lunes, 18 de marzo de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XLIV (19.03.2013)
El chirrido de los goznes del portón sobresaltó a Lupicinio. Los caballos patearon inquietos. Gerondio extrajo una dobla de su bolsa una dobla oro.
- Has cumplido en lo que se te pidió, por lo que te pago según lo acordado – dijo entregándole la dobla – Y ahora vete ya a tu casa donde te esperan tu mujer y tus hijos, y de todo lo que has visto u oído, no has de decir palabra alguna, pues son cosas del Rey.
Lupicinio dudó unos instantes antes de coger la moneda. No estaba seguro de que aquel dinero fuera el pago por un trabajo honrado, pro tampoco lo estaba de lo contrario.
- ¿Acaso te parece poco pago?- le preguntó Gerondio, que había malinterpretado aquel reparo a coger la moneda- es lo que acordamos y aunque a tus compañeros los haya licenciado antes con la misma paga que a ti, nada cambia, pues cada uno de vosotros ha recibido lo que os prometí.
- No, no es eso; sólo es que pensaba que, por disposición del Rey ,tal como nos dijiste, llevábamos a la Señora a casa de su padre y, sin embargo, está aquí, en la casa de tu amo.
Gerondio empezó a preocuparse; no le gustaba nada que Lupicinio se hiciera preguntas sobre lo ocurrido. Tendría que disiparle cualquier duda que tuviera y, si no lo lograba, se vería obligado a eliminarle. No podía permitirse correr riesgos para él y para su amo.
- Eres mi vecino y siempre te he tenido por una buena persona, así que te voy a contar algo que a nadie has de decir, pues cosas son de la Corte que ni a ti ni a mí nos competen. Así que escucha: mi amo es una hombre muy influyente por su amistad con algunos nobles leoneses muy cercanos al Rey, tanto que le han confiado la custodia de la Señora hasta que pueda ser llevada ante su padre, razón por la que está aquí y no en Palacios donde está la Corte desde hace unas semanas, pues Don Alfonso no desea que su primo, el rey de Castilla, pueda relacionarlo con lo sucedido - aunque esto ya os lo había contado – para evitar que las relaciones entre ambos empeoren y puedan, incluso, dar lugar a una guerra que a todos perjudicaría, incluso a ti, pues no ignoras que las tropas del Rey son escasas tras su campaña por el suroeste y que, si hubiera guerra entre León y Castilla, habría levas y tú no te ibas a librar, dejando abandonada a tu mujer y a tus hijos, aunque ahora, con esa dobla de oro no te iba a resultar difícil librarte, pero ¿para qué gastar parte de lo que has ganado en pagar a otro para que vaya por ti? Es mejor que no ocurra nada ¿no te parece?.
- Si tú lo dices, así será – respondió más por el deseo de irse que por las explicaciones de Gerondio, que no le resultaron convincentes, pues sabía quien era su amo y no se explicaba cómo un comerciante tortosino, que tan poco tiempo llevaba en La Bañeza, pudiera tener tanta influencia en la Corte de León – así que me marcho a ver a mi familia.
- Pues que Dios te acompañe y no olvides que ni de lo ocurrido ni de lo dicho has de contar palabra a nadie.
Lupicinio se alejó preocupado y confuso. Mientras caminaba ya en penumbra hacia su casa, trataba de aclarar sus ideas. Estaba seguro de que Gerondi era el hombre que meses antes había intentado matarle y que le había robado. También estaba seguro de que aquella Señora que habían traído desde Cuéllar no había venido de grado, sino engañada al principio y por la fuerza después. No había duda de que Gerondio le había mentido con lo de su esposo.
Le parecía razonable que, de ser cierto que lo ocurrido se debiera a una decisión del Rey, no llevarán a la Señora a la Corte, pero ¿por qué no llevarla directamente hasta Carrión, donde su padre la esperaba, si Carrión estaba más cerca de Cuéllar que La Bañeza? ¿No sería, quizá, otra mentira todo lo que le acababa de contar? Era la única explicación que se le ocurría, pero ¿y si no era así y ayudaba a la Señora a huir? Le acusarían de traición al Rey y seguro que su cabeza remataría una pica a la entrada de Palacios. No sabía que hacer. Decidió dejar de pensar en ello, pues hora debía de prestar atención al camino, ya que acaba de rebasar el monasterio de Sancti Salvatoris y no quería que en camino que aún faltaba hasta su casa, volvieran a robar.
Mientras Lupicinio subía la cuesta que le llevaba a su casa mirando a un lado y otro, escudriñando las sombras, Iñigo Aldai y Lucas, que habían dejado Belver a sus espaldas acampaban a media legua de Villa Ardega. La oscuridad les impedía localizar huellas y no podían seguir avanzando sino era en la dirección adecuada. El Capitán sabía que más temprano que tarde se encontrarían en un punto q partir del cuál no sabrían que dirección tomar, ya que a medida que se fueran acercando a la importante población de Malgrat, las huellas de los captores se confundirían con las existentes en el polvoriento camino. Algo en su interior le decía que iba en la dirección correcta, pero no podía arriesgarse a que una intuición le hiciera equivocar el camino. Tras una frugal cena, se tumbaron a dormir. La temperatura era agradable y el cielo estaba estrellado. Con la mirada perdida en el infinito estrellado, no podía, ni quería dejar de pensar en Marta, su amada esposa, y se preguntaba si también, allá donde la hubieran llevado, estaría mirando aquellas mismas estrellas y pensando en él, esperando que fuera a rescatarla. Decidió que por la mañana seguirían hasta Malgrat y preguntarían por el grupo de jinetes. Si no obtenían alguna información que les indicase hacia donde seguir, le mandaría a Lucas que regresara a Cuéllar con instrucciones de que desde allí despacharan un correo a Toledo solicitando a su Señor, Don Diego López de Haro que lo licenciase de su cargo de alcaide del castillo, pues iba a dedicar todo su tiempo y esfuerzo a buscar a su esposa, aunque ese intento le llevara toda su vida.
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