martes, 21 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLII (22.05.2013)

Gervasio estaba decidido. No quería engañarse ni engañar a los demás. Se marcharía durante la oración de la mañana. Si no podía conseguir ropa adecuada, se arreglaría con su hábito de postulante; lo cortaría a la altura de las rodillas y pasaría por un tosco  jubón, pero jubón al fin y al cabo. 
Habían llegado aquella tarde al monasterio después de tres jornadas de viaje y el  deseo de volver a ver a la muchacha sin nombre, hacía que esos tres días le parecieran un larguísimo tiempo. La noche era calurosa y la noche anterior la Luna había entrado en cuarto creciente, luz nocturna suficiente como para que pudiera caminar con cierta seguridad. Recordaba el camino que habían seguido con la carreta cuando una semana antes partían con la sal y si en el peor de los casos, desorientado, se salía del camino, le bastaba seguir el curso del río aguas arriba para llegar inevitablemente a Bretó. 
Si bien había dos recorridos posibles para salir del monasterio sin ser visto, ambos tenían en común la escalera de maitines por la que se accedía a la iglesia desde las celdas de los monjes, situadas en la planta alta a la izquierda de la iglesia, y el mismo iglesia, por lo que necesariamente tendría que entrar en ella. Una vez allí se encontraría con las dos rutas posibles. Una de ellas le llevaría al exterior saliendo por la puerta que comunicaba la iglesia con el claustro, situada a unos  seis pies a la derecha de la escalera de maitines  en la nave izquierda del templo, delante del coro de los monjes. Una vez en el claustro, debería avanzar por la galería que, pasando por delante de la sacristía, la sala capitular, la prisión y el locutorio, conducía a la sala de los monjes, y entre ésta y el locutorio, justo en la confluencia de los lados Este y Norte del claustro, estaba el pasaje de la huerta, la salida al exterior. La alternativa a esta ruta era la de salir de la iglesia por la puerta de los conversos y, por el pasaje de la portería, acceder al exterior. Este recorrido era el que menos le gustaba, pues tendría que recorrer toda la nave izquierda de la iglesia aprovechándose muy bien de la escasa luz del recinto y  de las sombras de los enormes columnas cruciformes que sostenían las tres naves del templo,  para no ser visto por algunos de los monjes que durante la oración ocupaban la parte central del templo. 
Decidió que era más seguro salir por el claustro, pues el tiempo de exposición a al vista de los monjes sería mínimo dada la proximidad de la escalera de maitines a la de acceso al claustro.
Aunque no era obligatorio para los postulantes asistir a los rezos de la horas  canónicas, acudían habitualmente animados por la fe que les había hecho tomar la decisión de abrazar la vida religiosa, así como  dormir con el hábito puesto, como los monjes, para no perder tiempo vistiéndose  para asistir a los rezos y también para evitar las tentaciones de  la carne, como les habían dicho sus preceptores al ingresar en el monasterio. 

Esa noche, cuando las campanas del claustro llamaron a maitines, esperó lo suficiente para incorporarse como último a la fila  de monjes que, respondiendo a la llamada, se dirigía a la iglesia y mientras todos ocupaban sus lugares para el rezo, él salió sigilosamente por la puerta del claustro. Una vez en el exterior, siguió la fachada del edificio hasta llegar a los árboles que poblaban la loma al norte del cenobio, desapareciendo entre ellos.
No le asustaba la noche y menos aquella en la que el cielo estrellado y la luna en cuarto creciente le permitían ver el camino que le llevaba  hasta el río, pero no pudo evitar sobresaltarse cuando un inesperado chillido rasgó la noche muy cerca de él. Una lechuza acababa de capturar algún ratón – pensó.
Al amanecer, cuando aquellos con los que hasta ahora había compartido techo, estarían acudiendo al concilium, cruzaba silenciosamente la aún dormida aldea de Bretó.

A la misma hora, pero veintidós leguas la norte, las monjas de Santa María de Carrizo  acudían a su concilium de cada día. El en celebrado tres días antes, la Madre Renata informó a la Comunidad sobre la llegada de una mujer que los monjes de Moreruela  habían encontrado malherida en el camino, aunque sus heridas no eran de gravedad y se estaban curando, no ocurría lo mismo con su cabeza en la que parecía haberse borrado todo recuerdo de su vida pasada. No sabe a que familia pertenece, ni de donde procede, ni qué le ocurrió, pero se esfuerza en encontrar las respuestas a esas preguntas. 
      -    … y en ese esfuerzo hemos de coadyuvar, hermanas – les exhortó – para que recupere su vida pasada lo más pronto posible. El mal funcionamiento del cerebro de esta  mujer parece estar causado por un fuerte golpe en su cabeza y su cura requiere de mucha paciencia, como expone el médico cordobés Ibn Rush o Averroes en su Enciclopedia médica. La ayuda que os pido para esta mujer, hermanas, es la de que aquellas de vosotras que por su oficio no estén sometidas al silencio, cuando os sea preciso hablar con ella, limitaos a lo estrictamente necesario, sin preguntarle sobre su pasado  o las circunstancias que la han traído bajo nuestra protección. Ha de ser ella con su esfuerzo y los remedios médicos que la enfermera le proporcionará, así como con la ayuda de Dios, quienes consigan  sacarla de su olvido.
Aunque ya llevaba tres días en el monasterio, no todas las monjas sabían de la presencia la mujer a la que se refería la Abadesa,  por lo que la curiosidad y el interés era tan  evidente que más de una hubiera interrumpido a la Madre Renata para hacer una pregunta si no fuera que no estaba permitido. 

El día anterior, la Abadesa había convocado a la Madre Mónica, la Priora y a la Madre Bernarda, que era la Subpriora, para hacerles saber lo que había decidido respecto de aquella mujer y que era lo que ahora estaba informando en el concilium ; pero sabían que el asunto iba a ser, sin duda, materia de conversaciones en voz baja entre las monjas, por lo que consideraron que lo más conveniente era adelantarse a dar respuestas a las preguntas lógicas que surgieran en sus cabeza y que no podían formular evitando así rumores, conjeturas y lucubraciones y que el recogimiento propio de su condición monástica fuera perturbado. Así que cuando la Abadesa finalizó su intervención, fue la Priora la que se dirigió a la Comunidad.
- Entre tanto no ocurra la recuperación total de esa mujer, si esa es la voluntad de Dios Nuestro Señor, servirá al monasterio en la hospedería bajo la tutela de la Madre Beatriz o en la cervecería en función de las necesidades de cada momento. Se alojará en lo hospedería y no  tratándose de postulante o novicia, no estará sometida a la disciplina de las horas canónicas, aunque sí  a todas las demás  normas de la vida monástica  -hizo una pausa para observar el efecto de sus palabras- y dado que no recuerda su nombre – continuó - la conoceremos como la hermana María, en honor a la primera Abadesa de este monasterio.
Cuando terminó, miró de soslayo a la Abadesa que hizo un casi imperceptible gesto de asentimiento, terminándose así con el asunto de la hermana María.
A continuación y como era habitual, se hizo un recordatorio de las hermanas de la Comunidad fallecidas y la recitación del Salmo De Profundis y sus preces finales, terminándose así el capitulum de aquel día veintisiete de julio del mil y doscientos trece, sábado y festividad de la mártir cordobesa Santa Natalia.

Mientras esto ocurría en la clausura, Marta, ajena a todo ello, estaba ahuecando los jergones de paja del dormitorio corrido de la hospedería siguiendo las instrucciones dadas por la hermana Inés, adjunta de la  Madre Beatriz, y que después barrería con una tosca escoba de brezo. Cuando terminara, debía hacer lo mismo con los aposentos o celdas individuales, que en número de tres, había en la planta alta, una de las cuales era la suya.
La Abadesa la había llamado al día siguiente de su llegada, pues quería oír de su propia voz lo que ya fray Apuleyo le había contado, así como para conocer su disposición a quedarse en el monasterio como colaboradora inicialmente  y quien sabe si en el futuro, si esa era la voluntad de Dios, como postulante. También la había dicho que a partir de ese día, sería llamada como la hermana María, al menos hasta el día en que recordara el suyo.
- ¿Creéis entonces, Reverenda Madre que algún día recuperaré la memoria y sabré quien soy, cómo me llamo o dónde he vivido? – había preguntado ilusionada.
- Si esa es la voluntad de Nuestro Señor, así será, hermana María. Ora et labora, es la máxima de nuestra Orden, así que rezaremos para que así sea y ayudaremos a tu  cerebro a recuperar lo que tiene oculto con remedios que yo misma te dispensaré.
Salió esperanzada de la reunión con la Abadesa, que había sabido transmitirle la esperanza que tanta falta le hacía. Después la Madre Mónica le informó sobre las normas que regulan la vida monacal y las que a ella le afectaban. Después, ya bajo las órdenes de la hermana Inés, inició sus tareas en la hospedería.
Le agradaba el silencio que todo lo dominaba. Desde los fogones de la cocina llegaban las voces apagadas de otras colaboradoras, pero que en modo alguno, mientras barría o trataba de mullir aquellos ásperos jergones, la distraían de la búsqueda de las respuestas a las preguntas de siempre ¿quién, cómo, dónde…? 
Cuando la hermana Inés le entregó la  pesada escoba, supo de inmediato como utilizarla aunque no recordaba haberlo hecho nunca, así que quizás es que lo había visto hacer en el pasado; pero ¿dónde? ¿a quién? Si sabía cómo hacerlo es que su cerebro no había cerrado totalmente la puerta del cuarto de sus recuerdos, así que, como le había dicho la Abadesa, con la ayuda de Dios y de las medicinas, cualquier día  terminaría abriéndola del todo y su vida volvería a la normalidad.
Cuando regresaba de la reunión con la Abadesa acompañada por la Cillerera, cruzaron por la iglesia. Al hacer la genuflexión, levantó la mirada al austero retablo. Durante unos instantes, una imagen en la que ella estaba  rezando postrada ante el altar de una capilla, surgió en su cabeza. ¿Formaría  aquella imagen parte de su vida pasada o sería el producto de un sueño? Trató de   recordar, pero… de lo que sí estaba segura era que esa imagen no se correspondía con nada de lo que recordaba desde que salió de la inconsciencia y que si volvía a la iglesia  – pensó- quizás volviera a aparecer  y entonces, no cogiéndola por sorpresa, como ahora, pudiera retenerla y tratar de que su cerebro la identificara. Sentía, además, la necesidad de rezar, de arrodillarse ante el altar y dejar que su corazón dialogara con el Dios, contarle sus cuitas, sus miedos y angustias y rogarle que le diera  las fuerzas para  no desfallecer ante las circunstancias que estaba viviendo, así que, pasado su primer día en la hospedería, solicitó a la hermana Inés ir cada día a la iglesia, una vez terminadas sus obligaciones matutinas, petición que atendió con agrado y que la hizo preguntarse si habría sido casual su llegada al monasterio en aquellas circunstancias tan dolorosas u obra de la Divina Providencia el haberla conducido hasta allí para una mayor servicio a Dios desde la oración y el recogimiento. El tiempo  tendrá la respuesta –pensó – pero la piedad que manifiesta con esta petición de acudir a orar a la iglesia, puede ser parte de la respuesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario