miércoles, 22 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLIII (23.05.2013)


Así como  en recorrer la legua de distancia entre Pozuelo y Santa Eulalia apenas le llevó una hora, cabalgar la misma distancia siguiendo el arroyo del molino hasta su encuentro con el Esla, tal como le había indicado el lisiado de Pozuelo, le ocupó algo más de dos horas, pues la vegetación que crecía a ambos lados  del cauce dificultaba notablemente su avance. No podía poner el caballo al trote y en algunos tamos tuvo que llevarlo por el cauce debido a la barrera infranqueable que formaban las mimbreras. La impaciencia acuciante y la impotencia de no poder avanzar con la celeridad deseaba, le estaban poniendo de mal humor y eso era algo que no le convenía. Aunque era hábil para aparentar los estados de ánimo que convinieran a cada situación, le resultaba más difícil hacerlo si estaba alterado, y  como pronto llegaría al monasterio de Moreruela, donde tenía que contar su inventada historia  de forma convincente si quería que le entregaran a Marta o le dijeran dónde estaba, se propuso llegar allí lo más calmado posible, aunque para lograrlo tuviera que perder algún tiempo.
Vadeó el Esla – que, tal como le había dicho el cojo de Pozuelo, no era profundo en ese tramo – y cabalgó hacia el norte por el bosque de choperas que acompañaba al río en todo su recorrido. No pudo ver el monasterio desde la distancia, pues las ondulaciones del terreno y el arbolado se lo impedían, hasta que al coronar una loma, apenas a unos sesenta estadales, apareció ante su vista la fachada sur de la iglesia del monasterio que, a pesar de su sobriedad, tenía una singular belleza que le otorgaban los ábsides de las capillas tras el altar mayor. No divisó campanario alguno, como en las iglesias que conocía. Ignoraba que los monasterios del Císter, eran lugares para la oración y el recogimiento de los monjes, hasta tal punto que la Orden recomendaba que los monasterios se levantaran lejos de las poblaciones, aunque cerca de los ríos para tener abastecimiento de agua. No hacían falta, por tanto, campanas para llamar a los oficios a las gentes extramuros, pues quienes a ellos tenían que acudir eran los moradores del monasterio, que eran llamados a las horas canónicas tañendo las campanas que había en el claustro.
Como su mal humor persistía, desmontó y se sentó apoyándose en el tronco áspero de una encina.  Aún no había empezado el atardecer, así que disponía de media hora, al menos, para descansar y recuperar la normalidad de su ánimo.  Del convento de Santa Clara, cuando era Regidor en Cuéllar, había aprendido las horas canónicas, así que sabía que al final de la tarde, cuando el sol empezaba su rápida bajada hacia el horizonte, sonaba la llamada a vísperas y que no volvía a haber otra llamada a la oración hasta la hora de completas, unas tres horas más tarde. Sería ese tiempo el que aprovecharía para entrar en el monasterio y – así lo esperaba – llegar al final de su búsqueda.
El sol, de un color rojo intenso que teñía de sangre el cielo, empezaba a ocultarse tras la Sierra de La Culebra. Su irritación había menguado. Estimó que era el momento de bajar al cenobio.
Una pared de piedra, de una braza de altura, cerraba la explanada delante de la iglesia. La portilla, de madera, estaba cerrada. Empujó la tranca  dentro de su seno y la volvió a cerrar una vez dentro del recinto. Si la iglesia le había sorprendido cuando la vio desde la loma, ahora, a su pie, la admiración fue en aumento. La sillería era exquisita y así también lo debieron de pensar los maestros canteros, pues quisieron dejar sus firmas en aquellas piedras talladas con tanto primor. Contó diez contrafuertes desde  el nacimiento del ábside del altar mayor hasta la entrada al templo por su fachada oeste. Era, sin duda, no solamente un edificio hermoso, sino de extraordinarias dimensiones. La entrada estaba cubierta por un pórtico  y a su izquierda,  entre la fachada norte y la cilla, estaba la portería.
 No tuvo que esperar mucho desde que llamó  a la puerta  para que el portero  abriera el portillo preguntándole que deseaba.
Tras identificarse como peregrino a Santiago que deseaba acogerse a la caridad del monasterio para pasar la noche en su hospedería, el monje  abrió el pesado portón, que chirrió al girar sobre los goznes, indicándole que entrara. 
- Sigue por este callejón y toma el que hay entre este edifico y el siguiente – le dijo-  y al fondo está la portería de la hospedería. El hermano hospedero te atenderá.
Tentado estuvo de preguntarle si sabía que alguna mujer estuviera alojada allí, pero pensando que así era, se contuvo. Si Marta estaba bajo la protección del monasterio, podía, era lo lógico, haber contado lo que le había ocurrido  al Abad o al Prior, por lo que  cualquier pregunta  sobre sería inconveniente, así que mejor sería la sorpresa, aparecer en la hospedería - porque si en alguna dependencia  estaba, había de ser necesariamente la hospedería, dado que no sólo la entrada, sino la estancia de mujeres en las dependencias del monasterio estaban rigurosamente prohibidas - y hacerse con ella sin darle tiempo a reaccionar.
Ató el caballo a una  de las argollas que para ese fin estaban encastradas en la pared, a la derecha de la entrada de la hospedería y golpeó el portón con la aldaba.
No era un monje quien  abrió el portón, sino un converso que, al ver su capa de peregrino, le señaló una zona de la sala al tiempo que le decía:
- Los peregrinos allí.
Leopoldo López miró en la dirección indicada y allí - como le había dicho el converso – había media docena de personas sentadas ante sendas mesas de madera y que vestían unas ropas similares a la suyas. Debían formar parte de un mismo grupo, pues hablaban entre sí, aunque quedamente.
Había llegado el momento – pensó.
- Tras muchos días de camino y durmiendo sin otro techo que el cielo, estoy muy cansado, así que si no te es molestia, te ruego que me permitas ocupar aquella otra parte, que parece más silenciosa y tranquila- le dijo con voz melosa.
- Comprendo que estés cansado, pero no debes olvidar que ese sacrificio ayuda a purificar el alma y así, cuando presentes al Apóstol tus súplicas, las atenderá con satisfacción, y en lo que a esa parte de la sala se refiere, te diré que su uso no es para los peregrinos, sino para las visitas que recibe el monasterio y que, en ocasiones, permanecen aquí varios días. Vete pues  donde te indiqué, que allí podré servirte algo de comida, si estás hambriento.
- Bien cierto es lo que dices sobre el poder purificador del sacrificio – dijo dispuesto a seguir con su representación y ganarse, aunque fuera por poco tiempo, la confianza de aquel palurdo con pretensiones de monje – Pediré por ti cuando me postre ante el Apóstol y…
- Te lo agradezco – respondió el converso interrumpiéndole- pues buenas son las oraciones y cuantas más mejor para obtener la misericordia del perdón de nuestro pecados, y de todos es sabido que a Santiago le hace mucho caso el Señor.
- ¡Sin duda, sin duda¡ ( ¿Será fe o ingenuidad? - se preguntó) Y ahora dime ¿además de aquellos del fondo y yo mismo hay alguien más alojado ya sea como peregrino o visitas de esas que dices?
- Si, hay gentes alojadas además de vosotros – respondió.
El corazón parecía que iba a salírsele del pecho. Si, estaba seguro que Marta era una de esas personas alojadas. En unos instantes aquel infeliz se lo iba a confirmar.
      -   ¿Y es gente importante esa que dices? ¿monjes quizás o nobles? 
      -    Son dos enviados de Pedro Andrés, el Obispo de Astorga, que reclama para la diócesis unas tierras que pertenecen al monasterio, según he oído decir.
      -   Pero…pero ¿no hay nadie más alojado? – preguntó temiéndose lo peor.
      -  No, solamente esos que te he dicho – contestó- Pero ¿Por qué preguntas tanto? ¿Qué interés tienes?
      -  Sólo curiosidad – respondió controlando a duras penas su frustración- Es que viniendo  el camino oí decir que había llegado aquí una mujer sin compañía y que el Abad la había acogido, por caridad, naturalmente.
      -   Pues te han informado mal, ya que aquí no ha venido ninguna mujer, aunque …
      -    ¿Aunque qué…? Continúa, te lo ruego – la esperanza volvía a surgir.
      -    ….aunque uno de los monjes de este monasterio, que regresó ayer de su viaje al norte llevando sal y acompañado de un postulante, recogió en el camino  a una mujer malherida, a la que curaron en el monasterio de Santa María de Nogales, …
      -     ¿Está allí entonces esa mujer?- preguntó con aparente tranquilidad.
      -    No, no. Parece ser, y esto lo sé por el postulante que acompañó al monje, que el Abad les aconsejó que, ya que tenían que ir al monasterio de Carrizo a entregar unas sacas de sal, la dejaran allí al cuidado de las monjas hasta que sanara totalmente y, así lo hicieron.
      -    ¡ Afortunada mujer que en tan buenas y santas manos ha sido acogida! ¡Qué Dios las bendiga¡ -exclamó con voz compasiva.
      -    ¡ Amén! - respondió el converso.
Leopoldo López estaba que no cabía en sí de gozo. Ya sabía donde estaba y esta vez no se le escaparía. Ahora había que conocer todos los detalles posibles  
- ¿Dijo esa mujer, por la que también pediré al Apóstol, qué le había ocurrido? ¿Por qué estaba malherida?
- No lo sé, aunque por lo que me ha dicho uno de los conversos esta misma mañana y que lo había oído en la sala de monjes cuando acudió a entregarles polvos para hacer tinta, la mujer no recordaba nada; había perdido la memoria y ni siquiera conocía su nombre.
- A veces, las personas de edad avanzada pierden la capacidad de recordar. Quizás era una mujer  anciana y por esa razón…
- No, parece ser que era joven, y lo más extraño es que vestía capa de peregrino, como esa tuya. Las mujeres no deben peregrinar solas y menos en estos tiempos tan inciertos ¿no te parece?
- ¡Qué razón tienes¡ Y qué desgracia la de esa pobre mujer¡
- Confiemos en la misericordia del Señor para que sus males pronto se curen. Y ahora dime ¿quieres algo con que acallar el estómago antes de acomodarte en uno de aquellos jergones?
- Un trozo de pan y cecina con un poco de vino será suficiente.
- El caso es que…
- Lo sé, lo sé. No te preocupes. Toma este óbolo para el servicio de la hospedería- dijo adelantándose a lo que el converso le iba a decir y al tiempo que le entregaba unas monedas de cobre.
- Eres un hombre generoso. Ahora, si te sientas en aquella mesa, pronto te serviré.
Si no fuera porque era muy peligroso cabalgar durante la noche y por un terreno desconocido, de buena gana hubiera salido al galope aquella misma noche para Carrizo. Sabía dónde estaba esa población, pues durante su estancia en La Bañeza se había informado sobre las localidades más importantes de la comarca, así que calculó, mientras esperaba que el converso le trajera lo pedido, que la distancia hasta Carrizo sería de unas veinte leguas que podría cubrir en una sola jornada sin apurar al caballo.
Si partía al alba y haciendo unas dos leguas a la hora, podría estar a media tarde, antes de vísperas, ante las puertas del monasterio de Carrizo. 
La excitación le impidió conciliar pronto el sueño. Esperaba con impaciencia el nuevo día. La rueda de la venganza empezaba a girar de nuevo.

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