domingo, 3 de marzo de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXVI (04.03.2013)


Habiendo dejado a la tropa organizada y teniendo Amador García instrucciones concretas sobre cual debía ser su actuación, Sancho Mena y  Leopoldo López regresaron a Urueña acompañados por otros dos jinetes.
Al atardecer llegaron al castillo. Durante la cena, Sancho  Mena comentaba con su nuevo asesor lo satisfecho que estaba a pesar de la preocupación que sentía. Allí, en su castillo  se sentía seguro. Disponía de tropas para defender la Villa  y con la protección que le proporcionaba la muralla, podría  resistir un asedio al menos el tiempo suficiente para que el ejército del Rey pudiera acudir en su ayuda.
- Hace unos días que yo estaba en Palacios sin poder moverme de allí esperando lo que decidiera el Rey y sin poder gobernar mi propio castillo y hoy estoy aquí, mis soldados protegiendo no sola la Villa, sino el propio Reino y todo ello ha sido posible gracias a vos, mi buen amigo López. Sé que no  aceptasteis ser mi consejero por dinero, pero aún así quisiera mostraros mi agradecimiento ofreciéndoos este anillo que os ruego aceptéis, aun sabiendo que en modo alguno su valor equivale el de los servicios que me habéis prestado – le dijo mientras le entregaba un anillo de oro con un rubí de considerable tamaño incrustado entre filigranas.
- Acepto este obsequio que me ofrecéis por no desairaros, pues bien sabéis que mis servicios se encuentran suficientemente pagado si os son de utilidad- contestó- y es que, como ya os dije en Palacios, mi recompensa esta en saber que si un día yo necesitara de vuestra ayuda, podría contar con ella.
- Ni lo dudéis. Solo tenéis que decirme los que preciséis para que, si está en mi mano, os complazca. ¿Acaso precisáis algo, amigo López?- preguntó.
- Ya que lo decís, cierto es que quizás pudiera necesitarla, pero no en este momento, ya que hay cosas  de mayor importancia que os ocupan y, en relación con ellas, quisiera sugeriros que si hubiera laguna posibilidad de hacerlo, tratarais de conocer quien es el enemigo que tenéis enfrente, al otro lado del río, pues en las más de las veces, la clave de la victoria es el conocimiento del enemigo. 
- ¿Qué queréis decir? Ya sabemos que son tropas castellanas.
- Cierto, pero esas tropas tiene un jefe que da las órdenes y elabora la estrategia. Esa ese jefe a quien deberíamos conocer- le aclaró.
- Pero ¿cómo podemos saber quien manda esas tropas?- preguntó  
Leopoldo López tuvo que hacer un esfuerzo para que su rostro no exteriorizara la opinión que le merecía aquel hombre, cuya inteligencia no superaría la de una oveja.
- Tenéis soldados infiltrados en esa tropa – dijo- y seguramente vos ya habéis pensado que podríais enviar a un hombre disfrazado de pastor o de mendigo que vadera el río aguas abajo y fuera a  para al campamento castellano y allí, trataría de contactar con vuestro infiltrados de los que obtendría la información necesaria.
- ¡Cierto, cierto¡  En algo así estaba yo pensando. Celebro que coincidamos una vez más, amigo López. Ya que estáis de acuerdo como mi idea, la pondré en  marcha de inmediato. Enviaré a un hombre que conozca a los infiltrados y así también  les dirá que permanezcan con la tropa hasta que se produzca un enfrentamiento y, en ese caso, que no olviden que son soldados de Urueña.
Sancho Mena estaba ufano. El era el Señor, él  pensaba, él dirigía,  y él ordenaba. Lo único que no sabía era que delante de él tenía a un hábil manipulador, tan capaz que ni lo parecía.
Leopoldo López sonreía satisfecho.

A primera hora de la mañana, un hombre montado un pollino con las alforjas cargadas de repollos, cruzaba la puerta del Azogue e iniciaba la bajada al valle.
Tardaría todo el día en llegar a  Villasexmir, en la orilla castellana del Hornija si se daba prisa. Quería vadear por allí para evitar ser visto procedente de territorio leonés, y después subir  hasta Torrelobatón, donde acampaban las tropas castellanas. Su Señor había sido claro al darle la instrucciones: enterarse de quien mandaba las tropas y si encontraba a los soldados infiltrados de Urueña, que les dijera, siempre  con la mayor discreción, que siguieran en su papel de soldados castellanos, y que después, sin levantar sospechas, regresara a Urueña para informarle.
No era una misión difícil. Iba vestido como un campesino que  se dirigía a Torrelobatón a vender sus hortalizas vender sus hortalizas. Nada sospechoso, pues  eran habituales que los campesinos recorrieran las aldeas y pueblos vecinos ofreciendo sus productos ya que los mercados no siempre estaban a su alcance.
Dos días más tarde informaba a su Señor que había reconocido a los soldados de Urieña entre la tropa castellana y que éstos le habían dicho que quien mandaba la tropa era el alcaide de la Villa de Cuéllar, el capitán Iñigo Aldai y que con él había un negro enorme que también mandaba mucho.
Daniel Mena informó  a Leopoldo López. Cuando éste supo quien mandaba la tropa al otro lado del Hornija, un escalofrío de placer recorrió su pecho. Hizo que el Señor de Urueña se lo repitiera.
- El capitán Iñigo Aldai, decís?¿el alcaide de Cuéllar?
-Eso es lo hemos podido saber.- respondió -  ¿ Acaso conocéis a ese capitán Aldai?
- Si, así es y no me es de grato recuerdo- contestó.
- Contadme, contadme ¿cómo conocisteis a ese capitán castellano, y por qué no os agrada, si   es que deseáis hacerlo, por supuesto – concedió.
- Como sabéis soy comerciante  tortosino y busco  las mejores lanas para mis telares en Tortosa recorriendo tanto  Castilla como  León. Pues cuando llegué a la villa de Cuéllar llegue a un acuerdo comercial con dos importantes laneros de la Villa y en los que confié hasta tal punto  de que como contrato de arras confirmatorio le entregué una importante suma de dinero. Al día siguiente firmaríamos el contrato que había de redactar un escribano. Cuando a la hora convenida acudí  al lugar acordado para la firma, que era la casa de uno de ellos, dijeron no conocerme y que por tanto, nunca había hecho acuerdo alguno  de compraventa conmigo y mucho menos haber  recibido arras.
Cuando insistí en que me devolvieran el dinero que, confiando en ellos, les  había entregado, me dijeron que me fuera o llamarían a un alguacil, por lo que decidí acudir solicitando justicia al regidor de la Villa. Este se encontraba ausente, según me dijeron en el cuartel, y estaría fuera durante unos días, por lo que, en su ausencia, era el alcaide quien impartía justicia; así que solicité hablar con el alcaide quien me recibió sin dilación y a quien puse al corriente de lo ocurrido con los laneros. El alcalide, no me creyó pues- dijo- los laneros a los que denunciaba, eran hombres  muy respetados en la Villa y conocidos por su honradez, por lo que la denuncia más bien  le parecía un intento para sacarles dineros con engaño y eso era suficiente motivo como para enviarme a  mazmorras si no abandonaba la Villa inmediatamente, lo que tuve que hacer por mi propia seguridad.
- ¿Y el hombre que así os trató es quien manada las tropas castellanas?
- Eso parece, y de ahí mi disgusto, ya que si entonces me maltrató de la forma que os he contado, ahora, además, amenaza vuestra Villa que aunque no mía, pero por serlo vuestra, es como si  amenazara también mi persona., por lo que estoy harto de ese hombre.
- Deduzco por  el tono de vuestra voz que no os importaría tomar venganza de ese hombre ¿me equivoco?
- En absoluto. Nada me complacería más que darle una lección a ese presuntuoso y engreído alcaide de Cuéllar, así como recuperar mi dinero ,pero me temo que ni uno ni lo otro  será posible, así que tendré que resignarme y dar por perdidos los buenos dineros que  les entregué -contestó con fingida resignación.
- Pues bien que quisiera poder ayudaros, pero dadas las circunstancias, no puedo provocar el enfrentamiento con las tropas de Torrelobatón sin la autorización del Rey, y no parece que vayan a ser los castellanos quienes ataquen.
- Os lo agradezco de todas formas; pero teniendo en cuenta lo que acabáis de decir, que es muy sensato, bien se podía pensar que al menos durante unos días no es previsible un enfrentamiento y, aunque lo fuera, vuestras tropas ya están preparadas para hacer frenar cualquier aventura bélica por parte castellana y …
-¿Qué tratáis de decirme, amigo López? – le interrumpió
-Pues que en las actuales circunstancias no os son necesarios mis servicios,  por lo que, si me lo permitís, quisiera acercarme a La Bañeza para ultimar algunos asuntos que dejé pendientes por acompañaros. Sólo será una semana, como mucho.
- Os debo mucho y no puedo negaros lo que me pedís, así que partid cuando deseéis; pero procurad volver lo antes posible, ya que no solamente me son útiles vuestras opiniones, sino que disfruto con vuestra compañía.
- Pues partiré mañana con el alba y así pasado mañana, sobre mediodía, podré estar en La Bañeza y atender  esos asuntos pendientes. Os agradezco vuestra comprensión, Señor.

Leopoldo López llegó a Malgrat pasado el mediodía. Desde Malgrat hasta La Bañeza, había unas seis leguas, por lo que si  apuraba la marcha y el caballo no desfallecía, podría estar en su casa, a orillas del Tuerto, al anochecer. 
Estaba deseando llegar para poner en marcha la siguiente fase de su plan de venganza.  Hasta ahora todo iba saliendo según lo había planeado e incluso mejor, pues  aquel hombre por el que tanto odio sentía, aquel Iñigo Aldai estaba lejos de Cuéllar y lo estaría mientras las tropas de Urueña permanecieran en los altos del Hornija, por lo que la Villa y la ciudadela estaría sin protección o esta sería muy escasa, pues casi la totalidad de los soldados estaban con el Capitán, según informaron los soldados infiltrados al falso campesino vendedor de verduras enviado  por Daniel Muñoz.

 Aquella noche, después de cenar,  Leopoldo López llamó a Gerondio, su criado.
- Hasta ahora me has servido bien por lo que estoy satisfecho por haberte contratado. Hiciste bien aquél trabajo que te mandé y además te proporcionó una buena cantidad de dinero. Pero ahora quiero que me hagas un trabajo muy delicado y que ha de hacerse con mucha discreción pues es peligroso. Podría llegar a costarte la vida si no lo haces bien, pero también te puede convertir en un hombre moderadamente rico, si quedo satisfecho del resultado. ¿Estás dispuesto a hacerlo?- preguntó.
- Solo tenéis que mandármelo y haré todo lo que deseéis- contesto.
- Bien, esa era la respuesta que esperaba. Quiero que mañana contrates a cuatro hombres  dispuestos a hacer cualquier trabajo que se les mande, sin hacer preguntas y por el que serían muy bien pagados.
-  No será difícil  encontrar esos hombres, pero seguramente  antes querrán saber cuánto se les pagará, cuánto durará el trabajo que se les encargue y dónde – comentó Gerondio.
- Puedes decirles que el trabajo será en territorio castellano y que cada uno de ellos cobrará una dobla de oro. Sobre lo que han de hacer para ganarse esa dobla, tú les informarás  en el momento adecuado, pues tú los mandarás. 
-    Pero mi Señor, tampoco yo conozco lo que hemos de hacer- protestó 
-   Contrata a esos hombres, y proporciónales caballos pues el viaje será largo.   Diles que te esperen en un punto que acordéis, lejos de la Villa y en el camino de Malgrat. Una vez contratados, vendrás aquí para que te de diga  qué es lo que tenéis que hacer  y en que condiciones. ¿Lo has entendido?- preguntó
-  Contrataré a esos hombres y haré lo que me digas. Quedaréis satisfecho  conmigo, os lo aseguro.
-     Bien. Ahora retírate ya y haz lo que tengas que hacer- le despidió.

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