nos había dicho, me confirmaron que todo había sido un terrible engaño, una inmensa mentira por razones que desconozco, pero que, fueran la que fueran, no podían justificar nada de lo que habíamos hecho.  Así que tan pronto llegué a esa conclusión y conociendo dónde estaba la Señora del castillo, me puse en camino para informar de todo lo acontecido al Alcaide, su esposo; es decir, a vos. Y ya, para terminar, permitidme Señor que os diga, que el ir a buscaros para deciros dónde está vuestra esposa y contaros las razones que nos dieron para traerla aquí, no lo hago para expiar mi culpa, pues, aunque engañado, he participado en todo e incluso he aceptado dinero por ello. Soy culpable y merezco ser castigado y aceptaré cualquier castigo que vos o la justicia considere justo, y que siempre me parecerá menos duro que el que supondría para mi conciencia guardar silencio y con ello contribuir al sufrimiento de vuestra esposa y  al vuestro.
- Sólo hay un castigo para  vuestra acción y que el hacha del verdugo ha de ejecutar, bien lo sabes- dijo el Capitán – y  como  acabas de reconocer,  alegar haber sido engañado para participar en tan execrables actos, no te exime de culpa, pues has aceptado el pago ofrecido por ello. Eres tan merecedor del hacha del verdugo como lo son los otros participantes. El rapto,  el asesinato y  la conspiración poniendo en peligro la paz entre Castilla y León, son delitos  que cada uno de ellos por si sólo, tienen como castigo la muerte por decapitación. Por otro lado – continuó - tu arrepentimiento   espontáneo y tu deseo  de  colaborar para rescatar a mi esposa y posibilitar la captura del instigador de esos delitos, serán, sin duda, tenidos en cuenta por la Justicia del Rey cuando comparezcas tú y los demás ante Él. Y ahora, súbete a la grupa y guíame hasta la casa donde dices que dejasteis a mi esposa.
Lupicinio estaba pálido. Sabía que  la decapitación era el castigo incluso por delitos de menor entidad, y aquellos en los que él había participado, eran, como había dicho el Alcaide, muy graves. Era seguro que no volvería a ver a su esposa Vicenta ni a sus hijos, pues no pensaba huir.  Era hombre de profundas convicciones morales y religiosas, y la condenación de su alma era lo que más le preocupaba. Su conciencia nunca recuperaría la paz si no pagaba por lo que había hecho y si para salvar su alma tenía que perder la cabeza, no temblaría cuando  el hacha del verdugo rasgara el aire. El futuro de su familia estaba asegurado con aquella dobla de oro que le había pagado Gerondio. Era dinero sucio, pero   su castigo lo limpiaría.  Su familia no debía ser castigada más allá de la pérdida del esposo y padre, por lo que no les privaría del bienestar que les supondría, dentro de su tristeza, aquella moneda de oro. Solamente él debía pagar por lo hecho.

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