lunes, 27 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVIII (28.05.2013)

Ya había pasado la hora de vísperas, por lo que preguntar por Marta en la portería a una hora tan tardía, no era aconsejable ya que correría el riesgo de ponerla en alerta e, incluso, de darle la oportunidad de huir durante la noche. Ella estaba allí sintiéndose segura, así que no se precipitaría.  Dormiría aquella noche en alguna posada no lejos del monasterio y por la mañana, sobre la hora tercia, sin madrugar, acudiría al cenobio sin prisas, como aquel que lleva mucho tiempo buscando en villas y aldeas, sin dar a entender que sabe que la persona que busca se encuentra allí, sino que pregunta por si acaso tienen alguna noticia.
Le contaría a quien le atendiera, la misma historia que había contado al alguacil de Malgrat: su pobre esposa trastornada de dolor por la pérdida de su hijo a las pocas semanas de nacer; cómo ambos peregrinaban a Compostela para pedirle al Apóstol que intercediera por su salud; su arrebato de locura lanzándose al galope con su caballo campo a través cerca de Santa Cristina de Polvararia y cómo le fue imposible seguirla al derribarle el caballo rompiéndose una pierna. Desde entonces, y de ello hacía tres semanas - le diría con gesto compungido – la estaba buscando por todas partes, preguntando aquí y allá, ya fueran villas, aldeas, iglesias o monasterios.

Su capa de peregrino daría credibilidad a su historia y, si fuera necesario, mentaría al jefe de los alguaciles de Malgrat y al físico que le había curado la pierna en su barrio judío, quienes podrían dar fe de lo que él decía; pero esta cita sería un recurso que esperaba no tener que utilizar, pues ¿quien iba a poner en duda la palabra de un honrado comerciante tortosino que desde tan lejos  peregrinaba a Compostela? Lo que Marta dijera, si es que recordaba algo, no sería otra cosa que manifestaciones consecuencia de su insania y si no recordaba nada, las monjas no pondrían  objeciones.
De acuerdo con su estrategia, buscó una posada para pernoctar, renunciando a hacerlo en la hospedería del monasterio por razones de prudencia. 

Mientras Leopoldo López se hospedaba, Iñigo Aldai y Lucas, que habían venido por el camino que desde Puente de Órbigo llevaba hasta Carrizo por la margen derecha del río, desmontaban delante de la entrada al monasterio. Lucas se hizo cargo de los caballos y el Capitán, nervioso e impaciente, golpeaba el portón de entrada con la pesada aldaba, que no tardó en abrirse. No había nadie tras ella; no era necesario, pues el portón se abría mediante un ingenioso sistema de poleas accionadas desde la clausura. Cuando el visitante se iba, la hermana portera, con el mismo sistema, lo cerraba.
Un candil de aceite iluminaba el locutorio. El Capitán pudo ver la campanilla al lado de la celosía a través de la  que se comunicaba con el interior y, a su derecha, el torno.
Tocó insistente la campanilla sin que nadie respondiera a su llamada. Su corazón palpitaba tan fuertemente que, en el silencio que seguía tras  la extinción del campanilleo, le parecía que las paredes de piedra de aquel lugar le devolvían el eco de sus latidos.
Los minutos que pasaron hasta que oyó pasos en el interior, le parecieron eternos.
Tras la celosía se corrió una cortina y una voz surgió de la oscuridad.
- El Señor esté contigo – saludó- ¿qué te trae este lugar de oración y recogimiento a hora tan tardía?
- Se que es tarde hermana, pero el asunto que me trae bien lo justifica – contestó el Capitán – y que he de exponer a la Abadesa a la mayor brevedad.
- ¿Y quien es aquél que desea hablar con nuestra Abadesa?
- Soy Iñigo Aldai, caballero de Castilla, y capitán de su ejército- contestó.
- Aguardad, caballero Aldai, mientras informo de vuestra presencia.

Era consciente de su nerviosismo y de la excitación que afectaba a su ánimo. Mientras esperaba, impaciente iba de un lado a otro del locutorio, cuya bóveda de crujía amplificaba el sonido de sus pasos sobre las desgastadas losas del suelo, lo que le impidió oír los de alguien que se acercaba tras la celosía y que le habló de esta manera:
- Decid capitán Alda! ¿qué asunto vuestro requiere nuestra atención?  
- ¿Sois vos la Abadesa de este convento?- preguntó
- Así es. Soy la Madre Renata, Abadesa de este monasterio y que ha accedido a oíros a esta hora tan impropia, pues el asunto que queréis exponer no ha de ser baladí cuando es un capitán del Rey de Castilla quien lo trae, así que hablad y os ruego seáis breve, pues pronto llamarán a completas.
- Seré todo lo breve que pueda Madre Abadesa. Ahora escuchad con atención, os lo ruego.
El Capitán, durante más de diez minutos, relató a la Madre Renata todo lo acaecido desde la llegada de los sicarios del ex Regidor a Cuéllar hasta la huida de éste desde Urueña y la posterior búsqueda por la Tierra de Campos y los caminos a Compostela.
- … todo lo cual me ha traído hasta este monasterio – concluyó.
- Lo que os ha ocurrido ha sido algo terrible y comprendo vuestro dolor y angustia y también el de vuestra joven esposa, aunque me cuesta imaginarme un sufrimiento tan intenso. Habéis concluido vuestro relato diciendo que lo ocurrido os ha traído aquí, así que decidme ¿qué relación tienes esos hechos con este monasterio? 
- Creo Madre Abadesa, que la mujer herida que los monjes de Moreruela dejaron bajo vuestra protección hace unos días, es mi esposa.
- ¿Os referís a la hermana María?
- ¿La hermana María? No, no sé quien es la hermana María. Mi esposa se llama Marta.
- Pudiera ser, ya que  a la mujer que trajeron los monjes de Moreruela, le pusimos de nombre María, pues no recordaba el suyo propio. No obstante, convendréis conmigo que antes de cualquier otra cosa, es necesario que os aseguréis si la hermana María es Marta, vuestra esposa.
- Convengo con vos en ello  Madre Abadesa y cuanto antes mejor, pues si, como decís, comprendéis mi dolor, seréis comprensiva también con mi urgencia.
- En ese caso, será mañana cuando podáis verla y así aseguraros de…
- Pero…
- Ya sé que ardéis de impaciencia, pero la hermana María, y así la seguiremos llamando en tanto no verifiquemos quién es, está en su celda de la que  no saldrá ante de la hora prima, pues por no ser ni novicia ni postulante, no está sometida a las horas canónicas – no quería decirle que dormía en la hospedería por temor a que el hombre que  decía ser su esposo no pudiera dominar su deseo de comprobar cuanto antes si se trataba de ella – pero mañana – continuó – vos entraréis en la iglesia sobre la hora tercia. El templo consta de tres naves, una central  con el altar mayor y dos laterales y a las que se accede desde la primera por sendos arcos a uno y otro por delante de la reja que separa la clausura. Una puerta a la izquierda de esta zona comunica con la hospedería y otras dependencias  y otra, a la derecha, con el claustro. Vos os colocaréis  bajo el arco que comunica la nave central con la lateral en cuyo ábside veréis un altar con la imagen de un Cristo crucificado. La penumbra os ocultará.  Yo  estaré en el claustro, a donde acudirá  la hermana María, a la que habré mandado llamar y que cruzará tras la reja de clausura, cuya cortina estará abierta, desde la puerta izquierda hasta la de salida al claustro. Desde vuestra posición podréis ver su rostro  y comprobar se es vuestra esposa o no. Ella no debe veros, por lo que os ruego, mejor dicho, os exijo que tanto si la reconocéis como si no, permanezcáis en silencio y que no tratéis de acercaros a ella. Cuando haya salido por la puerta que da al claustro, vos os abandonaréis la iglesia silenciosamente. ¿estáis de acuerdo? 
- Se que me supondrá un esfuerzo ímprobo, pero haré como decís, aunque quisiera conocer las razones para este proceder.
- Razones que, no dudo comprenderéis y que no tienen otra finalidad que la de preservar de cualquier peligro a la hermana María.
- Os confieso que no entiendo lo queréis decir. ¿Qué peligros puede correr en la seguridad de este monasterio? – preguntó desconcertado.
- Señor Capitán, vos habéis llegado aquí y me decís que la hermana María es vuestra esposa. Suponed que yo os la entrego en la confianza de que lo que decís es cierto, pero  que en realidad vos no fuerais su esposo y…
- Por los clavos de Cristo, Madre Abadesa. Soy caballero e hidalgo de Castilla, y capitán del ejército del Rey sirviendo a las órdenes de su Abanderado ¿cómo podéis poner en duda mis palabras? – protestó alterado.
- Aún creyendo vuestras palabras Capitán, comprended que mi responsabilidad para con la hermana María justifica cualquier medida para protegerla, pues no debéis olvidar que los monjes la encontraron tirada en el camino y gravemente herida, sin que sepamos cómo, ni quien, ni porqué. ¿Acaso no podrías ser vos la persona de la que, según me habéis contado, huyó y que habiéndoos enterado de su presencia aquí, fingís ser su esposo para que os la entregue?
Un largo silencio siguió a la pregunta. 
- Os ruego que disculpéis mi actitud, Madre Abadesa, pues obráis con sabiduría y prudencia. ¿Y si mañana reconozco en ella a Marta, mi esposa, cómo sabréis con seguridad que la entregáis a su legítimo esposo? porque…
- Dejadme hacer a mí para asegurarme de ello - contestó sin dejarle terminar- así que, si ella es vuestra esposa, volveréis a la iglesia tres horas después, cuando nos reunamos para la oración de la sexta, y os arrodillaréis en el primer banco de la fila más cercana a la reja de la clausura. La hermana María estará entre nosotras y yo le indicaré que os mire. Si sois su esposo, os reconocerá y entonces ya no habrá …
- Pero Madre Abadesa, si ella no recuerda nada de su vida anterior al encuentro por los monjes ¿cómo podrá reconocer en mí a su esposo?
- Ha habido casos en la que la persona que ha perdido la memoria  la recupera milagrosamente ante la visión de algo o alguien que formó parte de su vida pasada. Confiemos en Dios Nuestro Señor para que así ocurra también en este caso, porque si así no fuera, no podría entregárosla sin que vuestra identidad haya quedado acreditada por testigo o fiel de fechos. 
En su fuero interno Iñigo Aldai reconocía  la solidez de aquellos argumentos. Sin duda que Marta estaba bien segura bajo su protección, así que habiendo aceptado la propuesta de la Abadesa, salió del locutorio, fuera del cual le esperaba Lucas, también dominado por la impaciencia.
- ¿Es ella Capitán? ¿Es vuestra esposa la que recogieron los monjes?
El Capitán le miró con profundo afecto. La preocupación y la impaciencia de Lucas eran sinceras y sabía que, aunque no con la misma intensidad, compartía su dolor. Los molineros del Pirón habían criado a un buen hijo.
      .   No lo podré saber hasta mañana, Lucas, pues aunque para nosotros no lo sean aún, estas horas son tardías en la vida del monasterio – contestó. Pediremos alojamiento en la hospedería y mañana veremos.

La noche no fue tranquila  para Iñigo Aldai ni para Leopoldo López, hospedado a unos cien estadales del monasterio. Tanto para uno como para el otro, las horas transcurrían con exasperante lentitud. Ellos no podían suponer que se encontraban tan próximos ni que sus pensamientos eran casi idénticos, aunque por razones distintas. 
El ex Regidor no conseguía conciliar el sueño pensando en que, apenas en unas horas, Marta De La Fuente volvería a ser suya y sólo suya, y esta vez se aseguraría de que la posesión fuera total. Se habían acabado las consideraciones y los intentos de  que, con el tiempo, cayera en sus manos como fruta madura. En la oscuridad de su alojamiento se recreaba en la resistencia que ella pondría, con el miedo en sus ojos y quizás, hasta le suplicaría que la respetara, pero no. El primer acto de su venganza fue el secuestro y el segundo sería hacerla suya. Después, más adelante, y en cualquier lugar de paso, contrataría a un mensajero para que llevara a Cuéllar dirigida a su Alcaide, una nota en la que le informaba de lo mucho que su esposa le había complacido en la cama y como ella empezaba a disfrutar también. Se imaginaba la furia de aquél advenedizo, su rabia  y, sobre todo, el sufrimiento que padecería, mientras que él disfrutaría de ella y saborearía el dulzor de la venganza.

El Capitán y Lucas fueron alojados en jergones consecutivos. Eran aquellos jergones que esa misma mañana había mullido la hermana María. ¡Qué poco podían imaginar que apenas a veinticinco pasos, en una  celda de reducidas dimensiones, echada sobre un jergón de paja, Marta, como cada noche, acosada por las preguntas  de siempre, también tenía dificultades para conciliar el sueño.

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