IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS XLVI (21.03.2013
- ¿Qué te preocupa que no consigues dormir?
- Cosas que no entiendo – respondió Lupicinio a la pregunta de su mujer – por lo que no sé qué debo hacer.
- Es por algo que te ha ocurrido durante ese viaje a Cuéllar, ¿verdad?
- Sí, pero no puedo hablar de ello, pues así me lo exigieron. Sólo quiero saber dónde está la verdad y dónde la mentira, pero no es fácil, pues todo está muy confuso. Y es que …
- No te rompas la cabeza – le interrumpió Vicenta, su esposa – no pienses en ella, duerme y quizás durante el sueño aparezca la respuesta.
- Tienes razón, como siempre. De nada me sirve analizar lo que no entiendo. Haré lo que dices y espero que al despertar sepa que hacer. Prepárame una infusión de raíz de valeriana que me ayude a dormir y mañana… ya veremos.
Fue una noche difícil para Lupicinio. Aunque la infusión de valeriana que Vicenta le había preparado le permitió entregare al sueño, no consiguió sosegar su subconsciente. Durante parte de la noche, imágenes de lo ocurrido durante aquellos cuatro días se sucedieron sin parar en su mente mezclándose con las del comerciante tortosino que le había contratado para ir a Guadalajara, con las del sacerdote y su hábito blanco manchado de sangre y con aquella última mirada de la Señora cuando entró en la casa del amo de Gerondio. Un hombre a caballo galopaba en su sueño por el camino que ellos había seguido. Su rostro era la viva estampa del sufrimiento del alma y en sus ojos había tal determinación de buscar y acabar con al causa de aquel dolor, que parecía que no habría en el Universo fuerza capaz de detenerle. No conocía a aquel hombre, pero su decisión le impresionó. Se vio a si mismo en ese camino caminando y dejando sus huellas sobre el polvo. Una fuerza desconocida le llevaba al encuentro de aquel hombre, como si de ello dependiera aliviar su sufrimiento.
Le despertaron las sacudidas de su mujer. Estaba empapado en sudor.
- ¿Qué ocurre?- preguntó sorprendido
- Tenías una pesadilla – dijo Vicenta- ahora duerme un poco y descansa.
- No mujer. Está amaneciendo ya y, como tú decías, creo que el sueño me ha resuelto mis dudas.
Lupicinio le contó su sueño.
- Estas cosas me dan miedo – le dijo Vicenta – pero aun así, creo que deber ir por ese camino polvoriento en busca de ese caballero, ya que parece que tú podrás, no sé como, aliviar su pena.
- Prepárame viandas para el camino, pues voy a partir de inmediato siguiendo mi sueño. No digas a nadie, si te preguntan, a dónde voy, y esconde la dobla de oro que te he dado. Si yo no regresara - que Dios Nuestro Señor no lo permita – la utilizarás para que nuestro hijos tengan una vida mejor que las que ha tenido su padre y …
- No me asustes, Lupicinio ¿por qué no habrías de regresar?- le interrumpió compungida Vicenta.
- Voy a seguir un sueño, mujer y, a veces, los sueños y la realidad no caminan de la mano; es mejor, siempre que se pueda, dejar los asuntos atados, por si eso ocurriera. Pero, no te intranquilices pues tango cuatro grandes razones para no correr riesgos innecesarios y volver: tú y cada uno de nuestros tres hijos.
Poco más tarde Lupicinio salía de La Bañeza a pie por el camino que el día anterior había recorrido a caballo en dirección contraria. No sabía ni cuándo ni dónde se iba a encontrar con el jinete de su sueño; es más, ni siquiera tenía le certeza de que eso fuera a ocurrir, pero sabía que tenía que intentarlo por la Señora a la que había prometido ayudar y por él mismo, por la tranquilidad de su conciencia, pues ya no tenía dudas sobre que había participado, aunque engañado, en una acto condenable por la justicia y que ofendía a Dios Nuestro Señor.
A esa misma hora Iñigo Aldai y Lucas levantaban su campamento y se disponía a salir hacia Malgrat. Aquel recorrido de algo más de cuatro leguas, se le antojaban que iba a ser el más duro desde que saliera de Torrelobatón, pues el temor a no encontrar la pista del grupo que había raptado a su esposa, le oprimía el corazón.
Aquella mañana soplaba viento del nordeste. Era un gran contratiempo pues podría borrar las huellas en caso de que las hubiera, por lo que cabalgaban al paso intentando encontrarlas entre el polvo, los cascajos y los excrementos de ovejas de aquel camino que cortaba la llanura tapizada de roble quejigo hasta perderse en el horizonte.
Apenas llevaban recorrida media legua, cuando distinguieron claramente numerosas huellas de cascos en una zona del camino protegida del viento por los robles. Eran abundantes por lo que, sin duda, correspondían a un grupo y, además, estaban muy juntas, indicando que no galopaban, sino que iban al paso y en fila. El corazón del Capitán dio un vuelco. Quizás viajan despacio- pensó - confiando en que nadie les sigue. Presionó los ijares del caballo con los talones, iniciando un ligero trote sin perder de vista las marcas sobre el camino. Las huellas parecían recientes, así que no debía ser mucha la distancia que les separaba del grupo. Notaba los latidos de su corazón en las sienes y como la excitación lo iba dominando. El camino bordeaba por el norte una suave loma. Presentía que al otro lado vería al grupo de raptores.
Lucas estaba tenso. Era consciente de que se avecinaba un momento crucial tanto para el Capitán como para él mismo.
Si al otro lado de la loma encontraban a los raptores, sin duda que habría lucha y entonces la vida de la esposa del Capitán correría peligro. Aquellos hombres estaban armados y no dudarían en hacer uso de sus armas si se sentían en peligro o al menor contratiempo que se les presentara, como ya lo habían hecho en el castillo. Su Señor era hombre con mucha experiencia en el manejo de las armas – aún recordaba el asalto que sufrieron cerca de Campaspero y como desarmó y rindió al jefe de los bandoleros – pero, en esta ocasión, era la vida de su esposa la que corría peligro y eso podría llevarle a no ser todo lo prudente que debiera. El estaba dispuesto a jugarse la vida por su Capitán y no sólo por su condición de escudero, sino porque sentía gran aprecio y admiración por él y un profundo respeto por su esposa. Inconscientemente echó mano a la empuñadura de su daga y la apretó con fuerza. Se despidió mentalmente de sus padres y se preparó para hacer frente a lo que se les avecinaba tan pronto recorrieran los cien o ciento cincuenta estadales que les separaban del otro lado de la loma.
Una recua de cinco mulas avanzaba lentamente por el polvoriento camino.
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- No hemos visto a nadie desde que salimos por la mañana a este camino –respondió el mulero a la pregunta del Capitán - y si decís que van camino de Santiago, no creo que lo podamos ver más adelante, pues nosotros nos dirigimos a Salina Grande a cargar sal para el cenobio de Moreruela.
Iñigo Aldai había oído hablar de aquel monasterio cisterciense, el primero que se había fundado en el Reino, por San Froilán según decían, y que Alfonso VII, el Emperador, había entregado a los monjes blancos o bernardos, como les llamaban, según le había contado el Padre Gumersindo, que pertenecía esa Orden.
El Capitán no pudo ocultar su decepción. Habían estado siguiendo unas huellas equivocadas. Llegaría hasta Malgrat, y desde allí despacharía a Lucas, tal como había pensado.
Cerca del lugar de Villafáfila, al norte de Salina Grande, abandonaron el camino y cabalgaron campo a través, pues las probabilidad de encontrar al grupo de raptores era dolorosamente pequeña, así que no perderían el tiempo e irían directamente a Malgrat siguiendo el curso del Órbigo a partir de su desembocadura en el Esla.

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