domingo, 26 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVII (27.05.2013)

La actividad cotidiana  la villa de Cuéllar y en su ciudadela, se desarrollaba con la rutina y normalidad de siempre. Pablo Isasi, Alcaide accidental del castillo y Regidor de la Comunidad de Villa y Tierra, con prudencia y ecuanimidad había ido ganándose el respeto de las gentes de la Comunidad y el afecto de quienes, por razón de sus responsabilidades, trataban frecuentemente con él.
Poco a poco fue logrando que acudir a él para resolver cuitas y problemas relacionados con asuntos de su competencia, como era lo relativo a uso de pastizales, impuestos o licencias, fuera algo natural, sin el temor que había inspirado su antecesor en la Regiduría. Los  Procuradores  representantes de los sexmos de la Comunidad, prestaban la máxima colaboración desde que pudieron comprobar, en la segunda reunión del Concejo, que las decisiones no se imponían como en el pasado, sino que cada uno argumentaba a favor o en contra de la propuesta que se tratara en cada caso tomándose la decisión por mayoría. Incluso en los casos de igualdad de voto entre los Procuradores, el Regidor procuraba aportar nuevas razones o presentar las ya dadas desde una perspectiva diferente, evitando que su voto fuera determinante. El Regidor representaba al Rey y sus decisiones eran vinculantes, pero Pablo Isasi prefería que fuera la Comunidad, a través de sus representantes, la que decidiera sobre todo aquello que podía condicionar su progreso y bienestar. Esta forma de entender los asuntos generales, expuesta por el Regidor en su primar acto corporativo, sorprendió a los Procuradores  que llegaron incluso a pensar – así lo comentaron entre ellos – que se trataba de un mero gesto que actuaciones posteriores borrarían; pero tuvieron ocasión de reconocer que tal impresión había sido errónea, pues efectivamente y por primera vez desde hacía muchos años, encontraron utilidad a su condición de miembros del Concejo. 
Cuando les fue comunicado el nombramiento de Pablo Isasi ejercería también como Alcaide del castillo en tanto no regresara el capitán Iñigo Aldai y siempre que esta se produjera en menos de año y medio, desde la tristeza que les embargaba por las razones de la ausencia de quien había llevado ante la justicia del Rey, por sus actuaciones delictivas, al anterior Regidor, se alegraron de que quien a partir de ese momento era la máxima autoridad de la ciudadela fuera un hombre en el que confiaban.

Pablo Isasi dedicaba más tiempo a sus responsabilidades como Regidor que a las propias de Alcaide, ya que la gestión administrativa de la ciudadela la ejercía con acierto el Padre Gumersindo, plenamente recuperado de la grave herida que le había causado Gerondio, el sicario del vengativo ex Regidor, cuando raptaron a la esposa del Alcaide. Además, la incorporación de facto a la actividad del castillo de Carmen Gómez, la que había sido dama y amiga íntima de Marta De La Fuente, había aportado un plus de eficacia a la intendencia de la ciudadela.
No obstante la normalidad de la vida diaria de la ciudadela, no había un sólo día sin que, ya fuera en la cocina, en el cuartel de la tropa o en las dependencias de la servidumbre, alguien tuviera de viva voz, un recuerdo para la Señora, raptada por el más abyecto de los mortales y para el Capitán, su esposo, al que imaginaban cabalgando en su búsqueda sin desmayo por tierras leonesas. Este recuerdo sumía a muchos en la tristeza, pues numerosos eran los que les profesaban afecto. Serafina, la oronda cocinera cuyo corazón maternal había sido tocado por Lucas, no podía evitar  el sollozo cada vez que en su reino de pucheros y cacerolas, alguien  preguntaba si se sabía algo, sí había alguna noticia o simplemente comentaba alguna de las anécdotas ocurridas entre aquellos fogones y en la que Lucas era el principal actor.

No lejos de la ciudadela, en la calle de los herreros, Elpidio, como cada día, ejercía su oficio de herrero con maestría y también, como siempre, Ana, su hija, a media mañana le llevaba algo para comer. Elpidio sufría viendo la tristeza en los ojos de Ana. Durante los primeros días, mientras que sentados sobre los sacos de carbón desayunaban, reían recordando alguna de las historias que Lucas  contaba cuando cada día se acercaba a la herrería y se sentaba con ellos; pero a medida que iban pasando los días, las esperanzas que Pergentino Menéndez  le había dado a Ana sobre el pronto regreso de Lucas, se iban desvaneciendo. 
Había pasado ya más de mes y medio y no había ninguna noticia esperanzadora sobre el ansiado regreso y la tristeza y la melancolía asentadas en su corazón empezaron, a mostrase en sus ojos. Cada noche, tumbada en el jergón, sus pensamientos eran para él hasta que el sueño la vencía y cada mañana, al levantarse, trataba de levantar su ánimo pensando que ese iba a ser el día en el que Pergentino, tal como le había prometido, enviaría a alguien a comunicarle que Lucas, el Capitán y su esposa estaban de regreso, pero … ese día terminaba siendo como el anterior y lo mismo el siguiente, y el siguiente…
Su padre asistía impotente a su sufrimiento. Nada podía hacer y lo poco que podía decir para aliviar aquella tristeza, eran las palabras surgidas de su profundo amor de padre y que escaso efecto producían en el corazón de su amada hija.

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