sábado, 18 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXIX (19.05.2013)
El jueves veinticinco de julio, Leopoldo López lo empleó en recorrer con detenimiento la villa de Tábara y la aldea de Faramontanos buscando a Marta o cualquier pista o indicio que le indicara dónde podría hallarse; pero todo su esfuerzo fue inútil. Nadie recordaba haber visto a una mujer sola y forastera en ninguna de las dos poblaciones. Continuar la búsqueda hacia el oeste suponía tener que cruzar las primeras estribaciones de la Sierra de La Culebra, obstáculo que si bien en aquella época del año no entrañaba gran dificultad para quien estuviera acostumbrado a cabalgar por terrenos abruptos, si que lo suponía para él y, supuso, mucho más para Marta, por lo que no consideraba probable que pudiera haber huido en aquella dirección sabiendo, en el supuesto de que supiera dónde se encontraba– pensó - que la alejaba de Cuéllar. Volvería Tábara y al día siguiente cabalgaría hacia el este hasta alcanzar el río Esla, preguntando en cada aldea que hubiere en el camino y que creía que no serían pocas, pues siempre se ha sabido que en las vegas y riberas de los ríos abundan los asentamientos debido a que son terrenos generosos para la agricultura.
Así pues, durmió aquel la noche nuevamente en Tábara. Tantos días cabalgando y con la incomodidad que suponía su pierna escayolada, habían exigido a su cuerpo un esfuerzo agotador y del que sólo era posible recuperarse con el descanso y, aunque en modo alguno formaba parte de sus intenciones, aquella mañana se despertó ya con el sol alto en el horizonte. Cuando se dio cuenta, soltó una imprecación. No se podía permitir perder el tiempo, y aunque reconocía que el prolongado descanso había sido beneficioso para su cuerpo, no lo era así para sus planes. Había perdido la cuenta de los días que habían pasado desde que el huesero de Santa Cristina le entablillara la pierna fracturada, que ya no le dolía, pero mantenerla rígida le restaba agilidad y hacía que cabalgar fuera más incómodo aún. Quizás las tablillas ya no eran tan necesarias. Podía quitármelas- pensó – y con un poco de cuidado al montar y desmontar…
Así que antes de bajar de su aposento en la hospedería, se sentó sobre un arcón de madera que había en la habitación y soltó las tiras de tela que sujetaban las tablillas. Después, con suavidad, apoyó el pié, aunque sin levantarse. No sintió dolor alguno. Despacio, se pudo de pie cargando el peso del cuerpo sobre su pierna izquierda. Notó, pero como muy lejana, una sensación dolorosa, aunque tan leve que no se podía considerar como dolor. Dio un paso, y otro, y otro….Llegó hasta la ventana por la que entraba a raudales la luz del sol. Pudo ver, no muy lejos la torre del cenobio de San Salvador y las ondulaciones de la Sierra de La Culebra recortándose en el horizonte. Ya no sentía molestia alguna. Se enfundó las calzas y el jubón y sobre éste la capa de peregrino; por último se calzó y después de haber pagado al mesonero, con mucho cuidado montó y tomo el camino que recorría en toda su longitud el valle en cuyo centro se levantaba Tábara. Cuando se hubo alejado una media legua, desmontó y siguió a pie, pues quería ejercitar la pierna herida, convencido de que de esa forma pronto dejaría de cojear y podría montar con seguridad.
Cuando se sentía cansado, volvía a cabalgar un trecho y nuevamente desmontaba y caminaba. Con estos ejercicios llegó pasado el mediodía a la población de Pozuelo en la que desistió preguntar por Marta, pues sólo había media docena de pequeñas construcciones de barro y tejado de retama que más parecían majadas que viviendas. Estaba a punto de rebasar la última de las construcciones, cuando un hombre, al que le faltaba media pierna izquierda, salió de ella apoyándose en una muleta y extendiéndole la mano en petición de limosna.
- ¡Por caridad, tened compasión de este lisiado al que Dios ha olvidado y el Rey abandonado. Sed compasivo con quien luchando en La Navas contra el musulmán, quedó de esta suerte!
El ex Regidor le miró con curiosidad y sin bajarse del caballo le preguntó:
- ¿Por qué dices que Dios te ha olvidado y el Rey abandonado? ¿Qué tienen ellos que ver conque te falte media pierna?
- Nos prometieron la gloria por defender la fe cristiana contra el musulmán y antes de la batalla obispos y sacerdotes nos confesaron y bendijeron y nos dijeron que Dios sabría agradecer nuestro sacrificio, pero yo sacrifiqué media pierna y por ninguna parte ni de ninguna manera he visto el agradecimiento de Dios, sino todo lo contrario, pues sin mi media pierna no puedo atender las tierras ni cuidar las ovejas, sólo labrar mi pobreza. Y el rey castellano, que botín nos prometió y que grande iba a ser, después de la victoria se olvidó de su promesa y las riquezas capturadas en Baeza y Ubeda se fueron a sus arcas y a las de los obispos y nobles que le acompañaron, así que hete aquí a un soldado que luchó en la más grande batalla habida, obligado a limosnear por la gracia de Dios y el honor de su rey.
- No soy quien para juzgar los designios de Dios, pero sé muy bien lo poco que vale el honor de tu rey para el que esta moneda sería pago excesivo – dijo al tiempo que le enseñaba una moneda de cobre. El odio que sentía contra el Rey le desterró de Castilla era como un incesante fuego que le quemaba las entrañas.
El hombre permaneció callado y con la mano extendida implorante.
Leopoldo López le echó la moneda, no por compasión, sino porque, de alguna forma, ayudar a quien había sido víctima también del rey castellano, era como llevar a cabo una pequeña venganza contra él.
- Te doy las gracias y deseo que tengas buen viaje, seas quien seas, y no te digo que Dios te acompañe porque no sé dónde está.
- Muéstrame mejor tu agradecimiento diciéndome si has visto u oído que haya pasado hace unos días por aquí una mujer a caballo, ataviada con ropa de peregrino, como esta que yo visto.
- Nada he visto y nada he oído, aunque si era peregrina, puede que los monjes de Santa María sepan algo, pues allí dan cobijo a quienes van a Compostela a venerar al Apóstol.
- ¿Te refieres al cenobio de Moreruela, el de los monjes blancos?- preguntó interesado.
- ¿Acaso lo conoces?
- No, no lo conozco, así que dime como lo puedo encontrar.
- Toma ese sendero hacia el norte y síguelo hasta llegar a la aldea de Santa Eulalia, a una legua de aquí, y allí sigue el arroyo, al que llaman del molino pues uno hay en él, y que va a desaguar al Esla, a algo menos de una legua. Vadea el río, que allí es estrecho y poco profundo y cuando estés en la otra orilla, si la sigues hacia el norte, no tardarás en encontrar el monasterio, pero no te alejes de la orilla, pues aquel terreno no es llano como éste y la vegetación es muy densa.
- Veo que conoces bien el camino así que seguiré tus indicaciones- dijo al tiempo que le arrojaba otro cobre que el cojo, con sorprendente destreza para su estado, cogió con rapidez.
Leopoldo López, por primera vez desde que inició la búsqueda de Marta, tenía un presentimiento positivo. Algo en su interior le decía que el encuentro en Bretó con el monje de Moreruela hacia dos días y con el lisiado de la aldea que acababa de dejar a sus espaldas, no era casual, sino obra del destino que, de esa forma, trataba de dirigir sus pasos a ese monasterio, y la razón para ello – pensaba- sólo podría ser que Marta se encontraba allí, o que le dirían dónde poder hallarla. Golpeó los ijares del caballo poniéndolo al trote. La impaciencia, y con ella la excitación, empezaba a hacer mella en su ánimo.
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