jueves, 23 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLIV (24.05.2013)

Si seguía  el curso del Esla por su margen derecha, a la que había cruzado en Bretó, llegaría sin dificultades  al primer monasterio en el que habían dejado una saca de sal. Recordaba bien aquella parada y no era por lo que puedo ver, sino por todo lo contrario, ya que dejaron la saca  sin que nadie apareciera a su vista. Eran monjas las que allí habitaban, le había explicado fray Apuleyo y su régimen de clausura era muy estricto. Gervasio  tardó unas cuatro horas en llegar a Santa Colomba. 
Había salido de Moreruela al amanecer y sin haber  conseguido ropa que no fuera de fraile, ni comida alguna. Ahora el hambre estaba llamando a la puerta de su estómago y no se atrevía a pedir algo de comida en la hospedería del monasterio.  No quería dejar pistas de su recorrido, aunque no sabía bien por qué, ya que las únicas represalias que podía esperar eran  las de su padre, que se había esforzado en conseguir que lo aceptaran como postulante, aun sin haber aportado dote alguna, y su progenitor seguro que no iba a iniciar su búsqueda cuando se enterara- y para cuando eso ocurriera, podrían haber pasado varios meses- así que, en realidad no había razón alguna para tomar tantas precauciones, pero… por si acaso.
Reconoció tanto el lugar en el que habían encontrado a la muchacha que de tal forma había hecho tambalear o, siendo más preciso, derrumbado su débil inclinación hacia la vida monástica, así como aquel espacio entre los chopos donde habían pasado la noche y él le había limpiado la sangre y el barro de la cara. Se recreó en la escena y sintió un extraño cosquilleo en su cuerpo cuado recordó su piernas descubiertas al intentar curarle  la rodilla. 
Aquellos recuerdos lo estimulaban y quería  acelerar el paso para llegar cuanto antes a Carrizo, pero el estómago no aceptaba las emocione como sustitutivo de la comida y seguía con sus sonoras protestas.
No muy lejos, a su izquierda, pudo ver tierras de cultivo, probablemente – pensó – pertenecientes al monasterio de Santa Colomba. Cautelosamente se fue acercando hasta poder comprobar que, efectivamente, eran huertas y sin aparente vigilancia. Su conciencia le decía que no estaba bien lo que iba a hacer, pero su estómago opinaba lo contrario. Aquellos melones en sazón eran demasiado atractivos como para poder resistirse a la tentación. No obstante, y para  silenciar en lo posible la voz de su conciencia, decidió que solamente cogería uno; grande, eso sí, pues la culpa no iba a ser menor porque así fuera el melón y es que, además, había tantos… que por uno menos las monjas no iban a pasar necesidad.
El peso  de argumentos tan convincentes le animaron a entrar en el melonar, una vez que comprobó que no había nadie a la vista y con más trabajo del que esperaba, pudo arrancar de su mata un ejemplar que pesaría no menos de dos libras, suficiente para todo lo que le quedaba de jornada. Abandonó el lugar mucho más  rápidamente que cuando entró y ya lejos, confundido con la vegetación ribereña, se sentó a dar cuenta  del producto de su …  de su … No se atrevía a llamarlo robo, pues había sido consecuencia de la necesidad, pero no encontrando tampoco la palabra adecuada que apaciguara sus remordimientos, decidió que lo mejor era olvidarse del asunto y ponerse a comer.
Repuestas las fuerzas, continuó su camino siguiendo el Órbigo con la intención de llegar al anochecer, o antes si podía, a Villaferrueña  para hacer noche allí, pues aunque había nacido y vivido en el campo, dormir sólo a la intemperie y en lugar desconocido, le producía un cierto temor.
La Luna, en cuarto creciente, no iluminaba el camino lo suficiente como para poder caminar con seguridad, aunque lejos ya del río Ería y careciendo de los bosque de chopos propios de los cauces fluviales de aquella comarca, estaba flanqueado por una vegetación de arbustos y arbolado bajo que no le permitían ver más allá de una docena de varas. No se sentía seguro y cada vez con mayor frecuencia miraba a un lado y otro del camino, e incluso volvía la vista atrás, así que cuando después de un par de sustos ocasionados por los ruidos procedente del interior de aquella tupida masa vegetal, que supuso que serían de jabalíes o de  garduñas cazando, decidió que dormiría en la primera construcción que encontrara. 
A medida que avanzaba, la oscuridad iba aumentando aunque la Luna seguía allí, colgada en su sitio, sobre su cabeza. Hasta la mañana siguiente no se dio cuenta  de que ello había sido debido a que Manganeses, que esa era  la  aldea a la que había llegado aquella noche y donde había dormido, se levantaba en un valle rodeado de lomas que proyectaban su sombra sobre la aldea y el camino de acceso a ella desde el sur.
Le despertó bruscamente un golpe en la frente seguido de un olor desagradable que no le resultaba desconocido. Instintivamente se llevó la mano a la frente y sus dedos se pringaron de una sustancia viscosa que identificó al instante. Estaba recostado contra la  pared de barro con la que se había topado por  la noche y que supuso que era de una cabaña para el ganado. Ahora, al levantar la vista, comprobó que se trataba  de un palomar y que su presencia parecía no ser grata a sus moradores, que de forma tan expresiva se lo acababan de comunicar. Se limpió la mano y la frente con el borde del hábito y retornó al camino cercano. Cuando se alejaba le pareció que se intensificaba el zurear en el interior. ¿Celebrarán mi marcha? – se preguntó en voz alta. Estaba tan ilusionado con su viaje y con el motivo del mismo que en su ánimo no había espacio para el mal humor. 
El río Ería bordaba la aldea por su lado oeste antes de unirse al Órbigo, pero el camino cruzaba la aldea y subía por una de las lomas. Por un momento dudó si seguir el cauce, como habían hecho en su viaje a Carrizo con la carreta, o subir por la loma con la esperanza de que al otro lado volviera a encontrar  el río que nacía en el Teleno y regaba toda la Valdería. Decidió atajar subiendo la loma y desde lo alto puedo ver la plateada corriente  de agua deslizándose entre los chopos y humeiros a uno y otro lado. Siguiendo su curso aguas arriba llegaría a Santa María de Nogales, donde había dormido con la muchacha en la carreta.
Recordaba del viaje anterior, que el río hacía un pronunciado meandro al poco de pasar Manganeses, alejándose del camino, pero que debía tomar este hasta Morales y desde allí volver a tomar como referencia el cauce hasta Villaferrueña. A partir de esta población, apenas recordaba detalles del camino, por lo que esperaba que a medida que fuera avanzando, el paisaje le  ayudara a recordar lo necesario para no perderse por aquel frondoso valle, y si a pesar de todo se extraviaba, como las poblaciones eran abundantes y no estaban muy lejos unas  de otras, no le resultaría muy dificultoso reencontrar el camino.
Morales se levantaba  entre dos colinas pobladas de monte bajo al suroeste y el Ería al norte, por lo que tanto la entrada a la aldea como la salida eran angostas, especialmente la entrada procedente de Manganeses.
Gervasio, eufórico, pues hasta ahora su viaje transcurría sin incidentes, pasó por el medio de la población sin detenerse. Al salir a campo abierto pudo ver abundantes viñedos al otro lado del río y que, aunque hubieran estado a su alcance, de nada le hubiern servido, pues las vides aún estaban granando. El camino era recto y con el sol a su espalda la visibilidad era muy buena, tanto que pudo ver una  nube de polvo levantándose del camino como a un cuarto de legua. Se paró inquieto. No es que temiera que le robaran, pues nada tenía para que le robaran si quienes se acercaban fueran mala gente y que al encontrarse con un jovenzuelo con ropas de fraile, quisieran divertirse a su costa. La nube se iba haciendo cada vez más grande y estaba más cerca. Al principio le pareció ver un jinete, pero no, eran dos y venían al galope. Miró a un lado y a otro buscando donde poder esconderse, pero la arboleda del río quedaba lejos y a los lados del camino no había arbustos o ribazos que pudieran ocultarle. ¿Qué hacer? Si echaba a correr tanto hacia un lado del camino como al otro, ellos le verían y pensarían que si huía era por alguna razón, despertando así su interés. Lo mejor- decidió- era agachar la cabeza y seguir por el camino con paso lento, como un buen fraile concentrado en sus oraciones.
Ya estaban casi encima, a una centena de varas y parecía que no tenían intención de parar, pues mantenían el galope. Con la cabeza agachada y semioculta la cara por la cogulla, miraba de reojo a los que se acercaban. Ya sólo faltaban unos  veinte pasos para que lo rebasaran.  Le envolvió la nube de polvo cuando pasaron a su lado y tuvo que volver la cara para protegerse. Suspiró aliviado  y  continuó su camino ahora ya con el paso rápido que traía entes de haber visto a los caballistas. El relincho de un caballo a sus espaldas le  sobresaltó. Miró hacia a tras a tiempo de  ver como uno de los caballos se ponía de manos a punto de derribar a su jinete, obligando al que iba detrás a hacer un movimiento extraño para no topar con él. Ahora sí que se asustó. Los jinetes se habían detenido y volvían sobre sus pasos. El miedo le secaba la garganta dificultándole tragar saliva. No tenía escapatoria, así que adoptó la postura de recogimiento de los monjes del monasterio cuando iban a la iglesia para los rezos o al refectorio.
- Buenos días, hermano – le saludo una voz fuerte en la que no apreció   matiz que alguno que justificara su miedo.
Levantó la cabeza y pudo ver al más próximo a él, seguramente- pensó- el que le había saludado. Era un hombre joven y con  un cierto aire de nobleza en sus facciones. Vestía veste sobre el que se adivinaba un escudo que no pudo identificar por el polvo que lo cubría. La larga espada que colgaba de su cintura le indicó  que se trataba de hombre de armas, aunque lo que le chocó fue que no luciera barba, pues aunque no había visto a muchos caballeros en su vida, sabía que lucir barba era costumbre muy extendida entre ellos. El otro jinete, unos pasos detrás del primero, era un muchacho de edad aproximada a la suya que supuso era el escudero. Vestía  jubón y en el cinto lucía una daga. Seguro que era el escudero – concluyó.
- Que el Señor esté con vosotros – contestó al saludo.
- Un fraile solitario y sin bolsa de viaje indica que tu monasterio está cerca –dijo el Capitán, que era quien le había saludado – y quizás sea el que estamos buscando. ¿Es así?
- Depende de cual estéis buscando, pues aquel de donde yo procedo está a más de una jornada de aquí- contestó.
- ¿Y cuál es ese monasterio del que tan lejos te encuentras?
- Es el de Santa María de Moreruela, Señor.
- A él queremos llegar, así que dime si estamos en buen camino, pues no frecuentamos estas tierras.
Gervasio le iba a indicar como llegar a Moreruela sin perderse, cuando le llegó una vaharada a queso. Instintivamente miró a la bolsa que colgaba de la silla del escudero, pues de allí procedía, gesto que no se le  escapó al Capitán.
- Sé que el ayuno forma parte de la mortificación del cuerpo con la que los frailes purificáis vuestro corazón, pero en un día de calor como el de hoy y caminando desde tan lejos, seguramente te habrá debilitado y necesites recuperar fuerzas para continuar al camino  que te lleva allá a donde vayas, así que si mientras me das indicaciones de cómo llegar a tu monasterio, quieres dar cuenta de un pedazo de queso y pan…
El melón que había robado la tarde anterior lo había cenado y no había probado bocado desde entonces, así que no podía rechazar el ofrecimiento de aquel hombre.
- Cierto es lo que decís y más aún cuando mi único alimento desde que ayer salí de Moreruela ha sido un melón. Os agradezco vuestra bondad Señor.
Lucas no esperó a que el Capitán se lo indicara. Desmontó y sacó de la bolsa el queso y el pan que entregó a Gervasio. El Capitán desmontó también.
Entre bocado y bocado fue indicándole a aquel caballero como llegar a Santa María de Moreruela. Terminó diciéndole que aunque él había tardado más de una jornada hasta donde ahora se encontraba, a caballo y al galope podrían estar allí al atardecer de aquel mismo día y alojarse en la hospedería, si llegaban  antes de la hora de completas, pues fray Raimundo, el adjunto al cillerero cerraba el portón a esa hora.
- ¿Cómo te llamas, hermano? – le preguntó.
- Mi nombre es Gervasio – respondió – y era postulante en Moreruela.
- ¿Eras? ¿Ya no postulas para monje? ¿Acaso te han expulsado del monasterio?
- No, no. Señor. Me he ido voluntariamente. Allí  me metió mi padre, aunque yo no me sintiera atraído por la vida monástica, aunque, eso sí, soy un buen cristiano, pero ya no podía seguir porque …
- Y de eso ¿hace mucho tiempo?
- No Señor,  seis meses van a cumplirse de ello. 
Mientras Gervasio hablaba, Iñigo Aldai pensaba que si aquel muchacho  venía de Moreruela y había salido el día anterior, quizás supiera o hubiera oído algo sobre la mujer que uno de los monjes había recogido cerca de Santa Cristina. Decidió probar suerte.
- He oído que hace unos días un monje de tu monasterio, haciendo un viaje, llegó con una mujer malherida al monasterio de Santa María de Nogales y que no pudiendo dejarla allí la llevó con él sin que…
- ¿Cómo sabéis eso? ¿Quién os lo ha contado? – le interrumpió con evidente nerviosismo.
- ¿Es cierto entonces lo que me han contado sobre ese monje? ¿Tú lo sabías?
- ¡Cómo no lo voy a saber Señor, si fui yo quien la encontró¡  Si no llega a ser por mí en el camino se hubiera quedado, pues fray Apuleyo no quería complicaciones.
Ni el Capitán ni Lucas, que asistía en silencio a la conversación, podían creer la suerte que tenían.
  -    ¿Tú? ¿Eras tú el que acompañaba al monje? – preguntó incrédulo.
  -     Así es Señor. Yo acompañaba a fray Apuleyo para llevar la sal, como cada año, a los monasterios de Santa Colomba, Nogales y Carrizo. Ese viaje era el último del fraile y el primero mío para que conociera el recorrido, pues al año siguiente tendría yo que hacerlo con otro acompañante.
  -   Y dime Gervasio ¿cómo se llamaba esa mujer? ¿Os dijo qué le había ocurrido o de dónde vivía?
  -     No, nada nos dijo, pues todo el tiempo estuvo desvanecida. Sólo volvió en sí cuando llegábamos a Carrizo. 
  -     ¿Puedes describirnos como era, qué aspecto tenía? ¿Era joven o de edad?
  -    Cuando la encontré, su aspecto no era nada bueno pues tenía la cara cubierta de sangre de la herida de la frente y también de barro al igual que su ropa, que no era sino el andrajo de una capa de peregrino – entonces rememoró la imagen de  sus piernas desnudas cuando la iba a curar y se sonrojó – Su pelo estaba sucio de barro pues como no hacía mucho que había llovido, se lo mancharía al caerse en el ribazo, donde la encontré. Cuando le lavé la cara, pude ver que se trataba de una mujer joven, casi una muchacha, y muy hermosa a pesar de todo. No era una mujer  corriente, aunque esto os lo diga quien carece de experiencia alguna en lo que se refiere a … bueno, ya me entendéis.
Con cada dato que Gervasio les iba dando, el interés y la excitación del Capitán iban en aumento. Cada vez le parecía más probable que aquella mujer fuera Marta.
- Y cuando volvió en si, cerca de Carrizo como dices ¿habló? ¿dijo algo?
- No, nada dijo. Sólo lloraba silenciosamente. Era muy duro ver como sus grandes ojos del color de la miel vertían aquellas lágrimas que no conseguían llevarse la pena de su corazón.
Cuando oyó a Gervasio decir lo de sus ojos del color de la miel, Iñigo Aldai ya no tuvo duda alguna. Aquella mujer era Marta, su amada esposa. Su corazón latía  aceleradamente y sentía como la sangre fluía con fuerza por sus arterias y venas. Lucas, interiormente, daba gracias a Dios porque la búsqueda estaba cercana a su fin y con él, la felicidad volvería al corazón de su Señor.
Aunque Gervasio aún no había terminado el queso y del pan, el Capitán le dijo a Lucas que le diera una nueva ración, lo que éste hizo con presteza, pues sabía que de inmediato galoparían hacia Carrizo.
   -   Una última pregunta Gervasio ¿Dónde queda Carrizo? ¿En qué dirección?
   -   ¡Ah! Es fácil. Basta llegar a La Bañeza y seguir el Órbigo aguas arriba. No tiene pérdida – contestó ufano.
El Capitán se dio entonces cuenta de lo cerca que había estado de su esposa, tan cerca que incluso podían haberse cruzado. Miró a Lucas. Supo que estaba pensando lo mismo que él. Que en aquella carreta conducida por dos frailes, que se cruzaron  cuando iban de Puente de Órbigo a La Bañeza y a la que no prestaron atención, iba ella. Había pasado, sin saberlo, a menos de una braza de la persona que más le importaba en el mundo, su esposa. Sintió una dolorosa punzada en su corazón.
- Lucas, partimos para Carrizo. A ti Gervasio, te doy las gracias por todo lo que nos has contado, y por lo que hiciste por esa mujer.
- Pero Señor ¿No ibais a Moreruela? – preguntó Gervasio confundido.
- Sí, pero gracias a tu información ya no nos es necesario ir- contestó el Capitán.
- ¿Es que vuestro viaje a Moreruela estaba relacionado con esa mujer? ¿Acaso la conocéis?
- Así es Gervasio. Esa mujer, creo que es mi esposa, que fue raptada de mi castillo hace un mes por un miserable que merece cien veces la muerte.
- ¿Vuestra esposa decís? – Gervasio había palidecido y su corazón parecía negarse a bombear sangre- ¿Cómo lo podéis asegurar si ella no recordaba nada de su vida? Seguramente os confundís – dijo con la esperanza de que así fuera.
- No Gervasio. Estoy seguro. Me lo dice mi corazón. ¡Adiós y que el Señor te bendiga!
Mientras el Capitán y Lucas salían al galope con el corazón lleno de ilusión hacia Carrizo, Gervasio fue presa de un profundo abatimiento. El mundo que él se había creado y del que era centro aquella muchacha, había saltado hecho añicos. Le pesaban los brazos y la cabeza. Sus piernas se negaban a sostenerle de pie y se dejó caer sentado sobre el polvoriento camino. Allí estuvo con la mirada perdida  bajo el ardiente sol que quemó su cara sin que le importara, y que dejó su cuerpo casi sin agua. Al atardecer y con un esfuerzo sobrehumano, consiguió levantarse y dar los primeros pasos de vuelta a Moreruela.
Al amanecer del día siguiente, dos vecinos de Manganeses lo encontraron aterido de frío, recostado contra el tronco de un árbol,  a orillas del Ería. Estaba extremadamente débil y parecía que  el alma le había abandonado. Pensaron que dejar abandonado y sin atención a un monje podría ser un pecado muy grave que pondría en peligro la salvación de sus almas, así que con dos varas hicieron una rústica parihuela y lo trasladaron a la aldea, donde su cuerpo recuperó fuerzas, pero no así su alma. Nunca se le hubiera ocurrido pensar a los caritativos vecinos, que aquel joven fraile estaba enfermo de amor. Al día siguiente retomó el camino a su monasterio. Ahora ya no le importaba ser monje.

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