IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXX (10.05.2013)
Villa Fáfila era una población pequeña en la que la mayoría de sus habitantes vivían del trabajo de extracción de la sal en las lagunas cercanas de Salina Grande, Barrillos y Salina, proceso controlado por el monasterio de Moreruela, concesionario de la explotación por disposición de Alfonso IX. Había dos posadas en las que se alojaban los muchos carreteros que venían a cargar sal para llevarla a quienes tenían contratada la provisión con el monasterio, así que Leopoldo López no tuvo dificultad alguna para encontrar alojamiento y satisfacer su hambre con algo más que con cecina y queso, como había hecho los días anteriores. Mientras cenaba estuvo atento a las conversaciones en las mesas más próximas por si alguien comentaba algo que pudiera relacionar con Marta. No le gustaba el ambiente que había en la posada, ni el fuerte olor a vino rancio y sudor. Ya había soportado bastante de eso cuando se vio obligado a relacionarse con Benito Riaño – pobre imbécil – en La Bañeza, pero era el mejor lugar para estar al día de los últimos acontecimientos y si Marta había llegado a la Villa, sin duda que sería un acontecimiento digno de ser contado en las tabernas y posadas, así que se esforzó en permanecer allí escuchando el mayor tiempo posible. Con el paso de las horas, los parroquianos se fueron yendo y cuando no quedaban nada más que tres hombres en evidente estado de embriaguez, sosteniéndose milagrosamente de pie, se retiró a su habitación. Al día siguiente, el martes, recorrería la Villa y discretamente preguntaría sobre la presencia en el lugar de una mujer vestida de peregrino y con caballo, y a quien quisiera saber por qué la buscaba, le diría lo mismo que le contó al alguacil de Malgrat.
Ya en el aposento – el mejor – le había dicho el posadero, incluso a la tenue luz de la vela que iluminaba la estancia, pudo ver el color casi terroso de la ropa que cubría el jergón y que no le parecía que se correspondiera con el de una sábana recién o bien lavada. Era escrupuloso, muy escrupuloso con la higiene y sólo en condiciones extremas aceptaba limitaciones a la limpieza y a la comodidad, como cuando tuvo que dormir a la intemperie al huir de Urueña con Marta o durante los dos días que el estado de su pierna le obligó a quedarse en la posada de Santa Cristina. Pero ahora no se daban esas condiciones y, además, quería dormir bien y descansar, pues al día siguiente, y al otro, y al otro… en fin, hasta que localizara a Marta, el esfuerzo que tenía que realizar yendo de una aldea a otra, y que ya había empezado desde que salió de Malgrat, iba a ser agotador y para poder afrontarlo sin desmayo, necesitaba aprovechar la noche para reponer las energías de su cuerpo perdidas durante el día.
Asomándose a la balaustrada de madera del pasillo en la primera planta, y al que daban las puertas de las cinco estancias que en ella había, llamó al posadero exigiéndole ropa limpia para su cama. Cuando este entró en la habitación y vio al huésped sin la capa de peregrino, pudo darse cuenta, por la ropa que vestía, que era hombre importante y con medios
- Os ruego me perdonéis Señor. A mi mujer se le habrá olvidado mudar la cama, pues ya es mayor y, a veces, la cabeza no le rige muy bien. Ahora mismo traeré sábanas nuevas y también una manta, pues aunque por el día hace mucho, las noches son muy frías.
- Está bien, pero date prisa – le dijo Leopoldo López – y pon agua limpia en el aguamanil.
El tono autoritario que empleó, confirmo al posadero lo que había supuesto al ver su ropaje y la daga que llevaba al cinto. La prudencia le aconsejaba que lo tratara con deferencia para evitar problemas, algo que en modo alguno deseaba tener y menos con un hombre armado y con una mirada tan fría que al cruzarse con ella hacía sentir escalofríos.
Cambió la ropa de la cama y llenó la jofaina, despidiéndose con una torpe reverencia a la vez que le decía que no dudara en llamarle – a cualquier hora – remarcó, si necesitaba algo.
El dolor de la pierna era cada vez menor y así pudo dormir casi toda la noche de un tirón hasta que el canto de un gallo le despertó cuando aún no había empezado a clarear el día. Era muy temprano aún y a esas horas nadie habría por las calles de la Villa para poder hacer su pesquisa, así que permaneció en la cama, tumbado boca arriba y con las manos en la nuca pensando, una vez más, en todo lo ocurrido desde que Marta fuera llevaba por Gerondio a La Bañeza. Trataba, mediante el análisis de cada hecho acaecido desde entonces, encontrar algo, algún error cometido sin darse cuenta o un fallo de su plan que explicara por qué él estaba ahora en esa sucia posada buscando a la que había sido su presa segura.
Unos golpes en la planta baja le despertaron. Se había quedado dormido sin darse cuenta. Se levantó y abrió el postigo de la ventana. El sol asomaba ya sobre el horizonte de la Tierra de Campos. Se lavó la cara en la jofaina y cubierto nuevamente con la capa de peregrino, salió de la habitación. Se había dado cuenta de la reacción del posadero cuando subió a cambiarle las sábanas así que le habló con el mismo tono y autoridad conque lo había hecho entonces.
- Dime, posadero ¿has alojado en este lugar a alguna mujer estos últimos días? – le preguntó.
- Ni estos último días, ni siquiera meses, por no deciros que nunca, pues aquí solo se hospedan los muleros que vienen por la sal, algunos comerciantes que vienen a negociar con el Abad de Moreruela y también algún trabajador de las salinas cuando viene de nuevo hasta que se acomoda con alguna familia de la Villa, pero mujeres, mujeres no – contestó.
- ¿Y has oído alguna conversación o comentario que te haga suponer que recientemente ha llegado a esta población una mujer con capa de peregrino que viaja a caballo? – insistió.
- Nada he oído, Señor, pues apenas salgo y cuando viene gente aquí no presto atención a sus conversaciones. El ruido es alto y no habría forma de entender lo que dicen pues, tal como pudisteis comprobar anoche cuando estabais cenando, se emborrachan hasta caer al suelo.
- Entonces preguntaré en la otra posada – dijo dándose media vuelta para salir.
- Haced lo que consideréis mejor Señor, pero si estáis buscando a una mujer, la encontraréis en cualquier lugar del Reino menos en esa posada, pues más que posada es una pocilga en la que nadie se hospedaría pudiendo evitarlo, y mucho menos una mujer, porque estáis buscando a esa mujer con el caballo ¿verdad?
- No es asunto que a ti te concierna- contestó con el ex Regidor mirándole fijamente – no obstante y por si así fuera y apareciera por aquí, retenla de grado o por la fuerza, pues es una pobre mujer que habiendo perdido la razón se ha escapado de la casa de sus padres y tengo que devolverla a ella para que reciba los auxilios propios de su estado.
- Pero, Señor, si aparece por aquí y la retengo ¿cómo podré hacéroslo saber si os vais?
- Si eso ocurriera, esperarás con ella hasta mi vuelta dentro de dos tres días; después la llevaré con sus padres, que son familia muy principal, por lo que serás recompensado – contestó. Ahora miraré por ahí y, entre tanto, cuida de mi caballo.
Leopoldo López salió a la calle dispuesto a continuar su investigación por aquella villa salinera. Dentro, el posadero, pensaba en lo que iba a hacer con el dinero de la recompensa que recibiría, porque estaba seguro que aquella mujer aparecería por la puerta de su posada pidiendo alojamiento; ¿por qué si no aquel hombre se había alojado en su casa y ahora estaba preguntando por ella en aquel lugar? La respuesta era sencilla: él esperaba que apareciera por Villa Fáfila, así que lo que necesitaba era un poco de suerte para que la mujer no apareciera hasta después de que el hombre se hubiera ido.

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