martes, 7 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXVIII (08.05.2013)

El puente que en Villanueva al que se refería fray Apuleyo, requería extremar el cuidado cuando se cruzaba con carretas y elegir para ello el momento adecuado, pues siendo un puente necesariamente largo para poder salvar los tres ramales en los que el río se  dividía aguas arriba de Villanueva, a unos doscientos estadales, de  forma similar a la que lo hacía a la altura de Santa Marina del Rey, su calzada era irregular y que, aunque provisto de pretiles, carecía de apartaderos, de tal forma que no era posible el cruce de dos carretas.  Por fortuna,  ninguna carreta  ni caballería venía de la otra orilla, así que pronto estuvieron en la otra orilla, a muy poca distancia ya de Carrizo. 
El traqueteo de las ruedas sobre la calzada empedrada, despertó a Marta, que se incorporó mirando a su alrededor; nada de lo que veía le resultaba conocido.
- Decidme ¿dónde estamos? ¿Qué río es este que estamos cruzando? ¿A dónde me lleváis?
Monje y postulante, sorprendidos, se volvieron al mismo tiempo. Gervasio iba a responder, pero se lo impidió fray Apuleyo.
- ¡Tú a lo tuyo! -  le dijo al tiempo que reforzaba la orden con un codazo en las costillas de su forzado adlátere.
- Este río es el Órbigo y la población a la que nos dirigimos y a la que llegaremos enseguida es Carrizo de la Ribera, donde se levanta el monasterio de Santa María, al que llevamos la sal sobre la que has dormido. La Abadesa te acogerá en su comunidad – qué sea así, Señor, te lo ruego – hasta que te recuperes, que  ella te será de gran ayuda en esa labor, pues es mujer muy sabia no solamente para las cosas del alma, sino también para las del cuerpo.
- ¿Creéis que ella me ayudará a encontrar mi pasado? – preguntó ansiosa.
- Si es la voluntad de Dios, Nuestro Señor, así será – contestó fray Apuleyo.
Había condicionado el éxito de la recuperación a la voluntad de Dios, pues sabía que así como  para arreglar una pierna rota o tratar males del vientre había  tablillas – ortesis las llamaba el monje enfermero de Moreruela -pócimas, ungüentos, elixires y multitud de hierbas, para recuperar parte de un alma perdida - pues eso era no recordar el propio pasado – nunca había oído que existieran remedios distintos a los de la voluntad del Sumo Hacedor, aunque, quien sabe si la Abadesa Renata…
Marta se sintió esperanzada con las palabras del monje. Era posible que pudiera saber quien era, qué vida había sido la suya a través de los recuerdos que ahora estaban ocultos tras el muro que se había levantado en el interior de su cabeza. 

El monasterio de Santa María de Carrizo era  de arquitectura sobria, como, por lo general, todos los monasterios cistercienses ya fueran femeninos o de monjes. Había sido levantado en terrenos del conde Ponce de  Minerva, primero por su yerno y después por su esposa, doña Estefanía, para donarlo a la Orden del Císter y que fuese habitado por monjas bernardas, fundándose en el año de mil y ciento setenta y seis y siendo su primera abadesa doña María, hija de la condesa. Era un monasterio que, a pesar de que solo habían pasado algo menos de cuatro décadas desde su fundación, debido a las numerosas donaciones ya fueran reales o particulares y a las dotes que aportaban  algunas religiosas pertenecientes a familias nobles al ingresar en la Orden, adquirió un gran patrimonio e influencia, hasta tal punto que tenía jurisdicción civil y criminal sobre  los dominios directos y los compartidos con el obispado de Astorga. 
Todo esto le iba contando fray Apueyo a Gervasio  mientras recorrían el último tramo del largo camino que hasta allí habían iniciado en Santa María de Moreruela.
- … y todo esto te digo - continuó - para que tanto ahora como cuando hagas este mismo viaje en los años venideros, no olvides que aunque sus monjas no tengan el poder de perdonar los pecados del alma y, por  tanto, el de no poder librarte del fuego eterno, sí lo tienen para poder convertir tu vida terrenal en un infierno si quebrantaras sus reglas monacales, especialmente la de la clausura. 
- Entonces, si su clausura es tan estricta, una vez que entreguemos las sacas de sal ¿dónde pasaremos la noche fray Apuleyo? porque si poco hemos comido, menos  aun descansado, y aunque mortificar el cuerpo eleva el espíritu, el castigo en exceso puede que lo eleve tanto que se escape del cuerpo y…
- ¡No seas irreverente¡ -le cortó indignado el viejo monje.
- Pero …
- Dormiremos, como siempre, en la hospedería del monasterio, que aquí si la hay, pues por este lugar pasan también muchos peregrinos que van a venerar al Apóstol y necesitan auxilio médico o, cuando menos, descanso.

Marta no había podido evitar oír la conversación entre los dos religiosos, sorprendiéndole el comentario  del más joven, el que le había curado la  herida de la frente y la contusión de la rodilla, pues también ella consideraba una irreverencia lo que había dicho. No era un comentario propio de alguien consagrado al servicio de Dios, aunque preciso era reconocerle la virtud de la caridad, al menos con ella; pero  el comportamiento del joven fraile no era lo que más le interesaba en esos momentos, sino la llegada al monasterio al que se dirigían y lo que en él pudiera acontecer de la mano de la Abadesa  para recuperar su pasado.
La entrada a la iglesia del monasterio era de arco abocinado, con arquivoltas sin relieves, que así se correspondía con la sobriedad que la Orden había impuesto en su arquitectura, carencia que no la privaba de una singular belleza. 
Las entradas a la hospedería, al monasterio y  a la iglesia estaban en un mismo paño y por ese orden, así que fray Apuleyo hizo lo que había venido haciendo en cada viaje: detener la carreta frente al portón de la hospedería. Le dijo a Gervasio que espera allí y que la muchacha no se bajara de la carreta, que él iba al monasterio pues ya pasaba de la hora de vísperas y quería dejar resuelta la entrega de la sal antes de completas, pues si no, tendrían que esperar al día siguiente y, además había que tratar lo del alojamiento de la muchacha.

 El portón de entrada al monasterio estaba abierto y daba paso a un pequeño patio cuadrado, de unas cuatro varas de lado. Allí, en la pared de la izquierda, había una pequeña ventana cubierta con celosía y, a su derecha, el torno que servía para los intercambios entre la clausura y el mundo exterior. Fray Apuleyo hizo sonar una campanilla colocada entre el torno y el locutorio. 
- ¡ Laudetur Jeus Christus¡ - saludó una voz de mujer detrás de la celosía
- En saecula ¡Amen! - respondió fray Apuleyo 
- ¿Qué es lo que deseáis? – preguntó la misma voz.
- Soy el monje Apuleyo, del cenobio de Santa María de Moreruela y, al igual que cada año, vengo a traeros la sal – respondió.
- Avisaré a la Madre cillerera de vuestra llegada. Aguardad un instante.
Mientras esperaba la llegada de la cillerera, pensaba en la forma más adecuada de pedirle a la Abadesa que acogiera a la mujer que traían en la carreta. Confiaba que en la Madre Renata no tuviera inconveniente en hacerlo pues era cristiana de muy buen corazón, pero también cabía la posibilidad de que dijera que  no o que dudara y, en ese caso, si sería conveniente o no decirle que el solicitar su acogimiento en el monasterio había sido una sugerencia del Abad de Santa María de Nogales. Claro que, teniendo en cuenta la influencia y poder de la Abadesa, quizás pudiera sentirse molesta pensando que el Abad decidía por ella y que ello la impeliera a decir que no. Así que concluyó que debía de contarle a la Madre Renata todo lo relativo a aquella muchacha y confiar en que decidiera lo que considerara más conveniente. Si decidía no acogerla, dado que ya había recuperado la consciencia y la herida de la frente empezaba a formar pústula, la dejaría en la población y que ella buscara quien la acogiera, si eso era lo que quería o que…
- Bienvenido, seáis, hermano Apuleyo -  la voz de la Madre Beatriz, la cillerera, la sacó de sus cavilaciones.- ¿Habéis tenido buen viaje?
- Gracia, Madre Beatriz – respondió al reconocer la voz de la monja- Henos aquí una año más, que para mí será el último, pues mis pobres huesos están cansados y mis ojos cada vez más perezosos.
La Madre Beatriz, como cillerera, era la encargada de la adquisición, almacenamiento y distribución de los suministros para el monasterio, por lo que cada año, le correspondía a ella recibir y pagar la sal que traía fray Apuleyo, así que como consecuencia de esa relación, había surgido entre ellos cierta confianza.
- En cuanto al viaje, he de decir que no ha sido el mejor de los nueve ya hechos,  pues bien podría decir que el Señor ha querido poner a prueba no sé si nuestra caridad o paciencia - dijo con voz resignada.
- ¿Acaso habéis tenido algún accidente o un mal encuentro con bandoleros? 
- No, no. No hemos tenido accidentes ni encuentros con bandidos, Deo gratias. Pero no hablemos de ello ahora, sino que terminemos lo que he venido a hacer.
- Bien, como deseéis. ¿Cuánta sal habéis traído?
- Dos sacas de dos arrobas cada una, tal como acordamos el pasado año- contestó.
- Descargadla en la hospedería, pero pedid que os ayuden algunos de los que allí veáis. Después volved aquí para recoger el pago de la sal. Ahora voy a hablar de ello con la Madre Leonila, la tesorera.
- Aguardad un momento, Madre Beatriz, pues quiero pediros que comuniquéis a la Abadesa que necesito hablar con ella de algo importante.
- Se lo comunicaré, pero me temo que hoy ya no va a ser posible, pues apenas falta nada para completas…
- Aun así, os ruego que insistáis, pues, como os digo, es un asunto importante.
- Id a descargar la sal y después, cuando volváis a recoger los dineros, os diré cuando podéis hablar con la Madre Abadesa, pues para entonces ya le habré comunicado vuestra petición.
- Eso haré. Gracias hermana Beatriz.
Gervasio y Marta seguían en la carreta. El postulante en el pescante y ella sentada sobre una de las sacas de sal.
- Aquí estarás bien, pues como dijo fray Apuleyo, la Abadesa de este monasterio es una mujer muy instruida y conocedora de los secretos de la Naturaleza para sanar los males del cuerpo.  Aunque también lo es el monje enfermero de nuestro monasterio, pero no podrías quedarte allí porque …
- Y tú ¿cómo te llamas? - la cálida voz de Marta interrumpió su explicación, a la vez que le provocó un estremecimiento que erizó el rubio vello de sus brazos  cubiertos por las anchas mangas del tosco hábito. 
Sorprendido y nervioso sintiendo la mirada de ella sobre él, tardó en contestar.
- Soy Gervasio y aún no he profesado como  monje- contestó con voz temblorosa- pero sólo me falta un año para cumplir el plazo como postulante y entonces empezaré el noviciado, si me admite el Abad, aunque si no lo hiciera, tampoco me iba a importar mucho, pues cosa ha sido de mi padre el meterme a fraile.
- Ya veo que  es débil tu deseo de buscar a  Dios desde la soledad y el silencio y el trabajo de un monasterio. Confía en que el Espíritu te iluminará para que, cuando llegue el momento, tomes la decisión más adecuada, pues son muchos los caminos que conducen al Creador. Y dime ¿de qué monasterio sois? ¿Cuál es vuestra Orden?
Gervasio, seducido por aquella voz, tardó en contestar. 
- Somos de Santa María de Moreruela- respondió – que es un monasterio del Císter ¿por qué te interesa saberlo?
- Es que, por un momento, al ver el hábito del monje cuando se  bajó de la carreta, algo  parecido  y aunque borroso y fugaz pasó por mi cabeza, como si no fuera la primera vez que lo viera, aunque puede que fuera consecuencia de mi  angustiosa necesidad de saber quien soy …
Pareció que iba a seguir hablando pero, para desencanto de Gervasio, no lo hizo.
Fray Apuleyo llegó a la carreta y le dijo a Marta que se bajara, pues tenían que descargar la sal y meterla en el claustro de la hospedería. No solicitó ayuda para la descarga. Cuando dejaron las sacas en Santa Colomba y Nogales, pudo comprobar que Gervasio se bastaba  para hacerlo.

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