jueves, 16 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXVII (17.05.2013)
Una vez puesto en libertad, el Capitán, al que tan pronto asomó por la puerta de la Regiduría, se unió Lucas, recuperó su espada en el cuartel. Su detención había puesto en grave riesgo su búsqueda y su puesta en libertad, que él atribuía a que su confesión había convencido al Regidor de que la muerte de Gerundio había sido en legítima defensa y no un asesinato, le permitía ahora poder llevar su espada al cinto sin tener que ocultarla bajo la capa de peregrino.
Se había identificado como caballero castellano y expuesto los motivos de su presencia en el Reino de León. Ya no tendría que ocultar su identidad y ni siquiera su vestimenta, así que cuando regresaron a la posada en la que habían sido detenidos aquella misma mañana, ambos se despojaron de sus capas. Si la sorpresa del posadero, que los había denunciado, fue grande cuando aparecieron el umbral de la puerta, mayor aún fue mayor cuando los vio bajar de sus aposentos con aquellas vestimentas que nada tenían que ver con las de un peregrino. El más joven, el que se había identificado como escudero cuando llegaron, vestía jubón y llevaba daga al cinto. El otro lucía el escudo de Castilla sobre el veste, lo que lo identificaba como hombre principal y el dorado puño de una espada sobresalía de la vaina que cuyo extremo no llegaba al suelo por apenas una cuarta. Si estaban allí cuando casi aún no se había apagado el sonido de sus pisadas bajando las escaleras engrilletados, sin duda era que el Regidor no los había considerado culpables de los asesinatos de la casa del puente. Un temblor invadió su cuerpo. Él los había denunciado y temía que le pidieran cuentas, así que – pensó- mejor era reconocer la culpa sin esperar a que le culparan.
- Señor, os suplico clemencia – imploró al tiempo que hincaba una rodilla – pues no hubo mala intención por mi parte, ya que órdenes teníamos de los alguaciles de informarles si venían forasteros a la posada. Tened compasión, Señor, pues sólo hice lo que me ordenaron.
- No me pidas clemencia – contestó el Capitán – y levántate, que nada de mí has de temer, pues en nada me has agraviado.
Lucas, que presenciaba la escena, no pudo resistir la tentación de intervenir.
- Ya has oído a mi Señor, posadero, a quien has de agradecer que no quiera considerar como agravio la cena que anoche nos serviste.
El Capitán le echó una mirada reprobadora. Lucas agachó la cabeza. He metido la pata - pensó
El posadero, que no se iba a considerar seguro hasta que se marcharan, fue al corral a buscar los caballos en vez de mandar al mozo, deferencia que esperaba fuera tenida en cuenta por el caballero castellano.
Iñigo Aldai y Lucas recorrieron ya a caballo el camino que, bordeando la Villa por el sur, entroncaba con los que conducían a las poblaciones de Santa Elena de Jamuz y San Esteban de Nogales uno, y a Jiménez y Castrocalbón el otro. Tomaron el de Jiménez, pues al Capitán, que había decidido reiniciar la búsqueda desde Malgrat, le pareció que ir a la antigua Ventosa por el camino que ahora tomaban, ofrecía una nueva oportunidad, al haber realizado ya la búsqueda entre Malgrat y La Bañeza por la ruta principal, más al oeste.
Al poco tiempo de haber dejado tras el entronque de los caminos, Lucas, que cabalgaba a la par de su Señor pues el ancho camino lo permitía, ya no pudo contener más su curiosidad.
- Os ruego que disculpéis mi curiosidad, Capitán, pero ¿por qué nos detuvieron los alguaciles en La Bañeza y por qué a mi me soltaron enseguida y a vos os llevaron ante el Regidor? ¿De qué se nos acusaba?
El Capitán no contestó inmediatamente, sino que desmontó y le dijo a Lucas que hiciera lo mismo.
Caminaron un trecho antes de que el Capitán empezara contarle a Lucas su encuentro con Lupicinio, uno de los sicarios contratados por el ex Regidor y que, arrepentido, iba en su busca para informarle del paradero de su esposa, y que fue asesinado por Gerondio, jefe de los sicarios, que trató también de asesinarle a él mientras dormía y a quien tuvo que dar muerte cuando ya su puñal se iba a hundir en su pecho.
- … aunque desconozco como pudieron relacionarme con tales hechos – continuó - lo cierto es que los alguaciles coligieron que yo era quien había asesinado a esos dos hombres. Ese fue el motivo para la detención y como tú estabas conmigo en la hospedería, debieron suponer que también lo estabas aquella noche.
- Si de asesinato os acusaron los alguaciles ¿cómo es que el Regidor os dejó en libertad?
- Quizás, como consecuencia de haberle contado el motivo de mi presencia en aquella casa y los hechos que en ella sucedieron, el Regidor concluyó que mi causa era justa y que la muerte del jefe de los sicarios fue en un acto de defensa legítima.
- Ahora me explico por qué ya no tenemos que ir vestidos como peregrinos, pues habiéndoos identificado como caballero castellano y Alcaide de Cuéllar, ya no hay necesidad de aparentar lo que no somos.
- Así es Lucas, excepto en lo de la Alcaidía de Cuellar, pues como bien sabes, solicité ser licenciado de tal cargo para poder dedicar todo mi tiempo y fuerza en recuperar a mi esposa.
Durante los dos días siguientes buscaron en las poblaciones de Jiménez, Castrocalbón, Encala, Villageriz y Alcubillas preguntando a quien encontraban en su camino y sin que nadie pudiera darles información alguna sobre una pareja de peregrinos que, a caballo, se dirigían a Santiago. Cabalgar durante todo el día y dormir a cielo abierto y, sobretodo, la ansiedad por encontrar a Marta, estaba causándoles un debilitamiento que difícilmente podrían ocultar, especialmente Lucas, no acostumbrado, como el Capitán, a las largas cabalgatas y al esfuerzo continuo que exigían las campañas bélicas en las que había participado.
El Capitán le dijo a Lucas que, para reponer fuerzas, aquella noche dormirían en la hospedería del monasterio de Santa María de Nogales, a media legua del donde se encontraban. Lucas, mentalmente, agradeció la decisión del Capitán. Necesitaba ese descanso pues su tafanario, aunque ya endurecido, aún no lo estaba suficientemente para resistir tantas jornadas seguidas sobre la silla.
El adjunto al cillerero les recibió en la hospedería, levantada aledaña al ala derecha del monasterio, al que se accedía desviándose de la ruta principal, por un camino de unos cincuenta estadales. Una amplia explanada en la que abundaban los árboles frutales hacía de antesala al cenobio. Un arco de medio punto con alfiz de sobria decoración enmarcaba un grueso portón de madera que, en su parte central, tenía una mirilla enrejada a través de la que el portero identificaba a los visitantes; pero el acceso a la hospedería se hacía por un portón de arco de medio punto aunque de menores dimensiones que el de acceso al monasterio.
El adjunto al Cillerero, fray Pedro, así dijo que se llamaba, después de informarles sobre las normas que regían en la hospedería, les condujo a la sala-dormitorio en la que había unas dos docenas de camastros dispuestos en línea. Sobre cada camastro había una manta doblada de color marrón, aunque no en todas.
- Podéis dormir en la que os apetezca, menos en las que tiene la manta extendida, pues están ocupadas por viajeros que se encuentra en el refectorio de la hospedería y a donde os conduciré si deseáis tomar un plato de sopa de calabaza, un pedazo de pan de avena y una hemina de vino de nuestros viñedos.
Ni el Capitán ni Lucas estaban en condiciones de rechazar semejante oferta aunque hubiera sido de mayor agrado que la cena incluyera un buen tasajo de tocino o cecina o, aún mejor, un pernil de cerdo o una pata de cordero.
En el refectorio y sentados a la misma mesa, había dos monjes sentados uno frente al otro sorbiendo sonoramente la sopa de calabaza y que, a juzgar por su hábito, no eran cistercienses o monjes blancos. Sobre el hábito negro, el escapulario blanco indicaba que eran benedictinos o monjes negros, como se les conocía popularmente. En otra mesa próxima, un hombre de edad avanzada y ropas rústicas daba cuenta de la frugal cena. El Capitán y Lucas se sentaron ante la misma mesa. Oyeron el sonido de una campana procedente del interior del monasterio. Era la llamada a vísperas, así que fray Pedro, tras decirles que enseguida les atenderían, se alejó por la puerta que comunicaba la hospedería con el claustro del cenobio.
Así como la Regla exigía a los monjes no hablar más de lo estrictamente necesario para el desempeño de sus labores monásticas, no era así con los conversos que al no haber profesado ni poder hacerlo, no estaban sometidos a la Regla de la misma forma. Fue un converso quien se acercó a la mesa con una bandeja de madera sobre la que humeaban los dos platos de sopa de calabaza. También traía los dos pedazos de pan y dos jarras de barro conteniendo cada uno la hemina de vino prometida.
- Que os haga un buen provecho – les deseó.
- Más nos aprovecharía una pierna asada de cordero – contestó Lucas.
- ¡No seas desagradecido, Lucas! - le reprendió el Capitán
Lucas se sonrojó avergonzado. El Capitán tenía razón, así que mirando al converso, le agradeció sus buenos deseos y se disculpó.
- Te ruego que no tengas en cuenta mi comentario con el que en modo alguno quería ser desagradecido o molestarte.
- No te preocupes- le contestó el converso- pues aunque no es mucha la gente que aquí se hospeda, no faltan quienes esperando encontrar en la mesa los mejores manjares, al no hallarlos …
- Aun así, lamento mi comportamiento – insistió Lucas.
Los monjes negros enseguida se levantaron y no tardó en hacerlo el hombre con ropas de campesino.
El converso parecía esperar que ellos terminaran también pues sentado en un banco al fondo del refectorio, les miraba con ojos somnolientos. El Capitán le indicó con un gesto que se acercara.
- Si bien esta sopa de calabaza merece el agradecimiento de nuestros estómagos, demasiado castigados con comidas frías, nos agradaría un buen trozo de queso de oveja o cabra de esta comarca, que de su buena fama hemos oído hablar. Y como no andamos tan escasos de medios y siempre que ello no ofenda a la generosidad del monasterio, quisiéramos pagar, tanto por la cena servida como por el queso que te pedimos.
- No es costumbre solicitar pago alguno por lo que generosamente ofrece el monasterio a quienes se cobijan entre sus muros- dijo el converso- lo que no empece para aceptar aquello con lo que buenamente cada viajero quiera corresponder, como parece ser vuestro caso. Os traeré el queso que pedís.
Pronto regresó con medio queso que puso encima de la mesa y que Lucas cortó en pedazos con su daga. El converso seguía de pie a su lado, esperando.
El Capitán le invitó a sentarse con ellos y a compartir el queso. Matías, que así se llamaba aquel muchacho, se sentó a la mesa y tomó un trozo de queso.
- ¿Cómo es que siendo este refectorio tan grande y también el dormitorio apenas hay hospedados? – le preguntó el Capitán.
- Durante el verano son muchos los peregrinos y viajeros que pasan por este lugar, pero siendo los días tan largos y calurosos y las noches luminosas y frescas, aprovechan las horas nocturnas para hacer su camino- contestó – aunque durante el resto del año no siempre nos es posible alojar a todos los que lo solicitan.
- Siempre se ha dicho que días de mucho, vísperas de poco – comentó Lucas con tono reflexivo.
- Tanto es así, que los únicos visitantes que hemos tenido este mes, sois vosotros y los que habéis visto antes cenando y un monje de Moreruela que hace unos días trajo la sal y que se alojó aquí, dejando que el postulante que le acompañaba durmiera en la carreta.
- Extraño comportamiento el de ese monje que deja que duerma a la intemperie su acompañante. No parece un acto muy caritativo – dijo el Capitán.
- No. Sin duda que así lo parece aunque, por lo que he oído, razones había para ello.
El comentario de Matías despertó la curiosidad de Lucas y su Señor.
- ¿Qué razones tan poderosas serían esas que le llevaron a faltar a la caridad con su hermano? – preguntó Lucas, más por alargar aquellos momentos de tranquilidad que por interés en las motivaciones del monje.
Matías se inclinó hacia ellos y bajando la voz, como si temiera que alguien ajenos a ellos le pudiera oír, casi cuchicheando, les contó que el motivo del comportamiento del monje era que en la carreta llevaban a una mujer malherida y que al no poder alojarla en la hospedería – estaba prohibida la presencia de mujeres en las dependencias del monasterio – el enfermero la curó en la misma carreta y para cuidarla durante la noche, con ella se tuvo que quedar el acompañante del monje.
- ¿Y sabes – siguió preguntando Lucas - qué relación tenía el monje con la mujer malherida?
- Un monje me dijo que le había oído decir al Prior que la habían encontrado tirada en el camino, cerca de Santa Cristina de Polvoraria y que tenía una herida en la cabeza, como si la hubiera derribado un caballo, aunque no vieron montura alguna cerca.
La conversación, que hasta ese momento el Capitán seguía con escasa atención, pareció despertarle un súbito interés.
- ¿Una mujer malherida, dices? ¿Pudiste verla? ¿Cómo se llamaba? ¿Dijo qué le había ocurrido? – preguntó excitado.
- ¡Santo Cielo, Capitán¡ ¿Pensáis que podría ser…?
- ¡Calla, Lucas, no interrumpas¡ Y tú – dirigiéndose a Matías – responde, vamos ¿dijo su nombre esa mujer?
- No lo sé – respondió – pues lo que os he contado es todo lo que he podido oír. Si esa mujer dijo quien era, quizás el enfermero o el Prior lo sepan, pero yo no os lo puedo decir.
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