martes, 14 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXV(15.05.2013)

Lucas seguía a cierta distancia a los alguaciles que llevaban preso al Capitán. Desconocía la razón por la que había sido detenido, aunque, sin duda, era por algo que había ocurrido en La Bañeza aquel once de julio, un par de días antes de que él llegara a la Villa.
Durante el recorrido desde la hospedería hasta el cuartel sólo se habían cruzado con dos hombres, por lo que no era probable que cualquiera de aquellos que vociferando acompañaban la comitiva pudiera asociarle al Capitán, así que se acercó a unos de los que gritaban.
- Dime ¿quién es ese hombre al que llevan engrilletado? – preguntó. ¿Por qué le llevan detenido?
- Es  el asesino de la casa del puente – contestó sin volverse.
- ¿Ha habido algún asesinato? ¿Cuándo? ¿A quién ha asesinado?
Entonces el hombre se volvió. Lucas, por precaución, llevaba la capucha puesta.
- ¿Cómo? ¿Acaso no sabes que hace unos días asesinaron a dos hombres  en la casa del puente y que uno de ellos era un vecino nuestro? ¿Dónde estabas tú para no conocer lo que sabe todo el mundo?
- He estado muchas semanas fuera pastoreando y acabo de regresar- contestó – pero dime ¿quién era el otro hombre asesinado?
- Parece ser que era el criado de un comerciante de lanas que llevaba pocos días aquí y que ese  asesino acabó con él para robar en la casa.
Al oír lo que decía aquel hombre, Lucas a punto estuvo de contestarle defendiendo al Capitán, pero aún se acordaba de lo que su Señor le había dicho estando en Urueña sobre lo de pensar en las posibles consecuencias de tomar decisiones precipitadas, así que controló su indignación.
- ¿Y a dónde le llevan ahora?
- ¡A la Regiduría¡ ¡Qué pasa¡ ¿Es que no conoces el pueblo? ¿No eres de aquí?
- ¡Sí, sí¡ - contestó rápidamente —¡Cómo no voy a saber donde está la Regiduría¡ Te lo preguntaba por si lo llevaban a otra parte, por si hubieran cambiado los calabozos durante el tiempo que he estado fuera, pero, por lo que dices, todo sigue como siempre.
- Así es, y ahora déjame, no me entretengas, que quiero ver como el Regidor lo manda a la horca.
Lucas se quedó muy preocupado. Ahora conocía los motivos de la detención y no ignoraba que si los alguaciles lo llevaban a la presencia del Regidor, era para que  dictara sentencia, pues lo habían encontrado culpable. Si las penas en León eran las mismas que en Castilla, y eso era lo más probable, a los condenados por asesinato se les ahorcaba; pero estaba seguro de que cuando  el Capitán diera las explicaciones necesarias al Justicia, quedaría libre, pues – pensaba – no todos los Regidores serían como aquel de Cuéllar al que el Capitán llevó ante el Rey. Pero ¿y si no era así y se trataba de un Regidor acomodadizo que lo condenaba para satisfacer a la comitiva que no paraba de gritar ¡asesino¡¡ a la horca¡? Tenía que estar muy cerca del Capitán y muy atento a los acontecimientos pues si estos trascurrían de forma distinta a la que pensaba, aún a riesgo de perder su vida, haría todo lo necesario para liberar a su Señor.
Mientras en el exterior seguían los gritos pidiendo la cabeza del asesino y después que el jefe de los alguaciles presentara los cargos contra él, Iñigo Aldai  explicaba al Regidor de La Bañeza y su alfoz los motivos de su presencia en la Villa y los hechos acaecidos aquella noche en la casa en la que se alojaba el responsable del rapto de su esposa. El capitán Aldai había decidido – la delicada situación  lo hacía aconsejable – no ocultar al Justicia quien era ni los motivos por los que creía que el ex Regidor de Cuéllar había raptado a su esposa.
El Regidor de La Bañeza, más que acomodadizo, era un hombre que procuraba no buscarse problemas, ni creárselos a quien le había nombrado y aunque la puesta en práctica de esa filosofía en el desempeño de su cargo le había hecho ganarse la enemistad de algunos principales de la Villa, le había permitido conservar la confianza del Rey y así poder seguir disfrutando de una plácida y cómoda vida en aquella Villa, a orillas del Tuerto.
El caso sobre el que ahora tenía que decidir, le ponía en una situación delicada ya que si condenaba  a quien el alguacil acusaba como autor de los asesinatos de la casa del puente, y la pena era la horca, al tratarse de un hidalgo castellano, capitán además al servicio del Abanderado de Alfonso VIII y que decía hallarse en La Bañeza tratando de recuperar a su esposa raptada por el falso, según él decía, comerciante de lanas, que era uno de los muertos, tendría que informar de todo a Rodrigo de Villalobos y este, en su condición de  Alférez  de León, a Alfonso IX para que decidiera ratificando o conmutando la pena de muerte del caballero castellano, todo lo cual podría afectar negativamente a las relaciones, ya difíciles por si mismas, entre ambos reinos y- pensaba – a él, al Regidor de La Bañeza, le responsabilizarían de  haber creado esa indeseada situación, de haber trasladado el problema al Rey  en vez de haberlo resuelto él mismo de una forma inteligente y práctica, por lo que no era improbable que todo el asunto le indispusiera con la Corona y su cómoda vida en La Bañeza se esfumara, y eso era algo que en modo alguno deseaba. 
Durante tiempo que llevaba como Regidor, había acumulado hacienda suficiente como para permitirse una holgada vida hasta que llegara su hora, y no sería inteligente poner en riesgo todo lo conseguido y lo que le quedaba por obtener importunando al Rey con asuntos como el que Rosendo le acababa de endosar y, además, sin otra prueba de culpabilidad que lo dicho por aquel Benito Riaño que, aunque pariente del edecán del Alférez de León, era un hombre esclavizado por el alcohol y poco digno, por tanto, de crédito en lo que decía estando en ese estado.
Tras la declaración del Capitán, el Regidor se había retirado a deliberar – le dijo – antes de dictar sentencia. Iñigo Aldai, custodiado por Rosendo y otro alguacil, los demás habían regresado a su cuartel, esperaba con incertidumbre la decisión del Justicia de la Villa. Si el Regidor lo consideraba culpable y le condenaba a ser colgado, dispondría de unos dos días para tratar de escapar, pues antes que cualquier otra cosa en el mundo, tenía que encontrar a Marta. No sabía nada de Lucas desde que al llegar al cuartel los condujeron a cuartos separados, pero  el hecho de que no lo hubieran traído ante el Regidor, le hacía suponer que había quedado libre, y si así había sido, Lucas estaría cerca siguiendo los acontecimientos.
Las reflexiones del Regidor tuvieron como corolario el mantenimiento del statu quo, así que llamó aparte a Rosendo para comunicarle que las pruebas presentadas no eran suficientemente sólidas como para poder acusar de asesinato a aquel hombre, por lo que debería seguir  investigando. Se abstuvo de contarle la verdad, es decir, la confesión del acusado, ya que si le informaba de que efectivamente había sido él el autor de la muerte de uno de los dos hombres y no lo condenaba, descubriría su juego.
Rosendo protestó, pues consideraba que la declaración de Benito Riaño era prueba suficiente, pero tuvo que someterse a la decisión del Regidor cuando éste le recordó cual era el estado habitual del comerciante que, por lo que él sabía, más tiempo pasaba en la taberna de Perucho que atendiendo a su negocio. 
Fue Rosendo y no el Regidor, que no salió de la sala a la que se había retirado a deliberar, quien le comunicó a Iñigo Aldai que quedaba libre y que podía pasar por el cuartel para recoger su espada, si así lo deseaba.
Cuando el Capitán se disponía a abandonar la Regiduría, Rosendo le detuvo:
- Ya has oído el griterío de esa gente pidiendo tu cabeza, así que, para evitar que puedan producirse alguna agresión, saldré yo primero y les diré que tú no eres el que buscamos. Así te dejarán en paz.
- Os agradezco lo que hacéis, pues los actos de una multitud enardecida son imprevisibles.  
Lucas suspiró aliviado cuando oyó las palabras del alguacil dirigiéndose a aquella gente exaltada que no tardó en empezar a dispersarse. Un momento después, su Señor cruzaba el  vano de la puerta.

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