viernes, 17 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXVIII (18.05.2013)

El viernes veintiséis, a la hora de vísperas, la carreta conducida por Gervasio hacía su entrada en el monasterio de Santa María de Moreruela. Fray Apuleyo dio mentalmente gracias a Dios. Su viaje, felizmente, había terminado y sin ningún contratiempo. Había entregado la sal y traía el dinero que enseguida entregaría al Tesorero, pero lo que más  le satisfacía era que, cumplida esa dación de cuentas, volvería a su rutina de los últimos cincuenta años. Se habían acabado los viajes de repartidor o al menos eso era lo que le había dicho el Prior cuando al encomendarle el último alegó sus problemas óseos y pérdida de visión. 
Se bajó de la carreta y se dirigió a su celda; después, antes de que llamaran a completas se presentaría al Tesorero. 
Gervasio se ocupó de entregar la carreta a un converso para que la llevara a la granja con la mula. Para él, volver a la rutina monástica era lo que menos le apetecía. No conseguía – le verdad es que tampoco lo intentaba – quitarse de su cabeza a la muchacha que habían dejado en Carrizo. El recuerdo de sus grandes ojos de color miel, sus  lágrimas  ocultándose entre sus pechos o el estremecedor contacto con su piel cuando le curó el moretón de la rodilla, sabía que no le iba a abandonar. Se vería obligado a vivir una doble vida: la monástica ante sus compañeros postulantes, ante la comunidad de monjes del más importante monasterio del Císter en los reinos cristianos y la otra, la que solo él conocería, la que viviría en su imaginación  y que giraría en torno a la figura y el recuerdo de ella, iniciando ahora el camino para intentar recuperar su identidad bajo la dirección de la Abadesa de Santa María de Carrizo. 
Era capaz de llevar ambas vidas, pero ¿hasta cuándo lo podría hacer? Y por otro lado ¿valdría la pena hacerlo? Aún siendo consciente de la debilidad de su vocación religiosa, había aceptado el modo de vida del monasterio y es que, la verdad, la que le tocaría vivir fuera de sus muros aún era menos apetecible: frío en invierno, hambre todo el año, sin techo bajo el que cobijarse las más de las veces,…pero eso era hasta ahora, hasta que encontró a la muchacha malherida. Por ella estaba dispuesto a pasar hambre, frío o a dormir bajo los árboles, y si convencido estaba de ello ¿para qué fingir en el monasterio? ¿por  qué  seguir con una vida que nada le apetecía? Aquella chica sin nombre le importaba más que cualquier otra cosa en el mundo, así que tendría que decidirse o, mejor dicho, ya estaba decidido: abandonaría el monasterio y regresaría a Carrizo. Quería estar cerca de ella y, aunque no la pudiera ver, saber que estaba a pocos pasos, detrás de las paredes del monasterio, era mejor que imaginársela desde Moreruela. Dejaría el cenobio cuando con el resto de postulantes acudiera al rezo de laudes. Nadie se daría cuenta de que salía, pues el portero  estaría en la iglesia con la Comunidad recitando el Salmo  Miserere, el propio de esa hora, claro que yendo vestido con el hábito de postulante llamaría la atención allá por donde pasara, así que lo primero que tenía que hacer era procurarse ropa adecuada. Cuando la consiguiera, sería el momento de escapar.
Entregados los dineros por la venta de la sal al Tesorero, fray Apuleyo se reunió con el Abad, a quien informó sobre las incidencias del viaje y como había resuelto lo de la mujer malherida que encontraron en el camino y a la que, por cristiana caridad, habían auxiliado.
- ¿Dices que no recordaba quién era, ni dónde vivía y ni siquiera qué le había ocurrido?
- Por raro que  parezca, así es, Padre - contestó fray Apuleyo.
- No es algo tan raro, hijo mío – dijo el Abad – pues casos he oído de quienes por un fuerte golpe en la cabeza se olvidaron por un tiempo de quines eran y hasta tal punto que habiéndoles ocurrido el accidente en su propia casa, reconocían a sus familiares, pero desconocían que eran tales.
El asombro de fry Apuleyo iba a más; nunca había oído nada como lo que le  es estaba contando fray Justo, el Abad, y que por fuerza tenía que creer, pues el Abad es el representante de Cristo en el monasterio.
- ¿Y quien padece ese sorprendente mal  recupera algún día la memoria perdida?- preguntó seriamente interesado.
- No siempre – contestó el Abad – pues haylos que no recordando nada anterior al accidente que causó su mal, al cabo de un tiempo logran recuperar parte de su pasado, aunque no todo, y otros ni siquiera esa parte, de modo que es como si su vida empezara después del accidente, pero recuerdo el caso de un converso del monasterio de Santa María de la Santa Espina, donde yo profesé, que laborando unas cepas se cayó  de una terraza del viñedo y se golpeó la cabeza. Cuando recuperó la consciencia no recordaba quién era, ni porqué estaba a allí y seguía en igual estado ocho años más tarde, cuando vine a formar parte de la comunidad de este monasterio, para un mayor servicio a la Orden.
- Quiera Dios que no sea el caso de esta muchacha y que su sufrimiento termine pronto, pues grande tormento debe ser  vivir sin saber quién vive en su corazón – dijo compungido fray Apuleyo.
- Rogaremos  al Señor por su pronta recuperación, si esa es Su voluntad, hijo mío. Ahora puedes retirarte a descansar de tu viaje.
Fray Apuleyo se retiró a su celda donde dormiría, si sus pensamientos no se lo impedían, hasta la llamada a maitines.
Fray Justo, el Abad del  monasterio de Santa María de Moreruela, llevaba doce años rigiendo los destinos del más importante cenobio cisterciense de los  reinos  de León, Castilla, Navarra y Aragón. Había sido reelegido en dos ocasiones y durante su mandato el monasterio había incrementado aún más su influencia. Cuando resultó elegido por primera vez, formó un buen equipo que, encabezado por fray Raimundo, el Prior, mantuvo en los sucesivos mandatos y que hacían ligera la carga de la dirección de la vida ordinaria del monasterio, lo que le permitía dedicar un mayor tiempo al estudio de los libros sagrados y a la teología así como estrechar relaciones  con la Corona de León, de la que había obtenido la  concesión de las salinas de Villa Fáfila, y con la nobleza que había donado al monasterio considerables propiedades. A sus capacidades diplomáticas se sumaban las de la meticulosidad y la mesura la hora de tomar decisiones, que nunca improvisaba; esperaba a tener la mayor información posible y contrastada antes de pronunciarse sobre cualquier asunto que le concerniera por su condición de Abad o porque se le solicitara. Era enemigo declarado de la improvisación y, según había reconocido en alguna ocasión, la Naturaleza le había otorgado unas notables dotes intuitivas que le habían permitido en el pasado resolver asuntos en los que no era posible disponer de todos los elementos necesarios para emitir un juicio certero. 
Esa intuición le decía que -no podría explicarlo racionalmente- entre lo  que le había contado fray Apuleyo sobre la mujer que había perdido la memoria, y la presencia en Bretó de un hombre buscando a su mujer desaparecida cuando peregrinaban a Compostela para pedir al Apóstol que intercediera  ante el Todopoderoso por la salud, y que según su esposo estaba enferma de insania, tal como le informó el Cillerero, había alguna relación. Pero ¿por qué tenía la incómoda sensación de que tal posibilidad terminaría convirtiéndose en un serio problema para él? Quizás estaba dándole demasiada importancia- pensó. Tenía asuntos más inmediatos en que ocuparse y, a fin de cuentas, lo de esa mujer y su esposo buscándola, no era asunto ni suyo ni del monasterio.

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