jueves, 14 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS XL (15.03.2013)

Aun faltaban al menos dos horas para el amanecer cuando Iñigo Aldai y su escudero Lucas salían del campamento en las afueras de Torrelobatón iniciando un viaje que no sabían  ni dónde, ni cuándo, ni cómo terminaría. Pergentino y Oono les despidieron, reiterándole al Capitán que no se preocupara por la misión de vigilancia ni por el castillo, pues ellos se ocuparían de que todo fuera como si él estuviera allí, así que podía dedicar todos sus esfuerzos en rescatar a Doña Marta. Iñigo Aldai no había vestido el sobreveste sobre  el que estaba bordado el escudo de la Casa de Haro, ya que iban a cabalgar, probablemente, por territorio leonés.

Tomaron el camino de Velliza. Recorrieron  al galope las dos leguas hasta la localidad y no tardaron en llegar al cruce donde Lucas había perdido la pista. Era imposible ver sobre aquel camino de cascajo alguna huella que les permitiera saber qué dirección había tomado el grupo.

El Capitán buscaba con frenesí cualquier  detalle que les permitiera tomar una decisión, pero nada había allí que lo permitiera, así que le dijo a Lucas que dado que el grupo podía haber tomado cualquiera de los dos caminos del cruce, que fuera por el del norte  hasta la aldea de Robladillo, a una legua de distancia y que, de no encontrar huellas por el camino, que preguntara por si alguien los había visto. El haría lo mismo por el camino del sur, en dirección a Velilla, también a una legua   de distancia, donde le esperaría.

El Capitán llevaba el caballo al paso con la mirada puesta en el camino esperando encontrar huellas de  herraduras. El camino era pedregoso y  en los tramos de tierra no se veían otras huellas que las de las  ruedas de una carreta  tirada por una caballería no herrada y las dejadas por algún rebaño de ovejas, aunque para el paso de estas queda bien señalado por sus  excrementos característicos, frescos aún, según dedujo por el olor.
Cerca ya de Velilla,  por delante de él, avanzaba un rebaño  de merinas que dos enormes  mastines mantenían en el camino. El pastor caminaba tras el rebaño, con el caminar de aquel para el que cada día es igual que el anterior e igual que el siguiente. El Capitán se puso a su lado sin desmontar, lo que hizo que el pastor, al darse cuenta de que iba armado de espada pero que no llevaba  escudo alguno que le identificara, le mirara con desconfianza y temor.
- Buenos días, pastor - le saludó – Estoy tratando de alcanzar a un grupo de hombres a caballo y con los que va una mujer, pues son mis amigos y he de unirme a ellos. ¿Los has visto pasar por aquí?
-Paso el día por los campos con el rebaño – contestó - y muy poco por los caminos y, además, ya me falla la memoria por mis muchos años por lo que…
- ¿Te ayudará esto a mejorar tu memoria? – le cortó el Capitán mientras le echaba unas monedas de cobre que el pastor se apresuró a recoger.
- Pues, aunque no estoy seguro si fue ayer o el día anterior, estando  en aquel cerro pastoreando al rebaño, vi pasar un grupo de cinco jinetes, aunque no os puedo decir si alguno de ellos era una mujer- contestó.
- ¿Y qué dirección llevaban?-  le preguntó
- Pude ver que el polvo se levantaba por el camino de Villavieja, así que supuse que eran esos jinetes, ya que no es este un camino frecuentado por hombres a caballo.
- Me has sido de mucha utilidad- le dijo el Capitán al tiempo que le arrojaba otra moneda- Queda con Dios.
- Que Él os acompañe, Señor.

El sol ya empezaba a calentar cuando Lucas llegó a Velilla. El Capitán le esperaba impaciente. Lucas le informó que  nada había encontrado y nadie había visto al grupo al norte del cruce.
Llegaron a Villavieja donde les confirmaron que, efectivamente, un grupo de jinetes había pasado el día anterior por allí y que aquel camino conducía al río Hornija que en aquella época del año llevaba poco agua y podía ser vadeado sin dificultad.

Durante el tiempo que llevaban acampados en Torrelobatón, Iñigo Aldai se había familiarizado con la zona pues había recorrido los puestos de guardia varias veces tanto aguas arriba como abajo del Hornija, así que cuando le dijeron que el Hornija era vadeable por allí, le extrañó que los centinelas destacados en Marzales, a menos de media legua de donde estaban y situados en un altozano, no hubieran visto el grupo el día anterior o si es que lo vieron que no informaran. Después, y ya mientras galopaban por terrenos leoneses, pensó que como lo que  los centinelas esperaban eran tropas procedentes del reino de León y no en dirección a él, aún viendo al grupo cruzar el río, no consideraron el hecho como algo relacionado con si misión.
Galopaban al límite de la capacidad de sus caballos. Lucas  se tenía que esforzar para poder seguir a su Señor. Su caballo, el mismo que le había comprado el Capitán al herrero de Navalmanzano, aunque había mejorado, no era lo suficientemente rápido, e Iñigo Aldai no parecía darse cuenta de ello. Su corazón sufría y su pensamiento buscaba desesperado una razón que pudiera explicar lo ocurrido. ¿Quién, por qué, para qué y, sobre todo, a dónde, a dónde habían llevado o estaban llevando a su amada esposa, a aquella mujer maravillosa junto a la que se sentía el más feliz de los mortales? No solamente no tenía enemigos, sino que cautivaba el corazón de todos los que la conocían.
Entonces, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Su cerebro no era capaz de encontrar una respuesta. ¿Dónde estaría ahora? ¿Le habrían hecho daño?
- .Sé fuerte, amor mío, que pronto estaré a tu lado. Yo te salvaré, confía en mí – musitó.
Cruzaron el río Bajoz y siguiendo el camino que se abría paso entre los pinares llegaron a las proximidades de  Vece de Marván. El Capitán le dijo a Lucas que entrara en la aldea y se enterara si el grupo había pasado por allí. El esperaría en las afueras, pues aunque no llevaba enseña alguna que le identificara como caballero, la presencia de un hombre armado en la población llamaría la atención y eso era lo que menos les convenía.
- Señor, cinco hombres y una mujer pasaron ayer por esta aldea- le informó Lucas a su regreso – y también pregunté cual era la población próxima más importante y me dijeron que era  villa de Belver, a orillas del río Sequillo.
- ¿Por qué hiciste esa pregunta, Lucas?
- Es que he pensado, Capitán que los hombres que llevan a Doña Marta han de cabalgar menos rápido que nosotros, y que si son leoneses, se sentirán más seguros en su tierra que cuando cabalgaban por tierras castellanas y quizás  paren a descansar una horas y ¿qué mejor lugar que una población grande donde puedan pasar desapercibidos?
- Piensas bien, Lucas - aprobó el Capitán – galopemos pues hasta esa población y encontremos a esos forajidos, con la ayuda de Dios Nuestro Señor.
El castillo amurallado de Villa Ceide, en Belver destacaba imponente en un repecho del monte Tarasa y, a sus pies la población y el río Sequillo. Llegaron a media tarde y, tal como habían acordado, se separaron ya que de esa forma, las gentes se fijarían menos en ellos y emplearían menos tiempo en averiguar lo que pretendían.  Lucas recorrería la zona más próxima al río mientras que el Capitán lo haría por su calle principal, en la que no tardó en encontrar una taberna, quizás la única, deseó, porque si los raptores se habían parado a descansar, aquel era el mejor lugar. Ató el caballo a la argolla fijada en la pared y entró en la taberna. Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra pudo ver a tres hombres jugando a los dados en una mesa, acompañándose de sendas jarras de vino, que apenas le miraron. Iñigo Aldai se acercó a lo que parecía un mostrador y tras el que un obeso tabernero trasegaba vino de un pellejo a una cántara.
- Dame una jarra de vino fresco, tabernero – pidió
- Ten paciencia y espera a que termine – contestó sin mirarle
El Capitán, nada acostumbrado a ese tipo de contestaciones, tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse y no darle la respuesta que se merecía, al darse cuenta de que su situación le aconsejaba pasar los más desapercibido posible.
Cuando el tabernero levantó la cabeza, esperando encontrarse a alguno de sus clientes habituales, al ver a un desconocido y con ropas que indicaban que era de clase noble, empezó a balbucear disculpas. 
- Disculpadme, Señor; creía que era uno de mis vecinos quien me pedía una jarra de vino. Ahora os la sirvo en esta mesa, si es que deseáis sentaros – dijo mientras se apresuraba  a limpiarla con la palma de la mano, tan sucia como la propia mesa.
- La tomaré aquí y ponme también un vaso.
Iñigo Aldai  llenó el vaso de madera en cuyos bordes se posaron en un instante algunas moscas atraídas por el olor del vino.
- Dime, tabernero – dijo mientras ponía unas monedas sobre el sucio mostrador – Unos amigos míos  van camino del norte, pues peregrinan a Santiago y van con una mujer. Yo he de alcanzarlos para unirme a ellos en la peregrinación. ¿Recuerdas haberlos visto por aquí?
El tabernero miró las monedas; eran más que suficientes para pagar un pellejo de vino y se apresuró a contestar.
- Esta mañana pasó por aquí un grupo de jinetes, y sí, iba una mujer, pues aunque yo no he salido de la taberna, algunos clientes lo comentaron, pero no puedo aseguraros que sean los que buscáis, pues bien podían ser gentes del castillo.
Iñigo Aldai bebió un trago directamente de la jarra, aun no localizada por las moscas, salió de la taberna y con el caballo de la brida se dirigió a la salida de la aldea, donde le había dicho a Lucas que se encontrarían.

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